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C o r r e O
E x t r e m a f i c c i o N
mensual de ficciones/aparece el día 5 de cada mes
Beer-Sheva/Israel/Tomo
VI/Número 1, 12 de marzo de 2005 
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1/Violeta
Kesselman: El barco, la
bahía
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1. El barco, la bahía
Muchos años atrás, esto fue
un barco y esto una bahía.
El barco, pintado de azul
petróleo y con una fina
línea blanca en todo su
perímetro, supo circunvalar
mares y tal vez glaciares,
alejándose más y más del
terraplén donde ahora
descansa. La bahía, aunque
pequeña, luchó para obtener
ese nombre, que le fue
otorgado luego de que a la
pequeña saliente rocosa que
se emplaza cinco kilómetros
hacia el norte se la
reconociera como golfo. El
barco brillaba al sol,
húmedo de trabajar, y a la
vez perfectamente limpio,
aséptico, con sus banderolas
en la suave brisa cargada de
agua; y su ancla cromada,
segura, pendiendo firme como
un aro o un colmillo. La
bahía era arenosa, regada
por piedras que se
entremetían entre los dedos
de los pies, y al pisar era
difícil oír los grititos de
los caracolitos diminutos
reclamando su derecho a
existir; la mayoría de las
veces eran destrozados sin
que se advirtiera. El barco
tenía un interior
misterioso, oscuro y opaco,
donde no se sabía bien qué
era lo que ocurría, a pesar
de que sus ventanitas eran,
dentro del todo, bastante
amplias, para poder ver el
mar con tranquilidad desde
la cabina de comandos que
entraba en acción en cada
viaje, y para que el mar
pudiera ver los movimientos
de la tripulación en
travesía. La bahía encerraba
un mar verde y picado,
irritable, que sólo sabía
entibiarse en verano y con
el sol más arduo, donde las
algas enlazaban los pies de
los bañistas y donde los
peces eran raros. El barco,
en su oscuridad interior,
continuaba siendo hermoso,
porque se sabía que estaba
durmiendo, reponiéndose de
la actividad incesante que
había llevado a cabo durante
muchos meses en lugares que
no eran la bahía e incluso
el pequeño golfo donde
algunas veces, en algunos
retornos, paraba por unas
horas antes de arribar a su
destino; y era obvio que,
cuando la tripulación
entrara a la cabina de
comandos para iniciar un
nuevo viaje, podría sin
dificultad tantear y
reconocer en la penumbra
húmeda los distintos
instrumentos marítimos y
hallar el farol y la perilla
que lo encendiera para
iluminar los controles;
aunque cuando estaba
descansando nada se veía
adentro, y por eso los
pájaros marítimos, albatros
y gaviotas sobre todo, se
posaban sin inquietud sobre
la baranda de cubierta sin
temor alguno. La bahía era
sobrevolada por aves en sus
migraciones, en sus recreos,
en sus danzas nupciales,
atravesando el cielo límpido
del verano o el hostil del
invierno, utilizando los
enclaves humanos tan sólo
como sitio de paso, para
avistar del todo
correctamente los nuevos
horizontes a los que
deberían dirigirse cuando
comenzara a cambiar la
temperatura y la longitud y
el ancho de los días.
Nunca entrar al barco. Nunca
nadar más de unos metros
desde la bahía. Nunca palpar
en la oscuridad los metales
y las maderas de los
sextantes, los herederos de
los astrolabios y el timón,
tratar de descifrar con los
ojos entrecerrados los
códigos mareantes de las
ayudas, los socorros, los
peligros de colores de los
símbolos, intentar conectar
la radio sin más ayuda que
los dedos. Nunca mover un
brazo, luego otro y usar las
piernas como motor para
pasar más allá de la red de
algas, evitando encallar en
el primer banco de arena,
sin caer en la tentación de
mirar hacia abajo cuando el
agua ya es profunda para no
sentir vértigo, nunca sentir
el espasmo de placer que
sobreviene luego de pasar de
una corriente tibia hacia
una franja más fría. Nunca
golpearse con el ángulo de
una mesa o enredarse en los
mapas blandos. Nunca
observar unas piernas
distorsionadas y verdosas
bajo la superficie del agua.
Nunca abrir los ventanucos
que no son ojos de buey.
Nunca ver el agua salada
entrando por la brecha entre
un traje de baño amarillo o
negro y la piel blanca u
oliva del pecho o la pierna.
Nunca bajar por las
estrechas escaleras sin
tropezarse ni matarse, una
primero, otra más, hasta el
sótano donde el mar se huele
más cerca y es más
amenazante, donde comienzan
los naufragios, donde se
guardan la comida y los
esclavos, donde la oscuridad
sí es imposible, donde
también se siente el olor de
los cadáveres de las
calderas sin fuego y
oxidadas y el balancearse en
la negrura. Nunca bajar
hasta el fondo, venciendo la
sal, abrir los ojos y hacia
arriba, por sobre el espejo
horizontal, ver cómo se
extienden las nubes, el sol,
las alas, los amigos, todos
verdosos y cristalinos, y el
cielo azul, impotente y
gigante.
2. Historia de N.
1
Baste decir para empezar que
no resulta difícil narrar la
historia de N. porque todos
hemos pasado por etapas
similares en nuestras vidas.
2
N. vivía con su madre y
nadie más. Su madre la
vestía, la alimentaba y la
protegía; y N. pudo crecer
más o menos libremente en la
habitación, el jardín casi
nominal, el baño y la sala.
Salía poco, porque tenía
cierta tendencia a las
enfermedades. No se sabe si
ansiaba abandonar la casa en
la que pasaba gran parte de
su tiempo. Nunca tuvo muchos
amigos; y para recorrer
tenía los meandros de su
cabeza. Cuánto extrañaba del
mundo exterior es una
cantidad desconocida, o
parcialmente ignorada.
3
Sus gustos eran definidos.
De los animales, prefería
las lagartijas; de la
comida, los fideos; de los
colores el ocre; de las
formas gramaticales, las
enumeraciones y las
anáforas.
4
Cuando cumplió cierta edad,
más o menos quince (sus
cifras son puntillosamente
ocultadas en este relato),
su visión comenzó a
nublarse. Su madre tardó
mucho tiempo en advertirlo,
porque el síntoma se
manifestó en otoño, cuando
suele haber neblina y uno
toma baños calientes, por lo
que las nubes grises que se
cruzaban cada vez con más
frecuencia entre N. y las
imágenes de las cosas en
principio fueron relegadas
(por la madre y por la misma
N.) a resabios de un baño
demasiado prolongado o a una
personalidad atada a los
climas, como un mascarón de
proa.
5
Los médicos fueron
consultados y dieron su
veredicto para mediados del
año: a N. le quedaban pocos
meses de visión, contados a
partir del momento de la
consulta. Aunque dijeron que
nada había por hacer, al
salir de visitarlos la madre
compró unos anteojos con
marco rojo; y N. se los puso
para tomar medidas
inmediatamente. En el camino
de los médicos a la óptica,
N. no pronunció palabras; y
miraba todo sin ansia, sin
fotografiar, no le importaba
que las cosas se deslizaran
delante suyo y se le
escaparan. En el camino de
la óptica a la casa tuvo que
cerrar los ojos porque el
traqueteo del auto tras las
lentes nuevas le hacía doler
la cabeza.
6
Sabiendo que le quedaban
pocos meses por delante, N.
se dedicó a salir un poco.
Recorrió calles nuevas,
llegó a barrios en los que
nunca había estado, se sentó
en plazas y usó catalejos.
Disfrutó, aunque quizás no
lo haya recordado luego
(porque la nueva vida de la
oscuridad adquiere tal peso
para quienes les toca que
probablemente aplasta a todo
lo demás), del movimiento de
los pastos en el viento, del
deambular de las hormigas
por el asfalto, del pulular
de unos dedos como insectos.
Miró delicadamente, aunque
sin terror ni angustia, el
mundito que se le escapaba
de las manos; pero
privilegió al mundo de las
cosas el micromundo de los
pelos, las pupilas, los
granos de tierra, los puntos
que vuelan en el aire.
7
N. siguió con su vida. Nada
detenía su andar sereno,
económico, blando. Con el
correr de los meses, sabía
que su momento se acercaba,
el momento en el que ella
sola sería la estrella; y la
madre desaparecía
progresivamente, se
desvanecía del mismo modo en
el que había venido.
Paseaba, estudiaba, tomaba
transportes. Cierto día de
un mes, debió apurarse en la
escalera del subterráneo
porque su visión se nubló
como si miríadas de nubes
negras pasaran continuamente
hasta parecer una sola y
constante, y apretó el paso
para llegar a su casa antes
de quedarse ciega del todo.
8
Casi siempre empezó a estar
la madre. Rodeaba a N., y
tanto ella como su madre
dieron por terminada
tranquilamente su educación.
N. se dedicó a la lectura de
revistas en braille, a
dormir, a escribir cartas a
los parientes explicando su
nueva situación. Su letra
continuaba siendo prolija y
clara; ya un poco ladeada,
ahora se desplazaba unos
milímetros por encima de los
renglones, como si planeara.
Permitía esta actividad,
además, ser concluida por N.
sola, enteramente. Doblaba
prolijamente los papeles y
los metía en los distintos
sobres, que escribía con
especial cuidado, porque no
importaba tanto que la carta
fuera inteligible sino que
llegara a destino; los
cerraba y lamía una a una
las estampillas. Algunas
veces la madre compró
papeles con olores, o los
rociaba ella misma, para
facilitarle a su hija la
distinción y unir así
destinatarios con aromas.
Así, pues, la tía Ana en
Estados Unidos siempre era
durazno, un primo de Azul
olía a cassis, la madrina en
Noruega a limón. La lectura
de las respuestas, en
cambio, era una tarea que no
le pertenecía, porque si
bien podía abrir los sobres
con tanta prolijidad como
escribía, sin rasgar el
papel, el núcleo de la
actividad se le escapaba del
todo. La madre pasaba ratos
y ratos leyendo las cartas
de distintos lugares,
repitiendo a pedido de N.
diversos pasajes. En
general, y contra lo que
podría creerse, éstos no
relataban paisajes, hogares
o emblemas, sino que
referían a la vida
espiritual del remitente.
Así, N. escuchó atentamente
el relato de la muerte del
gato en Oslo, la tristeza
por una novia que se marchó
o el ansia por una boda
desde adentro del minúsculo
féretro ciego, recorriendo
la historia de las
traiciones o palpando
lentamente el entramado del
vestido de novia.
9
De esto tal vez se
desprenda, y correctamente,
que N. no extrañaba su vida
de vidente. La madre narraba
a veces situaciones visuales
que creía podían deleitar a
su hija; y cuando un peligro
sólo perceptible con los
ojos se avecinaba, no lo
describía velozmente sino
que, con más eficacia aún,
su reacción era física, y
advertía a su hija con un
toque de manos o un apretar
del brazo. En la casa, la
madre se cuidó muy bien de
mover los muebles de lugar;
y el hecho de que N. hubiera
vivido toda su vida allí
hizo que pudiera desplazarse
fácilmente a través de la
sala aún sin ver, a pesar de
que nunca había jugado a ese
juego cuando era pequeña.
10
Por problemas económicos, en
algún momento N. y su madre
debieron trasladarse a otra
casa, más pequeña pero
conflictiva. Durante la
mudanza, N. se quedó en el
diminuto porche, dialogando
con la madre, que la
consultaba acerca de la
ubicación de sus adornos
(campesinitas de porcelana,
patos blancos, flores
duras), porque le resultó
imposible mantener un
esquema calcado del anterior
domicilio. No sé sabe si N.
pudo comprobar si la madre
respetó el orden por ella
indicado; y no sabemos si la
madre siguió las
instrucciones.
11
El tiempo que siguió fue un
tiempo arduo de estudio y
memoria. La madre pegó los
objetos más livianos
(jarrones, alfombras,
tapetes) a sus superficies
para que no se deslizaran; y
ató con precaución los
sillones unos a otros, como
si fueran galeotes, para que
no modificaran su separación
ni variaran las proporciones
de la casa. Éste fue el
primer paso. Luego de tener
preparado el campo, la madre
llevó a N. a la sala y le
hizo escuchar todos los
sonidos de la casa desde los
distintos puntos de la
habitación: el cerrar de la
puerta de calle, el timbre
del teléfono, el zumbido de
la heladera, repetidos desde
el sillón, la ventana, la
cocina, la silla del rincón,
hasta el infinito que cabía
en esa sala. Hubo noches en
que la madre se acostaba con
un ligero dolor de brazos
por abrir y cerrar de los
postigos de las persianas
una y otra vez, a pesar de
que se cuidaba de cambiar de
brazo en mitad de la
escucha.
12
Eventualmente N. pudo
identificar a la perfección
las dimensiones de la sala,
sus proporciones, la
distancia entre los puntos
más importantes, la posición
de los accesos, las salidas
y los muebles. En poco
tiempo logró moverse con
bastante soltura a través de
los cuartos sin chocarse ni
golpearse con los ángulos y
si la madre gritaba desde
algún lugar de la casa (gran
parte de las veces a manera
de prueba), ella podía
señalar el lugar preciso de
la habitación en la que se
encontraba.
13
Para la madre faltaba algo,
y esa falta teñía la vida en
esa casa de una pátina de
inseguridad que no podía
tolerar. Lo entendió muy
poco después de comenzar a
vivir allí, unos dos o tres
días después de la mudanza;
y aunque diseñó un plan de
estudios casi de inmediato,
decidió esperar a terminar
la primera fase de
aprendizaje para enseñarle a
su hija los nuevos
conocimientos. De otro modo
se le mezclarían y
marchitarían y todo habría
sido en vano, o aun peor.
14
Porque había otros ruidos en
el mundo, los del mundo
exterior a la casa, que la
madre no controlaba; afuera
los pájaros a veces
gorjeaban, el viento soplaba
con fuerza inaudita
anteriormente, los móviles
del porche de la vecina
tintineaban al entrechocarse
por el pasar de la brisa o
el choque de una polilla; y
los minutos transcurrían
sonoros. La madre pronto
compró una pequeña grabadora
y un cassette y comenzó a
capturar los sonidos que no
eran de ella, los que
surgían de otros lados.
Prefirió los desconocidos
para N. y para ella (pero
ella tenía algo que N. no
tenía), los que no estaban
en la casa anterior; y los
había a montones. La labor
le tomó a la madre muchos
días, y muchas noches
también, porque hay sonidos
que nada más salen de noche.
15
La lista sería larguísima, e
inquietante. La madre
escuchó y capturó, como
quien caza mariposas,
sonidos que pertenecían a
sus vecinos, a los animales,
al mundo vegetal, y a
objetos inertes pero
ruidosos. Una mañana, cuando
N. dormía, oyó por la
ventana de la cocina el
canturreo blando de la
vecina del este; y corrió a
atraparlo en la grabadora.
En la casa vieja los
edificios más cercanos
estaban lejos, así que esa
melodía podía resultar
terriblemente turbadora para
los oídos de N.; y por
peligrosa, debía ser
neutralizada. Otro día la
madre grabó una gota que
caía sobre un balde de
metal; tanto el hecho de la
pérdida de una canilla
perdida a una ventana de
distancia como el ritmo
extraño eran
desequilibrantes en el orden
imprescindible para N. Al
cabo de un tiempo, la madre
comenzó a detectar los
ruidos locos mediante un
delicado mecanismo casi
automático de reconocimiento
y evaluación, y ya no dejaba
la identificación librada al
azar. Llegó, en un momento
especialmente metódico, a
elaborar una breve lista con
los objetivos de los
próximos días, y las horas
en los que podía
encontrarlos. Así, logró
encerrar muchísimos sonidos
que las rodeaban en
distintos momentos del día e
incluso del mes. Al canto de
la vecina le siguió el tap
tap de los pies descalzos de
sus hijos jugando a la
rayuela en la parte de atrás
de la casa, el maullido de
una gata en celo, el zumbido
de los cables de alta
tensión que pasaban por la
puerta, los cascos de un
caballo viejo que arrastraba
un sulky, y las ruedas del
sulky (la izquierda rota),
las hojas de la tijera de
podar del vecino gordo (y el
estrépito mudo de ciertas
ramas particularmente
pesadas al caer), el
chillido de los murciélagos,
los pasos de animales en el
techo, el eco perdido del
rebote de una pelota
perdida, las arrugas de las
bolsas de basura en el
viento.
16
Tras este cuidadoso método
de archivo, la madre supo
que para N. comenzaría la
etapa más dura de su
estudio, aunque no fuera la
madre a ceder en ella.
Durante las tardes, se
sentaba con la hija en su
habitación, a puertas
cerradas, y uno tras otro
pasaba los ejemplos y decía
la referencia
correspondiente, que tenía
anotada en un papel
arrugado: "ladrido de gran
danés", "la tos de la vieja
de atrás", "la casa del
árbol de los niños
Espinosa", "ladrido de
labrador".
17
Luego supo que era tiempo de
dejarla sola, y, tras
conducir sus dedos por los
botones de la grabadora, la
madre comenzó a ocuparse un
poco más de las tareas de la
casa mientras su hija
practicaba. N. pasaba los
ejemplos, sin repetirlos
(tal era la consigna), y en
el silencio de algunos
segundos que había entre
ellos, decía en voz alta a
qué correspondían. Una vez
al día, la madre la
evaluaba, y si todo andaba
bien, traía nuevas piezas;
estornudos de nuevos
vecinos, el carburador roto
de un auto recién comprado,
el rodar intempestivo de las
leñas en uno de los patios.
18
Esto continuó por bastante
tiempo más, pero N. cada vez
aprendía más rápido, aunque
a veces olvidaba los viejos
ejemplos todavía vigentes.
19
Un día, la madre murió
silenciosamente en la
cocina. Tal vez haya sido
audible su cuerpo golpeando
contra los baldosines, pero
N. estaba lejos y nunca
había aprendido ese sonido
antes.
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2/Pablo
Croci: ¿por qué los tigres
tienen tanto miedo?

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"Entonces comprendí que él
era un niño
y que el don que poseo de él
provenía."
Umberto Saba
"¿Cuándo nos sentaremos otra
vez
para despabilar juntos
las velas en la ventana,
Y charlar acerca de la
lluvia
En las colinas de Pa?"
Li Shang-Yin.
Una hermosa mañana de
invierno
mi padre y yo
nos escapamos de casa.
A lo lejos mi madre sacudía
los brazos.
La bicicleta es roja y luce
como una estrella.
Mi padre respira profundo y
comienza a soplar.
El barco tembloroso inicia
su vuelo
las olas y la lluvia golpean
su frente
y en el fondo del mar
se dibujan esquinas
movedizas y cientos
cientos de árboles sin
nombre.
***
Cenábamos muy tranquilos
con la radio de fondo
y los jazmines recién
cortados.
De pronto, la boca de mi
padre se convirtió en un
volcán.
Como en un desfile de
carrozas, la cocina
se lleno de fantasmas.
Mi abuela y yo quedamos
tapados por la lava
petrificados
como niños ante un monstruo.
***
A veces despierto y soy una
hoja
encerrada en la copa de un
árbol.
Allí el tiempo se pierde
entre la monotonía del cielo
entre parejas que
con sus besos forman
caracoles
o borrachos haciendo de los
árboles
sus casas.
De pronto, la tarde me
concede un deseo
el viento con furia me
libera
y comienzo a chapotear
alrededor de un lago de
aguas tranquilas.
***
Los niños, a los tumbos,
juegan una carrera
a orillas del mar.
Esquivan redes, cuentan
gaviotas
y se esconden en castillos
que las olas
no pueden vencer.
Cuando el sol cae y la playa
vuelve al silencio
una garra afilada los eleva
hasta la ciudad.
Ahora están solos frente al
mar
en silencio acarician la
arena y el agua
refleja el cuerpo de los
tiburones.
***
Cuando te fuiste
el aullido de un perro en el
monte
trajo tu voz lejana.
La tierra agrietada y las
flores
no humedecieron mis ojos.
Acaricie la corteza de una
piedra
como a tu cuerpo malherido.
Me acosté
y olvide lo hermoso que era
despertar
juntos en invierno.
***
Apoyo mi frente sobre su
pecho
y sueño
con un infinito campo de
algodón. Pero
no siempre el oso cuida mi
cuerpo
cuando el invierno llega al
bosque.
***
El niño da vuelta las hojas
de su cuaderno.
Escribe sus primeras
palabras, dibuja
una casa pequeña, de cristal
y con temor borra lo que no
le gusta.
Sobre su espalda siente un
ruido. Una voz grave
le habla al oído. Con
velocidad
se da vuelta
y queda frente a frente con
su sombra.
***
Miro la jaula embobado.
Imito
los movimientos y la voz del
animal.
Desde su figura gallarda y
sus ojos
achinados, me mira
¿por qué los tigres tienen
tanto miedo?.
Un látigo golpea su cuerpo
dorado y
del dolor me estremezco.
Dentro de la jaula el tigre
corre enfurecido
queriendo alcanzar las
puertas del circo.
***
Hay tantas hojas
perdidas por el viento en la
ciudad.
El niño camina de la mano de
su madre.
Su cuerpo va tapado hasta la
cabeza
por un pulóver azul .
De pronto, se detienen: en
la otra orilla
el viento arrastra un grupo
de jóvenes .
El niño mira a su madre,
mira
a las jóvenes caer,
levantarse
y girar. Vuelve a mirar a su
madre
y tironea del brazo.
***
Cada tanto, caigo en las
profundidades de un
estanque.
Allí, mi voz no grita
como una tormenta
ni queda tartamuda al borde
de los labios.
Cuando escribo un poema mi
voz
esta en calma.
***
La hojas de lluvia cubren
la corteza del agua.
Aguanto la respiración
digo malas palabras.
A mi lado, un niño juega con
su imagen. Acaricio su
frente
y lo peino. Ríe como si
fuese la primera vez
que lo acarician. Luego,
tomados de la mano
nadamos hasta el borde de la
pileta.
***
Camino con el cuerpo
encorvado
a lo largo de las galerías
del castillo. Sus paredes
caen
y luz (lo que se dice luz)
no hay. Las ventanas
pobladas de aves negras
enmudecen de golpe. Mi mano
arrastra
la armadura de guerra. Y la
sangre
recorre mis huesos con furia
como un río desbordado a las
puertas
de la habitación.
***
Llegaste al borde del
abismo,
y como un actor sin voz
ni personaje, te detuviste.
¿Cuántas palabras hay en el
cuerpo
de un niño
que se desvanece en la
mirada de un hombre?.
Aquellos dos jugando a la
pelota
a orillas del mar
se pierden con el ir y venir
de las olas.
¿Cómo será mi voz
cuando termine el día?.
***
Aquella noche, con el rostro
cansado, él me dijo:
Todos mis poemas surgen
de largas estaciones de
silencio.
Luego, una o dos
palabras se humedecen
y caen
sobre extensos campos de
girasoles.
A veces, desde la ciudad
llega una música seductora.
Las jóvenes se acercan
con sus vestidos floreados
y amontonan sobre los
canastos
los frutos hasta el
anochecer.
Entonces, mi cuerpo vuelve a
descansar.
***
Otra noche, bajo la luz de
una vela
dijo:
Después de un largo viaje
entre nubes
y aves acariciando la cima
de los cerros
descubrí detrás del pecho
detrás de los huesos del
pecho
detrás de un latir acelerado
y explosivo
a un niño
repitiendo una otra y otra
vez
las mismas palabras.
***
Recostado en el centro del
campo
no quiso hablar. El sol lo
cubría. Pero
al anochecer,
misteriosamente su boca
volvió a transformarse en un
volcán.
Como de una galera
cientos de pájaros volaron
hacia el cielo nocturno.
***
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3/Una
novela de mil páginas,
capítulo 23
______________________________________
Página 290
De entre las patas sacaron
algo. Podemos verlo, desde
nuestra posición, a treinta
metros de distancia. No
dejan acercarse más. No
permiten cámaras. Igual,
desde aquí vemos. Sí, sacan
algo. Ahí está, lo vemos. Lo
sacaron de entre las patas.
Página 291
Cómo quién soy, qué es esa
pregunta. Cómo. No sabías
acaso que desde hace diez
años, o más, estoy, casi
exactamente, en el mismo
lugar. Qué. Para Barnes eso
es nada. Para mí, Barnes, él
tampoco. Pero cómo me
preguntás eso. Para qué me
llamaste.
Página 292
Se le abalanzaron más de
tres, desde atrás, a dos
metros de la panadería "La
florida", "no soy yo",
suplicaba, pero a ellos no
les interesaba quién era, no
estaba en sus planes;
tampoco sabían qué hacer con
él.
Página 293
Llegaron a una zona alta, de
vegetación rala, que
contrastaba con lo que
habían dejado atrás, a un
par de minutos de caminata.
Al frente suyo se erigía una
pared, larga, sostenida por
milagro, estable porque ya
no había con qué confrontar.
Página 294
En medio del patio, al lado
de la pelota en reposo, el
plato del perro, vacío,
todavía.
Página 295
En la página 46, línea 24.
Ahí no dice "crearán los
días sus espejos", sino
"crearán días sin espejos".
Tellerman: son dos cosas
distintas. Para mí, ninguna
tiene interés; podría haber
escrito "creará Dios su
espejo", pero ya está
escrito.
Página 296
¿Cómo puede el agobio, un
tipo específico de agobio,
convertirse en la fuerza que
da vida a experimentos como
René? El lecho del río,
mientras tanto, provee de
arcilla, o un barro
arcilloso, que sólo aquí
saben trabajar. Pensar que
Carmela Samodio comía
tierra, ¿qué dirían, ahora?
Página 297
La misión de Bruno -¿la
misión de Bruno?- consiste
en adelantarse al expreso
-¿adelantarse al expreso?- y
tratar de frenarlo -¿tratar
de frenarlo? de alguna forma
-¡de "alguna" forma! ¿Te das
cuenta?
Página 298
Barnes esta vez asiste al
concierto de la banda
"Arquitectos del viento", un
ensamble de bronces y
artilugios electrónicos. Le
dan ganas de silbar y lo
hace. Apenas se oye a sí
mismo, el sonido es muy
fuerte, y la concentración
es tan grande, que todos,
músicos y público, han
conseguido una abstracción
de tal grado que es inútil
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