paginadigital-Librería SENSIBLES DEL SUR Nº 164   -         JUAN L. ORTIZ  (Poema)   -      CUENTOS, en Nuestro Archivo  -   17/7/03 (Argentina)
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Sensibles del Sur 

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PARANÁ, Entre Ríos - Mesopotamia Argentina, viernes 17 de julio de 2003
( Año III - Número 164)

¡ Me atravesaba un río,
me atravesaba un río !
Juan L. Ortiz

Primera publicación literaria electrónica y gratuita dedicada a la difusión e intercambio de poesía, cuentos, comentarios, reflexiones y opiniones relacionadas con la Literatura y la actualidad social.
 
Idea y edición: ERNESTO A. BAVIO
 
 

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El CIRUJA - La cultura en camiseta
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CUENTA CONMIGO - Revista gráfica y virtual
 
l
 

Seducimos valiéndonos de mentiras y pretendemos
ser amados por nosotros mismos.

Paul Geraldy 


 
1)  COLABORACIONES
    * ENRIQUE CABALLERO (Poema)
    * T. S. ELIOT (Poema)
 
2)  Para la sonrisa
   
* DATO CURIOSO
 
3) AMALEQUETACAN
    * Hoy :
CORRIENTES Y ESMERALDA
 
4)  JUAN L. ORTIZ 
    * AH, MIS AMIGOS, HABLÁIS DE RIMAS ... (Poema)
 
5) NUESTRO ARCHIVO 
   
* SILVIA URTUBEY (Cuento)
    * EDGARDO MOLGARAY (Cuento)  
    * RICARDO COLAVECCHIA (Cuento)
 
6)  CONCURSOS LITERARIOS
    * Cuento y Poesía

l  Si no desea que su mensaje sea editado, coloque Fuera de Sensibles en "Asunto"  l
 
  
 
 COLABORACIONES 
  

Identificado por la Mar, de mi Anastasia

Voraz, goloso, acongojado, impredecible, misterioso,
apasionante.

  Irreverente cual otear del manipuleo de las olas
clandestinas.
Próvido, feraz, fecundo, voluptuoso, amante real…,
sensible en lo insensible
dentro de un presente, orlándote los labios
con mis ansias.
Llenándote de mí hasta la satisfacción ardida del gozo
en su delirium-tremens
poseyendo tus gemidos como arenas mariposas 
en argamasa de ternuras…



 

© Enrique Caballero (
'Querrién' ) - @yahoo.com
Caracas, Venezuela
Especial para Sensibles del Su
 
 
 
 
 
LA CANCIÓN DE AMOR DE J. ALFRED PRUFROCK
 
Si yo creyera que mi respuesta fuera
a una persona que alguna vez podría retornar al mundo,
esta llama, sin más, quieta estuviera;
pero ya que jamás desde este fondo
escapa un ser humano, sí escuché verdad,
sin temor a la infamia te respondo.


Dante Alighieri (
Infierno, XXVII, 61-66)



Vayamos, pues, tú y yo
cuando la tarde se haya tendido contra el cielo
como un paciente anestesiado sobre una mesa;
vayamos, entonces, por calles casi desiertas,
murmurantes retrocesos
de noches inquietas en hoteles baratos y de una noche
y empolvadas fondas con conchas de ostras;
calles que se prolongan como un argumento aburrido
de intención tediosa
que te llevan a una pregunta abrumadora...
Oh, no preguntes "¿Qué es?"
Vayamos a hacer nuestra visita.

En la habitación, las mujeres vienen y van
hablando de Miguel Ángel.

La niebla amarilla que lava su espalda en el cristal de las vidrieras,
el humo amarillo que lava su hocico en el cristal de las vidrieras
pasó su lengua por el interior de las esquinas de la tarde,
se quedó suspenso largo tiempo sobre los charcos de las cunetas,
dejó caer sobre su espalda el tizne que cae de las chimeneas,
se deslizó por la terraza, dio un salto súbito,
y, viendo que era una noche suave de octubre,
se enroscó una vez a la casa y se quedó dormido.

Y, en verdad, habrá tiempo
para el humo amarillo que se desliza a lo largo de la calle,
frotando su espalda sobre el cristal de las vidrieras;
habrá tiempo, habrá tiempo
para preparar un rostro que acepte los rostros que encuentres,
habrá tiempo para matar, habrá tiempo para crear
y tiempo para todas las labores y los días hábiles
que levanten y dejen caer una pregunta en tu plato;
habrá tiempo para tí y habrá tiempo para mí,
y habrá tiempo incluso para cien indecisiones,y habrá tiempo para cien visiones y revisiones
antes de que tomemos una tostada y té.

En la habitación, las mujeres vienen y van
hablando de Miguel Ángel.

Y en verdad habrá tiempo
para preguntarse "¿Me atrevo?" y, "¿Me atrevo?"
Habrá tiempo para volverse atrás y bajar la escalera
con un lugar calvo en mitad de mi pelo.
(Dirán: "¡Qué ralo se le está poniendo el pelo!")
Mi traje matinal, mi cuello que sube firmemente al mentón,
mi corvata, rica y modesta pero asegurada por un simple alfiler.
(Dirán: "Pero, ¡qué delgados son sus brazos y sus piernas!")
¿Me atrevo
a perturbar el universo?
En un minuto hay tiempo
para decisiones y revisiones que un minuto revocarán.

Porque ya las he conocido a todas, a todas ellas:
he conocido las noches, las mañanas, las tardes,
he medido mi vida con cucharillas de café;
conozco las voces que mueren poco a poco
bajo la música llegada de un cuarto distante.
Entonces, ¿cómo podría yo atreverme?

Y he conocido ya los ojos, todos ellos:
los ojos que nos fijan en una frase formulada,
y cuando esté yo formulado, debatiéndome en un alfiler,
cuando yo esté clavado y retorciéndome en la pared,
¿cómo podría entonces empezar
a escupir todas las colillas de mis días y de mis costumbres?
¿Y cómo podría atreverme?

Y he conocido ya los brazos, todos ellos:
brazos con brazaletes y blancos y desnudos.
(¡Pero bajo la lámpara poblado de claros vellos castaños!)
¿Es acaso el pefume de un vestido
lo que así me hace divagar?
Brazos que reposan sobre una mesa o se envuelven en un chal.
¿Y podría yo entonces atreverme?
¿Y cómo podría empezar?

¿Diré: fui, al crepúsculo, por calles estrechas
y contemplé el humo que sale de las pipas de hombres solitarios,
asomados a sus ventanas, en mangas de camisa?..

Yo debí ser un par de manos andrajosas
que rasaron los suelos de mares silenciosos.

¡Y la tarde, la noche, duerme tan apaciblemente!
Alisada por largos dedos,
dormida... fatigada... o bien se hace la enferma,
extendida en el suelo, aquí junto a ti y a mí.
¿Tendría yo, después del té y los pasteles y los helados,
la fuerza para forzar el momento a su crisis?
Pero aunque he llorado y ayunado, llorado y orado,
y aunque vi mi cabeza (ya un poco calva) traída en una bandeja,
no soy profeta (pero esto no importa mucho);
he visto flaquear el momento de mi grandeza
y he visto al eterno lacayo recibir mi abrigo y sonreír estupida­mente,
y, en suma, tuve miedo.

¿Y habría valido la pena, después de todo,
después de las tazas, la mermelada, el té,
entre la porcelana, entre alguna conversación sobre ti y sobre mi,
hubiera valido la pena
haber hincado el diente en el asunto con una sonrisa,
haber comprimido el universo en una bola
para rodarlo hacia alguna pregunta abrumadora,
para decir: "Soy Lázaro, vuelto de entre los muertos,
vuelto para decirsélo todo, se lo diré todo".
Si una, acomodando una almohada junto a su cabeza,
dijera: "No es eso lo que quise decir, no es eso.
No se trata, en absoluto, de eso".

Y hubiera valido la pena, después de todo,
hubiera valido la pena,
después de los ocasos y de los patios y de las calles regadas,
después de las novelas, después de las tazas de café, después
de las faldas que arrastran por el piso
(y esto, y tanto más).
¡Es imposible decir exactamente lo que quiero decir!
Pero como si una linterna mágica proyectara los nervios en
modelos sobre una pantalla:
¿Habría valido la pena
si una, acomodando una almohada o quitádose un chal
y volviéndose hacia la ventana, hubiera dicho:
"No es eso, en absoluto,
no es eso lo que quise decir, en absoluto".

¡No! No soy el príncipe Hamlet ni es mi intención serlo,
soy un señor cortesano, uno que servirá
para llenar una pausa, iniciar una escena o dos,
aconsejar al príncipe; sin duda, un instrumento dócil,
obediente, contento de servir,
político, precavido, meticuloso,
lleno de altos conceptos, pero un poquito obtuso;
a veces, en verdad, casi rídiculo:
casi, a veces, el Bufón.

Envejezco... Envejezco...
Usaré enrollados los extremos de mi pantalón.
¿Me peinaré el cabello hacia atrás?
¿Me atrevo a comer un durazno?
Me pondré pantalones de franela blanca y caminaré por la playa.
Allí he oído a las sirenas cantándose una a otra.

No creo que canten para mí.

Las he visto cabalgar sobre las olas, mar adentro,
peinando los blancos cabellos de las olas revueltas
cuando el soplo del viento vuelve el agua blanca y negra.

Nos hemos quedado en los dormitorios del mar
al lado de muchachas marinas
coronadas de algas marinas rojas y pardas
hasta que voces humanas nos despiertan, y nos ahogamos.

© T.S. Eliot  "The Love Song of J. Alfred Prufrock"
Enviado desde Mendoza por MARINA TEJÓN - @arnet.com.ar
Especial para Sensibles del Su

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Para la sonrisa
 
 
DATO CURIOSO 
 
   
    Durante el año 2002 se gastó en todo el mundo cinco veces más en Viagra e implantes de senos que en la investigación del mal de Alzheimer.
    Con este dato se puede predecir que, en pocos años, habrá un gran número de mujeres con grandes pechos y
hombres con tremendas erecciones, aunque incapaces de recordar para qué sirven... 
 

 
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AMALEQUETACAN 
 
HOY: 
 
CORRIENTES Y ESMERALDA 
- Tango  -
    Este tango homenajea a una de las esquinas más emblemáticas de Buenos Aires, quizás "la esquina" por antonomasia. Escrito hacia 1922, modificado y difundido once años después, integró el corpus del libro de Celedonio Flores "Cuando pasa el organito".
    Se ha visto en cuando un cajetilla los calzó de cross - del segundo verso - a la figura de Jorge Newbery.
    Otro personaje es la Milonguita, del tango de Samuel Linnig (Linning), autor que también es mencionado. Milonguita quizás encuentre al "Hombre Tragedia", una creación de Raúl Scalabrini Ortiz para su laureado libro El hombre que está solo y espera (1931).
    En este tango también aparecen los poetas Carlos de la Púa (Carlos Muñoz y Pérez, alias: "El malevo Muñoz") y Pascual Contursi.
    Hay quienes aseguran que lo cantaba Gardel, cambiando el verso donde dice: ... sueña con la pinta de Carlos Gardel por ... sueña con la pinta de Charles Boyer. No es improbable. Sin embargo, periódicamente surge la controversia acerca de si fue o no grabado por él; muy a pesar de los que certifican haber escuchado o visto el disco (incluso tenerlo), lo cierto es que el Zorzal Criollo jamás hizo una sola matriz de este tema. Y es una lástima.

    Hay una muy buena grabación por Osvaldo Pugliese y su orquesta típica con la voz de Roberto Chanel, del 17 de octubre de 1944 para Odeón, a más de veinte años de su gestación. El 8 de mayo de 1934 lo había grabado Francisco Lomuto con la voz de Fernando Díaz, para Odeón.
 

    Fuente:
Las mejores letras de tango - de Héctor Angel Benedetti - Edit. Planeta, 2000  -


CORRIENTES Y ESMERALDA

Letra: Celedonio Esteban Flores  
Música: Francisco Nicolás Pracánico



 Amainaron guapos junto a tus ochavas
cuando un cajetilla los calzó de cross,
y le dieron lustre las patotas bravas
allá por el año novecientos dos.
Esquina porteña, tu rante canguela
se hace una melange de caña, gin fizz,
pase inglés y monte, bacará y quiniela,
curdelas de grapa y locas de pris.

El Odeón se manda la Real Academia,
rebotando en tangos el viejo Pigalle,
y se juega el resto la doliente anemia
que espera el tranvía para su arrabal.
De Esmeralda al norte, p'al lao de Retiro,
franchutas papusas caen en la oración
al ligarse un viaje, si se pone a tiro,
gambeteando el lente que tira el botón.

En tu esquina un día, Milonguita, aquella
papirusa criolla que Linning mentó,
llevando un atado de ropa plebeya
el "Hombre Tragedia " tal vez encontró.
Te glosó en poemas Carlos de la Púa
y Pascual Contursi fue tu amigo fiel.
En tu esquina rea cualquier cacatúa
sueña con la pinta de Carlos Gardel.

Esquina porteña, este milonguero
te ofrece su afecto más hondo y cordial.
Cuando con la vida esté cero a cero,
te prometo el verso más rante y canero
para hacer el tango que te haga inmortal. 

 
l
 
 
Archivo de Sensibles del Sur

 
JUAN L. ORTIZ  
 
AH, MIS AMIGOS, HABLÁIS DE RIMAS ...
 
 
 
Ah, mis amigos, habláis de rimas
y habláis finalmente de los crecimientos libres...
en la seda fantástica que os dan las hadas de los leños
con sus suplicios de tísicas
sobresaltadas
de alas
 
Pero habéis pensado
que el otro cuerpo de la poesía está también allá, en el Junio de crecida,
desnudo casi abajo de las agujas del cielo ?
 
Qué harías vosotros, decid, sin ese cuerpo
del que el vuestro, si frágil y si herido, vive desde "la división", 
despedido del "espíritu", él, que sostiene oscuramente sus juegos
con el pan que él amasa y que debe recibir a veces,
en un insulto de piedra ?  
 
Habéis pensado, mis amigos,
que es una red de sangre la que os salva del vacío,
en el tejido de todos los días, bajo los metales del aire,
de esas manos sin nada al fin como las ramas de Junio,
a no ser una escritura de vidrio ?
 
Oh, yo sé que buscáis desde el principio el secreto de la tierra,
y que os arrojáis al fuego, muchas veces, para encontrar el secreto ...
Y sé que a veces halláis la melodía más difícil
que duerme en aquellos que mueren de silencio,
corridos por el padre río, ahora, hacia las tiendas del viento...
Pero cuidado, mis amigos, con envolveros en la seda de la poesía
igual que en un capullo ...
No olvidéis que la poesía,
si la pura sensitiva o la ineludible sensitiva,
es asimismo, o acaso sobre todo, la intemperie sin fin,
cruzada o crucificada, si queréis, por los llamados sin fin
y tendida humildemente, humildemente, para el invento del amor ...
 
 
 
 
© Juan L. Ortiz - De las raíces y del cielo - 1958
Editorial Biblioteca de la Biblioteca Popular C.C. Vigil - Rosario - Rep. Argentina -
Diciembre de 1970
Archivo de Sensibles del Sur
 

NUESTRO ARCHIVO   
 
OLIVIA PEREIRA: CASI MUERTA PERO ANTES, LOCA
      Cuando los niños encontraron a Olivia Pereira, un hilo de sangre adornaba su cuello como una gargantilla de carmín seco. Uno de sus brazos estaba desgarrado y -entre las piernas- el pequeño charco blanquecino como un dije, ya era el pasado.
    En aquella esquina nadie caminó durante el minuto entero en el que Olivia tembló y gritó esa noche. Lo más imposible de conseguir era una sombra. Los escolares curiosos que hallaron el cuerpo helado oyeron el eco del último alarido que ardía en los labios de Olivia todavía rosados. Con la velocidad de un rayo, sin embargo, el pueblo supo y olvidó aquella escena que arrancara un espasmo de terror a los niños.
    Ella viviría y quizá regresaría del trabajo y el jueves dormiría hasta tarde porque últimamente era el día fijo de su descanso laboral. Ella viviría y escribiría una carta inútil para aliviar su manía de estar cerca, de no ser porque esa noche fue a comprar.
Cantaba en un susurro una tonada infantil, se guiaba por las estrellas y el silencio tajaba con furia al silencio anterior, y al anterior, y al más antiguo. Por eso cantaba, disimulando ante nadie el horror al vacío, mientras pensaba rutinariamente en su compra.
    El primer gruñido aumentó poco a poco su intensidad y enseguida ella sintió el calor del perro entre sus piernas. Quiso apartarlo como a un insecto que vuela: - Fuera, fuera! -  pero la bestia se adhirió a ella buscando refugio. Los pasos siguientes fueron pequeños, confusos, ligeros en la oscuridad y en vano intentaron ser cautelosos, en fin, pasos de ciega. Otro macho oscuro y sin sombra se acercó y gruñó in crescendo. El sigilo salvaje intacto de sus mayores dejó que el pelaje completo se le erizara. Atacó al otro perro sin piedad y luego clavó sus ojos inyectados en los de Olivia. La rodeó, se sentó vigilando con su hocico agudisimo el miedo que Olivia transpiraba y en un segundo la danza de duelo entre los machos separó del polvo a las piedritas imposibles.
    Olivia ya sangraba en su rodilla derecha producto de la caída reciente al intentar huir en vano y sangraba desde el útero desde hacia cuatro días, lo que el perro olfateó como huele el latifundio su dueño y señor. Desde ese instante sólo vivió para abrir en la tela un surco desflecado y arrancar con uñas y dientes la ternura destrozada de la mujer en retazos de vulva y sangre. Lo demás, como un hombre.
    Dicen que el sonido es si alguien lo escucha: "Las cuerdas vocales de Olivia Pereira presentan señales de haber gritado desesperadamente", transcribió el diario local directamente de la foja de autopsia que firmó el forense de
turno.
    Ambos animales, posiblemente enceguecidos y, sobre todo, humanizados, destrozaron brutalmente la piel de su víctima de la cintura para abajo.
    El vecino más cercano, como cada día a esa hora, cubría -casi vestía- delicadamente, con una especie de traje de lona a su auto para protegerlo de la helada, concentrado en asegurarse la ignición de mañana al primer intento. En su diskman sonaría Frank Sinatra.
    Olivia Pereira alcanzó a temblar. Sus ojos ni siquiera lloraron. Casi muerta, pero antes loca, exhaló un gemido de placer cuando el perro adulto la penetraba rítmicamente.
    En la noche sin sombras el destello blanco de los dientes del perro iluminó para nadie la esquina. Su hocico entreabierto expulsaba huellas de espuma tibia y parecía sonreír con los ojos perdidos sin mirar.
    El otro perro huyó derrotado por la fuerza superior del que ya no era cachorro y -a pocos metros-  un hombre lo llamó con un silbido familiar, le acarició el lomo y ambos entraron a la casa cerrando tras de sí la puerta.
    Cerca de la difunta el animal satisfecho caminó en circulo y luego se acomodó junto al cadáver todavía caliente. Pronto se irguió, sacudió la cabeza, y caminó lentamente hacia la casa de sus amos.
    Desde adentro, el hombre reconoció el jadeo de su mascota. Abrió la puerta y le habló como si el interlocutor fuera de su misma especie:
    - ¡Ah, pícaro! ¡Las hembras andan alzadas! ¿Qué hacías por ahí? ¿La pusiste? Vení a tomar agua. Acompañame un poco mientras espero a Olivia. ¡Cómo demora esta mina!
 
 
l
 
 
 
© Silvia Urtubey
Dina Huapi, Río Negro - Argentina - @bariloche.com.ar
Especial para Sensibles del Sur
 
 
 
 
 
INICIATIVA PRIVADA

Los nombres, apodos, acciones y actitudes que se describen
son el resultado de la imaginación desbordada de los que perpetran estas cosas.

Once hombres sentados a una mesa rectangular. Uno en la cabecera y cinco de cada lado. No mesas redondas donde “cada uno es igual a vos y todos mas que vos”. No. Todo acá marcaba la primacía de uno sobre diez. Todos aceptaban eso.
    Por eso, cuando el hombre de la cabecera golpeó la mesa con la palma de la mano todos prestaron una atención muy especial.
    - No lo voy a aceptar, dijo. La zona es nuestra y acá nadie regala nada. Mañana a las seis de la mañana les caen a los tres y los revientan.
    - Disculpe Raúl, preguntó el Porteño. ¿No podemos hacerlo en solo uno de los tres y esperar que negocien?.
    - Vos trajiste el dato, vos hiciste toda la inteligencia, vos tenés las fotos de los tres lugares y vos nos indicaste que las actividades que desarrollan se superponen con las nuestras. ¿Qué te dió ahora por esa piedad?. Si cultivas la misericordia andate con las Hermanas Adoratrices de Peperino, pero cuando termine todo. Al enemigo ni justicia. ¿Si? – preguntó Raúl, haciéndose fuerte en la cita de una ideología que había olvidado.
    - Si – no se le escapó al Porteño el “cuando termine todo”.
    - ¿Y como procedemos? – Moreno era el responsable del área militar y tenía la misma iniciativa que los demás, resultante del unicato de Raúl.
    - ¿Querés que te haga un planito, le saque dos copias y te las firme?.
    - Está bien, Raúl. Yo me ocupo.
    Se levantó Raúl y salió sin despedirse. Se le notaba el enojo por las derrotas que venía acumulando. Los otros lo siguieron.
    A las seis de la mañana del día siguiente al lado de la ruta provincial que establecía el límite de la zona, casi, se estaban cargando las camionetas con la mercadería para el reparto cotidiano. A los muchachos todavía les duraba la resaca de alcohol y cocaína de la noche previa, pero seguían hombreando cajones. Recién habían despachado a las mujeres, que tenían que volver a trabajar en doce horas. El cartel luminoso seguía titilando el rojo y el verde hortera que fascina a los morochos del palo.
    A cada uno de los tres lugares llegaron sendos 405 bordó – un enamorado de la uniformidad, Raúl – y la perrada empezó a disparar los Galil sobre los estibadores desprevenidos. Cuando no quedó ninguno en pie siguieron disparando sobre el edificio, cambiando cargadores mientras caminaban. En uno de los grupos entró Moreno primero y lo vio. Estaba sangrando poco, pero por una oreja. Era Martín. Estaba desarmado y la percepción era que, aún armado, no hubiera tenido lucidez para resistirse.
    - ¡Paren, carajo!. Avísenle a Raúl que estaba Martín, acá. Está muerto – gritó Moreno a la perrada entusiasmada con los Galil que habían probado en el polígono del cura.
    En los otros dos lugares atacados habían encontrado a Hernán y Rodolfo, que si se habían resistido.
    Hernán, que sobrevivió unos minutos mas, les contó. La iniciativa privada, las ganas de independizarse del viejo y, sobre todo, la cobertura que daba el territorio, les hizo intentar cortarse solos para darle una sorpresa al padre. Los tres hermanos – uno quedó afuera por su fama de botón – se lanzaron al mismo negocio.
    Raúl primero mando matar al Porteño. Después apretó a la bruja gorda que lo molestaba con reproches tardíos, como siempre.
    Terminó culpando a la ideología del mercado, a la globalización y al neo liberalismo por la muerte de los chicos.
    Y se alejó de Menem, pero ya estaba terminado.
    El único de sus hijos sobrevivientes le pagó a la viuda del Porteño hasta el último peso convenido por la tarea que le había comisionado. En ese oficio las deudas se honran.

l

Buenos Aires, 6 de mayo del 2003.
© Edgardo Molgaray@uol.com.ar 
Especial para Sensibles del Sur

 
 
 
DELIRIO

  
    Me desperté, antes que sonara el despertador. Me levanté lentamente...desperezándome, calcé mis pantuflas y me dirigí hacia el baño. Luego de la ducha me paré frente al espejo para afeitarme, preparé todo lo necesario para esa ceremonia: llené el lavatorio hasta la mitad, tomé el aerosol con espuma, la máquinita y los anteojos de media distancia porque sin ellos mi barba crecería hasta el infinito.
    Humedecí mi cara, oprimí el pulsador y la espuma se ahuecó en mi mano respetando las instrucciones que recomendaban que la cantidad a utilizar no superara el tamaño de una nuez, esparcí la espuma sobre las mejillas suavemente y tomé la rasuradora.
    Al acercarme al espejo comenzaron mis problemas: mi imagen no respondía a la realidad, no era yo el que se reflejaba; por el contrario, era una figura extraña, imprecisa. Sorprendido, me acerqué...y la figura se corrió hacia la izquierda transformándose en la imagen de Fidel, me incliné hacia esa dirección y la figura se corrió hacia la derecha, esta vez tomando el aspecto de Adolf.
    Mi mano derecha, portadora de la máquina de afeitar, comenzó a temblar ligeramente..., superé ese instante e intenté  reiniciar la afeitada pero la figura se desplazó hacia arriba y se transformó en el cielo. ¡No podía creer lo que estaba pasando!. Insistí en el intento; esta vez colmó mi paciencia: la figura descendió bruscamente hacia abajo y se transformó en el infierno, cuyas llamas parecían consumir el marco del espejo.
    Horrorizado por esta insólita situación: retrocedí unos pasos...,tomé el aerosol y, con suma violencia, lo arrojé contra el centro del espejo que se partió en mil pedazos. Cuando dejaron de caer los últimos trozos, quedó al descubierto un profundo hueco en la pared.
    Ya sereno, tomé nuevamente mi máquina de afeitar y me rasuré tranquilamente.

l

© Ricardo Colavecchia - @yahoo.com.ar
Especial para Sensibles del Sur


Se autoriza su reproducción total o parcial - real o virtual - citando fuente.

 

 

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