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R E L A T O S:
1)VORAGO
Esa mañana todo parecía normal.
La misma sensación de sueño
atrasado que me invade de Lunes
a Viernes a esas horas: las
siete. Consigo sacar de mí la
energía necesaria para asearme y
termino mirándome al espejo del
baño con expresión bovina.
Malditas ojeras. ¿Qué quieren
anunciar? ¿Una señal de alarma?
Luz roja pulsante para avisar al
propietario de ese rostro
demacrado que ha de cambiar sus
hábitos, que su loca trayectoria
como trabajador durante doce
horas al día es desaconsejable
para la imagen. No quiero pensar
cómo me veré al cabo de diez
años, cuando mi edad ronde esa
franja donde descubres con
estupor que ya no eres el mismo,
que una transformación se ha
operado en todo tu ser y te
impide ser un optimista a
ultranza. Eso es lo que
caracteriza a uno en la década
del comienzo, de los proyectos
ilusionados, de las esperanzas
en el futuro cuando aún el
presente no ha hecho mella en tu
entusiasmo.
En fin, que salí del cuarto de
baño con la única convicción de
que debía tomar café, un gran
tazón de café humeante y dejarme
llenar por ese fluido que
tonifica la sangre para que se
activen los músculos y empiece a
tomar conciencia de los
claroscuros de la realidad. El
pasillo me parece más largo que
nunca y hago acopio de fuerzas
para atravesarlo ¡Qué fastidio!
Los cojines del sofá están
esparcidos por el suelo.
Curioso, porque no creía
haberlos dejado así la noche
anterior. Si hay algo que me
molesta en esta vida de soltero
empedernido es lo poco que cunde
cuando recoges la casa. Ya me
gustaría poder contratar una
sirvienta pero los cuatro
ochavos que gano no dan para
más.
Llegué al vestíbulo y vi que la
luz se había quedado encendida,
algo inusual pues siempre reviso
las luces antes de derrumbarme
en el tálamo de mis sueños. Bah,
un pequeño dispendio. Apagué
justo en el momento en que mis
ojos habían captado el pequeño
montón de cartas que yacían
sobre el mueble de la entrada.
Como no me fío de mi memoria
suelo dejar allí encima aquello
que debo llevarme sin falta al
trabajo al día siguiente. Las
misivas guardaban un contenido
de lo más dispar, empezando por
el impreso de suscripción al
gimnasio del barrio y la
domiciliación bancaria; sesenta
euros serían arrancados de mi
cuenta cada mes por someterme a
la tiranía de máquinas y
mancuernas. Tal era el complejo
que me atenazaba debido a mis
excesos calóricos. Y es que no
seré un manitas en la cocina
precisamente pero como gourmet
debo hallarme entre los más
difícilmente saciables. Qué
placer remojar el pan en la
salsa de arándanos, en la
mostaza de Dijón o en el caldito
del pato a la naranja. Y como no
hay una mujer que aguante a mi
lado el tiempo suficiente para
controlar mi ansiedad
gastronómica aprovecho cada
ocasión para reconfortar mi
atribulado espíritu
aposentándome ante una buena
mesa.
Veo un sobre de color amarillo
que no me agrada en absoluto.
Mis asuntos con el fisco me
llevan por la calle de la
amargura. El sobre azul celeste
que esta al lado me motiva mucho
más. Al fin he reunido los
ochenta mil puntos del club de
viajes para pasar un fin de
semana gratis en Ibiza. Quizá en
esta época del año esté mejor
Tenerife. La playa del inglés me
tiene hipnotizado, aunque he de
tener más cuidado la próxima vez
que se me arrime una elementa
como la Fani. Pues no quería la
arpía que me la trajera aquí, ¡a
mi casita! para no sé qué
monserga de cuidarme y todo ese
lío que se hacen las de mediana
edad cuando ven que les va
quedando cada vez más lejos eso
de ser madres.
Por otro lado, yo jamás habría
sospechado que ninguna mujer
sensata fuera a interesarse por
mí. Y la verdad es que Fani no
pisaba con los pies en el suelo.
Volaba y volaba entre los mundos
rotantes de su imaginación y no
distinguía frontera entre su
universo y la realidad. A mí me
conviene que me controlen un
poco y mi vida con Fani habría
terminado por convertirse en un
desatino.
Bien, sobre el mueble del hall
había más papeles, pero juraría
que tanto estos como las cartas
los había dejado en orden el día
antes. Le quité importancia pues
aún sentía la cabeza como si
hubiese estado sirviendo de
yunque a un herrero demente.
"Procuraré restringir mis
salidas nocturnas", me prometía
sin mucha fe en mí mismo, en el
momento en que abrí la puerta de
la cocina. Una vez más, el
desorden se había hecho el amo
de aquella fortaleza donde me
encerraba para diseñar mis
especialidades culinarias
favoritas. La noche anterior
degusté unos lomos de rape con
grelos que quitaban el hipo,
según reza el dicho, aunque en
honor a la verdad a mi el hipo
me vino después por comer
demasiado aprisa, que he de
reconocer que a veces me afano
tanto con el condumio que
degluto como si empeñara mi vida
en ello.
Pues nada, como no consigo
corregirme y dejo para el día
siguiente eso de acondicionar la
cocina, cada mañana me enfrento
al desolador panorama. Sin
embargo, en aquella ocasión
detecté algo inusual. Se trataba
de una sensación que flotaba en
el ambiente, como un rumor sordo
que casi no se deja oír o una
ráfaga de aire gélido que
encerrase multitud de cristales
microscópicos que se frotaran
entre sí rechinando, una extraña
carraca que estuvo muy cerca de
ponerme el vello de punta. Miré
en el interior del recipiente
donde echo la ropa sucia y cerré
casi instintivamente. El montón
rebasaba el borde. Algún día
licenciaré la lavadora y meteré
el aluvión de trapos en la
lavandería, una autentica
comodidad. Al lado del artefacto
lavador estaba el cubo de la
basura, con la tapa caída, algo
que me revienta porque tantas
veces como intento ponerlo
derecho y la muy ladina se
empeña en precipitarse al suelo.
"Es igual -pensé-, son muchos
intentos frustrados de hacerle
restablecer el equilibrio y no
voy a pretender ahora cambiar el
sentido de giro de su universo".
He de destacar que, si bien lo
dejé pasar, un rescoldo quedó
adherido a mi memoria.
Más allá estaba la cafetera, con
su gastado recipiente de cristal
a la espera de ser cargado con
la estimulante droga. Anhelaba
paladear el caliente bebedizo y
dejarme invadir por el océano de
sensaciones que provoca siempre
en mi interior. Lo necesitaba;
aquel brebaje revitalizaría mi
capacidad de percepción, tan
apagada a aquellas horas
tempranas. Sujeto el asa del
cacharro con gesto mecánico
heredado del ritual matutino
pero qué sorpresa la mía cuando
de forma ajena a mi voluntad
aquello se tuerce y acaba
vertiéndose parte del contenido,
un residuo caldoso del día
anterior.
-"Juraría que no he hecho nada
para provocar esto"- me decía a
mí mismo, pillado por sorpresa.
Mira que hay veces en que eres
consciente de tu torpeza, pero
no era el caso. Tras discurrir
unos segundos sobre ello pensé
que podía haberse debido al velo
que aún cubría parte de mis
sentidos, por lo que decidí
mantenerme alerta para evitar
más incidentes. De camino al
fregadero con el jarro en la
mano mis ojos captan el cubo de
la basura con su tapa torcida,
la cual parecía tan contenta en
aquella postura. Me dio la
sensación de que sonreía
complacida por haber conseguido
la hegemonía sobre mí y haber
vencido mi empeño de colocarla
en su sitio como Dios manda.
Consigo eliminar los restos de
café añejo vertidos que parecían
impregnarlo todo y me dispuse a
preparar una nueva ración. Mi
cabeza necesitaba despejar las
brumas. Si Fani hubiese estado a
mi lado me habría echado una
mano, estoy seguro. Su
desprendimiento de la vida
terrena no llega a tanto como
para no auxiliar a un ser
querido en apuros. Se me ocurrió
que no sería mala idea llamarla
más tarde. Igual la invitaba a
tomar algo y después la llevaría
al Auditorio. La Filarmónica de
Londres daba una serie de
conciertos esa semana. Al menos
manteníamos en común nuestro
gusto por la música sin
estridencias, que para ajetreos
ya tenemos bastante con la
vorágine de la vida.
Miré un momento por la ventana y
vi que el vecino se preparaba
para algo similar a lo que yo
hacía y corrí la cortina. Cómo
me complacería que emigrara a
otra latitud y que dejara la
casa vacía. Ciertamente no me
entusiasma contemplar las
intimidades de otros ni que
ellos puedan contemplar las
mías. - ¡Vaya con la cortina!
¿Dónde se habrá enredado?- me
pregunté al notar que no corría.
Debí dar un tirón con un ímpetu
poco conveniente pues con la
brusquedad del gesto arremetí
contra el jarrón con flores que
hasta un segundo antes había
permanecido erguido sobre la
mesa en confiada pose. Mis
reflejos respondieron con
acierto y mediante una finta que
llevé a cabo con insospechada
agilidad conseguí evitar que la
vasija se hiciese añicos. Lo que
más me hubiera disgustado
hubiese sido contemplar el
destrozo de ese objeto de
cristal de Bohemia, que encontré
en una tienda escondida en las
callejas de Praga. Bien es
verdad que lo había adquirido a
menor precio por contener algún
defecto (una burbuja de aire
alojada en la parte alta del
cuello según me dijo la dueña
del local, una matrona oronda
que olía un poco a repostería y
chocolate caliente). Por eso no
lo tenía expuesto en un lugar de
la casa que fuese más visible.
Coloqué el jarrón en su sitio y
volví hacia la cortina, para
desatascarla de una vez. El
tirón no obtuvo otro resultado
que el de rasgar la tela, esa
maldita tela que nunca me había
gustado pero que había
conseguido a tan buen precio en
el mercadillo del barrio. La
barra no se contentó con
mantenerse en posición de
equilibrio, sino que se salió de
sus anclajes y se inclinó
peligrosamente sobre mí de modo
que las argollas se fueron
desprendiendo una detrás de la
otra para terminar esparciéndose
por el grisáceo suelo de la
cocina.
Para completar mi estupor
comprobé que las baldosas
estaban untadas por una pátina
resbaladiza de no sé qué
vertidos recientes y eso me hizo
resbalar cayendo hacia atrás. Mi
mano intervino pronta para
sujetarme al mueble del
fregadero pero sólo evité a
medias el testarazo, rozando el
borde de la mesa mi sien
izquierda, lo cual produjo en
ella una brecha que comenzó a
sangrar sobre la ceja. Noté el
espesor de la sangre bajando
hacia el ojo y la primera gota
mojó la mesa. Rojo oscuro sobre
blanco nítido. Me apoyé con las
dos manos sobre el tablero y así
pude contemplar al causante del
pringue que había sobre las
baldosas: la aceitera perdía su
contenido a través de algún
perverso orificio. Deduzco que
algo del extracto oliváceo tuvo
que llegar al suelo,
permaneciendo apostado a la
espera de que yo apareciera por
allí.
Una especie de eco rebotaba en
el interior de mi cabeza. Una
voz que era más bien un siseo,
me llenaba de vocablos apenas
inteligibles. Palabras sueltas
que recorrían mi mente sembrando
sombras de sospecha y oprimían
mi ánimo para vaciarlo de
esperanza.
Me aproximé a la alacena donde
guardo algunas compresas y
apósitos y me dispuse a aplicar
una cura a la herida. Vi el cubo
de la basura con su tapa
tumbada, descaradamente fuera de
su lugar. Daba la impresión de
mofarse con aquel circo que
estaba contemplando desde que mi
presencia en la cocina
desencadenara toda aquella
sucesión de infortunios. Miré
con fijeza aquella tapa verdosa
¿o era gris? e hice el propósito
de contenerme pero con poca
convicción, de modo que propiné
una patada al cachivache que más
odiaba de todos los que poblaban
la estancia. Además, había algo
indefinible que me hacía
sospechar que esos objetos,
inanimados y pasivos por
tradición, estaban
experimentando algo similar a
una rebelión silente, un tácito
acuerdo para ir todos a una en
pos de una disparatada
conquista.
Suspiré profundamente. Decidí
ignorar lo que pasaba por mi
imaginación y me acerqué a la
cafetera para servirme un poco
del negro elemento, justo en el
momento en que un sonido
procedente del interior de un
armario llamó mi atención con un
estruendo ahogado. Abrí la
portezuela y me encontré con una
pila de platos que acababan de
caer abandonando como por arte
de magia su anterior situación
de equilibrio. Tuve que arrimar
precipitadamente el antebrazo al
borde de la alacena para que la
pequeña avalancha no se
desbordase y acabara con la
vajilla echa añicos por el
suelo. Sin haber podido aún
recomponer el estropicio,
escuché el rumor de otro
derrumbe. Las sartenes se
agolpaban contra el armario
bajero que las guardaba. No lo
podía creer. ¿Estaba en medio de
un asedio? Me agaché y traté de
recolocar esos cacharros, pero
el que estaba encima de todos,
una parrilla, se deslizó sobre
el informe montón y terminó
dando vueltas alocadamente sobre
el gris de las baldosas. Intenté
darle caza pero me incliné
demasiado desde mi posición de
cuclillas y perdí el equilibrio.
Recuerdo que quedé medio tumbado
mirando perplejo hacia el lugar
de donde había salido la pequeña
parrilla rebelde. Poseído por
una rabia que había empezado a
crecer en mí desde que me herí
en la sien, agarré el cacharro y
lo lancé sobre el resto de sus
compinches de metal con tal
ímpetu que dos sartenes más
salieron despedidas de su
cubículo y fueron a embestir
contra mi rodilla derecha. La
punzada de dolor fue
instantánea, como si un millar
de agujas se hubiesen
entretenido en hurgar
frenéticamente en esa zona de mi
cuerpo. El estallido de furia
que me invadió en aquel momento
igualaba al sentimiento de
impotencia que se había adueñado
de mí definitivamente. Lejos de
tirar la toalla, empero, me
afané en dar alcance a la
cafetera para tratar de
recomponer mi estado de ánimo
tan maltratado por. Ya no me
cabía duda acerca de que esa
especie de confabulación de
materia inerte se debía a la
conjugación de fuerzas extrañas
antes que a la incapacidad de mi
cerebro para enviar órdenes más
precisas al resto de mi
organismo. Llené una taza con el
café pero con tan mala fortuna
que me atraganté con aquel
líquido negruzco como la noche
que embargaba mi mente. La tos
me produjo espasmos y la
incapacidad para respirar se
hizo patente cuando, por más que
luchaba por sacar de mi garganta
al causante de mi asfixia, solo
conseguía aumentar la congestión
de mi rostro, el cual parecía
hallarse a un paso de reventar a
fin de posibilitar una salida al
maligno estimulante evacuándolo
por todos los poros. En un
último espasmo y cuando ya
empezaba a nublárseme la vista,
un estertor arrancó de mí el
diabólico atasco, resonando como
un alarido desgarrado entre las
cuatro paredes de la cocina.
Empecé a respirar con
dificultad, apoyado con las dos
manos sobre la mesa blanca,
donde se había esparcido mi baba
negruzca dejando sembrada la
superficie con un rastro de
fluido formado por cúmulos
viscosos que parecían estar
animados de vida propia,
exhibiendo sus seudópodos
temblorosos.
No puedo decir cuánto tiempo
permanecí en esa postura,
inmovilizado y embotado.
Recuerdo haber oído los susurros
que serpenteaban en mi interior;
voces que parecían provenir de
los cacharros que me rodeaban:
-Te lo mereces por no limpiarme
cada vez que me usas, hablaba la
cafetera.
-A mi me has relegado a la
cocina, donde nadie puede
admirarme -se quejaba el jarrón.
-He intentado llamar siempre tu
atención echándome al suelo,
pero te empeñabas en
arrinconarme contra la pared en
lugar de ponerme sobre el cubo
-censuraba la tapa de la basura.
-No pones cuidado cuando fríes
sobre nosotras tus porquerías
grasientas y estamos llenas de
carbonilla- protestaban las
sartenes.
Así, una machacona retahíla
reverberaba en mi mente,
comenzando a invadirme una
desazón mayúscula, de una
intensidad imposible de
determinar, como si un cáncer
recorriese velozmente mis
entrañas alcanzándome el cerebro
para roerlo y apartarme cada vez
más de la cordura. Recuerdo que
di varios pasos tambaleantes por
la cocina, ahogándome en un
torbellino de hostilidad y rabia
desatada que me empujó a
propinar todas suerte de golpes
a mi alrededor. Arremetí contra
todo objeto que osara mantenerse
en pie. La vajilla, el
microondas, cacerolas,
parrillas, la cafetera, el
frutero de cerámica. y a
continuación vinieron los
armarios y sus tesoros:
productos para la limpieza y
desinfección, abrillantadores,
detergentes, desengrasantes...
Desparramé su contenido por
todas partes al tiempo que
comencé a gritar
desgarradoramente. Al final, mi
garganta palpitaba en una
emisión áfona e ininteligible
que acompañaba al estruendo de
mis golpes.
Del resto ya no recuerdo sino
vagas imágenes de personas
uniformadas que entraban en mi
casa y me llevaban con ellos
entre convulsiones de mi cuerpo
que se retorcía y agitaba al
igual que mi mente desbocada,
incapaz de emitir un mensaje
coherente.
Estoy sorprendido, ahora que les
escribo esto desde mi habitación
de. aislamiento, creo que la
llaman; sorprendido porque, sin
desfallecer en la ciénaga de mi
locura he podido contarles todo
lo que me sucedió aquel día
infausto, el día en que una
fuerza desconocida me empujó a
los abismos de la oscuridad.
FIN DE VORAGO.
ORLANDO Y TANIA:
Algo sucedió en la travesía que
emprendieron juntos Tania y
Orlando. Un cambio pugnaba por
producirse para perturbar su
cómoda existencia anclada en el
barrio alto de la ciudad, un
lugar para ricos donde sus almas
aspiraban a conquistar el
paraíso.
Tuve ocasión de ser testigo de
muchos episodios de su
convivencia, lo que me
convirtió, supongo, en algo así
como una cámara que contempla
imágenes e imprime en su memoria
los trazos de un dibujo, un
rompecabezas que al final de la
historia se completa con una
pieza que siempre te pareció que
no encajaba y la dejabas
apartada en un rincón. Antes de
que mi enfermedad me postrase en
el hospital, mi relación con
aquella pareja me había dejado
un poso en la memoria. Una
inquietud empezó a crecer en mí
y me ha animado a contarles
aquello de lo que fueron capaces
esos dos supervivientes de la
modernidad.
El cambio de rumbo en su viaje
compartido pudo haber empezado
en una estancia cualquiera del
chalet de tres plantas, agarrado
cada uno a una copa de bourbon:
-Orlando y Tania, Tania y
Orlando. Es gracioso que estos
cinco años de convivencia me
parezcan tan. prescindibles.
-¿Prescindibles? ¿Cómo puedes tú
decir eso? En todo este tiempo
no me has dedicado un momento de
amor. Más allá de lo carnal no
represento para ti más valor que
un libro desacreditado.
-Eres injusta, Tania. Me
esfuerzo por equilibrar nuestra
vida y tú te sales por la
tangente. No me incrimines,
porque he hecho mucho por ti. ¿O
has olvidado de dónde ha venido
todo el dinero que ha estado
entrando en la casa?
-Eso es lo que llamas entrega.
Mover el talonario de un lado a
otro haciéndote el gallito y
luego llevarme a la cama para
terminar de llenar el pozo sin
fondo de tu narcisismo. Pero
ahora es distinto. Hace dos años
que me gano muy bien la vida. Si
crees que te necesito es que
estás más ciego de lo que
suponía.
-Claro, desde que te convertiste
en la superejecutiva del banco
me miras desde otra altura ¿no
es cierto?
-Di mejor que he aprendido a
conocerte. Cuando era una simple
empleada carecía de experiencia
tratando a los machitos como tu;
hasta me subyugaban con sus
contoneos y presunciones, tan
acicalados y perfumados. Por eso
me engatusaste. Supiste utilizar
tus armas.
-Algo más habría detrás de la
fachada ¿no? O a lo mejor
quieres dar a entender que yo
estaba a la altura de una
cabecita vacía.
-Mira, Orlando, creo que lo
nuestro no está funcionando
porque he madurado, mientras que
tú sigues ahí mirándote el
ombligo. Por cierto, que has
engordado sobremanera
últimamente.
-Vaya, yo no puedo decir lo
mismo de ti porque siempre te he
visto más inflada que una rueda
de camión.
-¿Y qué? Soy feliz con este
cuerpo y no me vencen los
complejos. Deberías tomar
ejemplo.
-No creo. No resistes una mirada
al espejo, cariño. Me he fijado
en eso. Siempre vas con esa ropa
tan holgada. parece un sayón de
fraile.
-Uff, y tú luces la papada de
un.
No sé cuánto tiempo permanecí
escuchando aquel intercambio de
veneno, probablemente más del
que hubiese deseado. Cuando
decidí intervenir, encontré a
Orlando sólo en la sala,
apurando la copa.
-No he podido evitar oír.
-No te preocupes -atajó-. Es una
muestra más de que lo nuestro se
deshace. Si es que alguna vez
hubo algo que mereciera la pena.
Mientras observaba a Orlando,
plantado a un metro de mí, con
su abdomen prominente y su mano
carnosa rodeando el vaso como
una prolongación de sí mismo,
tuve la revelación de algo que
hasta ese momento no había
apreciado, al menos de manera
consciente: a Orlando le
sobraban muchos kilos y por su
papada poblada de pliegues y su
escaso pelo que caía sudoroso
sobre la frente aparentaba
rebasar la barrera de los
cincuenta, cuando su edad rozaba
los treinta y cinco.
-¿Qué hay en Tania que no te
guste, aparte del físico?
-espeté a bocajarro.
-¿Te refieres a si descuida su
higiene personal o algo así?
-No seas cínico, hombre. Te
conozco y sé que ves más allá de
lo simplemente material. Eres
tozudo pero no un borrico. Y
ahora dime, ¿qué os está
pasando?
Me miró de soslayo mientras se
servía más bourbon. Carraspeó
antes de hablar:
-Que te lo diga ella. Desconozco
lo que pasa por su privilegiada
cabecita.
Dio un trago largo que pareció
rasparle la garganta como una
lija y señaló hacia las
escaleras que unían el enorme
salón con las plantas superiores
de la casona.
-La encontrarás llorando en su
habitación.
Dudé entre subir o terminar de
una manera más eficaz el
diálogo. Intenté lo segundo:
-Orlando, quisiera que de una
vez reflexionaras sobre esto sin
salidas de tono ni sarcasmos
¿podrá ser?
Se encogió de hombros sin
abandonar el contacto entre sus
labios y el borde del vaso. En
ese instante predije que
volvería a llenarlo en cuestión
de segundos.
-No puedo reflexionar sobre algo
que no entiendo -murmuró-.Lo más
que cabe pensar de su actitud es
que ha encontrado a otro.
Las bolsas amoratadas de piel
que colgaban bajo sus ojos
reflejaban que Orlando llevaba
bastante tiempo durmiendo mal,
probablemente dándole vueltas a
aquello que pensaba en realidad.
-Orlando, ¿podrías decirme por
una vez qué es lo que de verdad
te preocupa? Déjate de fingir
que no ves más allá de tus
narices.
Aparté la mirada de su figura
voluminosa y la dejé vagar por
la estancia. Trofeos de caza por
las paredes, diez o doce
ciervos, uno de ellos de catorce
puntas; unos quince jabalíes con
colmillos más retorcidos que los
pensamientos de Orlando.
En contraste con el tono roble
de la puerta de entrada, un
marco de ébano rodeaba el
retrato de Tania como un muro
protector y ensombrecía
innecesariamente el semblante
marfileño de la mujer. En
ocasiones he pensado que si
consiguiera estar más delgada
parecería otra persona. Los ojos
en el óleo reflejaban con el
mismo fulgor el tono aguamarina
de los auténticos. Su mirada se
había adueñado de mi voluntad
hacía mucho. Esa permanente
chispa. transmitía sensaciones
contradictorias; una pura lucha
de opuestos. Esos ojos parecían
entregar sus pensamientos a los
que la rodeaban con la misma
facilidad con que dibujaban el
enigma permanente de un secreto,
como si aquella luz la produjera
una piedra oscura como la noche.
Podía imaginarla sollozando en
su cuarto del piso superior,
sentada sobre la bicicleta
estática que nunca había llegado
a utilizar. Estaría debatiéndose
en un mar de dudas; si yo fuera
ella, me marcharía de aquella
casa de la discordia buscando
aires más frescos, un espacio
por donde dejaría discurrir mi
vida sin permitir que nadie la
perturbara.
Para Tania y Orlando había
llegado el momento de la
despedida, el adiós a cinco años
en los que la ilusión había
empezado a ceder terreno al
abandono y al olvido.
La voz entrecortada de Orlando
parecía provenir de muy lejos:
-Querías saber qué es lo que me
preocupa. pues bien, se trata de
una sola cosa: la rutina. Nos
vamos aburguesando y cada vez
pasamos más desapercibidos el
uno para el otro. Créeme, eso de
formar parte del decorado no va
conmigo. Ya no recuerdo cuándo
nos dijimos por última vez algo
cariñoso, con sinceridad, que no
sonase a convencional.
-Supongo que el trabajo os
agobia a los dos, es algo
inevitable. Nos roba la mayor
parte del tiempo y minimiza la
calidad de vida. Si me lo
permites te diré que os ha
faltado comunicación; el diálogo
es una sana actividad ¿sabes?
-Sí, sí. Hay que dar cera al
matrimonio y todo eso. Algo así
como lubricar la maquinaria para
que se siga moviendo. Maquinaria
pesada. ja, ja, ya sabes, el
exceso de peso y tal.
-Oye Orlando, no sé el por qué
de esa obsesión vuestra con la
obesidad; siempre os estáis
echando en cara que os sobran
carnes y lo usáis como arma
arrojadiza. ¿Por qué no empezáis
por poneros en forma? Igual es
el comienzo del fin de vuestra
desdicha.
-Lo nuestro requiere una cirugía
agresiva y por separado, así que
no será ese el camino.
Orlando se tumbó sobre la
rinconera aterciopelada de
espaldas a mí. Con un suspiro
profundo se acurrucó e hizo un
gesto con una de sus manos
gordezuelas a modo de despedida.
Entendí zanjada la cuestión. Ya
no volvería a intentarlo con él.
Era como rebotar contra un muro
de piedra.
Subí el primer tramo de escalera
con intención de decir adiós a
Tania, pero detuve mi paso al
escucharla hablar por teléfono.
Sí, se trataría de su amiga
Irene, sobre quien solía verter
el mar de sus insatisfacciones.
-.pasado mañana cogeré ese
avión. Nos veremos en Palma a
las cinco. ¿Qué? ¿Él? Él no hace
nada por remediarlo. Lo nuestro
pasó a la historia hace tiempo.
Decidí que debía dar media
vuelta y alejarme de allí.
Mientras descendía por la amplia
escalera en forma de espiral
escuchaba la voz de Tania,
susurrando entre los rincones,
rebotando en el mármol rosáceo
de las paredes. Estas resultaban
frías como el cristal de los
ventanales que me separaban de
los jardines sin flor, agrisados
por el rigor del invierno.
La parte alta de la ciudad
proyectaba su majestuosidad
desde una colina de dientes de
sierra que abrazaba como una
media luna el contorno de los
suburbios. En ellos, los
parroquianos deambulaban de un
lado a otro hasta bien entrada
la noche, sumergidos en un
bullicio de trastos a motor
transportando cachivaches, motos
pestilentes o gritos desaforados
por cualquier motivo peregrino.
Tania y Orlando, como otros de
su misma extracción, descendían
a esos infiernos cuando
requerían algún mueble antiguo
para decorar la casa, frutas y
hortalizas frescas de mercadillo
o un baño de humanidad al igual
que cuando recurrían al gimnasio
o a la talasoterapia para
recibir su dosis de
engrosamiento del bienestar.
Mi entrañable Volkswagen del
ochenta y dos puso distancia
entre la colina de la opulencia
y yo, transportándome hasta el
casco antiguo donde disponía de
un ático frente a la iglesia.
Sería la última vez que pisaría
la mansión de mi hermano Orlando
en mucho tiempo. Sí, esa noche
empecé a notar un dolor casi
insoportable en el pecho, agudo
como mil agujas que punzaran mis
entrañas extendiéndose como una
brasa por mi brazo izquierdo. El
lateral renacentista de la
iglesia recientemente restaurado
asaltó mi mente al mirar por la
ventana, quizá con el mensaje de
que aquel monumento había
sufrido la enfermedad del tiempo
y ahora lucía agradecido un
cuerpo nuevo. También yo
necesitaba una reparación, y de
forma urgente.
La ambulancia me dejó en el
modernísimo hospital provincial
pasadas las dos de la madrugada.
Eso constaba en la ficha de
admisión de la UCI. No había
transcurrido más de media hora
desde el ataque, pero me
encontraba perdido en el tiempo,
como si mis sentidos se
desprendieran de mi cuerpo para
flotar en una dimensión
distinta. Me administraron una
pastilla de cafeinitrina que me
colocaron bajo la lengua y
practicaron algunos otros
manejos en mí de los que solo
recuerdo la presión de una goma
elástica y algún pinchazo.
Al día siguiente el cardiólogo
del turno de noche me confirmó
que había sufrido una angina de
pecho y que estaría en
observación hasta que mis
constantes fuesen perfectas. No
sabía el buen hombre que eso era
poco menos que imposible pues
habitualmente mi tensión subía y
bajaba como los Picos de Europa
o como los vaivenes de la
relación entre Tania y mi
hermano. Yo estaba acostumbrado
tanto a lo uno como a lo otro,
aunque acababa de recibir en mis
carnes una advertencia de que
por ahí no iba bien encaminado.
Mis hábitos de dormir muy poco,
comer como un colibrí y trabajar
a destajo con el estrés
presidiendo mi vida podrían
estar siendo la causa de un
lento suicidio.
El matrimonio de mi hermano se
había hundido definitivamente y
sólo yo conocía los motivos. Los
vecinos o amigos abrirían
desmesuradamente los ojos cuando
recibieran la noticia de su
separación pues la imagen
pública la cuidaban con mimo y
jamás habían dado motivos de
sospecha. Lo mismo que mi recién
manifestado mal: nadie lo habría
predicho por mi apariencia
física. Y es que en esta
sociedad que vigila tanto la
fachada sólo son susceptibles de
tener infartos los fofos, obesos
o feos. Puedo oír a mis amigos:
-¿Cómo? ¿Francisco ha sufrido un
infarto? Pero si jugaba al
squash conmigo y le encantaban
las ensaladas.
Una vez devuelto al calor de las
paredes de mi casa, solía
recibir la visita de mi hermano.
De vez en cuando me traía un
libro o el periódico y
hablábamos del nuevo rumbo que
estaba dando a su vida. Casi no
podía creer el aspecto tan
distinto que había adquirido
tras innumerables sesiones de
gimnasio, terapias hídricas y
clases de jiu-jitsu. ¡El blando
de Orlando practicando artes
marciales! Lo nunca visto. Yo me
había restablecido casi por
completo y procuraba pasear a
diario por la Dehesa, como
indicó el doctor. Reconozco que
me animaba bastante eso de tener
repentinamente un hermano
convertido en atleta, así que me
aplicaba a ello con ahínco.
Durante una buena temporada
dejamos de vernos y hablábamos
por teléfono de cuando en
cuando. Al cabo de un año o así
vino a verme a casa. El susto
cardíaco había quedado atrás
aunque debía observar unos
hábitos de vida más serenos y
reducir tensiones, cosa que se
me hacía bastante cuesta arriba.
Para un tipo como yo no es fácil
acostumbrarse a vivir sin una
buena dosis de adrenalina.
Orlando me trajo un recuerdo de
familia.
-Es el álbum de nuestra Primera
Comunión. -le miré con
sorpresa-. Éramos unos enanos.
-Hay un poco de todo. Fíjate en
esos dos soldaditos con cara de
pánfilo.
-Vaya, tú y yo durante el
servicio militar.
Le observé por encima del
cuaderno de las fotos. No pude
evitar fijarme en su cara exenta
de papada y carnes temblorosas.
Se mostraba tersa y del color
adquirido por los que disfrutan
de la vida al aire libre, con
ese tostado común entre los que
practican a menudo el esquí.
Volví a la colección de fotos.
Allí estaban los rostros y
cuerpos con treinta años menos
de familiares más o menos
directos. El reportaje terminaba
con una imagen clásica del
cuerpo pasado de peso
perteneciente a mi único hermano
en el balcón principal de su
casa del barrio alto. Alterné la
mirada entre el álbum y la
figura de Orlando.
-Pareces más joven ahora -afirmé
con un tono de incredulidad.
-Será porque me he operado la
nariz. La foto es de hace unos
cinco años. Tenía más pelo en la
coronilla.
-No se trata del pelo o la
nariz, es. todo. ¿Cuánto has
adelgazado, treinta kilos?
-Más o menos. Esto de hacer vida
sana y cambiar de aires me ha
ido bien. Desde que vivo solo
aprovecho mucho mejor el tiempo.
Ahí estaba él, con su recién
estrenada cinturita torera y
algo que me sorprendió: a través
de su ropa se adivinaban unas
formas musculosas igualmente
desconocidas. Casi me da un
acceso de risa.
-Caramba, Orlando, estás...
irreconocible. Si hubiera dejado
de verte más tiempo, no te
identificaría ni con mis mejores
gafas de aumento.
Le devolví la colección de fotos
y me dirigí al mueble-bar.
Cuando abrí la portezuela de las
bebidas me hizo un gesto con la
mano:
-Lo he dejado, de veras, tomaré
un zumo de pomelo.
Alcé las cejas y sonreí:
-Te acompañaré. Precisamente es
algo que me ha recomendado el
cardiólogo: los jugos de fruta
desatascan las arterias.
Me dirigí a la cocina y por el
camino le pregunté qué sabía de
Tania.
-Absolutamente nada, Francisco.
Se puede decir que desapareció
sin dejar rastro.
Orlando fijó la mirada a través
del ventanal. La tarde ofrecía
un juego de luminosos ocres que
daban sensación de calidez a
pesar de aquel desapacible mes
de Febrero. Él parecía buscar en
un punto del horizonte,
desconozco si lo hacía pensando
en ella, pero no volvió a
mencionarla en el resto de la
conversación.
-Y dime, hermano, ¿haces mucha
vida social en Suiza? -. Le
observé por encima de mis lentes
con cierta sorna.
-Nada nuevo -se interrumpió un
momento para beber un sorbo del
cítrico-. Bueno, la verdad es
que eso fue hasta hace un par de
días. He conocido a una chica en
la estación de esquí. Una
monada.
-Ah, y la cosa promete.
-La conocí en la discoteca, al
pie del monte Cervino. De lo más
romántico. Lástima que no
pudiera acompañarla a su hotel
-apuró el contenido del vaso sin
respirar-. En fin, pero hemos
quedado para el próximo sábado.
Ella también regresaba a España
esta semana.
-Ajá. pues creo que te vendrá
bien eso de volver a disfrutar
de una relación.
- ¿Disfrutar? -me interrumpió
con expresión escéptica- Desde
luego que pienso disfrutar. Y
esta vez será muy distinto. Lo
sé. He aprendido y no cometeré
los mismos errores. Bueno
Francisco, he de irme. La
empresa me va a pagar un máster
en el extranjero y estaré fuera
una buena temporada así que, no
nos veremos hasta el verano.
Espero que sepas cuidarte tu
solito. Has tenido un buen
arrechucho.
Permanecí callado unos
instantes. Resultaba chocante
que mi hermano no sacara a
relucir a Tania en ninguna
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