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Fiebre noctámbula.
La otra noche fui presa del
desvelo. Eran las doce treinta y
mi cuerpo no callaba. Estaba ya
en la cama cuando el estómago
hizo sentir su parloteo. Los
párpados, saltaban cada tanto,
atrapados por la embriaguez de
la vigilia. En el silencio,
hasta las pestañas podían
crujir. El corazón , al galope
de un potrillo desbocado,
intentaba mimetizarse con el
tic-tac del reloj en un inquieto
ensamble, o viceversa. Un
bostezo escapó de mi boca yendo
directo hacia el cielorraso,
llevándose algo de mí. Me
acomodé hacia un costado y hacia
otro, al derecho y al revés,
probando tantos lados como la
geometría espacial lo tuviera
contemplado. Y comencé a rezar.
Pero mis plegarias no espantaron
al saqueador de mi sueño. Por lo
que terminado mi rezo me
incorporé. Como un monigote que
recién se despierta, desperecé
mis miembros en busca de un
alivio para las tensiones. Fue
entonces, cuando haciéndome eco
de un llamado anónimo no tuve
más remedio que volver a las
hojas en blanco, dispuestas
sobre el escritorio...
Sentada frente a la pila de
papel virgen comencé diciendo,
casi como un ruego, ¡Que llueva
la lluvia de letras! ¡Que
llueva, que llueva!
Me quedé no sé cuanto esperando
el aguacero, diluvio que alivia
la tierra quebrada, después de
la sequía. Catarata de palabras
apiladas, quizá, en el cuarto de
atrás de la conciencia, o
salpicadas en el éter esperando
nacer, o quién sabe dónde o por
qué...
Casi se me dormía la mano de
tanto apretar la lapicera,
cuando me vino la idea de
revisar los rincones. Sacudí las
mantas, levanté los almohadones
del sofá, el felpudo de entrada
y el del toilette. Hasta miré
bajo la alfombra, dentro de los
zapatos, en el florero de
cristal y en mi alhajero, pero
nada... A la sinfonía nocturna
se le había agregado, ahora, un
coro de grillos, bastante
entonados y la cañería del baño
de la vecina de al lado, que
soñaba con ínfulas de turbina de
avión a punto de despegar. Seguí
en mi búsqueda, casi
desenfrenada, por el armario de
trastos viejos, y en eso me
acordé del ropero. Acudí
presurosa al gigantón de cedro
viejo, creyendo hallar dentro un
torrente que calmara mi sed, más
al abrirlo y para mi decepción,
no hallé ni una gota. Cuando
estaba a punto de sentenciar con
una maldición firme a la razón
de mi desvelo, oí un inusitado
ruido. Parecía que algo se movía
sobre la repisa...
Me acerqué lentamente, tal vez
por el susto. Para sorpresa de
mis ojos, lo vi. Estaba ahí,
temblando como una hoja el
pobrecito. Era mi cuenco, donde
a veces, suelo recostar alguna
rosa. Esta vez, sólo tenía agua
que, por el movimiento se
expandía en sutiles ondas,
bamboleando un par de pétalos
olvidados, que flotaban como
barquitos de papel a la deriva.
Miré por todos lados y reinaba
la quietud. Descarté, así, la
idea de un terremoto. Sólo el
cuenco, cubierto de sudor frío,
se deshacía en un tembleque
incontrolable.
¿Qué es esto? vociferé en la
sombra de mi cuarto, casi
exigiendo el estallido de una
respuesta.
Hasta que de en medio de la
nada, o como caída del cielo
escuché su voz. El timbre
masculino se ocultaba en la
penumbra. Sin pensarlo, ni
preguntar quien era, ni hasta
dónde, me dispuse a retener las
palabras del genio de mi cuenco.
Transpirando gota a gota al
compás de esa, su voz
abandonada, ingresé, sin un
porqué, al mar de sensaciones
que se abría en mis entrañas.
Como un carcelero atrapé su
historia, a la que le puse
nombre, cuyas letras vivas
sacuden aun la palidez del
papel...
Catarsis
Fue desde ese día , justo antes
del amanecer, en que una mano se
posó en mi hombro. Sentí su
calor, más no vi a nadie...
Luego, una ráfaga, que
acariciando el velo de frente,
sacudió con fuerza el cuenco
donde habitan mis lágrimas. Y no
sé cómo, y sin que pudiera hacer
nada, una a una se me fueron
escapando...
Como ladronas se llevaron mi
congoja, prendidas a las alas
del ángel. Huyeron por la
hendija de la ventana del
cuarto, dejándome vacío, sin
penas, sin cuenco y sin
lágrimas. Es desde entonces que
sueño que soy otro. He nacido
otra vez...
La voz, se extinguió en forma
repentina, sin dejar un eco
mísero ni rastro alguno.
Permanecí en silencio por unos
instantes, pero ya no volvió.
Entonces, dejé descansar mi
lapicera y me acerqué a la
ventana. Abrí las hojas de par
en par y una brisa veraniega
penetró sacudiendo las cortinas.
El aroma de los pinos cercanos
refrescó mis pulmones
acalorados. La luna, medalla de
plata, encendía el paño de la
noche. A esta altura, ya en
estado de sosiego y antes de
disponerme para el descanso,
tomé al cuenco entre mis manos.
A pesar de que ya se había
aquietado, lo acuné por unos
minutos, como una madre. Por
último, con cuidado, lo coloqué
frente al ventanal bajo la
lumbre, dejando que la claridad
del astro haga lo suyo, puesto
que había escuchado alguna vez,
que para estos casos de fiebre
de origen desconocido, nada
mejor que un baño de luna...
Adriana Ml. Alfonso
Gentileza:: Adriana Alfonso
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adrianet3@hotmail.com ]
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