Sensibles del Sur 

BARILOCHE, Argentina, viernes 18 de octubre de 2002
( Año III - Número 152 )

Tengo, vamos a ver, // tengo lo que tenía que tener


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CUENTA CONMIGO - Revista gráfica y virtual

¿Por qué será que el Che tiene esta peligrosa costumbre de seguir naciendo? Cuanto más lo insultan, lo manipulan, lo traicionan, más nace. Él es el más nacedor de todos.
    ¿No será porque el Che decía lo que pensaba, y hacía lo que decía?
    ¿No será porque eso sigue siendo tan extraordinario en un mundo donde las palabras y los hechos muy rara vez se encuentran, y cuando se encuentran no se saludan porque no se reconocen?

Eduardo Galeano
El nacedor 
   
 

III ANIVERSARIO
19 de octubre de 1999 - 19 de octubre de 2002.
 
    Tres años. 
    Ciento cincuenta y tantos viernes.
    Y un brindis: ¡por la amistad!        Brindo por y con la mano de los amigos.      Eso ineptos... para los grises; transparente. Forma de querer(se) que evita la quemazón de neuronas por explicaciones, aclaraciones o sus infinitas variables. Tan humanas.      Esos que están sin que los llamemos y siempre si los llamamos; que, a la hora de elegir, saben del necesario des/elegir.     Ignorantes... de cualquier forma de agachada, si encuentran un cerco de púas en la senda hacia el amigo lo cortan; no se embrollan en rodeos ni lo cruzan por debajo.

    ["(...) Colacho pasó a rascarse la otra axila. Y filosofaba. Esta sí, carajo, esta sí que era la verdadera amistad, la que inventaron los griegos en tiempos de Perico como decía Chus en el colegio; sin cálculos ni alambradas. 
Como cucharear de la vida en la misma sopera.
(...)" ]
Fragm. de la novela Murámonos, Federico - Premio Nacional Costa Rica, 1973
De Joaquín Gutierrez - Edit. Costa Rica, 1982.  
    Tengo un amigo así.
    Tengo varios, pocos, aunque más de los que hubiese imaginado. Pero, uno, muy especialmente así.
    Fue de él la idea de Sensibles...     " - Flaco dijo, un día de 1999 -,  a vos que te gusta difundir cuentos, poesía, ¿por qué no nos alegrás el fin de semana enviándonos algo tuyo o de otro escritor, conocido o no?"
    Así nació este encuentro semanal entre USTEDES y nosotros que ingresa al IV Año.

    SANTIAGO  'Jimmy'  HYNES.
Escritor. Novelista. Cuentista. Tipo.
   Hoy vamos juntos - como lo venimos haciendo desde hace poco menos de 40 años - cuchareando de la vida en la misma sopera; con sus risas y sus muertes, tan comunes a ambos. Unidos por una historia artesanal y cotidiana, ideológica y literaria; por afectos, y una distancia de apenas 1600 kilómetros.     Este número aniversario está exclusivamente dedicado a esa amistad sin especulaciones, sin máscaras ni medias tintas (las otras no son, tardemos lo que tardemos en descubrirlo).     Nuestros lecto-escritores sabrán comprender un homenaje casi privado de dos amigos que quieren compartir y compartirse a través de su literatura.
    La bondad o no de estos textos queda a juicio de ustedes. 
    Como siempre, sinceramente, gracias.
    

    Abrazos sureños. ¡Salud, sensibles!
    Ernesto 
    
ernestbavio@ciudad.com.ar

Nuestro Archivo    

* SANTIAGO ' JIMMY ' HYNES - Historial Temporary y 2 Cuentos 2 - * ERNESTO A. BAVIO - Idem y poesía  -


Historial Temporary , (a) ' el Buchón...'

        Santiago Hynes nace en Tucumán en 1947 y vive en Buenos Aires desde antes que yo lo conociera.      Es, por estudios universitarios, ingeniero agrónomo; se especializó en diseño y gestión de políticas y programas sociales. Por vocación, es amigo y escritor. 

    En 1999, Editorial Bifronte publica su novela Magoya la jugaba de taquito, escrita en 1978 durante su exilio en Brasil y comentada, discutida, charlada e invadida por quien suscribe mediante un poema de regular para abajo que el autor se empeñó en mantener al editarla. Uno, residiendo en San Salvador de Bahía; el otro, en México DF. 10.000 kilómetros aprox. entre un punto y otro. Como no teníamos e-mail, intercambiábamos opiniones vía cassettes y por correo real.  
    El volumen se completa con cinco cuentos de factura más reciente (Menos de Matilde, Adhesiones, El fantasma del accidente, Intermitencias, Fofoquice).
    La peculiaridad -y rareza- de esa novela, como lo señaló el periodista Wainfeld al presentarla, es haber sido escrita contemporáneamente a los vertiginosos años en que transcurre. Es decir, no hay una mirada de "balance" y por lo tanto carece del sesgo interpretativo crítico y a la vez empobrecedor que nos da el paso del tiempo y del olvido. Una novela en la cual el clima de los 60 y principios de los 70, nace desde la propia entraña de sus protagonistas, de alguna clase de ellos al menos; muchachos y chicas que soñaban, amaban y luchaban como jóvenes, en un tiempo histórico de rebeldías que aún nos permanece velado. Tiempos de los que la literatura no ha dado cuenta suficiente.

    En este III Aniversario, Sensibles del Sur decidió no apelar al novelista, para no fragmentarlo, sino al Hynes cuentista quien, renovándose en el decir de primeras personas, nos mete adentro de sus historias.
    Para recorrer las páginas del primer cuento (inédito), recomendamos a los USTEDES una tranquila impresión a papel, un generoso vaso de vino y aquel sillón favorito; porque el ritmo de Se llamaba Bruno puede robarles el aire.     Al segundo cuento, corto, cortísimo, lo convoco usando mi privilegio de editor (Jimmy estará enterándose en este mismo momento). Menos de Matilde tiene, en mi opinión, las virtudes de un texto "redondo" que haría feliz a las teorías de Poe o Cortázar sobre este difícil género literario.
   Que los disfruten.    Ernesto      

Jimmy - Cuento -
* Se llamaba Bruno
* Menos de Matilde 
 

SANTIAGO HYNES
dixit
:
 


Epílogo
: Este viaje en la búsqueda de mi hombre, esta travesía -postergada por demasiados años-, ha sido fatigosa. He debido ir muy atrás, no sólo a mi memoria sino también a asuntos que en su momento ignoraba y que reconstruí mucho después con trozos de recuerdos ajenos. Inevitablemente también, he debido inventar partes sobre cuya verdad ya nadie puede dar cuenta.

    Sobre mis compañeros de antes, a quienes amo tanto, preferí no agregar -contrariamente a lo que hoy se estila- ni paradero actual ni ausencia de paradero. Porque esta historia pertenece a mi amor más olvidado; aquel cuya cara nunca vi y de quien nunca supe, salvo cuando fue tarde.
    Si no la he logrado acabadamente, si crónica y dolores se entremezclaron demasiado, es porque no conozco otro modo de decir.
    Me alivia concluir y cederle esta pesada carga al papel. A veces imagino que desde la foto amarilla, en el viejo recorte que me acompaña junto al teclado, él mismo dictó su relato. Ese rostro desconocido y terco, para liberarme, me habrá impuesto la tarea.
    Sólo resta, por él y por mí, un retorno fugaz a nuestra tierra, ahora tan extraña. Vuelvo para dejar estas líneas en manos más jóvenes o menos cansadas que las mías; vuelvo para repetir un gesto infantil, junto a unas vías de tren.


Prólogo:
Mi nombre poco importa, aunque allá lejos haya sido todo un nombre, casi un mito. En todo caso, supongo que mi fama no nació de ciertos atributos -como la voluntad para transformar mis miedos en coraje o la decisión de pelear por otra patria-; sino de algo simple y en un punto más injusto: soy mujer. Del resto se encargaron los diarios y el cariño de mis amigos.
Aún en los sucesos que protagonicé, intentaré ser mínima. Porque es tiempo de hablar del hombre de mi vida.
De esa expresión nadie debe esperar un cuento de amor: ni hay cuento ni hubo romance. La uso para mentar al hombre de un único día en mi vida, el último de la suya. Su nombre, olvidado para que crezca el mío, sí importa.


Se llamaba Bruno


    — Hay que liberar a esa mina.

    La primera vez lo dijo en un café, en 1968, con el diario abierto en la noticia del fracaso y la captura.
    Tres años después, el último jueves, dos días antes de todo, diría:
    — El sábado le traigo a la abogada que corta el bacalao. Vamos a hablar de plata, pero plata de verdad, montón de plata, ¡mucha plata, Pereira!

    Pero, tres años antes, enseguida de aquel diario, había empezado a pregonar, imprudente:
    — Necesito conectarme con la guerrilla, con los muchachos de las Fuerzas Armadas Peronistas. Estoy dispuesto a lo que haga falta. Quiero entrar, sí o sí.
    No fue tan difícil. Gente amiga suya esperaba reclutarlo desde hace tiempo.
    Por eso fue bien recibido. Tenía antecedentes de luchador, gremial y estudiantil. Pero tuvo que hacer los palotes como todos. Era un novato en armas y en silencios. Se inventó un alias cualquiera, un nombre falso como usaban los demás, pero los Jefes lo apodaban El Loco.
    — Es totalmente imposible. ¡Vos estás loco, Loco! — aunque sonreían con simpatía, sobre todo Ramón. Porque cuando le daban ocasión para convocar los sueños, El Loco repetía incansable:
    — Hay que liberar a esa mina.

    Ser mina, en aquellos tiempos primeros, era una desventaja mayor. Las pequeñas galanterías de mis compañeros se esfumaban a la hora de escoger participantes para una acción militar. Eramos jóvenes y sigo queriéndolos a todos, a los que encontraron un lugar, y a los que nunca sabremos dónde están. Pero debo aclarar, sin rencor ni orgullo, que no me facilitaron nada. Para pertenecer me obligaron a ser la más hombre de todos.
    Aún así, cuando por fin creímos estar listos para subir al monte; cuando cada nombre que no, se empequeñecía en el futuro cómodo y despreciable de la ciudad; y cada nombre que sí, se agigantaba en la prometida posteridad que vendría tras el hambre, las víboras, los mosquitos y la muerte; a pesar de mi obligada hombría, digo, los muchachos intentaron pararme con cien argumentos. No es lugar para mujeres, necesitaremos tu ayuda desde las ciudades, aquí tenés experiencia, allá es distinto. Debí vencerlos con… -convencerlos- una vez más.

    Me pregunto si Bruno intuyó parte de esta historia. Si pensaría en ello cuando en el trabajo o en un bar, abriendo el diario, vio mi foto de presa; si a pesar de la gorra militar y mis anteojos pudo notar que no era nada fea entonces. Me pregunto quién lo escucharía o si fue sólo para sí mismo, como se deciden los destinos, que soltó su frase por primera vez.

    La iniciación consistía casi siempre en "hacer un garage": conseguir un auto, cambiarle la placa y dejarlo en un sitio donde los combatientes veteranos lo recogerían, un par de días después, para una tarea mayor.
    — Está bien. Yo me acerco al sereno que está afuera en su sillita y qué le digo: ¿Arriba las manos? ¿Esto es un asalto? — el Loco, excitado como todos los nuevos, exigía precisiones a Ramón, quien aquella noche comandaría el pequeño grupo.
    — Lo que se te ocurra en el momento. Ni es necesario hablar, cuando ven tu fierro, saben.
    Bruno hizo exactamente eso: desenfundó sin palabras a un metro del viejo. Para su propia desesperación, el tipo continuó inmutable. Porque, en el minucioso estudio de noches previas, nadie había notado, y mucho menos él, que el pobre hombre era ciego.
    La anécdota bochornosa le fue recordada entre risas, en cada nuevo paso de su formación a combatiente. Le importó poco, no pretendía ser un cowboy de película, ni tenía tiempo para detalles nimios. El también era un ciego, en su obstinación y en su único tema:
    — Hay que liberar a esa mina.

    Nuestro debut rural fue más torpe, pero menos cómico. Dolió. Del sueño inicial sólo obtuvimos algunas picaduras de mosquitos. Nunca llegamos a la selva, al monte impenetrable. No hubo hambre, ni víboras, ni siquiera la muerte. Unos pocos policías gordos detectaron el campamento de nuestras prácticas finales y nos rodearon creyéndonos contrabandistas. Estabamos inexplicablemente lejos de las armas, como si nunca hubiéramos pensado usarlas. Dos de los muchachos habían salido a trotar y fueron apresados, en calzoncillos, horas más tarde. Nadie disparó un sólo tiro. Tuvimos un final a nada orquesta.
    Separada de los hombres, supuse que la fortaleza también era exigida en tales casos; y negué todo. Juré no haber visto ni entender de armas, arriesgué que tal vez alguien pensaría cazar perdices, En cuanto a mí, había viajado a ese Norte de arbustos ralos sólo para un pacífico encuentro entre jóvenes políticos, una estudiantina, nada más.
    Fue inútil. Mis compañeros no soportaron la frustración. El mundo y la Revolución los dejaban afuera, en calzoncillos y sin gloria. Entonces se inculparon como si el castigo -aun el más duro y profesional que nos propinaron una vez trasladados a Buenos Aires- fuera insuficiente para tanto fiasco.
    Y aunque nadie, en la tortura, soltó un solo nombre de nuestros apoyos en la ciudad -que esto quede bien claro-, terminaron confesando, con exceso de detalles, nuestras andanzas anteriores: bancos, tiroteos y otros aprovisionamientos.
    Lo demás fue público. Desde seis hasta dieciocho, los jueces no escatimaron años a la hora de las sentencias. A mí, "cuyo aspecto no denota su peligrosidad que surge de autos", me agraciaron con uno de los premios mayores.
    Sin embargo, amarrados y en tristeza, no aflojamos en el esfuerzo por dejar clara nuestra identidad militante. Si nos rodeaban periodistas y cámaras, dábamos vivas a nuestro viejo General exiliado y a la Patria, que era lo mismo que vivar a nuestra gente proscrita y perseguida.

    No veníamos de planetas lejanos ni tampoco éramos castrocomunistas, como insistía el Ministro. Para llegar juntos a esa ninguna parte habíamos partido desde diferentes sitios, cada cual con su foja personal de resistencia a los opresores.
    En diarios y revistas, nuestros retratos, pero sobre todo nuestras vidas, regresaron a esos pueblos y a esas ciudades. (Pienso hoy en el Aguila que era peón de limpieza en el frío del Sur; en Chacho que manejaba una draga en el calor del río; en el correntino; en David con su oficio de plomero ocasional y sus parrafadas grandilocuentes; en el Abuelo que había sido preso antes en otro monte cercano -otro tiempo, otro intento trunco-; en el Polaco y los besos que el grupo nos prohibió para que la privación fuera uniforme; en Cacho y su ternura tan enfrentada a ese porte de prócer que insistió en mantener hasta su muerte; pienso en todos y en cada uno).
    No supimos marcar un camino de éxitos y victorias, nos habían desarmado con facilidad sobrada. Pero sucedió lo inesperado. Nuestra voluntad sonó elocuente y aquellos doce hombres y yo, fuimos un clarín de guerra. La batalla inexistente, el naufragio, y hasta el nombre del remoto paraje, crecieron en discursos y panfletos. Miles de jóvenes, chicas y chicos, nos convirtieron en un símbolo. Uno de ellos, un desconocido, me eligió para siempre:
    — Hay que liberar a esa mina.

   
    Se compró un traje caro y salió a cazar alrededor de mi cárcel. Acechó horas y meses. Siguió a tipos con bolsos por ómnibus y trenes. No sabía qué buscaba, ni qué haría con lo que encontrase. Tal vez -como bromeaban sus compañeros- estaba realmente loco. No podía contar con ellos ni contarles.
    Descubrió bares impensados y acodado en sus barras asistió a borracheras, a interminables partidas de baraja o de dados, al disimulo con que se mete mano al bolsillo para achicar deudas de juego. O escuchó duros reclamos de pago contra los morosos de la suerte.
    Una noche ya no pudo esperar e hizo su movida. Con cara de hombre bueno y sin demasiada imaginación, usando sus propias iniciales invertidas, improvisó rápidamente un apellido y una profesión
    —Perdone, vengo siempre y me entretengo mirando. ¿Me permite invitarle una copa mientras espera a sus amigos de los naipes? Me llamo Carlos Bueno, soy abogado.
    — Con mucho gusto, Doctor. Somos casi colegas. Uds. defienden presos y yo cuido que no se escapen. Pereira, encantado.
    — Pero yo no me dedico a la profesión. Mi tema es lo financiero, préstamos personales, esas cosas.
    En ese desconocido tan elegante, Pereira presintió que el azar esquivo decidía, por fin, darle una mano. El otro, el mío, entendió qué buscaba. Lo tenía allí, servido en su mesa: un perdedor.
    La red que tejía con puntadas minuciosas y aisladas no obedecía a un diseño.     Avanzaba paciente y tenaz pero ignorante del paso siguiente. No tuvo, no había forma de tener, un plan completo. Su trabajo era juntar las piezas, El rompecabezas se armaría solo, por la fuerza misma de la misión que se había impuesto, o por su propia locura si fuera necesario. Ya alguien se encargaría de pensar los cómo y los cuándo. Necesitaría un cómplice, un Jefe o un cerebro. Habría que cazarlo y atraerlo, igual que a Pereira. Su olfato, su terquedad y algo de suerte lo iban llevando hasta el actor exacto para cada papel, en una obra que aún no estaba escrita.

    Enrique, nacido así antes de pasar a ser Ramón, baja del Citroen rojo, agobiado.
    Ha trabajado duro. Disfrazado de próspero comerciante ha recorrido la provincia asegurando la llegada del camión con los pertrechos y terminando los trámites de escribanía para la compra del campo donde entrenaremos.
    Hace pocas horas nos hemos despedido entre abrazos y lágrimas. Deseaba quedarse pero no fue elegido. En cambio lo hemos ascendido. Le tocará ser uno de los Jefes en el apoyo. Alquiló su casa cerca del monte al que nunca llegaremos. Pero él lo ignora porque su auto no tiene radio.
    Llega buscando reposo en esa familia que lo sigue donde él vaya: dos niños pequeños y su compañera, la Negrita. Ella lo noticiará, atropelladamente, exigiendo decisiones: a 100 km. de allí, un grupo raro -varios hombres y una mujer-, tal vez contrabandistas, han sido apresados.
    — Son los nuestros. Agarrá la plata, el fierro y toda la ropa que entre en un solo bolso. Salimos ya. Esta casa caerá enseguida.
    — No tenemos a dónde.
    — Lejos. A ciudades grandes, viajando de noche por caminos sin controles. Vamos a empezar la bronca entre la gente y el asfalto.
    Bruno le arrojó el cebo suavemente, restándole importancia. Estaban en un café, esperando una cita.
    — ¿Te comenté mi amistad con ese Encargado de Turno del Penal de Mujeres? Somos socios, en realidad. A los guardias, que nunca les alcanza hasta final de mes, les presto unos pesos. Y repartimos la usura. Monedas, pero ese tipo me adora. Los negocios los hacemos ahí adentro, en la misma sala de guardia.
    Ramón, que acostumbraba a charlar y sonreír todo el tiempo, se ensombreció un largo rato. Cuando recuperó su sonrisa, ésta era más grande y otra; porque nacía desde un tiempo antiguo, tiempo de fraternidad y dolorosas despedidas.
    — Vamos a tener que hablar en serio, Loco.

    Las uvas no estaban tan verdes.

    — Es lo que siempre intento y nadie da pelota.
    — Sí, ya sé, ya sé. Hay que liberar a esa mina.

    En diarios a los que accedía ocasionalmente o en las noticias de la radio con sus tontas descripciones policiales -anteojos negros, de mediana estatura, simulando ser militar-, yo intentaba adivinar quién de mis amigos habría protagonizado tal o cual hecho. Estoy segura –con Ramón, con el petiso Miguel, con el flaco Sergio-, de haber acertado muchas veces.
    Y, para mi alivio de pionera sin vocación, cada vez más mujeres -vestida de colegiala o de maestra o con un falso bebé en brazos- participaban en "los audaces operativos comando". La contracara de aquello fue que también perdí mi exclusividad de presa política. Chicas de distintos grupos eran detenidas, en todas las ciudades. Así conocí a Marina, a Pelusa y a Ana que llegaron en mi segundo año de encierro.

    Dos rutas, con un tránsito intenso, entraban y salían de nuestros calabozos. Una, que se nos ocurría trascendente, nos comunicaba con el Afuera (así con mayúsculas): con la Historia y la Organización (también mayúsculas), con la bronca que crecía y dejaba su marca de aerosoles negros en las paredes más difíciles.
    El otro camino, más íntimo, era entre cárceles. (Por él circuló el único noviazgo que el Polaco y yo pudimos darnos).
    Los vehículos, las cartas, eran minúsculos papeles para armar cigarrillos que viajaban enrollados entre las costuras de la ropa o en otros paquetes de cigarrillos. O se deslizaban en el apretón de manos de letrado a cliente, o en un pañuelo de preso a familiar que visita y viceversa.
    No faltaban los códigos ingenuos que usábamos por acaso nos interceptaran el correo: la Organización era la Familia o el Club, la policía era Pascual o Domínguez, el General era siempre el Viejo. Con letra paciente y diminuta escribíamos durante horas enteras. Desde Afuera nos cuidaban y nos hacían parte de todo. Manos anónimas se tornaban expertas en volcar, a esos dibujos obsesivos, los larguísimos mamotretos de la época: la guerra popular y prolongada que parecía inminente, las tácticas del Líder anciano para acosar al régimen y con todo ello -hay que decirlo- retóricas vanas de índoles diversas. Ninguna de las cartas mencionó jamás la existencia de Bruno.

    Chischís, uno de nuestros abogados, -quien ya pocos servicios judiciales podía prestarnos- iba de una cárcel a otra como mensajero principal.
    Una tarde, Ramón fue a verlo. Lo acompañaba un muchacho cejijunto al que presentó como el Loco.
    Traían una propuesta simple y absurda. Aun en el mejor de los casos, si todo funcionaba acabadamente bien -lo que sonaba imposible- debería dejar de ser Chischís, mi querido Dr. Chischís, para ser otro, anónimo y clandestino. Lo calmaron sin calmarlo, porque el miedo lo desbordaba. Y aunque intentó usar los días de reflexión que le concedieron, los tres sabían de antemano -los tres querían- que su respuesta se adecuara a la insensatez del convite. El insomnio le quemó noches enteras. Finalmente consiguió dormir cuando para sí mismo, como se deciden los destinos, e imitando el tono usado por Ramón, se repitió:
    — Chischís, ¡hay que liberar a esa mina!

    Cuatro muchachos preparaban el mate y presentaban los bizcochos de grasa en los platos, como si se tratara de un banquete de gala. El servicio requerido era muestra de extrema confianza y los honraba. El Triunvirato en pleno les pedía una habitación del fondo para deliberar, a prueba de indiscreciones y sorpresas, y sin límite de tiempo. Durante esas horas, su caserón de estudiantes del interior se tornaría la presa más apetecible para la policía de todo el país.
    Sus roles se limitarían estrictamente a: calentar agua; atender teléfonos molestos; impedir visitas y vendedores callejeros; y vigilar desde las ventanas el movimiento de la calle. No debían escuchar las conversaciones y era obligatorio golpear la puerta del cuarto antes de entrar. Pero podrían conocer a los tres, ver las caras y estrechar las manos de Miguel, Ramón y (ahora sí, una mujer) Lucía.

    La primera impresión los decepcionó. Eran gente demasiado común: uno de ellos bastante gordo y morocho, la chica usaba lentes de miope. Un poco viejos, además; de treinta años por lo menos.
    Los visitantes, antes de entrar al conciliábulo, preguntaron a cada cual de qué provincia venía y hasta se permitieron alguna broma. Pero cierta tensión preanunciaba la pelea en ciernes.
    Cuando las voces se alzaron acaloradamente, los dueños de casa aumentaron el volumen de sus discos de folklore; más por cumplir con la sordera prometida que por temor al exterior. Y aunque sobre el tema en debate permanecieron ignorantes hasta meses más tarde, allí supieron de su aspereza.
    Aparentemente, la mujer y uno de ellos enfrentaban al segundo hombre. Retazos de gritos se filtraban a pesar de la puerta cerrada y de las zambas.

    Uno: Te llenó la cabeza el Loco, los dos están locos.
    Otro: Te estoy diciendo que sí se puede
    Ella: Si por una aventura irresponsable destruimos tres años de lucha, estamos todos locos.
    Otro: Tengo todo bien pensado
    Uno: Yo la quiero igual que vos, pero con el alma partida tengo que decir que no va, ¡no va!
    Otro: Aquí se habla de política, no de cariño. ¡Estoy proponiendo golpear al enemigo donde más le duele!
    Ella: ¡Bajen la voz! Empecemos a hablar todo de nuevo.

    Cuatro horas después, los polemistas entraron a la sala, agotados y sonrientes, listos a partir, de a uno por vez, cada quince minutos, como estaba convenido.
    — ¿Queda un mate para el estribo, muchachos?
    — Cómo no. Fue larga la cocina. ¿Comeremos algo rico? — preguntó el tucumano, el más impertinente, bajo la mirada reprobatoria de los otros estudiantes.
    — Capellettis. La masa es trabajosa pero lo importante es el relleno, lo que está adentro.
    Era la voz de Otro. ¿Habría ganado desde la minoría? La risa de los Triunviros hablaba de unanimidad.

    Lejos de allí, una anciana lee su revista cerca del teléfono. Algunas familias, para ayudarse con los gastos, publican avisos ofreciéndose como mensajería telefónica. Sus clientes son plomeros, grupos de viajantes, pequeños distribuidores.
    Hoy es fatal. Cada veinte minutos llama el mismo tipo que no se resigna a la ausencia de recados. No hay novedad, repite la mujer fastidiada.
    Por fin recibe un mensaje y lo anota, prolija y textual. Cuando el cargoso insista, ya lo está haciendo, podrá pasarlo y preparar la cena.
    — El Sr. Raimúndez le comunica que la empresa aprobó la compra. Mañana se juntan para planificar la entrega.
    Del otro lado, un teléfono público seguramente, hay silencio. Inmediatamente le parece escuchar risa o llanto o ambas cosas mezcladas. Entonces cuelga impaciente y convencida que, como lo suponía, ese tal Sr. Bueno debe estar completamente loco.

Mi polaco amor. Mi amor Polaco:
Tuve un sueño. Un médico, un doctor que estornudaba todo el tiempo, ¡atchís!, me contaba que mi Familia había decidido sacarme de excursión,. Faltaba poco e iría a encontrarme con todos los parientes. Debía despedirme de vos y de los muchachos, porque luego sólo les enviaría postales desde sitios con sol. También podría elegir damas de compañía para el viaje.
Fue un sueño hermoso. Sé que a Uds. y especialmente a vos, los va a llenar de alegría aunque falte tanto para vernos. En el sueño no están aún, ya vendrán, los hijos que voy a darte, que vas a darme un día. Hasta pronto.

    En un pabellón del Penal de Varones, Cacho convoca a los suyos a reunión secreta.
    — No sabemos cómo, ni debemos saber cuándo. Pero los presos vamos a escribir Afuera pidiendo alta prioridad para Capelleti. Comencemos a acumular vituallas. Ese día. Invitaremos a una fiesta sorpresa a todos los internos, políticos y comunes. Nosotros sí podremos festejar, sin peligro de ir en cana.

    En aquellos años, la política admitía divisiones sencillas. Los enemigos, Ellos, eran el Régimen y sus apoyos. Entre el resto, la mayoría del país prohibido, había que optar, en principio, por tomar, o no, las armas. Esa decisión nos apartaba de todos los partidos políticos tradicionales, incluyendo a los comunistas y buena parte del nuestro.
    Aunque manteniendo el trato respetuoso de organizaciones hermanas, una última encrucijada diferenciaba, en posiciones y siglas, a los grupos armados. Unos –nosotros- se reivindicaban integrantes del movimiento popular; resistían al despojo exigiendo el retorno del viejo Líder. Otros intentaban una revolución nueva, muy alejada de aquel pasado de justicia para los humildes.
    Marina, Pelusa y Ana se habían armado sí, pero con una mirada distinta a la mía. Me alegró poder convidar a las tres al viaje de mi sueño. Especialmente a Ana, a quién había logrado reclutar en charlas interminables. Todas aceptaron, con miedo y esperanza.
    Una cuarta chica, J., que esperaba sentencia corta por rebeldías más pacíficas -y de cuyo dogmatismo libresco todas desconfiábamos- sería invitada unos minutos antes de partir. Como yo preveía, eligió quedarse. (Su rostro ha escapado de mi memoria).
    Adentro. Afuera. Adentro. Afuera. Avanzo torpe, buscando a ciegas la identidad de mi hombre. Coso retazos, de cuya pertinencia dudo permanentemente, mientras una suerte de péndulo afuera, adentro, afuera, marca el ritmo, como si todo espacio, todo pensamiento estuviera obligado a pertenecer a uno de esos mundos, adentro yo, afuera él.
    ¿Quién entra? ¿Quién sale? ¿Quién deberá entrar para que nosotras salgamos? ¿Quién, afuera, cuidará la calle angosta que rodea al penal, cuando entren Bruno, Ramón, Chischís? (Hay que conseguir una mujer, ¿Mariana?) ¿Quiénes no podrán sino esperar lejos? Adentro, como el Polaco y los de la cárcel de hombres. O afuera, como Miguel y Lucía, los otros Triunviros, porque así lo ha exigido Ramón. (Justamente él a quien otros, nosotros, le negamos una vez la posibilidad de entrar al monte).

    Y es razonable que así sea. Porque si fracasara lo que en trabajosas reuniones, en largos estudios del terreno, en dibujos y recorridos de escape, están cocinando, -Capelletti, es ahora el nombre del secreto-, ¿quién habrá de continuar adentro de la bronca, quién liberará los presos, quién izará banderas con el nombre de los muertos, quién traerá al Viejo de regreso a casa?
    Situada en el Barrio Viejo, a muy pocas cuadras del centro del poder, la cárcel será tan o más difícil afuera que adentro. Sus calles tan estrechas; por donde circulan tantos ómnibus y autos policiales...¡Será tan engorroso salir rápido de ese laberinto colonial! Los tan tan golpean como un badajo, Bruno; ¡era tan inevitable que te creyeran loco! Pero cada vez son más los que comparten tu locura. Y aun así resultan insuficientes.
    Miguel, que no podrá participar directamente, asume con gusto la tarea de convocar a los Jefes de las demás Organizaciones en busca de ayuda. Hasta ahora las colaboraciones se redujeron a préstamos de pertrechos, o a esconder transitoriamente a un fugitivo. Ahora les pedirá postergar debates, trayectorias, estilos y hasta ciertas antipatías, Es momento de actuar juntos.
    — En la calle quiero lo mejor de cada casa, o sea uno de Uds. mismos. Necesitamos un Jefe por auto, con arma larga y granadas; un camión bloqueando el tránsito y los patrulleros que lleguen. En la evacuación, por el Sur, necesitaremos autos legales para recibir los bolsos con los fierros mientras nuestra gente se dispersa en colectivos o a pie. Para el primer tramo de escape, hay que blindar con chapas de acero una camioneta donde irán las chicas. A ellas las rodeamos y cuidamos —les dice ceremoniosamente.         Luego se dirige al grupo más pequeño.
    — A Uds. sólo les pedimos un coche, con dos muchachos bien vestidos, sin armas, que acompañe la carga y en el primer trasbordo reciba los dos "paquetes" que les pertenecen. Si al salir hubiera baile o problemas con la camioneta, Pelusa y Marina subirán directo al móvil de Uds. y desaparecerán por una ruta propia hasta otro auto limpio, de recambio. Tienen que llevarles pelucas, anteojos y algo de pintura para disfrazarse rápidamente; y transformarse en un par de matrimonios, de paseo hacia donde Uds. decidan.
    — Nuestras presas son tres — lo interrumpe su interlocutor.
    Miguel sonríe.
    — Creo que no. Adentro, en "Canadá", Ana aprobó Historia Argentina. Cambió de Club y viene con nosotros.

    Pero no serán sólo veinte en plena zona, más otros diez, por los alrededores, ayudando a la desconcentración. La telaraña crece. Requiere tareas conexas. (A los pequeños equipos de especialistas les fascinan los nombres ostentosos, como si integraran un ejército real.)

Documentación:
    —Necesitamos tres carnets del Colegio de Abogados. Esta foto a nombre de Zannetti Ricardo (Ramón), ésta a nombre de Bueno Carlos (Bruno), ésta a nombre de ….(Mariana).
    Hay un cuarto carnet, auténtico, que se usará por última vez. Su dueño, mi querido Dr. Chischís, dejará de ser. Para su oscuridad futura también hay que prever:
    —Y una cédula de identidad con esta foto.

Sanidad:
    —Preparar y distribuir cuatro postas. Cada una requiere camioneta con camilla, chofer, enfermera o médico y casa quirófano para los heridos eventuales. La Directiva del Club comunica, a quienes participen en Capelletti, que será obligatorio llevar una etiqueta con su grupo sanguíneo y factor, pegada en la cara interna del reloj; además se prohibe ingerir sólidos desde cinco horas antes, por lo menos. Esto no es rutina, muchachos, casi seguro tendremos machucados.

    Hay misiones insólitas y distantes. En Rosario, una persona sin prontuario policial recibirá la orden de organizar ese mediodía un almuerzo sindical en un restaurante céntrico. Será un homenaje al defensor Zanetti, mi otro abogado. "Obligarlo a que concurra, que lo vea media ciudad". Zanetti ignora el mal rato que le espera: un par de noches de trompadas y comisaría. No hay otro modo, Ramón necesita robarle el nombre y es justo, al menos, armarle su coartada.
    Es mucha gente. Hay que conseguir y guardar autos. "Los responsables que aprovechen para foguear a sus debutantes".
    Hay más involucrados. Un matrimonio se muda a un barrio cualquiera. La esposa no pierde oportunidad de contarle a sus nuevas vecinas sobre la próxima visita de sus hermanas del interior, Ana y yo. Hasta pide recetas para recibirnos con una rica torta. Esa también es una orden: "Adórnenla con una banderita argentina, no podremos darles una fiesta más grande".
    Todos trabajan. La mayoría apenas conoce una palabra clave: Capelletti. Nadie recuerda -en la fiebre de los detalles que se complican y obligan a nuevos nervios y postergaciones- que todo comenzó tres años atrás, frente a un diario abierto, cuando un hombre, el mío, dijo:
    — Hay que liberar a esa mina.


    Tendría que ser sábado, a partir de mediodía. Por descarte. Para que aflojara el tránsito en la zona, y porque el domingo, con los turistas y las familias de paseo, todo se complicaba. No cualquier sábado: cuando le tocara guardia a Pereira.
    Grupos de estudiantes de arquitectura, en zapatillas y con cuadernos de dibujo, están realizando un relevamiento en la zona colonial.
    —Podemos mezclarles varios jóvenes sin llamar la atención. Es normal que los estudiantes carguen bolsos. Algo a favor, al menos.
    Por fin, ese último jueves, dos días antes de todo, Bruno dice:
    —El sábado le traigo a la abogada que corta el bacalao. Vamos a hablar de plata, pero plata de verdad, montón de plata, ¡mucha plata, Pereira!
    Y Pereira abre grandes los ojos y no se atreve a preguntar siquiera en qué consiste, de qué trata ese negocio. Porque la palabra plata lo sacude y excita, ¡mucha plata, Pereira!
    — Espérenos con un rico café, no me haga quedar mal que la Doctora es multimillonaria. Su superior también podrá asociarse. ¿Me entendió bien, Pereira?
    —Sí, Doctor. Sí, Doctor. —repite entre asustado y eufórico Pereira, que en realidad no entendió nada, mucho menos lo que deberá pagar por esta apuesta. Porque a pesar de su balazo en la pierna, nadie creerá en su inocencia cuando, confuso e incoherente, trate en vano de responder a los Federales que le pegarán mientras pregunten, incansables: ¿Quién autorizó la entrada? ¿Por qué, el día de los hechos, había dos abogados tranquilamente sentados en plena Sala de Guardia?

    Siesta fría de junio. Demasiados relojes de las proximidades marcan al unísono la una de la tarde. La función va a comenzar.
    En el bar frente a la plaza, y a la puerta del penal, dos hombres de corbata y sobretodo miran la hora y se levantan de su mesa. Al salir no saludan a nadie, no deberían conocer a nadie. Sin embargo, cuando casi rozan al morocho cejijunto, que conversa en la esquina con una rubia de impresionante tapado, uno de ellos -fiel a su estilo- le hace al tipo un guiño rápido e innecesario. El mensaje personal y privado dice: Tranquilo, todo saldrá perfecto, te prometo traerla.
    En pocos pasos estarán en la vieja puerta, identificándose:
    — Dr. Chischís y Dr. Zanetti para visitar a nuestra defendida.
    Unos minutos después la pareja hará lo mismo:
    — Dr. Bueno y su socia. Tenemos reunión con el Oficial Principal Pereira.
   

    Esperé e imaginé las escenas siguientes en cada detalle; pero de todos modos estoy temblando. La celadora me lleva adelante, a la Sala de Visitas. Allí, sonriente y formal, después de tres años, está Ramón, nacido Enrique; y ahora convertido en Zanetti, mi abogado.
    — ¿Cómo está Ud.? — me estrecha la mano. (Aunque quisiéramos abrazarnos y llorar. Ya habrá tiempo).
    Durante unos minutos -fiel a su estilo- me tira frases con doble sentido que aumentan la palidez y el silencio de Chischís.
    — Su familia la aguarda con mucho cariño.
    Mientras habla, de reojo, vigila a través de la puerta enrejada (es la puerta que aún hoy me persigue en pesadillas). Sor Domitila la ha cerrado tras sí luego de que ellos entraran. Debe esperar que Bruno y Mariana lleguen, desaparezcan de nuestra vista por la izquierda; y en un tiempo más se acomoden frente a Pereira y su jefe, en esa Sala de Guardia cuyas ventanas dan a la calle.
    No tarda mucho. Con el índice sobre los labios, casi una enfermera de hospital, desenfunda y encañona a la celadora; yo le quito las llaves del pabellón y corro a buscar a Ana, a Pelusa y a Marina.
    Todo funciona de maravillas. Apenas resta que la monja nos abra la no dichosa puerta de barrotes que da al pasillo de salida; Mariana. descubrirá la ametralladora que lleva bajo su hermoso abrigo y, junto a Bruno, encerrarán a los guardias en su propia oficina y escaparán atrás nuestro.
    Sor Domitila, muda y a mi lado, ha asistido al despliegue con aquella cara de estúpida santa que nunca me gustó. Pero súbitamente estalla en alaridos histéricos:
    — ¡No se vayan, queridas! ¡No se vayan, queridas! — y revoleando el llavero de nuestra libertad, la maldita lo lanza por una ventana hacia un patio interior inaccesible.
    Ramón la sienta de un culatazo, hace señas para que retrocedamos y encara a balazos la cerradura. Vacía su cargador y luego la pistola de Chischís.
    Por un segundo, mi mente -disparatada como toda la situación- sólo evoca y detesta a los detectives que tan fácilmente lo logran en el cine. Porque esa puerta ni se entera de nuestra desesperación y continúa cerrada, impasible. No habrá afuera para cuatro, sino adentro para seis.
    Escucho otro tiroteo adelante, tal vez un tercero en la calle. El infierno llegó.
    Mariana sonríe y seduce mientras Bruno alarga una conversación delirante. Están sentados de espaldas al pasillo, frente a Pereira y al otro. Escuchan risas y voces de los demás guardiacárceles –seis- y hasta entrevén sus siluetas que conversan y toman mate en un segundo cuarto, interno.
    Los berridos de Sor Domitila, seguidos por los disparos de Ramón, rompen violentamente el cuadro. Bruno -pistola- y Mariana -ametralladora-, retroceden en un salto, y empiezan a tirar. Pereira y su acompañante también saltan hacia atrás y se atrincheran junto a los otros en el cuarto trasero. Entre humo y gritos, cruzan las balas, aunque en ese espacio minúsculo sea imposible apuntar. Los heridos leves -los habrá- serán por los rebotes, como la pierna de Pereira y un brazo de Bruno.
    En la calle, unos disparan contra las ventanas locamente, tal vez para que nadie asome, tal vez para ayudar a no se sabe qué demonios está pasando ahí adentro; mientras otros se aprontan para recibir con metralla a los autos patrulleros que milagrosamente no llegan, que milagrosamente no llegarán.
    No le queda munición. Pero Ramón tiene aquello, indefinible, que lo ha llevado a Jefe. Y en el sobretodo guarda además una granada, que colocará en equilibrio trabajoso sobre la cerradura. Le ordena a Chischís que proteja y arrastre, lo más lejos posible, hasta la pared contraria -junto a nosotras- a la monja, que ahora solloza queda en el piso, con un hilo de sangre sobre su frente. Cuando, un segundo antes de la explosión, él también se aleje y nos abrace a todos, intentando cubrirnos como una frazada corta e inútil, sabré -no hay otro verbo para la certeza- que allí vamos a morir.

    Un tren de olvidos cruza Atuel. Es una calle triste y confusa, que aún duda si sus paredones y casas bajas pertenecen al barrio de Parque Patricios o al de Pompeya. A pocos metros de la esquina con Grito de Asensio, una valla fija, de hierro, clausura el paso de vehículos. Bajo el sol del invierno, los yuyos que cubren las vías, junto a la senda de peatones, esperan: la sangre joven pronto habrá de mojarlos. Del mismo modo que luego esperarán, pacientes, ese gesto mío -infantil y mecánico- cuyo significado he perdido. Llegaré, casi treinta años después, y no podré evitarlo: frente, en el nombre del Padre; pecho, del Hijo; un hombro, del Espíritu; el otro, Santo; beso mi pulgar, Amén.
    La explosión nos sacude; arranca trozos de revoque de las viejas paredes y la puerta cruje pero aún aguanta sin abrirse. El tiroteo en el frente continúa incesante. Las dos pistolas vacías yacen inútiles en el suelo. ¿Te quedará una idea, un recurso, un intento final, Ramón? Sí. Arma una almohadilla con su sobretodo, se la coloca en el hombro y arremete, una vez y otra, contra la puerta de barrotes que, maltrecha, cede al fin. Trotamos agachados por el corredor. Alcanzo a ver la espalda de Mariana y la de un hombre (cuyo rostro sólo conoceré después, por una foto de diario; del mismo modo que él supo del mío).
    Desde el marco de una puerta, Bruno y Mariana disparan, codo a codo, contra los guardias replegados en el interior. Por atrás, escuchan nuestros pasos atropellados y el grito perentorio, la orden de Ramón:
    — ¡Nos vamos! ¡Nos vamos!
    Abren una descarga tupida que les conceda unos segundos para retirarse y nos siguen a la calle donde también hay locura y estruendo, pero -aún sigo sin creerlo-, no llega, o no quiere mostrarse, ningún policía.
    Ramón nos empuja a la caja, totalmente cerrada, de una camioneta. A partir de allí no recuerdo nada del escape. Ni el cambio de autos, ni las pelucas, ni la despedida de Marina y Pelusa. Mi siguiente imagen es ya en la cocina de aquella casa de las primeras semanas. Estoy con Ana, abrazadas en llanto, frente a un torta ornada con una banderita azul y blanca; un letrero de crema dice ¡Bienvenidas!
    Los dos muchachos del coche en marcha descubren, azorados, al tipo que abre la puerta trasera, dispuesto a subir. Emerge atontado y sordo desde un ruidoso averno no mayor a dos pequeñas habitaciones. Su brazo izquierdo chorrea sangre. Desde la calle le gritan:
    — ¡Loco, ése no es tu móvil! ¡Subí al de adelante! Esos compañeros son de otro Club, no están para eso. ¡Bajá, Loco, que rajamos!
    No obedece. Al contrario, está decidido a mandar él mismo.
    — Claro que rajamos y yo rajo donde carajo se pueda. ¡Arrancá, pibe! ¡Arrancá, te digo!

    El Sur se puebla de sirenas policiales que aúllan desconcertadas. Porque no nos vieron antes ni nos ven ahora; no saben por dónde vamos, ni qué color tienen o cuántos son nuestros vehículos. Estamos desapareciendo en sus narices. Aunque haya autos y camionetas que, para sobrepasar, suban peligrosamente a las veredas, muy cerca de volcar o chocar.
    — Aquí debíamos abandonar éste. y caminar unos metros con nuestras chicas. En la avenida tenemos un auto limpio.

    — Haremos eso mismo, tal cual.
    Bruno lleva la única pistola, la segunda, ya en la mitad del cargador de repuesto.
    — Dejala, entonces.
    — ¡Yo no me separo del fierro! ¡Bajemos ya!
    Será una torpeza más estacionar allí: obstaculizando una salida de autos; justo frente a ese periódico cuyo personal está en la calle para saber del alboroto. (¿O apenas una gota de mala suerte, mezclada en un azar que tanto ha laborado por nosotros? ¿Por qué ahora, cuando el propio Bruno ya ha conseguido, finalmente, liberar a esta mina?)

    Con gritos y gestos desenfrenados, un hombre detiene a un coche policial que cruza la esquina.
    — Son tres. Dejaron ese auto y se subieron a un Valiant gris en la avenida.
    Se inicia la persecución por calles laberínticas cuyas claves los míos ignoran. Tampoco saben su destino final: Atuel y Grito de Asensio.

    Dije que nací en un país donde los más, perseguidos y proscritos, tejían sus sueños con la memoria de otros días mejores. Era realmente así.
    Dos jóvenes saltan una tapia baja e irrumpen en una casa. Su aparición, junto a los estampidos que resuenan en la calle, asustan al sábado. Y al matrimonio que matea en el patio. Lúcidamente, uno de ellos disfrazará una pertenencia que no les es propia.
    — ¡Somos hombres del General! ¡Somos del General y nos matará la policía!
    — No, pibes. Tranquilos. Vos sos mi sobrino y éste será el marido de mi hija. Andá a ese cuarto, ahí estás durmiendo la siesta en calzoncillos, y vos pasá al baño a afeitarte, que ya te alcanzo un pijama. Denle sus ropas a mi esposa. Cualquier problema cruzan por el alambre a lo del vecino, que también es compañero
    Durante dos días enteros, los vecinos los alojarán hasta que, sin resultados, acabe la búsqueda entre paredones y casas bajas, entre Parque Patricios y Pompeya.
    Gentes sencillas, armadas sólo con su identidad y sus esperanzas, salvarán esas vidas. Por aquellas cosas, por aquellas gentes, no por mí, peleaba Bruno. Igual que nosotros.

    
    Hace apenas una hora que el Sargento Orellano tomó turno y, lo que prometía ser un sábado tranquilo, ya es un manicomio de órdenes y contraórdenes por la radio; de velocidad con la sirena en llamas sin que nadie explique claramente qué buscan.
    Un hombre les avisa lo del Valiant y allá parten, curva y contracurva. Y aunque Orellano no suelta la ametralladora, no logra espacio ni equilibrio para tirarles; porque los perseguidos doblan constantemente, ahora por Grito de Asensio, y él debe usar la otra mano para no golpearse. Si se metieran por Atuel la barrera les cortaría el paso y...
    — ¡Ahora sí! ¡Se jodieron, se jodieron estos mierdas!
    Los tres tipos abandonan el auto y corren a pie para cruzar las vías. El de atrás- ¡ojo, tiene una pistola!- se demora para cubrirlos. Entonces el sargento Orellano se regala un placer que nunca tuvo. Saca cuerpo y ametralladora por el techo corredizo, como un soldado en un tanque de guerra. Casi mirándole los ojos -morocho cejijunto, mediana estatura-, lo barre de una sola ráfaga.
    Los yuyos que esperan, cubriendo las vías, se mojan por fin.
    Los otros dos se han esfumado, pero no pueden andar lejos y también caerán. En todo caso que los busque el personal de los otros móviles. Orellano ya hizo méritos suficientes para un ascenso. Y quiere que el Comando se entere de eso cuando sea él mismo, por la radio, carnet en mano, quien reporte la identidad del delincuente abatido:
    — Masculino identificado como Carlos Bueno, abogado. Cambio.

    No, no es así, Sargento. Se llamaba Bruno. Cambio y fuera.


l


© Santiago Hynes
, Bs. As. abril de 1999
SHYNES@trabajo.gov.ar

   
Menos de Matilde
 
   Triunvirato y Olazábal. Estoy aquí porque no puedo, él sí.
    Vendrá a matarme.
    Disparará certero y mi frente estallará en un borbotón. Nadie en la pizzería atinará a atinar.
    Se irá tranquilamente como vino, buscando su auto estacionado en Olazábal.
    Conducirá por Triunvirato hacia el norte mientras piensa: y bueno, éramos él o yo; si nunca tuvo (tuve) huevos, que se (me) joda por boludo. Inmediatamente se reprochará. ¡Qué boludo!, no se cruza un semáforo rojo después de matar a un amigo. Seguramente preferirá dejar el auto y tomar el primer taxi, pero en sentido contrario; como quien dice, volviendo al lugar del crimen. Triunvirato hacia Chacarita.
    Entrará por esa puerta, por la que está entrando ahora, derecho hacia mi mesa. Me preguntará qué escribo. Contestaré: pavadas, sólo pavadas (Mi mano izquierda oculta en un bollito a esta servilleta de papel).
    Ahora sí, frente a frente, una vez más, conversaremos sobre asuntos nimios o importantes.
    Menos de Matilde.


 © Santiago Hynes - Buenos Aires, 1980,
 
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    Ernesto - Poesía (breviario)   * Huellas del tigre
* Amén  * Secuelas... 3, 2, 1 ¡! - Fragm. * Secuelas II - Fragm. * Secuelas III - Fragm. * Vacío  * Sin título Visiones     Cuervos     Visión I      Visión II * Difusas garrapatas       Historial Temporary  ( 2 )

   Ernesto A. Bavio
nace en Viale -Pcia. de Entre Ríos - en 1943 y termina el colegio secundario en Paraná. Luego, ya en Buenos Aires, cursa estudios terciarios, incompletos, en las Facultades de Agronomía y luego Filosofía y Letras (UBA). En la primera conoce a Hynes. Ambos, entre fogones y guitarras, novias y militancia política, estructuran una amistad que perdura hasta hoy.
    En 1976, tras el golpe militar, se traslada a México DF. Allí estrena publicación en la revista Controversias, en el suplemento literario Sábado del periódico Uno más Uno  (algo así como el Página/12 nuestro) y en el suplemento anual de la Universidad Veracruzana.
    Asimismo, participa con tres cuentos de la Antología De estos días  -Ediciones La paz del fuego, Univ. Autónoma de México, 1982 - prologada por el poeta Máximo Simpson.
    
    En 1984 regresa a Buenos Aires y comienza a escribir el libro ( inédito en papel ) Memoria de jardines y otros cuentos, posteriormente subido a - y reproducido por - varias pgs. web; la primera, obra de un excelente periodista y escritor: Alejandro Manrique, El Ciruja, la cultura en camiseta: http://usuarios.lycos.es/GrupoArcano . Luego, por el grupo que comanda Joaquín González Graña: La-Lectura.com: http://www.la-lectura.com
    Mediante el sistema electrónico, sube a la Red un libro de poesía titulado Poemas Sin Ceros.         En mayo de 1990 llega a Bariloche, Pcia. de Río Negro, donde reside desde entonces.
    En esta ciudad crea y emite durante seis años el programa Musicuentos, producido desde la FM "Mascaró", dedicado a la difusión literaria y antecesor radial de Sensibles del Sur. 
    Sus poemas (por lo general, intimistas) son activos concurrentes a los encuentros de La luna con gatillo, Celebración de lo efímero, cuelgas callejeras, Café Literarios y exposiciones del Poema Ilustrado. En estos últimos, en tres ocasiones, obtienen Mención de Honor. 
    Fue invitado como jurado literario en varias oportunidades.
    En marzo de 2000 organiza una Muestra de poesía en imagen junto a obras de la poeta Cecilia Fresco, ilustradas por artistas plásticos, en la sala " Le Graveur ".     En octubre de 2000, un fragmento de su poema Secuelas...3,2,1 ¡! obtiene Mención de Honor en el Concurso de escritores " Milenio ". Dicho fragm. corre idéntica suerte en el Salón Patagónico del Poema Ilustrado 2001 por lo que hoy el autor insiste con él; el resto de los poemas que aparecen en este número son inéditos.     En la actualidad, además de editar la presente revista electrónica, prepara una Muestra de fotopoemas. 
   Y el mes que viene pasará a engrosar el porcentaje anónimo de desocupados argentinos del INDEC (Instituto de Estadísticas y Censo). Aunque esto nada tiene que ver con la literatura, claro.

 

ERNESTO A. BAVIO
dixit
:

G
Huellas del tigre

a Gabi Larrea y Alejandro Santana

Para trazar esa fiera
en una espalda
no basta
reproducir sobre un modelo

Para pintar esa ficción
hace falta
                                        la espalda

Y ella
a diferencia del poema
no siempre
                                                está a la mano


Bariloche- mayo de 1998
Correg.: fines de septbre. de 2002


Amén

a IP

Siempre matamos lo que amamos
Los valientes con una espada
Los cobardes con un beso
(O. Wilde )

A esa mujer
la desangré con mil palabras

Busco una
para redimirme

No existe

Y está bien
                                que así sea


Bariloche, ? de 1999


Secuelas... 3, 2, 1 ¡!

(Fragm.)

¿De qué otra cosa se puede hablar,
con pasión y serenidad,
si no es de uno mismo?
(Fédor Dostoievski)


IV

Parece que es la muerte
porque es tarde y no llueve
porque a la medianoche
floreció el ciruelo
                                                                  y partió sin aviso la chicharra

Parece que es la muerte
porque el cielo lastima
y se asquea de sol algún
                                            recuerdo

porque ladra ese perro
de cara al sufrimiento

Parece que es la muerte
aunque sólo parezca

Bariloche, ? de 2000


Secuelas II
(Fragm.)


IV

No sé decir
no logro suponerme

Me estoy haciendo falta

Bariloche , ? de 2000


Secuelas III
(Fragm.)


IV

Quisiera no dormir

Despertar de este insomnio

Bariloche, abril de 2000


Vacío


No tengo
siquiera
la piedad de enfurecerme



Bariloche - marzo de 2001

*

Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé!
César Vallejo
(Los heraldos negros)

Uno a uno
hoy
siento quebrar las piedras
el jaguar de papel
la sílaba no escrita

Todo se rompe dentro y fuera
como un sudor de fierros
                                                                en el vientre

Como un ardor de clavos
                                                        huecos

Un sueño nace y descarrila
Se parte el tiempo acusador
Un pensamiento gira
y triza en su caída
cristales de una opción apolillada.

¿Crónica o desvarío?

La tarde y el reloj y el agua
el ruido de la sangre entre los dientes
la sal el gato una voz amistosa
Todo se carcome porfiada y velozmente

Queda el silencio
El estertor
El puro hueso

Hoy
sólo mis ojos oyen

Bariloche,  mayo de 2001
Correg.:  principios de octubre de 2002


VISIONES


Cuervos


Deciden enlutar
en cíclico abordaje
el manzanar celeste

Acusan un horror que ignoran
Una canción servil
Una soberbia errante

No hay qué los inquiete
Estatuas incoloras
ni tan sólo respiran

Sé cómo desmontar el desatino
Conozco su fatalidad
Basta un leve aleteo de mis ojos
para borrarlos

 

Visión I


He visto un perro muerto
Desterrado

Por reiterada vez
sobre la ruta
he visto
muerto
a un perro

Reconocí sus moscas orbitantes
Su rigidez saqueada

Quieto ladrido
debajo de la seca lengua me resonó la infancia
(la gomera sin fe
un gemido metálico de auxilio)

He visto
a un perro
muerto

El
¿Qué vería en mí?



Visión II


Puedo entender
que debo caminar
Desperezarme

Puedo entender
que debo conversar
mover los brazos
sacudir la sangre

Puedo entender
que deba odiar
y amar
hasta aburrirte

Puedo entenderlo

Lo que no puedo
es
para qué



 Bariloche, junio de  2001


Difusas garrapatas

Nacen jubilosas
pequeñas
marrulleras

No alcanzan a crecer
y lo sospechan

El alimento
deberá modificarse
o
repetirse
repetirse
repetirse

Rep
        et
                irse

Bariloche - Octubre de 2002

© Ernesto A. Bavio

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