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Sensibles
del Sur
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PARANÁ, Entre Ríos - Mesopotamia Argentina, viernes
30 de mayo de 2003
( Año III - Número
158 )
¡ Me atravesaba un río,
me atravesaba
un río !
Juan L. Ortiz
Publicación literaria electrónica
y gratuita dedicada a la difusión e intercambio de poesía, cuentos, comentarios,
reflexiones y opiniones relacionadas con la Literatura y la actualidad social.
Idea y edición: Ernesto A. Bavio
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CUENTA CONMIGO - Revista
gráfica y virtual
l
Una esperanza no es un final; es ir hacia algún lado.
Carlos Catania
1) AMALEQUETACAN
Hoy : "El bulín de la calle
Ayacucho"
2) Para la sonrisa
LUIS BUERO - Hay que deshacerse de
la autoestima
3) Nuestro Archivo
MARIO CAPASSO (Cuento)
AMALEQUETACAN
HOY: " EL BULÍN DE LA CALLE AYACUCHO"
Compuesto en la rpimavera
de 1923, estrenado por el dúo Todarelli-Mandarino en el teatro Soleil. Carlos
Gardel lo grabó en la Odeón de Barcelona, el 27 de diciembre de 1925; lo acompañó
el guitarrista José Ricardo. (...)
La nefasta Resolución 0689,
que autorizó la censura en Radiocomunicaciones a partir del 14 de octubre de
1943, pretendió eliminar el lunfardo. Celedonio se vio obligdo a modificar la
letra y hasta el título mismo del tango, que pasó a ser Mi cuartito:
" Mi cuartito feliz y coqueto / que en la calle Ayacucho alquilaba; / mi
cuartito feliz que albergaba / un romance sincero de amor... " Nada que
ver.
(...)
Fuente: Las mejores letra de
tango - Héctor A. Benedetti - Edit. Planeta - Bs. Aires, 2000 -
EL BULÍN DE LA CALLE AYACUCHO
- Tango -
Letra: Celedonio Esteban Flores
Música: Hermanos José y Luis Servidio
El bulín de la calle Ayacucho
que en mis tiempos de rana alquilaba;
el bulín que la barra buscaba
pa' caer por la noche a timbear;
el bulín donde tantos muchachos
en sus rachas de vida fulera
encontraron marroco y catrera,
rechiflado parece llorar.
El primus no me faltaba
con su carga de aguardiente
y habiendo agua caliente
el mate era allí señor.
No faltaba la guitarra,
bien encordada y lustrosa,
ni el bacán de voz gangosa
con berretín de cantor.
Cotorrito mistongo, tirado
en el fondo de aquel conventillo,
sin alfombra, sin lujo, sin brillo;
cuántos días felices pasé
al calor del querer de una piba
que fue mía, mimosa y sincera,
y una noche de invierno fulera
hasta el cielo de un vuelo se fue.
Cada cosa era un recuerdo
que la vida me amargaba,
por eso me lo pasaba
cabrero, rante y tristón.
Los muchachos se cortaron
al verme tan afligido
y yo me quedé en el nido
empollando mi aflicción.
El bulín de la calle Ayacucho
ha quedado mistongo y fulero;
ya no se oye el cantar milonguero
engrupido su musa entonar.
En el primus no bulle la pava
que a la barra contenta reunía,
y el bacán de la rante alegría
está seco de tanto llorar.
l
Para la sonrisa
Hay que
deshacerse de la necesidad de autoestima
Por Luis Buero
Uno de los grandes dramas psicológicos
de la actualidad es la aparentemente nada esquivable necesidad del hombre
de tener autoestima para lograr sus fines, y en especial, una autoestima “alta”.
La ausencia de autoestima, o su presencia desinflada, es el crayón que
hoy tiñe de gris la vida de las personas, pues la
falta de este ingrediente las lleva a realizar malas elecciones y emprender
caminos equivocados, según dicen los que saben.
Los hombres transitamos por el país recordando
nostálgicos una época en la que disfrutábamos de un empleo seguro, dos
autos en el garaje , tres hijos en escuelas privadas, y cuatro
champúes en el placard del baño. Ahora, mientras nos lavamos la cabeza
con jabón de la ropa, nos preguntamos desesperados, cual personaje de Almodóvar,
“¿ qué hice yo para merecer esto?”. Y de pronto suena el teléfono y nos avisan
que hemos sido despedidos, y que la empresa no tiene plata para mandarnos
el telegrama.
Paradójicamente las mujeres están
cada día más exigentes, intolerantes y egocéntricas. Sus maridos y novios
les sugieren que exorcicen su carácter en una terapia psicológica, la que
inevitablemente las impulsará a ser más egoístas, intolerantes y egocéntricas,
porque les “fortalece la autoestima”.
Y así, como actores que desesperadamente
necesitan el aplauso poniendo su felicidad en manos de los demás, la autoestima
del "homos argentinus" sube y baja como pelota de un encarnizado partido de
futbol en el que juegan a diario sus proyectos contra sus frustraciones; ganando
éstas últimas, muchas veces por goleada.
Aunque las ideas originales de Adam
Smith o Carlos Marx hubieran sido respetadas y habitáramos hoy un mundo
ideal, igualmente nuestra necesidad de autoestima persistiría. El error,
consiste en la absurda creencia de que la existencia de la raza humana tiene
un sentido, y lo que es peor, una misión.
Cuando miramos con desdén un simple hongo,
fruto de la humedad ambiente, erigirse involuntariamente al costado de un
árbol, consideramos que por su inutilidad, fragilidad y furtiva temporalidad,
ese parásito es una vida al cuete. Sin embargo creo que lo único que
nos diferencia de esa planta es la racionalidad, que nos ha servido
para dividir, separar, desunir, y llenarnos de una vanidad absurda. Nuestra
ceguera nos impide comprender que ese honguito también representa humildemente
a Dios, desarrollando su ciclo vital sin conocer la palabra autoestima
y sin suponer, como los humanos, que debe cumplir un destino bíblico. La
realidad no tiene la obligación mística de adaptarse a nuestros sueños, por
lo tanto la depresión, la envidia, la ira, el despecho, el rencor, la frustración,
la decepción, no son más que fantasmas que nos envenenan tontamente.
Siempre nos pasa lo mejor que nos podría ocurrir, dadas las circunstancias.
Por eso, pienso que debemos pelear por nuestros derechos, si, y materializar
las ideas, pero cumpliendo una tarea “técnica”, sin odios ni resentimientos,
sin juicios condenatorios hacia nosotros o sobre los demás, porque en ningún
lugar está escrito que las cosas deberían ser de otra manera. Entendamos que
nuestra existencia y la de nuestros enemigos o adversarios no es más trascendente
que la de ese honguito. Es hora de llamar a unas cuántas persona y decirles:
“gracias y perdón”. Y también de que nos deshagamos de la necesidad
de autoestima para poder actuar, porque su termómetro es una vana ilusión
de la personalidad. Usemos el tiempo que nos queda de vida en
amarnos a nosotros mismos y en dar solo amor a nuestros semejantes.
Y cuando en nuestro futuro velorio alguien diga “ no somos nada”, nosotros
le sonreiremos desde el más allá, porque eso ya lo sabíamos de antemano.
l
©
LUIS BUERO
Nuestro Archivo Todo un honor haber participado con un relato en Sensibles. Y como
le agarré el gustito, sumo otro para el archivo.
Muchas gracias.
Mario Capasso
mcapasso@atanorsa.com.ar
MARIO CAPASSO dixit:
LA LÍNEA QUE DIVIDE
El hombre advierte a la distancia la seña del otro,
mira el reloj, duda unos instantes y finalmente se dice: está bien, dos minutos,
para qué más. Amaga hacerle un gesto de acatamiento pero el otro ya no lo mira;
y después de todo, piensa, es inútil esbozar algún ademán cuando nadie se detiene,
cuando todos van para un lado y para otro, qué locura la de los que corren y
corren y no paran. Que se maten, decide el hombre, no vale la pena mover un
dedo y mucho menos un brazo por ellos, si es evidente que los impulsa un afán
desmedido, pero afán de qué, se pregunta por enésima vez sin atreverse a cruzar
la línea. Porque es indiscutible que hay una línea que separa a los de adentro
de los de afuera, y él transita por esa línea, es uno que llegó apenas hasta
ahí. Siempre había sido distinto al resto y eso es algo que se paga; ignorado
a veces, a menudo insultado, y es en esos momentos cuando se pregunta por qué
eligió ser diferente y la respuesta le duele, porque comprende que no tuvo opción,
si ya de pibe tuvo que mirar de afuera y soñarse adentro, los amigos nunca le
decían vení con nosotros, y lo dejaban a un costado, y él notaba la bronca del
padre cuando le repetía que no parecía el hijo, que jamás le iba a dar esa satisfacción,
sos un burro, un animal, de madera sos, le decía aunque en el colegio conseguía
buenas notas porque se mataba estudiando y era el primero en levantar el brazo
para contestar, pero ni así. Y al final se había resignado a permanecer en un
lugar que no representaba nada, un lugar sin magia ni color, eso, sin colores;
y había hecho de ello casi una profesión y entonces resistía entre los que lo
agraviaban cada vez que se veía obligado a intervenir, a participar con su opinión,
como si todo lo que él señalara resultara mal interpretado. Y ahora qué pasa,
otra vez lo mismo, los de adentro se le vienen encima como fieras y adivina
a sus espaldas a los de afuera, qué le reclaman estos atorrantes, si sólo faltaban
dos minutos y él apenas se distrajo un poco pues el partido estaba casi terminado
y se hubiera ido tranquilamente a su casa con el banderín de recuerdo por tratarse
del último. ¿Orsai de dónde, ¿orsai de quién?, dice el hombre antes de caer.
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