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Alejandro Acosta
Argentina |
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ALEJANDRO ACOSTA
Ella parecía detenida en su
provincia de lluvias.
Con materias difusas, sales,polvo cósmico,
abría jaulas a un extenso cometa,
secreto todavía,
y viajaban por su piel en sangre y
en cielo
unas cintas rojas.
Y bajo un cielo de largos muslos
adolescentes
sólo ella supo.
Era el sol que remontaba por la
noche
sus burbujas incontenibles,
era un veneno de dulces sueños,
todo sed, todo grietas en la
arcilla,
y ella transparentando, casi en las
verjas de la nada,
un recuerdo estival de pastizales
maduros.
El mundo volvió a su merecido
olvido. Luz de amanecer:
morena, lacia, con oficios de la
luna,
sedujo en soledad aquelllas cintas y
echó a rodar el tiempo.
En la deriva incierta de esos
minutos
estaba mi madre
dibujando uno cualquiera de sus
hijos.
Ronda de
cobres gigantescos, madera,
arabescos en plata de luna,
fuga de cristales uno a uno
coloreados,
cabellera española,
frío en los huesos la música.
Promontoruio para mirar al hombre
que bate su oleaje contra las peñas.
Duende que recobra el sabor de la
leche
materna. Trenza apenas firme.
Revólver.
Una voz canta
y la canción, como una vela,
se disuelve
apenas por el patio.
Seis cuerdas y tres llaves pasean.
Como una niebla desdibuja los límites
precisos de un álamo
o una silla,
algo comienza a dudar mis contornos,
un cierto alivio, un temblor
enla delgada película que envuelve
las horas.
Una risa que ríe conmigo en la
noche.
Mi vaso rebalsa.
Y veo
hombres flaquear por un costado heróico,
arrogantes, baldíos, montados en
humeantes caballos aparentes,
incapaces de robar un beso rojo,
un pañuelo.
Y veo las amígdalas del hombre
colgando de pinzas azuladas y frías,
de cristal de aburrimiento.
Qué costado se desfonda cuando
pregunto
y entonces algo brilla.
-Unos dados que brincan,
predestinados por nadie,
vienen a beber conmigo
en nombre del placer y la caída-.
Qué se desvanece, aliviana o
perfuma
en la grata compañía de las cosas
en sus precisos términos:
por qué el cielo sin las cintas del
viento,
cuál el canto,
quién no fuera una buena madre si
pudiese.
Florecían y dudaban máscaras,
rostros, sedimentos
de razón, de locura, de azar,
derramados, barridos,
atesorados en rincones,
aferrados al número incalculable de
batientes alas,
al torbellino,
girando,
cayendo de lado,
mirando sin ver el mar que se
acerca.
Así los cuerpos abrazaban su sabor
femenino
y todo amor que nacía
era reflejos de otro burlado en la
vigilia.
Así el ángel jugando con barro
gatillaba secuencias
sobre el hombre que despierta y
olvida.
Salen un momento y quién sabe si
regresan.
Tararean por labios llenos canciones
repetidas,
empecinadas en dar lo suyo a la
especie.
Mis amigas.
Secretamente juzgadas con el metro
de mi madre.
Alejandro Acosta Nació
en la provincia deCatamarca, Argentina. Publicó "Las Tramas
Coloridas" (1988), "La Creciente" (1990) y " Cuentos
para una Alicia crecidita" (1994) "De los Venenos"
(1996).
Fue director de la revista
literaria "Agua Ardiente"
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