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Terapéutica de la escritura,
Rafael Rattia. - 25/1/05
 
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Terapéutica de la escritura
Rafael
Rattia*
La escritura es un acto de
salvación. Esto se sabe desde
los albores de los tiempos
históricos. La especie humana ha
sobrevivido a los avatares de la
existencia (atribulada o feliz)
gracias a ese extraño y
misterioso acto de la grafía. El
hombre es un ser grafemático por
naturaleza. Los antiguos griegos
no tenían hospitales
psiquiátricos pero disponían de
las Academias, los Liceos, los
Jardines y los Paseos
peripatéticos para drenar sus
tensiones y angustias que
acosaban a sus habitantes;
especialmente a sus ciudadanos.
Escribir ayuda a soportar el
fardo de los días aciagos y
conforta nuestro ánimo para
hacer más llevadero el
desasosiego que se cierne sobre
nuestras atribuladas existencias
de individuos de la trepidante
urbe vertiginosa y caótica que
nos abriga cual bolsa amniótica
social. Cuando escribimos
sentimos que algo esencial nos
ha abandonado no sabemos hasta
que punto para siempre. Algo
fundamental y también
trascendental se ha desprendido
de nuestra psique y de nuestra
sensibilidad estética para
alojarse en la página que ha de
desafiar el implacable rigor del
tiempo. Hoy disponemos de
balbuceos y frases que estamos
seguros fueron pronunciadas por
los primeros hombres que
grabaron sus sentimientos y
desgarraduras psicológicas en
los muros de una caverna
prehistórica.
Eso que los atenienses llamaban
catarsis. El acto mediante el
cual el ser se limpia y purifica
de todo aquello que aqueja su
psique y su estructura somática
se cumple a cabalidad mientras
escribimos un texto poético,
narrativo o un ensayo crítico de
imaginación. Es mil veces mejor
escribir que ir al diván del
sicoanalista.
¿Cómo sería la vida en la tierra
sin la escritura? ¿Sería una
aventura vital verdaderamente
algo digna de llamarse vida? Por
su escritura los conoceréis,
pudiera decirse en cierto
momento y en determinadas
circunstancias a propósito de
alguien particular.
Gracias a la escritura muchos
escritores han evitado volverse
locos; muchos escritores
terminaron locamente enamorados
de algún personaje de sus
universos ficcionales que para
evitar la muerte de dicho
personaje han prolongado su
ficcional existencia en una saga
novelesca o en una serie
narrativa. Gracias a la
escritura han alcanzado a
exorcizar sus demonios y sacar a
flote sus más recónditas
obsesiones o pasiones que le
impedían conciliar el sueño o
reconciliarse consigo mismos
luego de esos impasses
existenciales que tanto abunda
en la vida del escritor. He allí
el milagro de la catarsis. Luego
de escribir un poema que
perseguía y hostigaba noche y
día a Ramos Sucre, estamos
seguros que nunca más continuó
siendo el mismo. Así mismo,
muchos novelistas y poetas
después de escribir un texto que
les arrebató horas, días,
semanas, meses y hasta años
enteros, ya no serán nunca los
mismos.
La escritura cambia la vida de
quien se entrega en cuerpo y
alma a su culto. Por la
escritura se va al cielo y al
infierno. Como dice el filósofo
José Manuel Briceño Guerrero,
´el pequeño arquitecto del
universo´ (el escritor) es lo
más parecido a un demiurgo
constructor de mundos alternos,
de universos paralelos al mundo
objetivamente registrable por
nuestros sentidos.
A todos los seres humanos nos es
dado el milagro de que nos
habite la belleza pero el
escritor posee eso que la
brillante ensayista y narradora
venezolana Josefa Zambrano
denomina ´´ taumaturgias del
verbo.´´ La palabra escrita es
un soplo taumatúrgico que saca
oro del barro humano de la
imaginación poética. Todo lo que
provenga del insólito mundo de
la imaginación es literalmente
factible. Si algo es posible ser
pensado ese algo puede ser
posible. No hay duda de ninguna
índole: a través de la escritura
podemos salvarnos. Por la
escritura podemos salvarnos de
los efectos devastadores del
terrible flagelo del insomnio,
por ella también somos capaces
de llenar nuestra cabeza de
cementerios sin tener que llegar
al asesinato. La escritura
mitiga las pulsiones tanàticas
que todos llevamos cual huella
digital grabada en el fondo
oscuro de nuestras almas.
Escribir aquieta la hybris que
nos constituye como seres
proclives a la destrucción. La
escritura es analgésica y
ansiolítica al mismo tiempo.
El insigne ensayista y poeta
Lubio Cardozo lo ha dicho de
forma definitiva: Sálvate:
escribe un verso cada día. Esta
conmovedora expresión, de honda
raigambre lírica y filosófica,
perfectamente pudiera ser
elegida por cualquiera de
nosotros para que fungiera como
lápida sobre nuestro ataúd.
*
rrattia@hotmail.com
Gentileza:: rafael Rattia [
rrattia@hotmail.com ]
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