menos
que cero (Fanzine trimestral de cultura /
Paraná)
JORGE LEÓNIDAS ESCUDERO - Argentina - (1920)
Nació en San Juan, Argentina. Abandonó
sus estudios de Agronomía y se dedicó a la minería. Durante años buscó oro y
metales preciosos en las montañas de su provincia. Comenzó a publicar recién
a los cincuenta años.
Obtuvo primeros premios en varios concursos e importantes
distinciones en entidades culturales. Poemas suyos se encuentran en lugares
públicos, como el grabado en piedra en el Monumento al Minero, en la plaza de
la ciudad de La Toma, provincia de San Luis.
Fue incluído en la Antología de la poesía argentina
publicada por Raúl Gustavo Aguirre en 1979.
Su obra fue antologada en México por el poeta y profesor
de la Universidad de Guanajuato, Benjamín Valdivia, en 1990.
Compuso canciones folklóricas, recopiladas en Aires de
Cordillera (San Juan, 1994), musicalizadas por José Luis Aguado Castro.
Obra poética editada:
La raíz en la roca - 1970 -
Le dije y me dijo - 1978 -
Piedra sensible - 1984 -
Los grandes jugadores - 1987 -
Basamento cristalino - 1989 -
Umbral de salida - 1990 -
Elucidario - 1992 -
Jugado - 1993 -
Cantos del acechante - 1995 -
Viaje a ir - 1996 -
Caballazo a la sombra - 1998 -
Aguaiten - 2000 -
Senderear - 2001 -
A otro hablar - 2001 -
N. de. E.: al difundir esta pequeña y
subjetiva selección de la poesía del sanjuanino, hacemos nuestras las palabras
finales del prólogo al libro A
otro hablar.
Dice allí el poeta Javier Cófreces :
(...) Los miembros
de Ediciones en Danza nos sentimos orgullosos de cristalizar la publicación
de A otro hablar. Tal vez, este acercamiento a la palabra de
Escudero contribuya a saldar deudas vinculadas a la falta de respeto y consideración
que sufren cantidad de poetas argentinos.
J.C.
MONTAJE
DE LA IRA
Qué a enseñarme vos
a mí
si sos incapaz de quemarte por mujer,
hacer esperas a destiempo e insistir,
náufrago,
señas con la camisa a barco que no te ve.
Qué vos a decir de
mí
si en vez de andar noches de invierno
vichando luz de ventana querida como yo
te da por descuerear vidas ajenas.
¡Vamos!,
qué me decís hago el ridículo por Ella;
lo que tengo lo pongo sobre la mesa
para perder o ganar sin un gesto en la cara,
porque sé ya no puedo regresar el camino
sino jugarme el resto. Me juego, estoy jugado
aunque vaya a parar en una desgracia.
Entonces no a mí que
ando equivocado o, siempre.
La ridiculez la hacen los cagones como vos,
los que no dan amor a nadie,
los atocinados comedores de carroña.
l
NOCTURNO
Me traigáis más esta
bohemias
noches de guitarras tales como el viento
pulsa en cables de luz.
Digo porque me enternezco
indebidamente.
Yo sé que me hacen mal las calles así,
o las copas en mí,
haber algunas, digo, o beber las debidas,
o bebidas, como sea.
Pero es que se me encanta
el suburbio,
gambetear bocacalles, cabecear la luna
(siempre que esté, claro). Necesito
exhibir un juego bonito y tribunas aplaudan.
Cierto a veces me duele
volver a las bohemias de la juventud,
sobre todo cuando corro
recordando un pase de amor
y me anulan el juego
porque estoy en posición adelantada.
l
GUANACO RELINCHO
Paró pata en la cumbre
reinadora
y miró por el tiempo de sus hembras;
copó el viento, le puso contraseñas
y lo volcó en las cuestas azulinas.
De cogote cruzado con
las nubes estuvo,
antojo de ser luz, pegado al cielo.
Corazón de algo grande parecía
diminuto en la mano de una peña.
Del alto nacedero de
sus ojos, la nieve
colgaba derritiéndose para forma los ríos;
los pastos amarillos caían de su pecho
saltando las quebradas rumbo a las vegas verdes.
Y enhorquetó de pronto
un eco en las orejas:
entre los farallones la piedrita movida.
Dio una vuelta en redondo, avizoró de frente
y así entró por el ojo de la carabina.
Lanzó un relincho azul,
morado y negro;
le chispeó en el codillo abierta rosa;
sorprendido en secretos con su ángel
entró al revolcadero de la sombra.
Huyeron las guanacas
por las crestas;
hilaron con su lana los abismos;
y la cumbre quedó sin corazón arriba,
como un grito en la nada, sólo piedra.
l
CORAZÓN REDUCIDO
Ocurrido el naufragio
de la creída única,
mujer donde venía él a proa,
prendido a un banco de plaza llega isla,
pero en vez de alegrarse por estar a salvo
horribles lamentaciones pronuncia.
En eso unos indios
reducidores de cabeza
lo descubren y en situ
van a sacrificarlo por obtuso;
dar ahí los gritos en vez de hacer señas,
con la camisa,
pa que lo vea otra hembra.
Xactamente.
Analizan su caso tristeza por tristeza
y resuelven al punto,
no ya como es costumbre en los jíbaros
achicar las cabezas a naranja,
sino que por llorón el corazón
se lo reducen al tamaño de un higo.
A náufragos de amor
tan absolutos
es bueno que los castiguen.
He visto en un museo el corazón que dije,
curiosamente triste, arrugado y chiquito.
l
JUEGO DE FOTOS
Con el mazo de fotografías
que guardo amorosamente
voy a jugar al solitario. Empiezo,
pongo sobre la mesa a mi hermana Margarita
y al lado a dos amigos muertos,
debajo al Loco Desiderio (el que creía ser caballo
y trotaba azotándose a dos verijas). Pongo
a mi tío Teodoro junto a su automóvil 1920
y enseguida yo, montado en un burro,
cuando de niño salí a conquistar el mundo.
Toda la mesa ocupo
y descarto, saco y pongo
hasta que de pronto me detengo.
Respaldado en la silla cierro ojos
y pienso en lo que ha barrido el tiempo:
tanto pariente al hoyo, tanto sobreviviente
gastado como por erosión eólica.
Barajo nuevamente y
corto,
destapo la foto de mi madre
y entonces ella dice hijo mío
recuerdo las primaveras, dame un beso. Se lo doy
y ahí se me nublan los ojos y abandono el juego.
l
LE DIGO A UN GRAN POETA
Hölderlin,
a tu mamá nuna carta le dijiste,
¿recuerdas?, "todo lo alcanza el amor".
Escribiste eso y hoy
desdícete, por favor te lo pido, Hölderlin;
pues quise detener lo que huía
con palabra a mujer y no alcancela.
Es por eso que duele
haber creído
lo tan absoluto que escribiste
y tan serio en mí que speranzado
corrí tras el amor a lo tonto
cayéndoseme la baba.
¿Es que mentiste?
Sea como sea desdícete, Hölderlin,
así ningún pobre namorado en desgracia
se largue al infinito con todo
y sufra como yo destrozo de alas.
l
© 2001, JORGE LEÓNIDAS ESCUDERO
© 2001, Ediciones en Danza -
del libro A otro hablar
Biblioteca
de Sensibles del Sur
34 34 34 34 34 34
ANDRÉS ALDAO - Argentina - (1929)
Hijo de judíos y
tanos, gallegos y turcos,
taitas y malevos, bailarines de tango y filósofos de esquina, inmigrantes proletarios
y porteños jurados, nació como Abel Korilchik en Buenos
Aires.
Militante político y periodista, de sus textos
se desprende que mantiene intactos vocaciones y valores que les son propios:
una memoria limpia de malezas, hincha de Ferro, amador del barrio de Caballito,
cultor de la amistad y bailarín de tango.
Como ANDRÉS ALDAO publicó numerosos artículos sobre la realidad
política argentina de los años '70, en los cuales dicho seudónimo sirvió para
salvaguardar la seguridad personal. Por motivos sentimentales mantiene ese nombre
en su aventura literaria.
Casi toda la producción cuentística la realizó en Israel, país
de adopción al que arribó en octubre de 1975 luego de su paso como preso
político en las cárceles de Villa Devoto y Resistencia.
Es miembro de la Asociación Israelí de Escritores en Lengua
Castellana (AIELC).
Obra publicada:
Argentina: de Factoría Agropecuaria a Neodependencia
Industrial (1971)
Cuentos desde lejos (1998)
Al servicio de la vida (1999/2002) - En castellano
y en hebreo.
Ensayitos y sarcasmos en Compás de 2x4
( 2001)
Calles empolvadas de Recuerdos (2002)
Como ustedes recordarán, hemos publicado "Por la
Causa" (3) y (4). En este aniversario, completamos la serie con los textos (1) y (2) con más
la "yapa" de una reciente narración en exclusiva.
La cuenta impaga
(...) Hay mucho luto, muchas tragedias, muchas muertes.
Millares de víctimas padecen, aun, la cobardía de los asesinos que los desaparecieron.
Los crímenes son la cuenta pendiente, el capítulo no terminado, la deuda impaga.
Por eso los familiares, los protagonistas sobrevivientes,
los amigos y la sociedad, no pueden ni deben "cerrar la causa". (...)
POR LA CAUSA (1)
M a d r e O r g a
" ... desfilan ante él uno tras otros los rostros
de los compañeros muertos o desaparecidos
en la vorágine sngrienta de diez años,
y él vuelve a leer sus nombres en la lápida sumergida del recuerdo. "
Juan Marsé
Le cuesta recordar por qué se encuentra allí, en ese portal oscuro, mirando
inquieto hacia la esquina. Ve la sombra deslizándose con cautela, sigilosamente
adosada a las protuberancias rugosas de los ladrillos del muro, envejecidos
por tantas inclemencias. La noche, somnolienta y pringosa, esparce un suspenso
extraño. Como un signo de pregunta titilante que aguarda algo que debe ocurrir,
un suceso imprevisto que dé respuesta a la incógnita.
El auto, raudo, rasante, hace
pedazos la calma de la noche. Como una exhalación imprevista se detiene con
violencia calculada a un paso de la sombra. Los tres tipos saltan del vehículo con eficiente ferocidad
y sin preámbulos, con saña, acribillan la figura negruzca que cae revolcándose en su sangre, como un
cuerpo que libera sus entrañas y luego se transforma en una masa compacta de
desechos.
Los disparos secos, sucesivos,
siegan con su estruendo la pastoral calma nocturna. Uno de ellos se acerca a la cosa derrumbada y quieta
y con la punta del botín le patea las costillas. Parece disfrutar
con esa última profanación al hombre muerto, mientras
la patota sonríe satisfecha. Se van. El auto se extravía entre la bruma opaca que cubre las calles silenciosas. Una
pausa tristona parece detener fugazmente la noción de tiempo, el sentido acrisolado
de la vida. La esquina vuelve a sumirse en su monotonía de suburbio, taciturno y aburrido.
Parapetado en el umbral sombrío, el enigmático espectador tirita. Tiene
una curiosa sensación: lo acaecido no le es ajeno.
Como la proyección refractada de algo que ocurrió. O de algo que podría ocurrir.
Se incorporó con violencia mientras la transpiración le empapaba el rostro sin
afeitar. Las ojeras, aviesas y oscuras, no se compadecían de su juventud. Reconstruyó el sueño: “Truculento y tan
vívido”, pensó, mientras se pasaba la mano
por la mejilla.
La preocupación le inundó los pensamientos. Fue inútil: ya no pudo remontarse a
otra cosa y la figura de la sombra convertida en un guiñapo sin vida retornó con punzante nitidez. Se estremeció.
Con gesto exasperado se lavó la cara. Tenía que ir al empleo pero esa
pesadilla le arrasó el humor. Salió apurado y alcanzó a treparse al colectivo. Contempló a los pasajeros buscando una
figura que encajara en el molde arcano de su visión.
Rastreó las causas que generaron ese
sueño tan cercano a la memoria de sus noches pretéritas, recientes. Percibió el miedo. Como una realidad
suya, enteramente propia y profunda. Reprodujo entonces en su mente las escenas
que supuso ver desde ese umbral onírico, uniendo imagen tras imagen.
Como si fuese un rompecabezas, o los vidrios esparcidos de un espejo roto que
lograba recomponer en un todo homogéneo, hasta que el eco de los
disparos fragmentaba nuevamente la imagen en innumerables partículas salpicadas de sangre.
Casi se pasó. Bajó apurado y llegó a la oficina a tiempo para
firmar la entrada. Los otros empleados lo miraron con curiosidad. Él no tenía ánimos para enhebrar coloquios
estúpidos acerca del tiempo o el
fútbol. Se abroqueló en el escritorio e inició su labor cotidiana. Se puso
a examinar bocetos de tapas para libros próximos a aparecer. Su mente navegaba.
Retrocedió tercamente a la esquina de
barrio que vio en su sueño, a los ladrillos rugosos cuyos resaltes picaneaban
al hombre convertido en sombra. Su mirada se extraviaba en algún punto infinito que cruzaba
el espacio, más allá de este universo que se le
antojó cruel y conflictivo. La tarea
devino en una sensación fastidiosa, como si estuviera
sentado en un cepo que lo mantenía maniatado a la silla.
Alguien le dijo que en receptoría habían dejado una nota para él. Se sobresaltó pero fue a recogerla:
«Estate a la hora convenida;
hoy tenés el solo de trombón. Traélo. Pepi», leyó en silencio.
Fue al lavatorio, rompió la nota y la quemó en el inodoro. Lo invadió la angustia; como un rubor
insolente que tiñe las mejillas y no pide permiso. Pensó en el «Yorugua» Walter y en
el Negro. «Cayeron con honor y valentía cumpliendo una tarea revolucionaria»,
recuerda haber leído en el boletín de la Orga. Lacónico y conciso, pero desajustándose de la otra verdad, más triste, menos heroica, mucho
más simple, insulsa y terrible.
Él sabía que esos cumpas, y otros
que no volvió a ver, cayeron en acciones
cuestionadas por irresponsables e improvisadas. Los rumores, que fisuraban la
presunta hermeticidad de la Orga, se filtraron por canales dudosos y anclaron
en su ánimo, ya percudido.
Al pensar en el compartimento
se ofuscó. como si alguien le hubiese
restallado un látigo en los oídos. Cerró los ojos y sintió que un sudor helado descendía desde sus sienes y la frente;
lo percibió como hilos de sangre que se
iban coagulando. Pretextó una indisposición y abandonó la oficina. En un teléfono público habló con la madre. Hacía más de tres meses que no la veía: desde que alguien que conocía cayó en una inexplicable emboscada.
Se tumbó sobre la cama sin probar bocado.
Sabía que no era inapetencia. porque
el temor lo venía jaqueando incluyéndolo en un desalmado juego,
en el que los estímulos al martirio languidecían estrellándose contra el muro del miedo
físico, ante el temor a una muerte
irreparable, total, definitiva. También a él le llegó la narrativa triunfalista de
los boletines, las odas huecas y reiteradas ponderando la heroicidad de los
combatientes, artífices de las victorias populares:
«La Orga ya es parte de los sentimientos del pueblo», le recordaban sin darle
resuello. Descreía. Dudaba angustiándose, agonizando con esa implacable
sensación de culpa que lo mortificaba,
que le usurpaba espacios vitales de sus sentimientos.
Se confesó el miedo a la muerte. Y luego
cuestionó lo que sentía: «¿Por qué esta caída en el derrotismo pequeño
burgués?». Sollozó sin pudor en la soledad de
su cuarto gris, que de pronto se le antojó una celda, un féretro que le farfullaba maliciosamente
un final no invocado. Que rechazaba, porque aún no había conocido la cara feliz de
la existencia. Porque amaba lo que no le fue
dado disfrutar.
Vivía desplazándose en un laberinto lóbrego, temeroso de las celadas
que lo acechaban y que, sin duda, podían segregarlo de esta vida a
la que se aferraba desesperadamente. Se percibía abyecto cuando dudaba de la
Orga. Era como andar sobre el reverso crujiente de la felonía: «¿Qué me pasa?», interrogó acongojado a su conciencia.
Luego se durmió.
Al despertar se sintió más tranquilo. Asumió su miedo como una sensación natural. Creyó haber dominado sus aprensiones,
convenciéndose de que lo importante era
dar la batalla contra los enemigos.
Se preparó huevos fritos. Los comió en silencio, taciturno. El
diario dispuesto para la lectura esperaba en vano; el calor y algunos mosquitos
lo encolerizaron. Mientras se duchaba escuchó las sirenas que aturdían y entonces recordó que más tarde debía participar en una actividad
de la Orga «Que es como nuestra madre», pensó como otras veces. Pero le desafinaba.
Finalmente decidió creer que se había reanimado.
Quitó un zócalo de la cocinita y extrajo
la Parabellum. La acarició con áspera ternura mientras entornaba
los ojos. La visión de aquel sueño volvió a embestirlo.
«Pum,
pum, pum!». Los estampidos que le pareció
escuchar, lacónicos, terminantes, lo devolvieron a la vida. Un par de lágrimas le birlaron la fe mientras
fantaseó a los héroes de su infancia, a los prototipos
de su reciente adolescencia que le habían forjado mitos soberbios,
según los cuales la vida, en esencia,
era la aventura trascendental de los humanos y había que vivirla a imagen y semejanza
de Búfalo Bill, Robin Hood, Sandokan,
Scarface o Jesucristo.
Llegó la medianoche. Se vistió, recogió el pequeño bolso e introdujo la pistola
y tres cargadores. Verificó si llevaba los documentos,
le echó una mirada de simpatía al cuarto y salió. Tomó el colectivo que lo llevaría al lugar. Estaba vacío; como él. La memoria lo condujo al
mensaje que recibió esa mañana y entonces recordó la rúbrica: «Habíamos decidido no poner nombres
de guerra en las notas. ni la inicial ¿porqué carajo lo hicieron?» No quiso
pensar.
El colectivo penetró en el suburbio. Involuntariamente
giró la cabeza y contempló la ciudad que dejaba atrás. El suspiro fue como el gorjeo
tristón de un pájaro extraviado que ya no podía retornar al nido. Llegó a destino y descendió sin apresurarse. Abandonó las luces de la avenida internándose en las penunbras del barrio.
Al rato divisó la larga pared de ladrillo
que daba a los fondos de la fábrica. Se detuvo, miró la hora y esperó oculto detrás de un camión. Cuando llegó el momento caminó como una sombra, «deslizándose con cautela, sigilosamente
adosado a las protuberancias rugosas de los ladrillos del muro, envejecidos
por tantas inclemencias. La noche, somnolienta y pringosa, esparce un suspenso
extraño. Como un signo de pregunta titilante que espera algo que debe ocurrir,
un suceso imprevisto que dé respuesta a la incógnita».
Caminaba absorto en sus visiones;
distraído y displicente. La frenada
y la luz de los focos, brutales, feroces, pasmaron su última brizna de vida. Lo ultimaron
sin asco mientras él cerraba los ojos aferrándose a su sueño, descartado
de una realidad que ya no le pertenecía ·
Y entonces entraron esos hombres
" porque
entonces yo aún no sabía que a pesar de crecer
y por mucho que uno mire hacia el futuro,
uno siempre crece hacia el pasado,
en busca tal vez del primer deslumbramiento».
(Juan Marsé, “El embrujo de Shangahi”)
Siempre me acuerdo de mi mamá se preocupaba por alcanzarme el tazón de leche ponerme el guardapolvo bien
arregladito porque decía mi mamá que la limpieza de afuera muestra la limpieza
de adentro y la verdad que yo no sé muy bien que quería decir mi mamá con eso pero si ella lo decía tenía que ser muy importante y mi papá también a escuchaba a ella porque mi mamá es la que nos decía a nosotros lo que teníamos que hacer y mi hermanita Celia mi hermano Juan y mi papá siempre le hacíamos caso porque mi mamá sabía de todo y se ocupaba de nuestras necesidades
y de la comida y de la ropa y de nuestros juegos y si salíamos a pasear también mamá nos decía como vestirnos y no te pongas esa corbata Atilio
(que es mi papá ¿saben?) porque no combina con el traje y a mi
hermanita no la dejaba ponerse el vestido con encaje que le regaló la abuela Sara que es la mamá de mi mamá en el cumpleaños de Celita y cuando un día le pegué al Beto porque me dijo "uruguayo muerto de hambre"
fue mi mamá al colegio porque la maestra la mandó llamar y me pusieron en penitencia y también mi mamá me puso en penitencia en el rincón y no me dejó ver la tele me acuerdo que me chilló y
me dijo che botija sos un peleador y al ratito se ablandó y dijo “ta ta” andá nomás y yo pensé qué buenaza que es mami y esa noche se lo contó a papá que se puso a reír y le dijo a mamá pero dejalo al botija que aprenda a ser hombre
y ese domingo papá me llevó a la cancha de Atlanta pero ésta no es la camiseta de Peñarol ya lo sé hijo pero no estamos en Montevideo y me compró maníes y esa noche mamá nos dijo hoy comemos como si estuviéramos en Andes y la 18 y nos preparó «chivitos» y después nos mandó a dormir mamá nunca estaba cuando volvíamos de la escuela porque trabajaba en lo de la
señora Silvia y mi hermano nos calentaba la comida y todos los días mamá preguntaba ¿comieron todo? ¿estaba rico el
arrocito?
y me acuerdo el día ese que volvimos y mamá estaba en casa y le preguntamos por qué no fue a trabajar y mamá nos dijo fui pero algo pasó en la casa de la señora Silvia porque estaba
llena de policías y yo me asusté y volví para casa bueno vengan a comer y esa noche nos
fuimos a dormir temprano y papá y mamá hablaron en voz baja parecían asustados y a los ojos de mamá los vi llorosos y no me acuerdo más y entonces entraron esos hombres y rompieron
los muebles y le pegaron a mi papá y a mi mamá que gritaba no sé por qué «socorro, suéltenme por Dios!» la tiraron al suelo y la pateaban
y yo y mis hermanitos nos pusimos a llorar y se los llevaron y no los vimos
nunca más a mi mamá y a mi papi… y después nos vino a buscar la abuela Sara y nos quedamos
con ella y yo ahora estoy aquí solo separado de mis hermanitos y de mi abuela
que a veces me viene a visitar con Juancito que tiene unos bigotes como de hombre
y Celia con los labios pintados y tacos de señorita ellos están tan grandes y yo no sé por qué me quedé chiquito y ellos no… sí, siempre me acuerdo de mi mamá… y entonces entraron esos hombres…
·
l
© Andrés Aldao
Incluidos en su libro Cuentos desde
lejos (Ediciones del Exilio - 1998 )
POR LA CAUSA
(melancolía 17)
«Los sueños dispersos, ultrajados, vencidos, renacerán
de sus cenizas para levantar el vuelo a la utopía que soñaron otros antes que
nosotros. Que murieron por ella. Sosteniendo la bandera en la tortura, el tormento
y la muerte. Ellos nos contemplan desde el más allá de los recuerdos; y nos
reclaman, teniendo a sus espaldas el siglo XX agotado, que la bandera caída
no se abandona. La lucha no ha terminado... la lucha continúa. Por los muertos,
por los vivos, por la causa.»
De un prólogo que no fue...
(Claudio Suárez – Andrés Aldao)
a Ernesto Bavio, que sabe muy bien
de qué se trata
1.
Han transcurrido
añares desde que dejó el país. Un destierro duro, la deportación a tierras ajenas;
un extrañamiento con mayúsculas. No el exilio literario, el de aquellos que
transcurrieron el horror desde cuartos confortables y bibliotecas públicas.
Farfullando pláticas sobre la “sección especial de represión al comunismo”.
Incluso confesando, con mohín de mártir ante la pantalla de TV, que estuvieron
detenidos un par de días. Y que incluso los interrogó Cipriano Lombilla... Un
desvaído martirologio intelectual de quienes predican que la revolución es como
un sueño eterno. Y confortable. Haciendo pinta. Dándola cambiada. Sin testigos.
Vive en un exilio sin retorno. Que lo arrancó de cuajo de
su país, la urbe, los sueños con olor a Río de la Plata o Riachuelo. Está de
visita. Va caminando por la patria, por calles que presiente y reconoce. Los
rayos del sol calcinantes, envainados en esa humedad burlona, le lamen la piel.
Saborea la soledad intimista del viejo barrio. Lo palpa,
lo reconoce, lo recuerda, acaricia algunas paredes con la ternura del que vuelve,
del ausente que tropieza de pronto con flashes de su lejana niñez, y los fantasmas
que lo acompañan.
Se reencuentra con la antigua barriada. El escenario donde
transitó los principios de la vida. Que aun sin tener conciencia quedaron allí,
amurados en la memoria, ovillados, almacenados en la isla del tesoro de su infancia.
Es una incursión inevitable. Un reto a la desmemoria. Anda con lentitud de viejo
mientras seca con un pañuelo las gotas de sudor que bajan desde la coronilla,
se deslizan sobre la cara y le empapan el cuello.
Le llegan desde el fondo de la adolescencia los compases
de Mala Junta con la orquesta de Don Osvaldo… y la voz de Chanel “amainando
guapos” en Corrientes y Esmeralda: «Los estoy escuchando, chochamus, créanme».
Página de evocaciones.
«El
barrio es la patria, José», le dijo a un querido amigo asumiendo esa declaración
como si fuese una especie de libertador de Caballito, una mezcla de José Castelli
y Simón Bolívar. «¡Aquí estoy, por fin, amigos, veredas, viejos queridos! ¡Vengo
a pagar una antigua deuda de ausencia!».
Demora los recuerdos, trata de apilarlos, darles un orden lógico. Llegan en
tropel y lo rebasan, confundiéndolo, arrancando de un manotón esa tela de araña
tupida en la que ha resguardado su vida, o ha escondido los misterios de tantos
años de actividad alienada en las calinas de la devoción al acto revolucionario.
Recorre con ojos cansados puertas troqueladas de ancianidad que le son familiares,
ventanas que parecen zurcidas en las parecitas estucadas de Caballito. Busca
la entrada de aquella cajita de música en la que transcurrió lo más lindo de
su niñez. Rescata la pequeña vivienda, atisba la medianera que lo separaba de
los juegos, la calle y los compinches. Se ve gurrumino. Recobra la imagen del
viejo doblado sobre la máquina de coser, y él jugando partidos de fóbal con
carreteles de hilo pintados con los colores de los clubes. Reconoce las casas
de antiguos compinches. Sueña con imágenes que no pudo olvidar. Tan recientes...
hasta le parece escuchar jadeos, aspirar aromas de colonias baratas, ver ojos
que lo contemplan, oír voces que le susurran, participar de juegos borrados
que vuelven a silbarle: Che Ruso... ¡Cheeee Rrruuusssoooo!
2.
La
calle silenciosa, mansa y tórrida le devuelve historias ocultas. Una vecina
jovata se asoma por un portón herrumbrado. Caballito bordado en la memoria inefable.
Barrio de Buenos Aires; gente que trabaja duro para mantener los críos, la vida
apacible sin demasiadas novedades, las mujeres en la casa y los hombres en el
yugo. Años del colectivo, con gurrumines
sentados en el guardabarro trasero agarrados a la rueda de auxilio. Las líneas
del tranvía y el guarda puteando cuando le bajaban el trole. El cielo, allí
arriba, gratis para todos. San Caballito Norte de los Buenos Aires, prototipo
estilizado de la ciudad inmigrante; la ciudad hecha tarantelas, muñeiras, romanzas
en idish, tangos y chacareras: todo nostalgias; evocación y melancolía siempre.
Caballito, como un charco de lluvia en medio de la urbe,
con las ranas y los ranas. La primera puntada de una larga marcha. Los amigos,
el ayer. Cierra los ojos y los ve a todos, a Pedrito y Buby Gdansky (Orgambide),
a Tatalo (J.C.Esteban), a los hermanos Shifres, a Biggi Buezas, al Vasco Euzkadi
y a Urrutia, a los hermanos Simpson, a la barra arengreenense. Abre y vuelve
a cerrar los ojos. Pasan como un sueño. Luego reaparecen, como serpientes, los
Lombilla, Amoresano, Waserman y González de la Especial, los sanguinarios de
la Triple A, los torturadores de coordina, los milicos criminales y cobardes
a quienes fantasea colgados del cadalso como chorizos podridos.
Y el barrio, che Caballito, reprochándole la ausencia mientras, obseso, caminando
como sonámbulo, repite: «No quedó nadie... todos están muertos... todos perdidos...
hermanos... todos muertos y enterrados... hermanos... amigos... camaradas...
desaparecidos. No quedó nadie». Todo se pierde en una realidad maldita: el desarraigo.
Y como tributo póstumo por los servicios prestados, la condecoración de latón
y plomo. ¿Y qué?
3.
Recorre Gaona. El lloriqueo se desvanece, la evocación apilada se desploma,
los viejos nombres vuelven a sus sarcófagos de memoria... Comprende de que estaba
viviendo en una pompa de jabón. Confiesa, incluso, con una sonrisa de antiguo
rioplatense, que toda esa joda de la melancolía, del reconocimiento, de las
paredes que acaricia y las sombras del pasado, los aromas de ese barrio que
fue, son en definitiva, como diría un chileno, una flor de huevada. Porque el
mundo no se detuvo. Allí está toda esa pendejada que se juega contra la globalización
en las grandes capitales del mundo.
Despabilate, ché – me decía una voz que venía andá a saber de dónde –, vos no
estás para las nuevas jodas, pero los tiernos brotes van cobrando vuelo.
Confesáte,
Ruso, que hoy no te necesitan: vos estás jubilado, hiciste lo tuyo, jugaste
y perdiste, como todos lo veteranos... Pero ayudaste a abrir camino a machetazo
limpio hacia la jungla de la globalización. Dejá hacer las cosas a los pibes,
a los nuevos: no la vayas de maestro ciruela, no te hagas la rata cruel, no
quieras ser el profesor de la revolución. Confía, negro, en la nueva pibada...
¿se van a equivocar? ¿van a meter la pata? ¡Dejálos, Ruso, dejálos! Confiá en
ellos, que toda la vieja espuzza del pasado les va a servir de experiencia.
La fuerza, la voluntad que tienen los marginados, la juventud y el empuje de
los que vienen detrás es una flor de chispa... Bueno, quedate piola, Ruso, y
aunque no sos creyente, rezá, rezá Ruso por que haya un nuevo 17 para los compatriotas,
también para todos los grones del mundo que sobreviven hambreados, culeados
por la oligarquía financiera. Y confiá, no seas gil: dejáte de nostalgias. Dejá
a los gerontos... si vos sos un pibe de setenta y cuatro pirulos.».
Deja el barrio; desestruja el corazón y ansía volver al centro de la urbe. Respirar
hondo, codearse con la multitud. Sube al bondi 99 y en Corrientes se desliza
como un atleta jubilado hacia la estación del subte. Se mete en el bar Suárez,
de Maipú y Corrientes, pide una ginebra doble y, como lo hacía el viejo, se
la manda de un saque. En unos días más retornará al destierro. Para siempre.
«¿Y qué, Ruso?» Por la causa siempre... ●
© ANDRÉS ALDAO, octubre 2003 - avinur@bezeqint.net
Especial para Sensibles del Sur
34 34 34 34 34 34
EMILIA MORONI - Argentina -
Querido Ernesto:
Cuando me llega Sensibles del Sur,
éste, mi sur, ya no es tan frío, tan seco, ni tan lejano, y
mi soledad escapa a regañadientes pues está tan acostumbrada a quedarse que
no entiende por qué tu revista la desaloja y yo sea tan
feliz.
Me atrevo a enviarte estos poemas, a lo mejor los
publicás, a lo mejor no..., no importa; lo cierto es que disfruto de todo el
contenido de la revista. Para vos y para todos
los lectores de Sensibles... un cálido abrazo.
Emilia - emily@cpenet.com
PREVIO
como un pájaro sin alas condenado
a la tierra,
sin hallar la llave de tus ojos
y sin tocar la seda de tu voz.
Cada tarde crecían hierbas grises
y cada noche el fantasma sigiloso
del olvido
caminaba los techos del sueño.
previo a la muerte y al olvido
se fue orillando los cauces de la
sangre,
extraviando tres sílabas,
perdido en la retórica , la forma
y la rima.
Dónde escondías la llave de tus
ojos,
dónde la casa de tu alma.
quebró sus alas sin decir te quiero,
antes de la muerte y el olvido.
Cada tarde crecen hierbas grises
extraviando el eco de tres sílabas,
sin hallar la llave de tus ojos,
y sin tocar la seda de tu voz,
pájaro sin alas, condenado a la
tierra.
...y al abrírsele el pecho pudo
verse/
que siempre estuvo hecho de sangre
conmovida/ de polvo trashumante.
a Darío Santillán y Maximiliano Kosteki
Los convocó un campanario
con la sed del sudor contenido
crecieron en un
río desbordando
Quemaba la verdad
mil veces negada
y eran luces los
ojos de los pobres
alumbrando la justicia de nadie.
Como una bestia que husmea su
presa,
entre la multitud siguieron su
rastro,
escupiendo humo negro y negras
órdenes.
vistiendo de rojo el espanto.
todos lo vieron, torbellino y
estrella
Te doy mi mano compañero,
sobre una cruz de
hermanos.
De rodillas dijo no tiren...
En Avellaneda y en sombras,
la púrpura tibia se constelaba
y levantaba por un andamio de
cielos
Con ellos resucitan otros
nombres
en los aleros del viento,
en la claridad azul de una letanía
que no duerme .
Los bárbaros ignoran que el plomo
y el odio
no apagan el incendio del
alma
y que la púrpura derramada
florece en la estrella de
todos los vientos.
Quién me ha dejado
esta amapola de seda
tan corazón
de adormidera
pronto a estallar y a vaciar la
vida.
Quién me ha dejado este viento
agonizante
y en las manos este hueco de pájaros
oscuros.
que me siento como de luna,
Quítame estos pájaros oscuros,
quítame esta flor emisaria de
la muerte,
como de luna tan lejana y fría.
© Emilia Moroni -
Santa
Rosa - La Pampa
Poemas inédito del libro "Sabor a viento"
Especial para Sensibles del Sur
34 34 34 34 34 34
ERNESTO A. BAVIO - Argentina - (1943)
Nació en Viale, provincia de Entre Ríos.
Dio a conocer sus escritos en México, DF. donde residió
desde 1976 a 1984. Publicaron sus cuentos la revista Controversias, el
Suplemento Cultural Sábado del diario Uno más Uno y el
Suplemento anual de la Universidad Veracruzana. Junto a escritores
mexicanos compartió la Antología De estos días (Cuentos, Edic. La paz
del fuego - UAM - 1981), prologada por el poeta Máximo Símpson.
Residente en la ciudad de Bariloche - Pcia. de Río Negro
(1990-2002) colaboró en diferentes eventos plástico-poéticos, fue convocado
como Jurado Literario, condujo el programa radial "Musicuentos" (1990-1997)
- bajo idea y producción propia - en la FM Mascaró de esa localidad
patagónica, textos suyos fueron publicados en revistas culturales de
la región y prologó el libro "Escritura vida vive" de la poeta de Dina
Huapi, Silvia Urtubey.
Desde Bariloche lanzó el semanario virtual Sensibles del Sur , que este
15 de octubre cumple su 4to. año consecutivo.
Radicado en Paraná - Entre Ríos integra el grupo de
escritores "Los 13 del lunes", coordina un Taller de Literatura para adultos
y experimenta la creación de un Café Literario patrocinado por la
Asociación Litoraleña de Biodanza.
Cuentos y poemas de su autoría son actualmente publicados
en la revista literaria ENTRELÍNEAS de Israel (en
español), distribuida en ese país, España, Montevideo y Buenos Aires.
Tiene inéditos un libro de cuento: "Memoria de jardines
y otros cuentos" y dos de poesía: "Poemas sin ceros"
y "Difusas garrapatas".
SI NO ES A ÉL, A QUIÉN
a S.J.H.
En la habitación apenas pertrechada, enfrentado a la mancha de humedad que bajaba
sinuosa desde el techo, Carlos sintió la necesidad de contarle sus sueños. Aún
dudaba si sería Juan el más indicado para escucharlo pero - pensó - si no es
a él, a quién.
Desde la calle, pese a las
persianas casi herméticas, siempre bajas por razones de seguridad, llegaba la
presencia de la luz solar y los gritos de los niños jugando en la plazoleta.
Se animó.
- Mirá, Juan - comenzó -, yo tenía la certeza de que alguna vez te haría mi
confidente en esto de los sueños; no sólo porque invariablemente te consideré
un compañero, el mejor, el único que tuve, sino también por la repetición del
horror. La insistencia de estas pesadillas semeja una vocación íntima:
Jekill y Hyde, Dios y el Diablo en la Tierra del Sol. Casi como nuestra amistad.
Porque... bueno... vos sabés que de noche duermo poco; insomnio, che, lo padezco
desde pibe o desde cuando Cristina... Pero, no; ésa es otra historia de la cual
tampoco estoy muy claro. Mis padres no lograron dar con alguien que me lo curase,
vaya uno a saber por qué ¿no? En cambio, durante la siesta, alcanza con
que apoye la cabeza en la almohada para quedarme dormido de inmediato. Y es
allí, en esas pocas horas de tregua, cuando el desvarío me cae encima; primero,
como una ausencia obscura, indefinida, luego las imágenes, el miedo.
Arrimó un poco la silla hacia donde su amigo para que éste lo escuchase bien.
Sintió la mano torpe, como dormida.
- No vayas
a pensar que me agrada este asunto del insomnio; una cosa es que me haya acostumbrado
a él, pero gustarme no. ¿Te dije qué es lo que más me molesta? Lo que me molesta
más es esa incertidumbre de no saber cuándo los hechos suceden en el soñar y
cuándo en la vigilia; sucede que me despierto en las tardes - en ese instante
no tengo noción si es de mañana o de tarde, claro - y salgo corriendo para la
cita; me lavo la cara, los dientes, me visto; tomo un café a la disparada como
todas las madrugadas y cuando estoy en la calle me doy cuenta... Desde
luego, ya no vuelvo a dormir bien ¡y no tenés idea lo largo que puede resultar
un día así!
Pero te contaba del delirio: me acuerdo
de algunos, casi siempre los mismos. Debe de haber más, sólo que no quieren
aparecer. ¡Mejor! No me interesa saber de los otros; con estos tengo más que
suficiente En el que me atormenta primero, me veo en una plaza de toros,
en el ruedo quiero decir; tal vez España o México, no sé. Por una de las puertas
laterales sale un animalazo como de trescientos kilos; yo estoy vestido con
un traje de luces, de torero, y en este sueño vos me prestás el atuendo. En
las tribunas reina un silencio... ¿cómo te explico?... No un silencio cualquiera,
no. Un silencio como el de las noches; un silencio que zumba en los oídos; así.
En uno de los palcos, dos personas a las que nunca logro distinguir el sexo,
sonríen joviales y dan la señal de ataque; el toro los ve y gira hacia mí, con
una mueca babeante se me echa encima. Lo curioso del caso es que yo no tengo
miedo, fijáte vos; pareciera como si lo esperase desde siempre; la sensación,
en el sueño, es la de estar frente a un viejo enemigo. Pese a mi empeño y destreza,
donde las verónicas son ejecutadas con pericia, la gente del tablado no
me lo agradece; ante ello, decido darles un final espectacular. Alzo la espadilla
y cuando estoy a punto de picarlo en una estocada que presumo genial ¡la plaza
es un desierto árabe! Tendida en la arena, estúpidamente desnuda, una bellísima
mujer esconde sus facciones tras un rebozo y me hace gestos obscenos.
La oscuridad avanzaba desde los rincones del departamento semejando un gusano
desgarbado y grotesco, animoso.
En la calle - imaginó Carlos
- las chicharras habrían partido hacia su próximo sol.
- ¿Te parece que encienda la
luz?
Juan no respondió, parecía
estudiarlo desde el color de unos ojos desabridos.
Carlos se dijo que acaso se
aburría pero - pensó -, si no es a él, a quién.
- En el segundo sueño me encuentro sentado al volante de tu camioneta... raro
¿no creés? nunca has querido prestármela... Te decía: estoy al volante de tu
camioneta y sin razón alguna que lo amerite doy marcha atrás; el vehículo sale
como bólido, choca contra algo, se detiene. Me bajo, mortificado, y me encuentro
con una chica tirada en el pavimento; cuando me acerco para ayudarla reconozco
a la mujer del desierto (¿te dije que llevaba un velo? ) que sonríe lasciva
y me hace guiños impropios.
Juan se
eternizaba en su mutismo, como estudiándolo desde el fondo de sus ojos incoloros.
Se conocieron
- recordó Carlos - en plena ilusión adolescente; la casualidad los juntó en
aquella pensión del Once que albergaba a tantos provincianos como ellos. Eran
tiempos de cambios, de descubrimientos e inseguridades. Desde entonces habían
compartido los años, la casa y las malas intenciones; las curdas tempraneras,
los amores, la Universidad y esta reciente política armada a que se veían obligados
por causa del golpe de los militares. Más de quince años... A quién si no a
Juan...
- En el tercero los hechos suceden en una casona de película gringa, con ventanales
que abren hacia una piscina, a un jardín afortunado y fresco... Juan, ¿de veras
no te canso, no? La sala es espaciosa y limpia; de las paredes cuelgan pinturas
de hombres famosos. A mi lado, en un sofá de no creer, está sentada una mujer
muy elegante de piernas cálidas y mirada impúber; en cierto momento se rompen
los vidrios del mirador e irrumpe una pandilla de malhechores que busca agredirnos.
Yo defiendo a la chica con valentía y la mayoría de ellos se da a la fuga. Sin
embargo, el que parece el líder se queda petrificado mirándonos; no le distingo
la cara... Lo tomo del cuello, agitado, y justo cuando sé que voy a reconocerlo
me despierto despavorido, empapado en sudor.
Juan no respondía. Sus ojos, impasibles, seguían fijos en su cara. Como
estudiándome – pensó Carlos.
- El último es el más largo y allí entrás vos. Estamos en esta casa, nuestra
casa; debe ser la víspera de algún acontecimiento importante porque te ves muy
nervioso y te acostás en este mismo sillón. Te observo desde el cuarto y me
acerco a preguntarte qué es lo que te ocurre; vos me decís que nada, que siga
en lo mío, que no te moleste. Yo no te contesto o.. ¡Caramba! Se me mezcla todo,
esperá... Sí, yo digo: " si querés te preparo unos mates ". Vos te quedas callado,
como ahora. Te sugiero: " por qué no te das una ducha, descansás un rato y luego
hablamos ". Vos me salís con no sé qué asunto sobre Cristina y nuestra amistad;
recuerdo palabras sueltas, tales como: "salvarla... solo con ella... una isla
desierta...". Yo no quisiera contarte por recato pero te advierto que a mí me
sucedió lo mismo cuando la conocí. Te aconsejo cuidado pues, en mi opinión,
ella no es mujer para un tipo como vos. Bruscamente te sentás en el sillón y
me respondés que no sea celoso (¡tendrías que ver la cara que ponés! ); que
me vaya haciendo a la idea de no verte más porque te vas a marchar con ella,
que estás esperando su llamado, harto de este jueguito de las armas...
Aquí es cuando sucede lo inexplicable
¿me seguís?. Terminás de decirme eso y se superponen imágenes del desierto y
la mujer desnuda, del jefe de los pandil