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Aníbal Jorge Sciorra
 
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La estrella
Un texto de anisci
Había llegado el año nuevo y,
como ya era costumbre, salimos
al centro exacto del patio para
contemplar el cielo. Titilaban
las estrellas que daba miedo,
mientras que unas nubes como de
algodón se alejaban, dejando ver
perfectamente al año recién
llegado.
De pronto, la tía Amanda gritó
espantada y salió corriendo
rumbo a una de las piezas, donde
se refugió detrás de una
persiana. Todos salimos del
patio con pánico sin saber en
realidad porqué, y nos metimos
también dentro de las piezas. La
tía Porota atribuyó todo esto a
alguna alucinación de la tía
Amanda, que se la pasaba
delirando. Pero no, no era así.
La tía Amanda había advertido el
peligro. El abuelo Agustín muy
pronto lo confirmó: una estrella
se había desprendido de alguno
de esos cablecitos que las
sostienen en el espacio, y venía
a ochenta y la comida a
incrustarse en nuestro patio.
Estábamos todos llenos de
asombro esperando el gran
encontronazo. Mi viejo pensaba
en los daños que iba a provocar
semejante caída y en lo caro que
le iba a salir efectuar las
reparaciones. Pero tendríamos
una estrella, agregó mi hermano
Alito. Seríamos la única casa
del barrio con estrella propia,
y con su luz podríamos iluminar
toda la terraza y organizar
bailes y partidos de truco hasta
que saliera el sol. El abuelo
Agustín se había llevado el
banquito a la terraza y, subido
a éste, nos transmitía
entusiasmado todas las
alternativas del descenso de la
estrella, la cual se acercaba
cada vez más a nuestro patio.
Los vecinos asomaban sus caras
de envidia desde los tapiales, a
la vez que mi hermano Alito
tocaba con su acordeón "Desde el
alma".
La tía Amanda seguía detrás de
la persiana temblando y con los
ojos bien abiertos. El tío
Armando le pedía a mi vieja que
le cebara unos mates, pero luego
se acordó de que para ir hasta
la cocina había que cruzar el
patio donde ya estaba por caer
la estrella y se dejó de
escorchar. La tía Virginia,
mientras tanto, pensaba en todo
lo que iba a tener que limpiar
después que, cayera la estrella.
La abuela Teresa había cargado
con todos los nietos y les
contaba que todas esas cosas en
su época no sucedían, que los
piolines que sostenían a las
estrellas eran de mejor calidad
que los de ahora porque se
importaban de Inglaterra, en
cambio ahora los hacían de
plástico cortándose enseguida y
produciendo la caída de
estrellas cada dos por tres.
Entretanto mi vieja había sacado
todas las estampitas de los
roperos poniéndoles sobre la
mesa del comedor, alrededor de
la cual todas mis tías se
arrodillaban y rezaban.
En una de ésas sonó el timbre.
Era don Salvador que venía con
una silla para acompañarlo al
abuelo Agustín, pero no lo
dejamos entrar. Queríamos tener
la exclusividad de la estrella
para nosotros solos, y
desconectamos el timbre para que
no molestara más. Sin embargo
don Salvador siguió insistiendo
dando fuertes golpes a la puerta
queriéndola tirar abajo;
entonces salió mi viejo y le
dijo que no molestara más porque
sino lo iba a denunciar. Dicho
esto, mi viejo volvió corriendo
a su puesto de observación, pues
la estrella ya estaba muy
próxima a aterrizar; don
Salvador se quedó igual ante la
puerta cerrada y empezó a
estudiar cómo trepar el frente
de la casa para poder llegar
hasta la terraza; luego se subió
a su silla, y poco a poco fue
escalando el alto paredón hasta
llegar al abuelo Agustín que
seguía parado sobre el banquito.
Por fin la estrella cayó. Hizo
un ruido bárbaro. Parecía que la
casa se venía abajo. Se
sacudieron las paredes hasta
hacer caer cuadros y espejos,
platitos y almanaques. La araña
del comedor se movía más que
cuando fue el terremoto aquel en
San Juan que siempre cuenta la
abuela. Todo se llenó de humo,
color y luz. Mucha luz.
Empezamos todos juntos a
transpirar. Un poco por el
calor, otro poco por los
nervios. El humo nos dificultaba
la visión. Las tías casadas se
abrazaban a sus correspondientes
maridos, mientras que las
solteras, a excepción de la tía
Amanda que continuaba detrás de
la persiana, se abrazaban
llorando a la abuela Teresa.
Lentamente fue desapareciendo el
humo, el calor y la luz.
Entonces salimos todos al patio.
Nadie se animaba a acercarse a
la estrella pese a que ya se
había apagado y yacía en toda la
superficie del patio como una
fina y mullida alfombra
amarilla. Imprevistamente
apareció mi prima Yiya con una
escoba y, ante la mirada
espantada de todos nosotros,
quiso barrerla para despejar el
patio, ya que era indispensable
para cruzar hasta la cocina y
poder cebar unos mates que tanta
falta hacían; pero en cuanto
tocó a la estrella con la
escoba, ésta emitió una poderosa
descarga luminosa (pensamos que
tal vez eléctrica) que los dejó
a la Yiya a su escoba
petrificados. Nos acercamos a
ella lentamente y la tocamos:
parecía una fría y blanca
estatua. Ante la desesperación
de la madre de la Yiya que
gritaba como loca, mi viejo le
daba fuertes cachetazos y hasta
trompadas para ver si se
ablandaba. Pero la Yiya seguía
dura, no reaccionaba. Todos
hablaban. Todos discutían. Pero
nadie entendía nada. La abuela
Teresa siguió insistiendo con
aquello de que "esas cosas antes
no pasaban". El tío Armando no
daba más de las ganas de tomar
unos mates. El abuelo Agustín se
había quedado dormido en su
banquito en la terraza, y junto
a él roncaba satisfecho don
Salvador. La tía Porota quería
llamar a los bomberos. Todos
-los tíos- todos se habían
quedado paralizados alrededor de
la Yiya contemplándola como unos
bobos. Mi hermano Alito había
vuelto al acordeón y tocaba "La
cumparsita" con variaciones y
todo, mientras que los primitos
más chiquitos se habían sentado
a su alrededor para escucharlo,
meciendo sus cabecitas al compás
de la música.
Todo parecía irremediable hasta
que la tía Virginia apareció con
un balde lleno de agua, un trapo
y jabón. Nos preguntamos qué
pretendía hacer con todo eso. Se
acercó a la pobre Yiya, tomó el
trapo, lo introdujo en el agua
con jabón y empezó a pasárselo
por todo el petrificado cuerpo.
Dale que dale con el trapito,
tía Virginia, experta en fregar,
pasó largas horas tratando de
ablandar a Yiya sin parar. Gastó
unos cuantos trapos que le
íbamos llevando a medida que los
iba gastando, hasta que al fin
Yiya comenzó a recobrar sus
movimientos y hasta a hablar
preguntando qué había pasado. En
ese preciso instante el tío
Armando estaba llamando al cielo
para que tiraran un guinche y
levantaran a la maldita estrella
cuanto antes, pues por culpa de
ella no podíamos tomar mate.
Desde el cielo le contestaron
que como era feriado no
trabajaban, pero que de todos
modos tratándose de una
emergencia iban a hacer todo lo
posible. Esto produjo serias
discrepancias entre los primos y
el tío Armando, ya que todos
querían que la estrella
permaneciera allí para tener la
exclusividad en todo el barrio.
Casi lo matan al tío Armando por
haber pedido el guinche. Menos
mal que la tía Virginia salió a
defenderlo. Se subió a una
maceta y agitando su plumero que
sostenía con su mano derecha
destacó la desgracia de la Yiya,
y convenció rápidamente a todos
para que la estrella fuera
sacada de allí cuanto antes,
pues ése no era su lugar. Al
terminar con el sermón, los
primos la aplaudieron, y le
sirvieron un mate que
gentilmente nos había ofrecido
la Gilda, vecina de al lado.
Ya era de día y estábamos mucho
más tranquilos. Algunos dormían,
agotados por la larga y agitada
noche. Volvimos a las piezas a
tomar los mates que nos servía
desinteresadamente la Gilda,
mientras aguardábamos la llegada
del guinche. La tía Amanda, sin
que nadie la viera, salió de
donde había pasado toda la noche
y se fue acercando a la
estrella, ahora silenciosa y
apagada. Se quitó el batón y
después la enagua. En el más
absoluto silencio se zambulló en
la estrella hundiéndose para
siempre. Quedaron sólo unas
chispitas flotando en el aire...
Gentileza:: anibal sciorra [
anisci2003@yahoo.com.ar ]
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