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Sumario
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1/Tomás Astelarra: Aforismos ronateros
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200 p
50 comas
Una palabra o frase repetida 10 veces
Una palabra o frase repetida 5 veces
1 paréntesis
1 pregunta
= principio que final
1 punto.
Otra introducción, quizás estén cansados de ellas, aunque este libraco sea
ignoto, tan ignoto, quizás más ignoto, que el papelucho ignoto, ignoto
vengador a go go, que no parece descabellado, Tomás, darles, ignotos y
amables lectores, ignotos aforismos, latín aphorismus, sustantivo griego
aphorismos, verbo aphorizo, limitar, circunscribir, definición, sentencia
breve y doctrinal que sirve de regla o precepto, pero limitada,
circunscripta, por Tomás, sin puntos, o un solo punto final, cincuenta
comas, una palabra o frase repetida diez veces, otra cinco veces, un
paréntesis, una pregunta, igual principio y final, ¿Qui tul?, me pregunto
(ignoto entre paréntesis), y dejo de preguntarme, ya que Tomás siempre tuvo
pocas respuestas, a pesar de su gusto por adornar esas palabras que siguen
a la pregunta, Tomás, que llegó a mí como ignoto economista en invierno
para luego disfrazarse de ignoto suicida del verso, ignoto periodista sin
noción de fechas, contento cumpliendo su sueño Rolling Stone, entrevistando
bailaoras y cantes jondos granadinos, me dice, me resalta, Tomás, que es
vocación, poco antes de marcharse a Bolivia a encontrar su colombian
violinist mientras me manda relatos de esencia quechua, aforismos
ronateros, de oficinista, y yo solo puedo limitarme, ignoto, como me
conocen, a otra introducción.
Mario Eráclito Cardoso
(Nadie le pidió a Mario que restringiera sus palabras a las estructuras de
los aforismos ronateros, pero así es él, Mario Eráclito Cardoso, juglar de
las palabras, poeta y periodista, residente en Mallorca, imán de numerosos
artistas, todos absorbidos por sus palabras, Mario, que siempre atendió con
atención mis ignotos intentos, con las palabras, de los cuales, supongo yo,
Mario, más que decir, se preguntó, ¿Quién es Tomás Astelarra?, ese nacido
en el 74, ese economista que, apenas recibido, se fugó a cumplir la vieja
utopía de vivir al sur, para volver, sin palabras, por utopías mayores, eso
de cambiar el mundo, y de la nada, el BAE, enseñándole a crear, palabras,
día a día, estudiar periodismo en España, una evasión en Granada, las
nostalgias, tangueras, que lo lanzan, de nuevo, a su ciudad y a Hecho en
Buenos Aires, ese hecho con palabras, mientras seguía jugando, con
palabras, el vengador a go go, el grupo sorna, la A.C.U., novela, la idea
de un viaje del que regresó, o regreso, y al que voy, pero no se inquieten,
sin palabras, solo quería aclarar, que nadie le pidió a Mario que
restringiera sus palabras a las estructuras de los aforismos ronateros).
El autor
A modo de introducción del autor
Todas las ciudades son iguales, digo, en ese fondo oscuro de semen
desperdigado en seducciones de viajero fetichista, etílica filosofía que
irradian, y narran, las dialécticas de Washington y Nelson, entre mordiscos
de anticuchos, los desvaríos del Curu, chicherías y wallunkas de Totora, el
chino cancionero por laderas de Metri, la Benito Mondragone Racconto y sus
malabares de fuego, las desventuras de Ronato el oficinista, patapila por
la capital, los licores caseros de Quique Vila Matas, un diseñador de deux,
digo, el bar de Charcas y Vidt, la Mallorca de Cardoso, y porque no, digo,
los cocodrilos djiboutianos, los Morenazos de Hyde Park, las últimas
colillas de un porro colombiano que, digo, son iguales a las masas gritando
Locarxxxxx al poderrrr, y me dijeron, también, que hay cruces de avenidas
iguales, aromas, digo, laberintos, que pueden ser el parque chas de Dolina,
la cancha cochabambina, callejuelas de Venecia o escritorios de cualquier
redacción, digo, la costumbre de agobiar al borracho de turno, acodado en
recuerdos, imaginando estructuras, digo, descabelladas, entre patafísicas y
portátiles, digo, dadaístas y vengadoras, digo, me atrevo a decir, abriendo
los ojos, (sin paréntesis), ¿Qué mirás?, todos los borrachos son iguales,
todas las ciudades son iguales, digo.
Bolivia
Sabés loco, hay unos pibitos que dicen que, en Bolivia, los camioneros te
cobran para viajar, que miseria, viste, y Mc Donalds fundió, y no toman
coca cola, apenas un jugo de durazno seco, mokonoseque, y no hay
supermercados, sino que son todas cholistas, viste, esas gordas que
aparecen en las enciclopedias, con ropas de colores, viste, pero parece que
la comida es muy barata, viste, y nadie se caga de hambre, todos tienen
tierras, porque en Bolivia, viste, hubo una revolución, si loco, como en
Cuba, y le dieron las tierras a los campesinos, pero la cerveza es re cara
loco, como cinco mangos, viste, pero parece que tiene una bebida que se
llama chicha, es como la cerveza, pero no sé que, que escupen semillas, y
entonces, viste, yo no entiendo nada, viste, aunque ni en pedo voy a
Bolivia, viste, porque la yerba es cara, viste loco, y mala, pero a vos,
¿Qué te parece? (sin ofenderte), no querés darte una vueltita, a ver que
onda, y me contás, quizás si vos vas y esta todo bien nos vamos con la
marta y el pabilo, traía bueno, aunque yo a los pinitos no les cobro, sabes
loco.
Los músicos se marcharon.
Finalmente, los músicos se marcharon, en su camioneta desvencijada, pero
dispuesta al viaje, con sus instrumentos perezosos, pero nunca mudos, con
esas dialéctica tan interesante, que lograron con las arenas de Pirámides,
el gringo haciendo pastas, el barbas limpiando su pipa, músicos raros, como
todos, pero estos tenían aire de gaviotas, seres bien acomodados en
cualquier rincón, con esas canciones viejas, de los Beatles, y los Stones
(un tema oculto de Bob Dylan), músicos, nos dieron risas, el chiquito del
bajo, saltando de parlante en parlante, cual duende, y el pelado,
baterista, temeroso, ante la gorda Gregoria, pero si los músicos son
mujeriegos, pero el pelado parece que no, aunque quien sabe, donde andarán,
esos chiquillos, con sus cervezas y cigarrillos a cuestas, pero tan
contentos, con ese guiso de pescado que le regalamos, y le duró seis días,
se quejaban del precio del pan, pero sin violencia, graciosos, Zarpado el
Pan le pusieron a la banda en Pirámides, amaban las cremonas, y no vieron
ballenas, pero el chiquito, duende, habló con los lobos marinos, eso dijo
él, pero nadie le creyó, ¿Por qué no?, pero si eran pura magia, y ahora no
queda nada, finalmente, los músicos se marcharon.
Cuestas que cuestan.
Entre montañas, cuando achico el paso, cansado como estaba, la ciudad, ya
casi era una sola luz, perezosa, distante, como aquellos edificios,
desperdigados por las montañas, de la mañana, perezosa, solitaria y
tranquila, pues para ella, la soledad era una virtud inconmensurable,
patriarca de las virtudes del destino, ese que, también, se impone a los
accidentes geográficos, a las montañas, que, obedientes a su destino,
perdieron la paz por decisión de los señores españoles, festejando el fin
de las peleas pizarrescas, que se dieron entre aquellas montañas, pero que,
al fin y al cabo, eran insignificantes, entre las barbaridades
conquistadoras de Sudamérica, ese epitafio territorial conformado por un
signo cardinal (inventado por un gallo, creemos que francés) y un geógrafo
solitario que acuño los honores colombianos de aquellas montañas, ahora
atestadas de edificios, privadas de su paz, su soledad, su perezosa
esencia, aquellas montañas, estas montañas, albergues ahora de Marco, ese
turista italiano, que se preguntó en la perezosa mañana, ¿Qué tiene de
coherente llegar al Valle de la Luna de día?, para comenzar, su marcha,
perezosa, entre montañas, desde la ciudad, por cuestas que cuestan, cuestas
de montañas, que ya iban oscureciéndose, entre montañas, cuando achico el
paso, cansado.
Disquisiciones geniales.
El doctor Gachet, de Auvers Sur Oise, está indignado, no por las
generaciones presentes, se entiende, que poco saben, de genios presentes,
se entiende, igual que las generaciones futuras poco entenderán, de genios
futuros, se entiende, o no, lo que no se entiende es como ese pantuflo,
escritor de cuarta, en el presente, genio en el futuro, se entiende, ese
Antonin Artaud, lo acusa de matar a Vincent Van Gogh, loco del presente,
genio del futuro, se entiende, o no, lo que no se entiende es la acusación,
como si su tarea no fuese matar locos, que, anque genios, del futuro, tanto
molestan a la sociedad, presente, se entiende, como ese Artaud, nueve
años, internado (sin que pudieran matarlo), y ahora se venga, de la pésima
comida del psiquiátrico, mofándose de mí, acusándome de matar al genio, que
en el presente, no vale nada, pero que valdrá millones, en el futuro, y se
entiende, que los ricos señores me odiarán por no poder gastar sus millones
en el genio, o el gobierno por tener que hacer un museo tan pequeño para el
genio, se entiende, pero yo me pregunto, ¿Por qué?, se pregunta, el doctor
Gachet, de Auvers Sur Oise.
Bandidos Rurales.
Hasta los fantasmas acudieron a su entierro, como bien podría decir una
canción, miradas adustas, cuerpos fornidos, de todos lares, mates
relucientes, de plata, fajas y rastras de todos lares, que podían iluminar
sin ayuda cualquier zaguán, o un establo de luna llena, con ayuda, de la
luna, única heredera, como bien podría decir una canción, de las hazañas de
Don Esteban, bandido rural, de todos lares festejaron su muerte con asado y
vino, truco, tabas y jineteadas de todos lares, como bien podría decir una
canción, pero me lo dijo Fabián, su nieto, rudo por herencia, escalador de
sierras cordobesas, amantes de su tata, ese Robin Hood de todos lares, como
bien podría decir una canción, de todos lares, que marcó a su nieto,
Fabián, me lo contó en lágrimas, de todos lares, los ojos, como bien podría
decir una canción de todos lares, empantanados, anque esa postura recia,
desparrames metafísicos, idea, de resumir en un solo verso el Martín
Fierro, sueño frustrado (en estrofa, ¿se puede pedir más?), por su muerte,
escalando montañas de todos lares, buscando, quizás, a su tata, bandido
rural, que asistió al entierro, pues, de todos lares, hasta los fantasmas
acudieron a su entierro.
Tan solo y desolado, yo Marco Gutierrez.
Marco Gutierrez, lo conocí en la pensión de Chica Rudy, con Vale y Nahuel,
la chica y el crío, un chileno, Marco, una chica venezolana, Vale, un crío
ecuatoriano, Nahuel, que se encariñó con mi chica, Natalia, que hizo buenas
migas con Vale, la chica de Marco, tan corajuda que aquel día se cansó de
todo y armó las valijas, pese a que para ese entonces ya no estábamos en la
pensión de Chica Rudy sino en una cabaña plagada de botellas voladoras,
Marco, impasible, ¿Qué puedo hacer chica? (preocuparte, respondió Vale
furiosa), entre gallos y medianoches, frases hechas, consuelos vanos,
porros y licores, decidió marcharse, ellos están protegidos acá, les dejo
todo, los materiales, la caja chica, el parche, me llevo mi ropa, y el
tambor, mejor te lo vendo, inquirió, tan desolado que lo acompañé a la
estación, compré un pasaje, cuide las maletas mientras iba a comprar
materiales, tanta desolación, tanta pérdida, tanta desolación de pérdida, y
esta estación de buses, que es lupa de desolaciones y pérdidas, apenas un
pasaje y un tambor, mi chica distante, mi crío distante, empezar de nuevo,
solo y desolado, sin chica ni crío, tan solo y desolado, yo, Marco
Gutierrez.
Sueños y montañas
Tiene ojos saltones y cuerpo lánguido, como atardecer entre montañas,
arrugaríos caudalosos, de montañas, y manos piedra, de montañas, palabras
escasas, de montañas, y silencios eternos, de montañas, pasos con eco, de
sueños de montañas, una hostería de sueños, cerca del lago, revancha, al
sur, donde murió su hijo, que no tuvo palabras, salvo una orden (usted se
viene conmigo, le dijo a la madre), que lo dejó en triste abandono, entre
montañas, ellas que habían lamido sus pies adolescentes, creando un vientre
para parir un sueño, de vivir al otro lado, de los edificios batallantes,
las desdichas ajenas, pero esa lucha, contra el dolor, perderlo todo, y
tener que recordarlo, pero ahí está, su hostería de montañas, sueños,
canciones tristes, enamoran, a la chica risueña, se queda a su lado, aun
cuando pierde la hostería, en una partida de truco con las deudas, su
pequeña empresa constructora, en una partida de póker con el fisco, que no
sabe de sueños, ni montañas, sueños que se vuelven turbios cuando ella lo
engaña, ¿Por qué de nuevo?, pero sigue ahí, el chino, si van al sur me lo
saludan, sabrán reconocerlo, tiene ojos saltones y cuerpo lánguido como
atardecer entre montañas.
Fiesta de Tiquipalla.
Están descosiendo el telón, y queda un gusto amargo, como a fin de fiesta,
como a fan de Fiera, la banda metalera del festival de Tiquipalla, el rugir
desbocado del niño de pantalones cortos, pero no tanto, como fin de fiesta,
como gen de gesta, colonial, como las paredes, de Tiquipalla, donde dos
borrachos intentan alcanzar la wallunka que cruza el río y que, según el
Curu (caballero andante, de fin de fiesta, hechicero de barbas largas, de
fin de fiesta, ¿sereno en fin de fiesta?), una vez lo había aterrizado, de
rodillas, sobre la puerta de la chichería, con dolor a triunfo, como fin de
fiesta, como miel de cesta, de la niña de ombligo rosa, vendiendo a dos
pesos, o uno ochenta, como un pequeño desliz, de fin de fiesta, como ending
party, Emily Parker, parqueo, tremenda necedad, de borrachos olvidados,
jugando a la rayuela, abarcándola con el cuerpo, languideciendo, cual río
estrecho, bordeando sabores de últimos bocadillos, entremeses olvidados,
delicias despreciadas, rechazadas huestes, de banquetes de fin de fiesta,
misioneras calles de Tiquipalla, fin de fiesta, reina Tiquipalla, exclama
el elenco febril de la tarde, oh, Tiquipalla, ya es fin de fiesta, ya están
descosiendo el telón.
Dijo el chino.
Dijo el chino poeta, apareciose una enorme garrafa en el interior de la
chata, un Fede con gorra trajo el artefacto, y se ocultó en la noche,
penínsular, dijo el chino, un camping estrellado vio cenar a individuos,
con rutina de vida predecible, dijo el chino, los altísimos árboles,
testigos de cuerpos sentados, llevándose el alimento, a la boca, almas de
cuatro, que ya no estaban ahí, sino un mar entre jirones, arrancándole
fuego, al viajero amarillo, las estrafaláricas ánimas, fundiéndose en
música, al aire, lobos marinos y pingüinos, dijo el chino, gaviotas y
zorros marrones, con grises, dijo el chino, poeta, y se despidieron, por el
momento, de aquellas carnes humanas, para ensanchar el arroz dentro del
agua hirviendo, y así, hacerlo rendir más, pues, dijo el chino poeta, (¿O
es que se preguntó, el chino poeta?), es que al ideal meyeriano acerca de
arroces pegados y pasados, se lo opacó cuando volvió a la normalidad, pero,
oh, sorprise, al llegar al centro de la olla, dijo el chino, las almas no
vieron ningún arroz, y escaparon a las ramas movedizas, que ya repudian
todo encierro, dijo el chino, el viento, hizo medrar fuegos fatuos, dijo el
chino poeta.
Leguleyos
Archívese, según el registro vigente, atento a las aclaraciones meritorias
del señor, y sin contrarrestar las objeciones vertidas en la fecha por la
dama, en pleno y constitutivo ejercicio del derecho procesal, vigente,
según el artículo ocho, inciso b, de la ley homologada al amparo de la
constitución vigente, conforme lo declarado por el interviniente, en nexo
familiar de primer grado con el apoderado, y bajo mirada atenta, y lasciva
del juzgado, habiéndose hecho presente en el estrado, habiéndose cumplido
los elementos procesales vigentes, por la ley, vigente, habiendo, y se,
viendo, que hay acuerdo político vigente, rubricado, con las trapisondas
habituales, con el clero a favor del status quo, a expensas de la ley y el
decoro vigente, yo vi gente, cagando al personal, manejando la ley a su
antojo, según lo dicho, por el testigo, el testificante, el testificativo y
el testificador, mientras se agazapan los jueces, tras la ley vigente,
amparados en las ambigüedades del lenguaje vigente, la distancia, del pobre
con sus berrinches protocolares, el pueblo mira, ¿Y todo esto que es?, (se
preguntan, los que mantienen la cordura), pues yo, insospechado juez,
vigente, testigo falso, leguleyo, vigente, pues yo, no sé, pero por las
dudas, archívese.
Una serpiente de Chimoré
Todo comenzó con un comentario, de una serpiente a otra (estos humanos, me
tienen los huevos por el piso, lo que es meramente una traducción, de
idioma serpiente, de una serpiente, a otra, ya que, en idioma original, es
decir, de una serpiente, a otra, sería, algo así, como, psssst pst pssst),
y que, aquel invierno, todos se sublevaron, primero una serpiente mordió a
un campesino, luego los monos se robaron la comida, y las gallinas se
negaron a dar huevos, los perros atacaron a sus dueños, y hasta el viejo
burro de Don Cuti, tiró su carga de coca al río, anunció radiante una
serpiente, lo que al principio pareció una rebeldía de serpiente, un chisme
de chicherías, pronto, fue alarma en boletines oficiales, del gobierno
interino, del brigadier Rocha, la zona de Chimoré era intransitable,
comentaba, alegre, una serpiente a otra, ¿y la serpiente del destino?, años
después, no había pueblos, ni sembradíos, o disputas, entre gringos y
cocaleros, intervenciones militares, parques ecológicos, wallunkas de siete
metros, o científicos expertos en serpientes, nadie se arriesga ahora en el
Chimoré, aunque había un tiempo en que sí, dicen, que todo comenzó con un
comentario, de una serpiente a otra.
Aparición guevarista.
Se me apareció Ernesto en la Higuera, en el patio de la escuela, en la
noche serena de luna quieta de La Higuera, de ronquidos embriagados, de
fiesta, celebración, aniversario, al guerrillero, Ernesto, visionario
triste y flaco, gorra Ernesto, que se me apareció en La Higuera, la noche
calma y yo, atravesando el patio de escuela rumbo a las casillas olorosas,
mugrosas, charquientas, orillando la definición de baño, retrete,
sanitario, en La Higuera, celebración guerrillera para Ernesto, con baños
incluidos, aunque apesten, en la noche intimidante, pesadilla de una
comadreja mordiendo lenta y perezosa el miembro viril, los huevos del
guerrillero, o los huevos de La Higuera, de pobre mortal concreto, un chico
de gorra estrellada, un zurdillo, en La Higuera, celebratoria, se me
apareció en La Higuera, su cuerpo flaco, sus ojos distantes, en La Higuera,
su traición a cuestas, en La Higuera, ni fusil ni medicamentos, en La
Higuera, solo sus ojos cansinos que susurran (flaco, deja un poco de papel
que el baño es un asco), me preguntan, ¿Te falta mucho?, con esa ventaja,
resguardo, esa seguridad, de que nadie de ese cúmulo de almas
guerrilleramente, zurdillamente, borrachas, me va a creer que se me
apareció Ernesto.
Los señores del dedo han sucumbido.
Tengo los dedos superadheridos, de tanto esperar ese coche que me lleve por
las rutas argentinas, dijo el flaco, pero siempre me sorprendió, que dejara
afuera a los camioneros, los mejores amigos del viajero, los señores del
dedo, dedo extendido, dedo solidario, dedo amigo, pero ahora, hay que hacer
justicia, al flaco, visionario, ahora, los camioneros, se han desligado de
los viajeros, los señores del dedo, los camioneros, ya no son amigos del
dedo, por el seguro, y no se que otras huevadas, multas de los patrones,
gestos de pena, de ahorcado, de camioneros, de dedo amigo, sin dedo, no más
rutas con esos loquitos, ellos saben, alegres, llenos de historias
exóticas, solo alcanzables por amigos del dedo, ahora solo rostros
temerosos, de que cualquier dedo de libertad pueda enrostrarles la
situación, la esclavitud imperante, y ahí queda, el camionero de
Avellaneda, que va a nuestro destino, pero solo nos lleva unos kilómetros,
es peligroso nos dice, y está bien, muchos trechos forman un camino,
dibujan un destino, si todos nos dieran kilómetros, pero hay camioneros, el
de Cañuelas (¿Los llevo?), que no cambia anécdotas por nada del mundo, ese
alma, que vendrá a salvarme, si tengo los dedos superhaderidos.
El choco Cervantes.
Dicen que efectivamente, Cervantes, solicitó ser regente de La Paz, esa
nueva ciudad creada tras la paz de los Pizarro, que enguerreados, hallaron
la paz, y así bautizaron, la ciudad, La Paz, aquella donde Cervantes planeó
pasar sus últimos días, como regente de La Paz, pedido que los
historiadores oficiales saben que no fue concedido, pero las versiones
paralelas, que pululan por la calle Jaen, de La Paz, dicen, que Cervantes
envió a su mano, recién llegada de Lepanto, en barco, a La Paz, a recoger
tierra del Mururata (manco también al fin), y convocar, a los BRUJOS, y
escritores, de la época, y al fantasma inverso de los venideros, para
moldear un Quijote paceño, noble caballero, que recorrió las calles de La
Paz, hasta que ya no pudo pasar desapercibido, saparastroso y borracho,
como estaba, cantando tinkus, y sayas, ¿Qué hacer?, se preguntó Cervantes,
y convocó, nuevamente, a los sabios de La Paz, que se abocaron al encargo,
de crear un choco, de ojos perdidos, de dedos de botellas, y palma de
tutuma, que se pasea por la Max Paredes, contando esa extraña historia,
sobre el manco de Lepanto, afirmando que, efectivamente, Cervantes,
solicitó ser regente de La Paz.
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2/Beatriz Actis: Voces verdaderas
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Cada taxista como en un continuum
me hablará de lo mismo que habló
durante toda la mañana con los pasajeros
que subían y bajaban, por ejemplo,
de alguna de esas noticias conmocionantes
de la realidad que duran una semana
-pero jamás del humo del crepúsculo-
un crimen escandaloso, un desastre financiero
un incendio, un terremoto, la muerte de alguien famoso
que ahora lo será por algo más de tiempo
sin embargo, es un día difícil para estar solo
dice el taxista de hoy y me cuenta su insomnio
(tenía que decírmelo), el buen dios, dice, no siempre está conmigo
la verdad es siempre otra desde afuera, o Dios o la verdad
todos éramos, dice, demasiado infelices
no hubo castigo y ahora, dice,
ahora tengo tanto miedo cuando estoy solo
- dos -
desde Lisandro de la Torre y San Jerónimo
hasta llegar al sur conversábamos sobre:
la cara de la angustia - el odio a Dios - el odio de Dios -
la alquimia del mundo - la espalda de los ángeles -
Entonces pude ver la puerta de mi casa
(a la derecha, antes de la esquina,
al lado de los canteros rotos)
Fue cuando cayó un velo nihilista
inquebrantable entre nosotros
y me cobró un peso con cincuenta
como si agonizara definitivamente
sobre sus decisiones
- tres -
hace frío otra vez, añoro primaveras, le pido al taxista
por favor, ciérreme la ventanilla delantera
(los vidrios de la ventanilla como espejos
velados por un halo de neblina)
en tanto él me cuenta con voz ronca y húmeda
sus excursiones de caza
la explosión demográfica de ratas en la isla
por el régimen de crecientes y de bajantes del río
por la depredación de los aguiluchos y las lechuzas
mientras los colibríes, dice, vuelan de un lado para el otro
como si nada, y sus corazoncitos laten
a mil doscientas pulsaciones por minuto
en el corazón insospechado de las islas
y alguien ayer, dice, en un riacho perdido
se voló la cabeza con un tiro de escopeta
en un bote en el medio de la nada
solo como en un cuento de Quiroga
pienso, y suena una y otra vez
ese sonido destemplado
del disparo en la tarde veloz
contengo el aliento, el tiempo está muy lejos todavía
aunque leí en Pavese que la cosa más secreta y temida
ocurre
siempre
- cuatro -
otro me cuenta que dio la vuelta al mundo
en la marina de guerra y que en Senegal
la temperatura llegaba a los 58 grados
(algo peor que en Santa Fe, pensé, pensábamos)
y que tuvo entonces la sensación
de estar viviendo justo en el fin del mundo
(cuando ríe, el aire tiembla
muestra primero su lado diáfano,
después su lado triste)
el fin del mundo, había dicho Herzog, sin embargo,
es el fin del continente sudamericano pero
no me voy a poner a explicárselo justo ahora
- cinco -
andar en taxi por las calles conocidas de la ciudad
como una visión fragmentada del mundo
como armar una nueva película con retazos de películas
que se ven incompletas por televisión
los vidrios de las ventanillas
apenas cierran lo visible
oigo voces, dice el taxista y también:
es cierto que cada uno de nosotros debe una muerte
no hemos perdido el miedo, dice,
el camino fue largo y lleno de sangre
hay un cuento que se llama
"El rastro de tu sangre en la nieve",
pienso, del mismo modo él persigue una huella
entre la ciudad incierta pero por las dudas
yo me bajo en la próxima esquina
- seis -
lo único que quiero es que la ciudad no termine
quiero ver el asfalto durante cientos de kilómetros
un mapa no es el camino, tengo ganas de decírselo al taxista
que cuenta los planes para su vida futura
un mapa no sustituye el camino
no existe tampoco el movimiento perpetuo,
y por eso tantas veces hemos llorado en las rutas,
en las rutas argentinas
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3/Mardafones: Tercera Audición Mardafones/
Mardafones Trotan, Mardafones Truncan
(Texto y sonido, archivos mp3)
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¿Suelen estallar Mardafones por exceso de temperatura?
No, la temperatura nunca alcanza a elevarse lo suficiente para alcanzar la
cola de un Mardafón.
Pero ¿han estallado Mardafones por abuso de color?
No, la coloratura se alcanza por mutuo acuerdo y nadie se pone rojo porque
lo obligaron.
¿Y no hay una octava en donde un Mardafón estallaría
con solo asomarse?
No, ¿qué pretende? ¿quiere usted desgracias? ¿y luego arrepentirse? ¿para
su propia gloria?
¿Pero cuándo estallan Mardafones?
No, permanecen enteros para siempre.
¿No será que a veces estallan Mardafones?
No, quién le dijo eso, qué va a ser así, ¡así no se hace!
Para oír la Tercera Audición Mardafones, ir a:
http://www.angelfire.com/de2/dwapner/Extremaficcion/mar3.html
Para oír la Segunda Audición Mardafones, ir a:
http://www.angelfire.com/de2/dwapner/Extremaficcion/mardafondos.html
Para oír la Primera Audición Mardafones, ir a:
http://www.angelfire.com/de2/dwapner/Extremaficcion/mardafon.html
Portal Mardafones:
http://www.angelfire.com/de2/dwapner/Extremaficcion/Mardafones.html
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4/Ana Camusso: Visión de Duofón
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Duofón canta burla de Mardafón. |
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CorreoE x t r e m a f i c c i o N
Es un envío mensual de ficciones
Idea y dirección:
David Wapner
Equipo:
Israel: David Wapner, Ana Camusso, Chiflón
Argentina: Sebastián Bianchi, Gabriel Yeannoteguy
Uruguay: Martín Efe
Colaboran en este número: Tomás Astelarra (Argentina), Beatriz Actis (Argentina)
CorreoExtremaficción recibe colaboraciones que se leen y evalúan sin
compromiso de publicación; enviar a: vafner@shani.net
Números atrasados, colección completa:
http://www.angelfire.com/de2/dwapner/Extremaficcion/EXTREMA1.html
(página que re-dirige al interesado a Página Digital, portal que nos brinda
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