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Por
Silvia Banfield
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Silvia Banfield
DEL RUISEÑOR DE KEATS,
AL NEGRO POZO DE TUS OJOS, GEORGE
Mi nota, dónde está mi nota.10 A.M. La ventana
es la gris mañana que le arrancó el último
silbido al canario congelado en el momento kodak.
El ruiseñor de Keats ya no existe, fue degollado
en Bagdad. La aventura es este artículo, lo que
me separa de la plataforma del sueño y de esta
mañana vacía de palabras, muda, ante las
imágenes del espanto. Somos la generación de la
cuerda floja, no la más fantástica como dijo
alguien, después de la Segunda Guerra Mundial.
Quizás después de la tercera, volveremos a ser
la primigenia cucaracha del universo. Es nuestra
vida por delante, panorama más aterrador que la
fantasía que nos sirven al desayuno. Hoy
llenaría las páginas del diario donde escribo
con la siguiente leyenda: La Libertad es una
estatua que me sobrevivirá. ¿O una estatua de
sal que no debo volver a mirar?
El Numbrer One se confesó que no lee para tener
una visión clara de lo que sucede. Tal vez él
sea la realidad que fabrica el espanto y no
requiere de un taquígrafo y menos que alguien
reproduzca los hechos para él volverlos a leer.
Leer la verdad quizás produzca terror. Es una
mañana de confusión para mí con esta profesión.
To be or not To be, nos dijo William, pero ahora
vamos sin rumbo, o en la dirección equivocada
como dijo el NYT. Ni Donald ni el number one lo
leen, así que seguiremos en la misma dirección
equivocada. Pero si fuera solo en el rumbo de
las palabras, bastaría con declararnos hijos o
ciudadanos ilustres de Babel, y asunto
arreglado. Temo que el tema es más profundo que
una flor del oto flotando en un estanque. Aunque
esta puede estar en un pantano.
A las 12.00 del mediodía es tu cierre S. B. Me
parece estar viendo los ojos chispeantes de mi
Editor. Se cargan con las horas de una poderosa
y nada encantadora bilis amarilla que pasa al
violeta y rojo chispeante. Son un champagne
burbujeante a punto de lanzar el corcho sobre tu
nariz. Teléfonos, carreras, reuniones en los
pasillos, la televisión, ojos clavados en las
pantallas de las computadoras, velocidad en el
aire, el peso de los segundos, el reloj
demoníaco de la Hora Cierre, la urgencia de este
hospital de la palabra. Pareciera una masa de
petróleo la que avanza en la sombra de la mañana
y veo caer una gota del llamado oro negro, en
crudo moento, que mantiene en vilo esta pobre
humanidad y a Nueva York que ve volar los
precios como Superman o Bat Man. La rueda que
movía al mundo, es ahora un líquido denso, negro
de las profundidades del alma humana. Somos el
vicio de la derrota debajo del pozo.
El Editor es el que debiera estar con estas
pesadillas y no yo. Mis pasos podrían estar
resonando a esta hora cerca del Hudson, porque
el río es la ciudad. Hoy las palabras se
ensucian y mienten así mismas, no una sino, un
millón de veces, Heráclito. El Hudson es más
limpio que nuestra conciencia y periódicos. El
Hudson nada le debe a la ciudad. Mis pasos en
las calles olvidadas. Espacios sin ninguna
pretensión, arrancados del lujo de la ciudad.
Aquí el atardecer tiene futuro. Me comería esta
mañana un chocolate de la tienda del francés
Jacques Torres, en la 66 Water St. Esta crónica
ya le pertenece al viento. La tortura más eficaz
de nuestro siglo son los noticieros de TV., sal
y agua de este picante cokctail de morbosidad,
banalidad y estupidez. Es el triángulo verbal de
las Bermudas de nuestros días. El río me educa
en su libertad. En la esperanza, porque la
ciudad no ha podido secarlo, recicla mis sueños.
El río sobrevivirá hasta el último Alcalde el
día que se cierre definitivamente la puerta de
la ciudad.
Me desayuné en la mañana temprano con la
noticia, que la familia bin Laden construirá en
Los Emiratos Árabes Unidos, la torre más alta
del mundo, de 705 metros de altura, aún mayor
que las Dos Torres Gemelas de Manhattan.
destruidas el 11 de septiembre del 2001, por
orden de Osama bin Laden. En el pequeño y soñado
reino petrolero, casi todo es posible. Sueñas
despiertos con las maravillas del poder del oro
negro. Único país que tiene un hotel siete
estrellas. Seguramente el visitante es la
octava. No sólo promueven el paraíso en el
cielo, sino cumplen en al tierra. Para empezar
los Emiratos son un paraíso fiscal donde fluyen
los capitales como ríos de petróleo. Dátiles
modernos, encantados, arena que brilla en la
garganta de los camellos.
En el desierto más antiguo, el de los jardines
colgantes, y mil cuentos para una sola larga
noche de horror, donde el Eufrates y el Tigris
convocan la civilización, los valores
occidentales se caen a pedazos, son ánforas de
un débil cristal donde nos miramos con el leve
espanto convencidos que estamos construyendo el
mejor de los mundos. Detrás de nosotros ya no
queda nadie. Somos la última civilización. La
perdida, diría yo, sin eufemismos. Ni
Champollion podrá descifrar los restos de
sombras negras, de agujeros, cuando seamos
polvo, y las cucarachas se hagan la manicuire
antes de ir a Brodway.
En medio de este colosal caos, de pantys que el
mundo huele mal, hombres cuyas vidas dependen
del equilibrio de sus cuerpos atados a alambres
de electricidad para ser activados al caer de un
cubo. En este abismo de larvas azucaradas
reptando por las noches dulzonas, todo se vuelve
un ejercicio repetido, un síntoma fatalmente
descompuesto, agrio, curiosamente aceptado, un
aroma que se pervierte en el hastío, en el
ligero confort de lo que algunos llaman la dicha
posible. Hasta ahora, el mundo continúa, eso
dicen, y veo los sables unir el aire para que
pase el príncipe Felipe, heredero de Dinamarca
con su recién desposada Mary, de Australia. Algo
huele mal en fuera de Dinamarca. Hoy el fantasma
de la muerte, recorre el mundo, viejo Charles.
Próximamente el heredero de España pasará bajo
otros sables y contraerá nupcias también. Un
mundo para reyes, un mundo para una mayoría
orinada por un perro. No estoy mirando ninguna
bola de cristal ni leyendo las Profecías de
Nostradamus por las moches como si fueran
tiempos de Halloween.
La realeza sabe donde está la miel.
Silvia Banfield
Gentileza::Rolando
Gabrielli [
rolandoamadeo22@yahoo.com ]
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