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CUATRO POEMAS DE
RAÚL RIVERO DESDE LA PRISIÓN DE LA HABANA
Alta fidelidad
Se librarán del dolor del gramófono
torturado por la fricción y las agujas.
Vivirán castos, ajenos al pecado
de cantar a capella y con hambre
en simulacros y funciones
que los tiranos se regalan
como escudos.
Los hombres que se quedan en casa
tarareando boleros
llegarán a la sabiduría.
Venturosa y serena
será para ellos y sus hijos esta vida.
Ligera la ceniza. Clara la eternidad
Murallas
Se han reunido allá abajo.
Los pastorean desde motos oscuras
Que parecen bestias de los Montes Urales.
Quieren que nos mate el pánico
Pero Blanca y yo
Tenemos compromisos
Con otras agonías.
Mientras encienden las antorchas
Y ensamblan las catapultas
Le servimos una mesa de lujo
A los muertos de la familia
Y escribimos mensajes
A nuestros hijos que están lejos.
Ya empezaron los gritos de guerra
y una avanzada conquista la escalera.
El cañonazo de las nueve
anuncia que cerraron la muralla
y se inicia la ofensiva final.
Esta noche es imposible
Dormir en intramuros.
Alabado sea el cimarrón
que descubrió la libertad en el monte.
Patria borrosa
Hermanos míos
los reconozco enseguida en cualquier sitio
porque heredamos el vidrio sagrado
y con él recubrimos la mirada
que hemos venido a darle al universo.
Oh, los entrañables y nobles
compañeros que abracé en San Juan
Roma, Praga, París
y me recibieron
con el esplendor de sus harapos
en la vieja Cracovia
bajo el agua bendita
de templo en templo
en los submarinos providenciales
que escondían en los forros de los abrigos.
Mis amigos del alma
identificados al momento
con un gesto en Helsinki
la noche en que la señorita Perno
me protegió de una nevada
gracias a que habló en público
sobre mi corazón.
Mis primos queridos de Ulan Bator
y sus ofrendas de leche fermentada
de las yeguas tácitas y yertas
que habitan las sabanas de los hielos eternos.
Los hermanazos de Sevilla y La Rioja
en las mesas donde cantamos pedazos de canciones
para llorar hasta quedarnos secos
y amanecer al otro día abrazados
a la hora de las resacas y los alejandrinos.
Los cuates de Sonora
en sesión plenaria permanente
en el salón de la rabia lacónica
del palacio de La pluma blanca
donde siempre nos morimos por saber
lo que ha pasado allá en la hacienda de La Flor
Los ateridos caballeros
de los anillos de Moscú
aplastados por sus gorras redondas
con los mitones coagulados
siempre junto a los muertos
prófugos del amor y de los samovares
solitarios y hoscos
inmensos, lacrimógenos, magnánimos
los recuerdo con respeto y cariño
desde este sol de otras derrotas.
Mis hermanos gemelos del estado de Zulia
ya es muy peligroso para mi vivir sin verlos.
Sabed que Blas Perozo escribió en un billete
mi futuro y lo perdí después en una ceremonia.
Recuerden que Hugo Figueroa
me retrató en el lago y en su casa
y luego ordenó que me pusieran
unos zapatos nuevos y un pañuelo de seda.
En el puerto de Maracaibo
¿habrá que brindarle una cerveza a Paco Hung
o entrar a las virtuosas pesadillas de David Rincón?
En Mérida, en Tovar no dejen a Iván solo conmigo
y sin Contramaestre entre las sepulturas
que no llegamos nunca ni al rosario ni a misa.
Si, de aquí no me voy
ahora que hallé a Varela Mora
mío en los poemas y los miedos.
En esa región que Nastia no utiliza
tengo otra casa yo de mi patria de brumas.
Salud gente del bronce y del aliño
en las cuevas de La Pequeña Habana
nombradas como pueblos o animales
talleres para reparar incertidumbres.
Buenos días en Lisboa
a la mesa de Ricardo Reis
que murmura del amor
unas maldades.
Olvido, abundante olvido para los ahistóricos
atareados en sus devastaciones
que empiezan en las barbas y en los dientes.
En San José
por el cambio de hora
hasta mañana
al desfile de bestias desvanecidas
que van a gruñir bajo los puentes
o en las tibias cunetas
a los parques públicos y los cines de barrio
encartonados y corroídos.
De los que miro desde el patio
qué les voy a decir
como no sea que ya no cuento los que tengo
sino los que me faltan
y que los quiero aún más
porque conozco el color de sus guaridas
donde de noche dibujaba puertas falsas
que daban a Santiago y a La Habana.
Los que permanecieron, los que llegan
y traen aún las fotos claras
y los apodos relucientes.
Los viejos y los nuevos
la tropa desastrosa y desgarrada.
Dejadme que los bese en la frente
invencibles y hermosos
compañeros de viajes
por la niebla y el cruce
ultraterreno.
Príncipes y vasallos de los bares del mundo
permitidme tomaros de las manos
y pasearme con todos
por todas las ciudades
porque os amo y entiendo
porque hay un cansancio
que nada más se ahuyenta
en vuestras camas ciegas.
Hermanos de refugios y condenas
mis hermanas, selectas minoría
que cubrió con tizne de carbón las vanidades
ustedes resucitaron la inocencia
y su renunciación los convirtió en apóstoles
de la recóndita pureza de las ruinas.
Lecturas de las olas
Virginia, yo quería que renacieras Con Maruchi otra vez
Amor mío
Y vinieras a salvarme.
Del lobo quería el pelo
Porque era áspero y corruptible
Y sobre todo
Porque nacía y moría en tu cabeza.
Quería la ropa vieja
El hambre y la sed de tu perro
el té que derramabas
Y una réplica del termómetro
Que medía tu fiebre
Virginia
cuando recobres ojos y codicia
Que fulguren en la mirada
Y la ambición de Lina
En nadie más
Porque ella sola
Te construyó una casa.
Virginia
abre la boca
Abandona el corset
Y pégale en la cara
Con el sombrero gris
A tu marido.
Voy a romper la foto
Y a guardar el libro.
Sé que vas a volver.
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Gentileza:: Harold Alvarado Tenorio
Director Arquitrave Editores
Arquitrave, revista de poesía
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Teléfono y Fax (057)(1) 341 4619
Bogotá.D.C.
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