El socialismo de los productores como imposibilidad lógica

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Difunde de Pimienta Negra, http://usuarios.lycos.es/pimientanegra  Pimienta negra, 26 de noviembre de 2002



El socialismo de los productores como imposibilidad lógica


Original alemán: "Die verlorene Ehre der Arbeit", en revista Krisis nº 10, Erlangen, 1991. Disponible en www.krisis.org , así como la versión italiana, "L'onore perduto del lavoro", Manifesto Libri, Roma, 1994. Versión portuguesa, "A honra perdida do trabalho", en Grupo Krisis http://planeta.clix.pt/obeco , 29.11.02. La segunda y última parte se publicará en breve. Traducción del portugués al español: Round Desk.
Robert Kurz



La ontología del trabajo No es posible socialismo alguno en los horizontes de la ontología del trabajo, o sea que la forma de mercancía de la reproducción social sólo puede ser superada juntamente con el «trabajo». Sin embargo, ello es impensable tanto para la concepción del socialismo típica del viejo movimiento obrero como para su antagonista burgués. Incluso en Marx esta cuestión no está aún completamente resuelta, queda en la ambigüedad. Por un lado, éste afirma (sobre todo en los escritos de juventud) la necesidad de una superación del «trabajo», pero por otro desarrolla en muchos pasajes una ontología de este mismo trabajo. Se podría tratar, por tanto, sólo de la superación de las formas histórico-sociales siempre diversas que asumió el «trabajo», y no de su existencia presupuesta como eterna.
Esta contradicción se explica a partir de las condiciones de desarrollo todavía insuficientes del proceso capitalista de socialización y cientifización. El contenido del socialismo no puede ser «liberar el trabajo», sino única y exclusivamente «liberar del trabajo». Conviene aclarar desde luego que no se trata de la forma de la actividad humana tout court, o del «proceso de metabolismo con la naturaleza», sino siempre y sólo del «trabajo abstracto» encarnado en la forma del valor o de la mercancía, del «gasto de fuerza de trabajo humana» como fin en sí mismo bajo las condiciones materiales establecidas por la competencia de los sujetos en el mercado. Es importante explicar mejor tal identidad entre el concepto de trabajo en general y el trabajo abstracto en la forma de mercancía, identidad ésta que hace imposible una superación de la mercancía y del dinero en el interior de la ontología del trabajo.
A] El «trabajo» como categoría real incluye ya el «no-trabajo», o sea, «esferas» más allá del «trabajo» y «ámbitos» sociales separados del proceso del trabajo. El «trabajo» que se manifiesta como separado del «tiempo libre», de la «política», del «arte», de la «cultura», etc., es ya siempre trabajo abstracto. Sólo la relación capitalista como forma desarrollada del valor produjo en su pureza esta separación real entre el «trabajo» y los otros momentos del proceso de reproducción social. En el pasado, esta separación existía sólo de manera embrionaria en el divorcio entre los «productores inmediatos» y las clases exentas del proceso del trabajo que se apropiaban del plus-producto material. En las sociedades primitivas preclasistas, por el contrario, se encuentra aún la totalidad inmediata del proceso reproductivo/1 en el que no hay ni «trabajo», ni «tiempo libre», ni «cultura», etc., como esferas particulares. Y esta identidad inmediata del proceso de la vida en todos sus momentos se perpetúa en el interior del proceso de reproducción de los productores inmediatos en las formaciones precapitalistas, hasta el umbral de la industrialización y de la división capitalista del trabajo.
Está claro que la separación del «trabajo» del resto del proceso de la vida no puede ser suprimida volviendo hacia atrás, como quería en última instancia la crítica moderna de las fuerzas productivas inspirada en la filosofía de la vida. La unidad entre trabajo productivo, praxis de la vida y cultura, de la manera como se expresaba por ejemplo en los cantos de los navegantes del Volga, difícilmente podría ser recomendada para solucionar las contradicciones de la socialización abstracta en su nivel actual.
Cualquier «reconstrucción» seudo-concreta y seudo-inmediata de esa unidad tiene que acabar en la idealización reaccionaria de una pobreza de necesidades y de un estado de sufrimiento que el nivel de civilización hoy alcanzado torna efectivamente inimaginable.
En la unidad total de la praxis de la vida que «aún» existía en las sociedades precapitalistas, el trabajo no era todavía abstracto como esfera separada por el simple hecho de ocupar, como proceso de metabolismo en buena parte inmediato con la naturaleza, casi todo el espacio activo de la vida.
Los momentos culturales o «políticos» son meros apéndices de un proceso de reproducción inmediato que lo abarca todo, no en sentido «funcionalista», sino como parte de una unidad tosca, indiferenciada y no mediada, que se puede decir «orgánica» sólo si quisiéramos resaltar cuánto se apega aún a la naturaleza. El carácter concreto del trabajo precapitalista consiste precisamente en el trabajo como totalidad que abarca la praxis unitaria de la vida. Donde el trabajo es aún total en ese sentido, su concepto no puede ser formulado todavía por falta de diferenciación, y sólo como trabajo total que abarca y colma toda la praxis de la vida puede ser aún no-abstracto, en el sentido de no ser una esfera separada del gasto de la fuerza de trabajo.
El desprecio del trabajo por parte de las «clases dominantes» precapitalistas también representó por eso un enorme progreso, pues sólo la exención de una minoría en relación con el trabajo total en el proceso de la vida que abarca todo pudo crear una distancia respecto a la naturaleza y preparar un grado superior en el metabolismo (una correlación que escapa naturalmente a la conciencia de los implicados). El ocio de los antiguos «dominantes» (aún sometidos en la praxis de la vida a fetiches naturales como por ejemplo el parentesco de sangre) era al fin de cuentas mucho más «productivo» que todo el «honesto trabajo productivo» de la historia universal. La ciencia nació en la antigüedad, y no del «trabajo», sino del «ocio», del distanciamiento de la cruda unidad del proceso de la vida. Así se puede entender que la emancipación de la humanidad tenía que pasar por el trabajo abstracto y que la separación del trabajo de la totalidad del proceso de la vida fue necesaria para poder reconstruir su unidad en un plano superior de riqueza de necesidades. De hecho, por más paradójico que pueda parecer a primera vista, sólo la separación entre el «trabajo» y la unidad originaria del proceso de la vida como un todo, considerada «buena» y «deseable», creó un «ocio» limitado también para la masa de los «productores inmediatos». Sólo el trabajo abstracto produjo un tiempo efectivamente libre, o sea, un tiempo disponible para las masas.
La referencia, muchas veces repetida por los críticos del desarrollo, al supuesto «tiempo libre» de los productores inmediatos precapitalistas acaba confundiendo la simple suspensión de la praxis de la vida o el «tiempo vacío» dentro de un proceso reproductivo elemental y pobre de necesidades con el tiempo «libre» activo de la propia praxis de la vida, que sólo puede surgir a partir de la distancia con relación al proceso de metabolismo inmediato con la naturaleza. Sólo el trabajo abstracto, que hace de la reproducción inmediata una esfera separada, puede generalizar gradualmente esa distancia. El navegante del Volga, en su tiempo libre o vacío, podía en la mejor de las hipótesis repetir su obtusa cantilena del trabajo, mientras que a la «máscara de carácter» del trabajo abstracto se le abre cada vez más todo un universo de posibilidades en el tiempo libre a su disposición, aunque naturalmente el acceso a este universo permanezca deformado por la indiferencia abstracta propia del mundo de las mercancías.
No se trata por tanto de «reconstruir» hacia atrás la unidad del proceso de la vida, por medio de la disolución del trabajo abstracto, sino, por el contrario, de concebir el trabajo abstracto como un trampolín hacia un estadio superior de la praxis de la vida, trampolín hoy innecesario por inútil. No se trata por tanto de anular la capacidad conquistada de distanciamiento de la naturaleza, sino más bien de liberarla de las miserables muletas del trabajo abstracto. La superación del trabajo abstracto no es posible, en consecuencia, sobre la base del trabajo productivo, sino sobre la base del «ocio productivo». Sólo desde este punto de vista se hace claro el discurso de Marx sobre «el desarrollo de las fuerzas productivas» como presupuesto de una revolución socialista que el capitalismo crea inconscientemente.
Esta lógica de superación del trabajo abstracto es incompatible con el concepto de socialismo del viejo movimiento obrero. Éste sólo podía imaginar la extensión del «tiempo libre» sobre la base del «trabajo». El trabajo aparecía como aquello que es auténtico, y el tiempo libre como lo que es derivado, inauténtico. En la lucha para reducir la «jornada normal de trabajo», se conquistó y se extendió de hecho el tiempo libre disponible para las masas, aunque con el énfasis puesto en la abstracta «jornada de trabajo normal» como centro indiscutible de la praxis de la vida y como sentido de la vida. De la misma manera que el socialismo «político» debía ser el «poder de los obreros» y fundarse «económicamente» en el «trabajo», así también le cabía a éste, culturalmente, generalizar una «cultura obrera», cuyas monstruosidades «realistas» y monumentales glorificaciones kitsch del «gasto de fuerza de trabajo» figuran de modo casi idéntico en el fascismo alemán y en socialismo «en construcción» de la Unión Soviética. «El trabajo libera»/2 era también la palabra de orden, en cierto modo secreta, del movimiento obrero socialista. La unidad cultural de la praxis de la vida no podía ser restaurada sobre esta base, a no ser como propaganda engañosa.
Incluso cuando tal unidad fue formulada de hecho como objetivo, implicaba más bien un retroceso reaccionario de la capacidad social de distanciarse del proceso productivo inmediato. Debía tratarse siempre, por tanto, de una unidad bajo la primacía del «trabajo».
«Apartaos los ociosos»: en esta estrofa de la «Internacional» no se expresa solamente un equívoco elemental sobre el carácter de la relación social abstracta del «valor», que aparece reducida aquí a un acto subjetivo de los «explotadores», sino también un gesto de amenaza del «trabajo normal» contra la perspectiva del «ocio productivo». Sin conciencia de ello, el movimiento obrero se declara aquí a favor del principio capitalista abstracto del «trabajo» y contra la liberación del tiempo social disponible de la tiranía del trabajo, que aún se encontraba históricamente en ascenso. Todo esto se torna todavía más tangible en la desconfianza y en las campañas francamente demagógicas contra los «intelectuales», a las cuales, a pesar de algunas declaraciones ocasionales en contrario, no quedaron inmunes ni siquiera las mejores cabezas del viejo movimiento obrero. En esta animosidad latente o manifiesta contra los intelectuales, que una vez más es idéntica, hasta en las formulaciones, a las posiciones del fascismo, no se reflejaban sólo las experiencias con los «intelectuales burgueses» en el contexto de sus funciones capitalistas, sino también el repudio a una existencia social casi «indefinible» fuera de la atmósfera familiar del trabajo productivo inmediato.
Toda la historia del viejo movimiento obrero –desde los comienzos de la socialdemocracia, pasando por el extremismo de izquierda de la primera posguerra, hasta la «revolución cultural» china– está como atravesada por un hilo conductor que reclama de los intelectuales, artistas, etc., la renuncia a sus pretensiones en lo referente a los contenidos y a los modos de vida, con el fin de que se sometan preferentemente al trabajo abstracto, a la glorificación del proceso productivo repetitivo y al horizonte espiritual de las «máscaras de carácter» del capital variable. Este socialismo no patrocinaba la superación de la existencia obrera, sino su generalización coercitiva: o se conservaba inconsciente la separación entre el «trabajo» y el proceso de la vida como un todo, en cuanto principio capitalista del trabajo abstracto, o la superación de esta separación sólo podía concebirse como dictadura rígida del «trabajo» y de sus funcionarios sobre toda pretensión cultural disidente y sobre toda concepción de la vida, de las necesidades o del conocimiento que «sobrepasase» sus fronteras. El viejo movimiento obrero se mostró no como adversario del trabajo abstracto, sino como fuerza histórica capaz de imponerlo, presentándose encima con el nombre de «socialista».
Por un lado, la cultura burguesa de las «esferas separadas» podía así ser realizada: el «trabajador normal», que en su «tiempo libre» era empujado a los museos y arrastrado ante obras de arte por funcionarios bienintencionados, era la vergonzosa caricatura del «hombre total», fruto de las cabezas cuadradas del marxismo oficial de partido. Por otro lado, la oposición a tales horrores ideológicos de la sociedad de trabajo socialista degeneraba en un hedonismo bohemio y vacío, que tendía a imaginarse la manifestación de una voluntad «socialista» abstractamente libre (que naturalmente también puede ser descifrada como emanación del fetiche abstracto del «valor») como una especie de existencia de vagabundo, empuñando una botella de alguna bebida a orillas del mar. La superación socialista de la producción de mercancías no puede realizarse ni como encarnación y realización del trabajo abstracto «en interés de los obreros», ni como imagen invertida vacía de un hedonismo abstracto, también él impregnado completamente todavía por el trabajo abstracto.
La perspectiva del «ocio productivo» como referencia positiva de la riqueza de necesidades hoy alcanzada, la ruptura del envoltorio del «trabajo» abstracto y por tanto la reunificación de las «esferas» o «ámbitos» del proceso de la vida social separados por el orden burgués son imposibles dentro del «trabajo», y sólo posibles más allá de él. Este «más allá», puesto en el orden del día por el desarrollo actual de las fuerzas productivas, sobre todo por los nuevos potenciales de automatización, no es sin embargo un «reino de la libertad» en el sentido de un «más allá» meramente lúdico e infantil del proceso de metabolismo con el conjunto de la naturaleza; este proceso de metabolismo puede reposar hoy sobre cada vez menos trabajo productivo humano, que, como tal, y por tanto como trabajo abstracto, como esfera separada del mero gasto de la fuerza de trabajo, se está revelando completamente obsoleto. El «reino de la libertad» se inicia ya en el interior del proceso de metabolismo con la naturaleza, en la medida en que éste ya no puede ser definido como «trabajo». Este reino comienza por eso inmediatamente en el contexto de una revolución socialista contra el trabajo abstracto, como resultado del desarrollo capitalista de las fuerzas productivas, y no como resultado, aplazado para un futuro distante e indeterminado, de un socialismo que todavía es parte de la sociedad del trabajo.
Juntamente con el «trabajo» será superado necesaria y lógicamente el «tiempo libre»; ya no en el sentido de un «regreso» reaccionario y represivo de la cultura al continuum de la ontología del trabajo, sino, por el contrario, como fin de la prehistoria, en el sentido de una ruptura definitiva del hasta ahora continuum del proceso histórico.

NOTAS

1. Este hecho podría inducir a un observador anacrónico a concebir momentos tales como «cultura», «política», etc. (aislados de esta unidad inmediata del proceso de la vida en su totalidad) como «funciones» del proceso del trabajo de estas sociedades primitivas (por ejemplo, las pinturas de las cavernas como «funcionales» en relación con la caza). Sin embargo, así se proyecta de modo inadmisible sobre tales relaciones, que no conocían ningún «funcionalismo», el «punto de vista» impregnado por el pensamiento y la vida propios de la lógica de la mercancía. Aquí ya se ve la dificultad de romper con el propio pensamiento dominado por esta lógica.
2. Arbeit macht frei: inscripción a la entrada del campo de concentración de Auschwitz (N. del T. portugués).


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