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Beer-Sheva/Israel/Tomo VI/Número 1, 12 de marzo de 2005
 

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C o r r e O
E x t r e m a f i c c i o N

mensual de ficciones/aparece el día 5 de cada mes

Beer-Sheva/Israel/Tomo VI/Número 1, 12 de marzo de 2005


 


 
Sumario

1/Violeta Kesselman: El barco, la bahía

2/Pablo Croci: ¿por qué los tigres tienen tanto miedo?

3/Una novela de mil páginas, capítulos 19 al 23

4/Vigesimocuarta Audición Mardafones: Mardallanto

5/Ana Camusso: Little Mondo

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1/Violeta Kesselman: El barco, la bahía  
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1. El barco, la bahía

Muchos años atrás, esto fue un barco y esto una bahía. El barco, pintado de azul petróleo y con una fina línea blanca en todo su perímetro, supo circunvalar mares y tal vez glaciares, alejándose más y más del terraplén donde ahora descansa. La bahía, aunque pequeña, luchó para obtener ese nombre, que le fue otorgado luego de que a la pequeña saliente rocosa que se emplaza cinco kilómetros hacia el norte se la reconociera como golfo. El barco brillaba al sol, húmedo de trabajar, y a la vez perfectamente limpio, aséptico, con sus banderolas en la suave brisa cargada de agua; y su ancla cromada, segura, pendiendo firme como un aro o un colmillo. La bahía era arenosa, regada por piedras que se entremetían entre los dedos de los pies, y al pisar era difícil oír los grititos de los caracolitos diminutos reclamando su derecho a existir; la mayoría de las veces eran destrozados sin que se advirtiera. El barco tenía un interior misterioso, oscuro y opaco, donde no se sabía bien qué era lo que ocurría, a pesar de que sus ventanitas eran, dentro del todo, bastante amplias, para poder ver el mar con tranquilidad desde la cabina de comandos que entraba en acción en cada viaje, y para que el mar pudiera ver los movimientos de la tripulación en travesía. La bahía encerraba un mar verde y picado, irritable, que sólo sabía entibiarse en verano y con el sol más arduo, donde las algas enlazaban los pies de los bañistas y donde los peces eran raros. El barco, en su oscuridad interior, continuaba siendo hermoso, porque se sabía que estaba durmiendo, reponiéndose de la actividad incesante que había llevado a cabo durante muchos meses en lugares que no eran la bahía e incluso el pequeño golfo donde algunas veces, en algunos retornos, paraba por unas horas antes de arribar a su destino; y era obvio que, cuando la tripulación entrara a la cabina de comandos para iniciar un nuevo viaje, podría sin dificultad tantear y reconocer en la penumbra húmeda los distintos instrumentos marítimos y hallar el farol y la perilla que lo encendiera para iluminar los controles; aunque cuando estaba descansando nada se veía adentro, y por eso los pájaros marítimos, albatros y gaviotas sobre todo, se posaban sin inquietud sobre la baranda de cubierta sin temor alguno. La bahía era sobrevolada por aves en sus migraciones, en sus recreos, en sus danzas nupciales, atravesando el cielo límpido del verano o el hostil del invierno, utilizando los enclaves humanos tan sólo como sitio de paso, para avistar del todo correctamente los nuevos horizontes a los que deberían dirigirse cuando comenzara a cambiar la temperatura y la longitud y el ancho de los días.

Nunca entrar al barco. Nunca nadar más de unos metros desde la bahía. Nunca palpar en la oscuridad los metales y las maderas de los sextantes, los herederos de los astrolabios y el timón, tratar de descifrar con los ojos entrecerrados los códigos mareantes de las ayudas, los socorros, los peligros de colores de los símbolos, intentar conectar la radio sin más ayuda que los dedos. Nunca mover un brazo, luego otro y usar las piernas como motor para pasar más allá de la red de algas, evitando encallar en el primer banco de arena, sin caer en la tentación de mirar hacia abajo cuando el agua ya es profunda para no sentir vértigo, nunca sentir el espasmo de placer que sobreviene luego de pasar de una corriente tibia hacia una franja más fría. Nunca golpearse con el ángulo de una mesa o enredarse en los mapas blandos. Nunca observar unas piernas distorsionadas y verdosas bajo la superficie del agua. Nunca abrir los ventanucos que no son ojos de buey. Nunca ver el agua salada entrando por la brecha entre un traje de baño amarillo o negro y la piel blanca u oliva del pecho o la pierna. Nunca bajar por las estrechas escaleras sin tropezarse ni matarse, una primero, otra más, hasta el sótano donde el mar se huele más cerca y es más amenazante, donde comienzan los naufragios, donde se guardan la comida y los esclavos, donde la oscuridad sí es imposible, donde también se siente el olor de los cadáveres de las calderas sin fuego y oxidadas y el balancearse en la negrura. Nunca bajar hasta el fondo, venciendo la sal, abrir los ojos y hacia arriba, por sobre el espejo horizontal, ver cómo se extienden las nubes, el sol, las alas, los amigos, todos verdosos y cristalinos, y el cielo azul, impotente y gigante.



2. Historia de N.

1
Baste decir para empezar que no resulta difícil narrar la historia de N. porque todos hemos pasado por etapas similares en nuestras vidas.

2
N. vivía con su madre y nadie más. Su madre la vestía, la alimentaba y la protegía; y N. pudo crecer más o menos libremente en la habitación, el jardín casi nominal, el baño y la sala. Salía poco, porque tenía cierta tendencia a las enfermedades. No se sabe si ansiaba abandonar la casa en la que pasaba gran parte de su tiempo. Nunca tuvo muchos amigos; y para recorrer tenía los meandros de su cabeza. Cuánto extrañaba del mundo exterior es una cantidad desconocida, o parcialmente ignorada.

3
Sus gustos eran definidos. De los animales, prefería las lagartijas; de la comida, los fideos; de los colores el ocre; de las formas gramaticales, las enumeraciones y las anáforas.

4
Cuando cumplió cierta edad, más o menos quince (sus cifras son puntillosamente ocultadas en este relato), su visión comenzó a nublarse. Su madre tardó mucho tiempo en advertirlo, porque el síntoma se manifestó en otoño, cuando suele haber neblina y uno toma baños calientes, por lo que las nubes grises que se cruzaban cada vez con más frecuencia entre N. y las imágenes de las cosas en principio fueron relegadas (por la madre y por la misma N.) a resabios de un baño demasiado prolongado o a una personalidad atada a los climas, como un mascarón de proa.

5
Los médicos fueron consultados y dieron su veredicto para mediados del año: a N. le quedaban pocos meses de visión, contados a partir del momento de la consulta. Aunque dijeron que nada había por hacer, al salir de visitarlos la madre compró unos anteojos con marco rojo; y N. se los puso para tomar medidas inmediatamente. En el camino de los médicos a la óptica, N. no pronunció palabras; y miraba todo sin ansia, sin fotografiar, no le importaba que las cosas se deslizaran delante suyo y se le escaparan. En el camino de la óptica a la casa tuvo que cerrar los ojos porque el traqueteo del auto tras las lentes nuevas le hacía doler la cabeza.

6
Sabiendo que le quedaban pocos meses por delante, N. se dedicó a salir un poco. Recorrió calles nuevas, llegó a barrios en los que nunca había estado, se sentó en plazas y usó catalejos. Disfrutó, aunque quizás no lo haya recordado luego (porque la nueva vida de la oscuridad adquiere tal peso para quienes les toca que probablemente aplasta a todo lo demás), del movimiento de los pastos en el viento, del deambular de las hormigas por el asfalto, del pulular de unos dedos como insectos. Miró delicadamente, aunque sin terror ni angustia, el mundito que se le escapaba de las manos; pero privilegió al mundo de las cosas el micromundo de los pelos, las pupilas, los granos de tierra, los puntos que vuelan en el aire.

7
N. siguió con su vida. Nada detenía su andar sereno, económico, blando. Con el correr de los meses, sabía que su momento se acercaba, el momento en el que ella sola sería la estrella; y la madre desaparecía progresivamente, se desvanecía del mismo modo en el que había venido. Paseaba, estudiaba, tomaba transportes. Cierto día de un mes, debió apurarse en la escalera del subterráneo porque su visión se nubló como si miríadas de nubes negras pasaran continuamente hasta parecer una sola y constante, y apretó el paso para llegar a su casa antes de quedarse ciega del todo.

8
Casi siempre empezó a estar la madre. Rodeaba a N., y tanto ella como su madre dieron por terminada tranquilamente su educación. N. se dedicó a la lectura de revistas en braille, a dormir, a escribir cartas a los parientes explicando su nueva situación. Su letra continuaba siendo prolija y clara; ya un poco ladeada, ahora se desplazaba unos milímetros por encima de los renglones, como si planeara. Permitía esta actividad, además, ser concluida por N. sola, enteramente. Doblaba prolijamente los papeles y los metía en los distintos sobres, que escribía con especial cuidado, porque no importaba tanto que la carta fuera inteligible sino que llegara a destino; los cerraba y lamía una a una las estampillas. Algunas veces la madre compró papeles con olores, o los rociaba ella misma, para facilitarle a su hija la distinción y unir así destinatarios con aromas. Así, pues, la tía Ana en Estados Unidos siempre era durazno, un primo de Azul olía a cassis, la madrina en Noruega a limón. La lectura de las respuestas, en cambio, era una tarea que no le pertenecía, porque si bien podía abrir los sobres con tanta prolijidad como escribía, sin rasgar el papel, el núcleo de la actividad se le escapaba del todo. La madre pasaba ratos y ratos leyendo las cartas de distintos lugares, repitiendo a pedido de N. diversos pasajes. En general, y contra lo que podría creerse, éstos no relataban paisajes, hogares o emblemas, sino que referían a la vida espiritual del remitente. Así, N. escuchó atentamente el relato de la muerte del gato en Oslo, la tristeza por una novia que se marchó o el ansia por una boda desde adentro del minúsculo féretro ciego, recorriendo la historia de las traiciones o palpando lentamente el entramado del vestido de novia.

9
De esto tal vez se desprenda, y correctamente, que N. no extrañaba su vida de vidente. La madre narraba a veces situaciones visuales que creía podían deleitar a su hija; y cuando un peligro sólo perceptible con los ojos se avecinaba, no lo describía velozmente sino que, con más eficacia aún, su reacción era física, y advertía a su hija con un toque de manos o un apretar del brazo. En la casa, la madre se cuidó muy bien de mover los muebles de lugar; y el hecho de que N. hubiera vivido toda su vida allí hizo que pudiera desplazarse fácilmente a través de la sala aún sin ver, a pesar de que nunca había jugado a ese juego cuando era pequeña.

10
Por problemas económicos, en algún momento N. y su madre debieron trasladarse a otra casa, más pequeña pero conflictiva. Durante la mudanza, N. se quedó en el diminuto porche, dialogando con la madre, que la consultaba acerca de la ubicación de sus adornos (campesinitas de porcelana, patos blancos, flores duras), porque le resultó imposible mantener un esquema calcado del anterior domicilio. No sé sabe si N. pudo comprobar si la madre respetó el orden por ella indicado; y no sabemos si la madre siguió las instrucciones.

11
El tiempo que siguió fue un tiempo arduo de estudio y memoria. La madre pegó los objetos más livianos (jarrones, alfombras, tapetes) a sus superficies para que no se deslizaran; y ató con precaución los sillones unos a otros, como si fueran galeotes, para que no modificaran su separación ni variaran las proporciones de la casa. Éste fue el primer paso. Luego de tener preparado el campo, la madre llevó a N. a la sala y le hizo escuchar todos los sonidos de la casa desde los distintos puntos de la habitación: el cerrar de la puerta de calle, el timbre del teléfono, el zumbido de la heladera, repetidos desde el sillón, la ventana, la cocina, la silla del rincón, hasta el infinito que cabía en esa sala. Hubo noches en que la madre se acostaba con un ligero dolor de brazos por abrir y cerrar de los postigos de las persianas una y otra vez, a pesar de que se cuidaba de cambiar de brazo en mitad de la escucha.

12
Eventualmente N. pudo identificar a la perfección las dimensiones de la sala, sus proporciones, la distancia entre los puntos más importantes, la posición de los accesos, las salidas y los muebles. En poco tiempo logró moverse con bastante soltura a través de los cuartos sin chocarse ni golpearse con los ángulos y si la madre gritaba desde algún lugar de la casa (gran parte de las veces a manera de prueba), ella podía señalar el lugar preciso de la habitación en la que se encontraba.

13
Para la madre faltaba algo, y esa falta teñía la vida en esa casa de una pátina de inseguridad que no podía tolerar. Lo entendió muy poco después de comenzar a vivir allí, unos dos o tres días después de la mudanza; y aunque diseñó un plan de estudios casi de inmediato, decidió esperar a terminar la primera fase de aprendizaje para enseñarle a su hija los nuevos conocimientos. De otro modo se le mezclarían y marchitarían y todo habría sido en vano, o aun peor.

14
Porque había otros ruidos en el mundo, los del mundo exterior a la casa, que la madre no controlaba; afuera los pájaros a veces gorjeaban, el viento soplaba con fuerza inaudita anteriormente, los móviles del porche de la vecina tintineaban al entrechocarse por el pasar de la brisa o el choque de una polilla; y los minutos transcurrían sonoros. La madre pronto compró una pequeña grabadora y un cassette y comenzó a capturar los sonidos que no eran de ella, los que surgían de otros lados. Prefirió los desconocidos para N. y para ella (pero ella tenía algo que N. no tenía), los que no estaban en la casa anterior; y los había a montones. La labor le tomó a la madre muchos días, y muchas noches también, porque hay sonidos que nada más salen de noche.

15
La lista sería larguísima, e inquietante. La madre escuchó y capturó, como quien caza mariposas, sonidos que pertenecían a sus vecinos, a los animales, al mundo vegetal, y a objetos inertes pero ruidosos. Una mañana, cuando N. dormía, oyó por la ventana de la cocina el canturreo blando de la vecina del este; y corrió a atraparlo en la grabadora. En la casa vieja los edificios más cercanos estaban lejos, así que esa melodía podía resultar terriblemente turbadora para los oídos de N.; y por peligrosa, debía ser neutralizada. Otro día la madre grabó una gota que caía sobre un balde de metal; tanto el hecho de la pérdida de una canilla perdida a una ventana de distancia como el ritmo extraño eran desequilibrantes en el orden imprescindible para N. Al cabo de un tiempo, la madre comenzó a detectar los ruidos locos mediante un delicado mecanismo casi automático de reconocimiento y evaluación, y ya no dejaba la identificación librada al azar. Llegó, en un momento especialmente metódico, a elaborar una breve lista con los objetivos de los próximos días, y las horas en los que podía encontrarlos. Así, logró encerrar muchísimos sonidos que las rodeaban en distintos momentos del día e incluso del mes. Al canto de la vecina le siguió el tap tap de los pies descalzos de sus hijos jugando a la rayuela en la parte de atrás de la casa, el maullido de una gata en celo, el zumbido de los cables de alta tensión que pasaban por la puerta, los cascos de un caballo viejo que arrastraba un sulky, y las ruedas del sulky (la izquierda rota), las hojas de la tijera de podar del vecino gordo (y el estrépito mudo de ciertas ramas particularmente pesadas al caer), el chillido de los murciélagos, los pasos de animales en el techo, el eco perdido del rebote de una pelota perdida, las arrugas de las bolsas de basura en el viento.

16
Tras este cuidadoso método de archivo, la madre supo que para N. comenzaría la etapa más dura de su estudio, aunque no fuera la madre a ceder en ella. Durante las tardes, se sentaba con la hija en su habitación, a puertas cerradas, y uno tras otro pasaba los ejemplos y decía la referencia correspondiente, que tenía anotada en un papel arrugado: "ladrido de gran danés", "la tos de la vieja de atrás", "la casa del árbol de los niños Espinosa", "ladrido de labrador".

17
Luego supo que era tiempo de dejarla sola, y, tras conducir sus dedos por los botones de la grabadora, la madre comenzó a ocuparse un poco más de las tareas de la casa mientras su hija practicaba. N. pasaba los ejemplos, sin repetirlos (tal era la consigna), y en el silencio de algunos segundos que había entre ellos, decía en voz alta a qué correspondían. Una vez al día, la madre la evaluaba, y si todo andaba bien, traía nuevas piezas; estornudos de nuevos vecinos, el carburador roto de un auto recién comprado, el rodar intempestivo de las leñas en uno de los patios.

18
Esto continuó por bastante tiempo más, pero N. cada vez aprendía más rápido, aunque a veces olvidaba los viejos ejemplos todavía vigentes.

19
Un día, la madre murió silenciosamente en la cocina. Tal vez haya sido audible su cuerpo golpeando contra los baldosines, pero N. estaba lejos y nunca había aprendido ese sonido antes.



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2/Pablo Croci: ¿por qué los tigres
tienen tanto miedo?  
 
 
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"Entonces comprendí que él era un niño
y que el don que poseo de él provenía."

Umberto Saba

"¿Cuándo nos sentaremos otra vez

para despabilar juntos

las velas en la ventana,
Y charlar acerca de la lluvia

En las colinas de Pa?"

Li Shang-Yin.



Una hermosa mañana de invierno
mi padre y yo
nos escapamos de casa.
A lo lejos mi madre sacudía los brazos.
La bicicleta es roja y luce
como una estrella.
Mi padre respira profundo y comienza a soplar.
El barco tembloroso inicia su vuelo
las olas y la lluvia golpean su frente
y en el fondo del mar
se dibujan esquinas movedizas y cientos
cientos de árboles sin nombre.

***

Cenábamos muy tranquilos
con la radio de fondo
y los jazmines recién cortados.
De pronto, la boca de mi padre se convirtió en un volcán.
Como en un desfile de carrozas, la cocina
se lleno de fantasmas.
Mi abuela y yo quedamos tapados por la lava
petrificados
como niños ante un monstruo.

***

A veces despierto y soy una hoja
encerrada en la copa de un árbol.
Allí el tiempo se pierde
entre la monotonía del cielo
entre parejas que
con sus besos forman caracoles
o borrachos haciendo de los árboles
sus casas.

De pronto, la tarde me concede un deseo
el viento con furia me libera
y comienzo a chapotear
alrededor de un lago de aguas tranquilas.

***

Los niños, a los tumbos, juegan una carrera
a orillas del mar.
Esquivan redes, cuentan gaviotas
y se esconden en castillos que las olas
no pueden vencer.
Cuando el sol cae y la playa
vuelve al silencio
una garra afilada los eleva hasta la ciudad.

Ahora están solos frente al mar
en silencio acarician la arena y el agua
refleja el cuerpo de los tiburones.

***

Cuando te fuiste
el aullido de un perro en el monte
trajo tu voz lejana.
La tierra agrietada y las flores
no humedecieron mis ojos.
Acaricie la corteza de una piedra
como a tu cuerpo malherido.
Me acosté
y olvide lo hermoso que era despertar
juntos en invierno.

***

Apoyo mi frente sobre su pecho
y sueño
con un infinito campo de algodón. Pero
no siempre el oso cuida mi cuerpo
cuando el invierno llega al bosque.

***

El niño da vuelta las hojas de su cuaderno.
Escribe sus primeras palabras, dibuja
una casa pequeña, de cristal
y con temor borra lo que no le gusta.
Sobre su espalda siente un ruido. Una voz grave
le habla al oído. Con velocidad
se da vuelta
y queda frente a frente con su sombra.

***

Miro la jaula embobado. Imito
los movimientos y la voz del animal.
Desde su figura gallarda y sus ojos
achinados, me mira
¿por qué los tigres tienen tanto miedo?.
Un látigo golpea su cuerpo dorado y
del dolor me estremezco.
Dentro de la jaula el tigre
corre enfurecido
queriendo alcanzar las puertas del circo.

***

Hay tantas hojas
perdidas por el viento en la ciudad.
El niño camina de la mano de su madre.
Su cuerpo va tapado hasta la cabeza
por un pulóver azul .
De pronto, se detienen: en la otra orilla
el viento arrastra un grupo de jóvenes .
El niño mira a su madre, mira
a las jóvenes caer, levantarse
y girar. Vuelve a mirar a su madre
y tironea del brazo.

***

Cada tanto, caigo en las profundidades de un estanque.
Allí, mi voz no grita
como una tormenta
ni queda tartamuda al borde de los labios.
Cuando escribo un poema mi voz
esta en calma.

***

La hojas de lluvia cubren
la corteza del agua.
Aguanto la respiración
digo malas palabras.
A mi lado, un niño juega con su imagen. Acaricio su frente
y lo peino. Ríe como si fuese la primera vez
que lo acarician. Luego, tomados de la mano
nadamos hasta el borde de la pileta.

***

Camino con el cuerpo encorvado
a lo largo de las galerías
del castillo. Sus paredes caen
y luz (lo que se dice luz) no hay. Las ventanas
pobladas de aves negras
enmudecen de golpe. Mi mano arrastra
la armadura de guerra. Y la sangre
recorre mis huesos con furia
como un río desbordado a las puertas
de la habitación.

***

Llegaste al borde del abismo,
y como un actor sin voz
ni personaje, te detuviste.
¿Cuántas palabras hay en el cuerpo
de un niño
que se desvanece en la mirada de un hombre?.

Aquellos dos jugando a la pelota
a orillas del mar
se pierden con el ir y venir de las olas.

¿Cómo será mi voz
cuando termine el día?.

***

Aquella noche, con el rostro
cansado, él me dijo:
Todos mis poemas surgen
de largas estaciones de silencio.
Luego, una o dos
palabras se humedecen
y caen
sobre extensos campos de girasoles.

A veces, desde la ciudad
llega una música seductora.
Las jóvenes se acercan
con sus vestidos floreados
y amontonan sobre los canastos
los frutos hasta el anochecer.
Entonces, mi cuerpo vuelve a descansar.

***

Otra noche, bajo la luz de una vela
dijo:
Después de un largo viaje
entre nubes
y aves acariciando la cima de los cerros
descubrí detrás del pecho
detrás de los huesos del pecho
detrás de un latir acelerado y explosivo
a un niño
repitiendo una otra y otra vez
las mismas palabras.

***

Recostado en el centro del campo
no quiso hablar. El sol lo cubría. Pero
al anochecer, misteriosamente su boca
volvió a transformarse en un volcán.
Como de una galera
cientos de pájaros volaron
hacia el cielo nocturno.

***


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3/Una novela de mil páginas, capítulo 23  
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Página 290

De entre las patas sacaron algo. Podemos verlo, desde nuestra posición, a treinta metros de distancia. No dejan acercarse más. No permiten cámaras. Igual, desde aquí vemos. Sí, sacan algo. Ahí está, lo vemos. Lo sacaron de entre las patas.


Página 291

Cómo quién soy, qué es esa pregunta. Cómo. No sabías acaso que desde hace diez años, o más, estoy, casi exactamente, en el mismo lugar. Qué. Para Barnes eso es nada. Para mí, Barnes, él tampoco. Pero cómo me preguntás eso. Para qué me llamaste.


Página 292

Se le abalanzaron más de tres, desde atrás, a dos metros de la panadería "La florida", "no soy yo", suplicaba, pero a ellos no les interesaba quién era, no estaba en sus planes; tampoco sabían qué hacer con él.


Página 293

Llegaron a una zona alta, de vegetación rala, que contrastaba con lo que habían dejado atrás, a un par de minutos de caminata. Al frente suyo se erigía una pared, larga, sostenida por milagro, estable porque ya no había con qué confrontar.


Página 294

En medio del patio, al lado de la pelota en reposo, el plato del perro, vacío, todavía.


Página 295

En la página 46, línea 24. Ahí no dice "crearán los días sus espejos", sino "crearán días sin espejos". Tellerman: son dos cosas distintas. Para mí, ninguna tiene interés; podría haber escrito "creará Dios su espejo", pero ya está escrito.


Página 296

¿Cómo puede el agobio, un tipo específico de agobio, convertirse en la fuerza que da vida a experimentos como René? El lecho del río, mientras tanto, provee de arcilla, o un barro arcilloso, que sólo aquí saben trabajar. Pensar que Carmela Samodio comía tierra, ¿qué dirían, ahora?


Página 297

La misión de Bruno -¿la misión de Bruno?- consiste en adelantarse al expreso -¿adelantarse al expreso?- y tratar de frenarlo -¿tratar de frenarlo? de alguna forma -¡de "alguna" forma! ¿Te das cuenta?


Página 298

Barnes esta vez asiste al concierto de la banda "Arquitectos del viento", un ensamble de bronces y artilugios electrónicos. Le dan ganas de silbar y lo hace. Apenas se oye a sí mismo, el sonido es muy fuerte, y la concentración es tan grande, que todos, músicos y público, han conseguido una abstracción de tal grado que es inútil