|
|
C o r r e O
E x t r e m a f i c c i o N
mensual de ficciones/aparece el
día 10 de cada mes,
aproximadamente
Beer-Sheva/Israel/Tomo VI/Número
6, 5 de setiembre de 2005 
|
|
............................................................................
1/M. R. (Montague
Rhodes) James (*):
Una historia de desaparición
y aparición ( traducción al
castellano de David Wapner y
Ana Camusso) (Santiago Llach
ha contribuido con el
descubrimiento de la estola)
______________________________________
TEstas cartas que ahora
publico me fueron enviadas
recientemente por una
persona que conoce mi
interés en los cuentos de
fantasmas. No hay duda
alguna sobre su
autenticidad. El papel en
donde fueron escritas, la
tinta y el aspecto exterior
del conjunto ponen su
datación más allá de toda
duda. El único punto que no
se deduce de ellas es la
identidad su autor. Este
firma sólo con iniciales, y
como no se ha preservado
ninguno de los sobres, el
nombre de pila de su
corresponsal -evidentemente
un hermano casado- es tan
obscuro como el suyo propio.
Creo que no hace falta
ahondar en explicaciones
previas. Por fortuna, la
primera carta nos
proporciona todo lo que
podríamos necesitar.
Carta I
Great Chrishall, dic. .22,
1937
Mi querido Robert,
Con gran pesar por todo el
disfrute que habré de
perderme, y debido a una
razón que tú deplorarás
tanto como yo, es que ahora
te escribo para informarte
que no podré sumarme a tu
círculo en estas navidades,
pero acordarás conmigo con
respecto a tal imposibilidad
cuando te diga que en estas
últimas horas he recibido
una carta de la Señora Hunt
desde B., por la cual me
comunica que nuestro tío
Henry ha desaparecido en
forma misteriosa y
repentina, y me suplica vaya
allí de inmediato para tomar
parte en la búsqueda que ha
sido organizada. Aún
pensando en que he tratado
al tío tan poco como tú, de
todos modos considero que no
es ésta una solicitud para
tratar a la ligera, y en
consecuencia, me propongo
viajar a B. en el correo de
la tarde, para llegar allí
por la noche tarde. No me
alojaré en la rectoría sino
en el King's Head, allí
deberás dirigirme las
cartas. Te adjunto un
pequeño cheque para que lo
uses en provecho de los
pequeños. Te escribiré
diariamente (en el supuesto
de que me demore aquí por
más de un día) sobre todo lo
que ocurra, y puedes estar
seguro de que si todo este
lío termina a tiempo, estaré
allí, en vuestra casa. Tengo
unos pocos minutos a mi
disposición. Cordiales
saludos para todos ustedes,
y todas mis disculpas,
créeme, con afecto, tu
hermano, W.R.
Carta II
King's Head, Dic, 23, '37
Mi querido Robert,
En primer lugar, aún no hay
noticia alguna acerca de Tío
H., pienso que deberías
descartar en forma
definitiva cualquier
conjetura -por no decir
esperanza- de que a pesar de
todo pueda aparecerme para
Navidad. De todos modos mis
pensamientos estarán
contigo, y recibe mis
mejores deseos de un día
festivo de veras. Procura
que ninguno de mis sobrinos
o sobrinas gasten siquiera
una fracción de sus guineas
en regalos para mí.
Desde que llegué aquí me he
estado reprochando a mi
mismo el haber tomado este "affair"
de Tío H. con tanta
frivolidad. De acuerdo a lo
que cuentan los vecinos ,
deduzco que las esperanzas
de que pueda seguir aún con
vida son exiguas, aunque no
podría aventurar si estamos
hablando de un accidente o
de un hecho premeditado. He
aquí los hechos. El día
viernes 19, como era su
costumbre, salió algo antes
de las cinco en punto rumbo
a la iglesia para las
oraciones vespertinas;
cuando acabó, el secretario
le entregó un mensaje, en
respuesta al cual partió
hacia una casita de campo
alejada de allí un par de
millas para visitar a una
persona enferma. Cumplió con
la visita, y emprendió el
regreso a eso de las seis
menos cuarto. Esto es lo
último que se supo de él. La
gente aquí está muy apenada
por su desaparición; como tu
sabes, ha vivido en este
lugar por años y aunque,
como también lo sabes, no es
el más brillante de los
hombres, y a pesar de que no
hay en su composición más
que una pizca de martinet
(1), parece ser que
colaboraba en obras de bien
y no escatimaba meterse en
problemas. Pobre la señora
Hunt, quien ha sido su ama
de llaves desde que ella
dejó Woodley, está
completamente agobiada:
parece el fin del mundo para
esta mujer. Me siento feliz
de haber descartado la idea
de tomar un cuarto en la
rectoría, y haber declinado
varios generosos
ofrecimientos de
hospitalidad de gente del
lugar, prefiero preservar mi
independencia, me encuentro
muy confortable aquí.
Seguramente querrías saber
en qué andan las
averiguaciones y la
búsqueda. Primero, nada era
de esperar de la
investigación en la
rectoría, para hacerla
breve, no pasó nada. Al
igual que otros, pregunté a
la señora Hunt si percibió
algún síntoma desfavorable
en su patrón que pudiera
augurar una repentina
apoplejía, o el ataque de
alguna enfermedad, o si hubo
alguna vez tenido aquél
algún motivo para maliciar
alguna de estas dos cosas,
pero tanto ella como su
médico personal fueron
claros en que no era este el
caso, su salud se encontraba
dentro los parámetros
normales. En segundo lugar,
como es habitual, han sido
rastreados estanques y
arroyos, e investigados los
terrenos adyacentes al
último barrio que transitó,
sin resultado alguno. Yo
mismo he hablado con el
secretario párroco y, lo que
mas importante, he estado en
la casa que visitó por
última vez. No tendría que
haber aquí la mínima
sospecha sobre algún tipo de
juego sucio por parte de esa
gente. El único hombre de la
casa está en cama, enfermo y
muy débil: por supuesto, la
esposa y los niños no pueden
hacer nada por sí mismos, no
existe aquí siquiera una
sombra de probabilidad de
que ellos pudieran haber
acordado tenderle al tío H.
un señuelo de modo que, una
vez afuera, durante su
camino de regreso, pudiera
ser atacado. Dijeron lo que
sabían a varios otros
investigadores, pero la
mujer me lo repitió a mí. El
rector se veía como siempre:
no estuvo mucho tiempo con
el hombre enfermo, "no era
como otros -me dijo- , un
dotado para el rezo, pero si
todos fuésemos así, ¿de qué
vivirían los de la capilla?"
Cuando se iba les dejó un
dinero, y uno de los chicos
lo vio atravesar el montante
que comunica con el campo de
al lado. Estaba vestido como
de costumbre, llevaba puesta
su estola, supongo que debe
ser casi el último hombre en
este distrito que insiste en
usarlas a toda costa. Ya
ves, voy apuntando todo. El
hecho es que no habiendo
traído conmigo papeles de
negocios no tengo nada más
que hacer; más que nada,
esto sirve para aclarar mi
propia mente, y sugerir
cuestiones que he pasado por
alto. Por lo tanto,
continuaré escribiendo todo
lo que acontezca, aún las
conversaciones si fueran
necesario... puedes leerlas
o no, como te plazca, pero
te pido que guardes estas
cartas. Tengo además otra
razón para escribirte en
forma tan detallada, aunque
es algo poco tangible. Tu
preguntarás si yo mismo he
indagado en los terrenos
aledaños a la casita de
campo. Tal como te dije, los
otros en buena medida han
hecho algo, pero en lo que a
mí respecta espero revisar
el área mañana. Bow Street
(2) ya ha sido noticiado y
vendrán en el coche de la
noche, pero no pienso que
ellos podrán hacer algo. No
hay nieve, que nos hubiera
ayudado. El campo es puro
pasto. Por supuesto ante
cualquier indicio, ya fuese
a la ida como a la vuelta.
yo tenía un qui vive a
punto, pero a mi regreso se
instaló una densa neblina, y
no me sentía en buena forma
para indagar en pasturas
desconocidas, especialmente
en una tarde en que
matorrales con formas
humanas, más el mugido de
una vaca distante se me
aparecían como cartas de
triunfo. Te aseguro que si
tío Henry hubiera emergido
de entre los árboles del
bosquecillo que bordea uno
de los flancos de la ruta, y
portando bajo un brazo su
propia cabeza, mi
desesperación no hubiese
sido mayor de la que ya me
apresaba. Para decirte la
verdad, yo estaba esperando
algo así. Pero ahora debo
dejar mi pluma a un lado: me
anuncian al señor Lucas, el
coadjutor. Mas tarde. Se
marchó el señor Lucas, quien
ha estado aquí; no hubo sino
las condolencias de rigor
dable de esperar de su
parte. Noté que rechaza
cualquier alusión a que el
rector pueda seguir con
vida, y en tanto esto sea
así, él lo siente de veras.
También pude percibir que
aún en personas más emotivas
como el señor Lucas, tío
Henry no inspira demasiado
afecto. Además del señor
Lucas, he recibido otra
visita en la persona de
Boniface, mi anfitrión en el
King's Head, quien vino para
comprobar que no me falte
nada, y al cual para hacerle
justicia se requiere en
verdad la pluma de un Boz
(3) . Al comienzo se mostró
grave y solemne. "Bien,
señor -dijo- supongo que
debiéramos ladear la cabeza
para esquivar el golpe, como
solía decir mi pobre mujer.
Hasta donde puedo deducir,
entiendo que aún no ha
salido a la luz ni siquiera
un cabello embozado del
respetado difunto que nos
incumbe, capaz de alentar
alguna pista; no quiero
decir que su tío haya sido
lo que las Escrituras, en
forma figurada, señalan como
hombre peludo". "Supongo que
no", dije como pude, y no
puedo obviar el señalar que
había oído decir que el
trato con este era a veces
algo engorroso. Por un
instante el señor Bowman me
clavó una mirada mordaz,
para pasar como un rayo de
una condolida gravedad a una
declamación desapasionada.
"Cuando pienso", dijo, "en
el lenguaje con el cual ese
hombre se dirigió a mí,
aquí, en este mismo salón,
por nada más que un tonel de
cerveza... como le dije a
él, cosas así suceden todos
los días a hombres de
familia, aunque, como
después se confirmó, el
estaba que estaba equivocado
por completo era él, lo supe
en el momento, pero me sentí
tan impactado al oírlo que
no mi lengua no pudo
articular la expresión
correcta". Se detuvo
abruptamente y me miró un
tanto turbado. Sólo dije,
"querido, siento que usted
haya mantenido pequeñas
diferencias con mi tío:
supongo en la parroquia su
ausencia será muy sentida,
¿no es cierto? "Ah, claro!",
dijo; "¡su tío! Sabrá
comprender si le digo que
por un momento se me pasó la
noción de que era su
pariente; y, debo decirle,
es natural, en cuanto a
usted, que en cierto sentido
se le parece... que la mera
mención de este tipo de
cosas le resulte por
completo ridícula. De todos
modos, yo mismo me he
hartado de pensar en esto,
usted debe ser el primero en
sentir, estoy seguro, que
debí callarme la boca o,
mejor, no debí haberme
callado, pero sin formular
tales reflexiones" Le
aseguré que lo entendía, y
que quería hacerle a alguna
que otra pregunta, pero lo
llamaron por otro asunto. A
propósito, no te metas en la
cabeza que este señor pueda
tener motivos para temer una
indagatoria sobre la
desaparición del pobre tío
Henry, aunque, sin dudas, en
sus vigilias nocturnas debe
pensar que pienso que sí, y
que mañana estaré a la
espera de explicaciones.
Termino: esta carta debiera
viajar en el último coche.
Carta 3
Mi querido Robert,
Por estar escrita en el día
de Navidad, esta carta es
extraña, aunque al fin y al
cabo no contenga nada
especial. Al menos, nada
decisivo, No se, eso lo dejo
a tu criterio. Los hombres
de Bow Street dicen que
prácticamente no tienen
pistas. El paso del tiempo y
las condiciones climáticas
han difuminado las huellas
hasta el punto de ser
inservibles: no se ha sido
rescatada ninguna
pertenencia del muerto -me
temo que ninguna otra
expresión pueda ya tener
cabida. Tal como me lo
imaginaba, esta mañana el
señor Bowman se mostró
intranquilo; bastante
temprano le escuché hablar
largo y tendido y a viva voz
-pienso que a propósito-,
con los oficiales de Bow
Street en la barra, tanto
sobre el dolor que
significaba para el pueblo
la pérdida de su rector,
como que no había que dejar
piedra sin remover
(grandioso en esta
frase) para poder llegar a
la verdad. Sospecho que en
las tertulias debe ser un
orador de fama. En el
desayuno se acercó a
atenderme; mientras yo me
servía un muffin, aprovechó
la oportunidad y me dijo por
lo bajo, "espero, señor, que
de crédito a que en mis
sentimientos hacia su
pariente no hay mácula de lo
que usted podría llamar
malicia -puedes retirarte,
Elisa, yo me encargo del
caballero con mis propias
manos, y de todo lo que
necesite- ; le pido perdón,
señor, pero usted debiera
saber que no siempre un
hombre es dueño de sí mismo:
y cuando aquel hombre ha
sido mentalmente herido por
la aplicación de expresiones
que en mi opinión son
indebidas (iba alzando la
voz al tiempo que su
enrojecía más y más); no,
señor; y si me lo permite,
me gustaría aquí explicarle
en pocas palabras cuál fue
exactamente la manzana de la
discordia. Aquel barril -más
bien debería llamarlo Firkin
(4)- de cerveza".
Sentí que había llegado el
momento de interrumpirlo, y
le dije que yo no le veía
sentido a internarse en los
detalles de ese asunto.
Concedió el señor Bowman, y
reanudó más calmado su
discurso: "Muy bien, señor,
me pongo a su servicio, y
como usted dice, aquí o
allá, esto no contribuye en
nada al problema actual.
Todo lo que deseo es que se
de cuemta de que yo estoy
tan preparado como usted
para facilitar todo lo que
esté a nuestro alcance en
pos la empresa que tenemos
por delante, y -como también
tuve oportunidad de decirle
a los agentes hace no más de
tres cuartos de hora- no
dejar piedra sin remover,
que pueda al menos de echar
una chispa de luz sobre este
asunto tan doloroso". De
hecho, el señor Bowman nos
acompañó en la exploración,
pero aunque no dudo de su
genuino deseo de sernos
útil, temo que no haya
contribuido en lo que de
veras importaba.
Impresionaba como convencido
de que en cualquier momento
nos toparíamos con tío
Henry,o con la persona
responsable de su
desaparición, caminando a
campo traviesa, e hizo un
sinnúmero de "actos" como,
por ejemplo, otear con las
manos en visera y llamarnos
la atención con su bastón,
con el cual apuntaba, ya a
un ganado a la distancia, ya
a unos peones. Mantenía
largas conversaciones con
mujeres ancianas que íbamos
encontrando, y era muy
meticuloso y severo en sus
modales, pero siempre
regresaba al grupo diciendo,
"bueno, me parece que
aquella no tiene conexión
alguna con este triste
evento. Creo, señor, hágame
caso, hay poca o nada de luz
para buscar en este área (a
menos que se nos oculte algo
en forma intencional." Como
te conté al comienzo, no
obtuvimos resultados
apreciables; los hombres de
Bow Street han dejado el
pueblo, a Londres, o no se,
no estoy seguro. Esta tarde
tuve la compañía de un
viajante de negocios,
elegante el hombre. Estaba
al tanto de lo que estaba
sucediendo aquí pero, pero a
pesar de que anduvo por
estos caminos en estos días,
no tenía nada que referir
acerca de personajes
sospechosos - vagabundos,
marineros errantes o
gitanos. Se mostró pletórico
por una función con
mayúsculas de Punch y Judy
que este mismo día ha
presenciado en W., me
preguntó si yo ya había
estado allí, y me aconsejó
que de ninguna forma podía
perdérmela si se llegasen a
venir. El mejor Punch y el
mejor perro Toby (5) con que
alguna vez se haya
encontrado, me dijo. Los
perros Toby, para que sepas,
son la última novedad en
estos espectáculos. Sólo vi
uno hasta ahora, pero no
faltará mucho para que todo
el mundo los haya visto.
Querrías saber por qué me
complico a mi mismo al
escribirte esto: estoy
obligado a hacerlo, porque
tiene que ver con una
nimiedad absurda (como sin
duda la llamarías tú) que en
mi presente estado de
fantasía y turbación -ojalá
que nada más- debo apuntar.
Caballero, se trata de un
sueño, el cual me dispongo a
transcribir, y debo decir
que es el más extraño sueño
que nunca he tenido. ¿Hay
acaso en él una insinuación,
más allá de lo que la charla
con el viajante y la
desaparición de tío Henry
pudieran haberme sugerido?
Repito, eres tú quien deberá
juzgarlo: no me encuentro lo
suficientemente sereno y
juicioso como para encarar
semejante tarea.
Comienza con lo que podría
describir como un descorrer
de telón: me encuentro a mí
mismo sentado en un sitio,
no sé si adentro o afuera.
Hay gente -poca- a mis ambos
lados, pero no la reconozco,
o más bien no les presto
demasiada atención. No
hablan nunca, pero, por lo
que recuerdo, todos son
rostros son pálidos y
graves, la mirada clavada
hacia delante. Frente a mí,
el retablo de Punch y Judy,
quizás algo más grande que
lo habitual, con figuras
negras pintadas sobre fondo
amarillo rojizo. Por detrás,
y a cada flanco, está
oscuro, pero en el frente
hay luz suficiente. Estoy
tenso, con un alto nivel de
expectativa, y espero que de
un momento a otro se hagan
oír la flauta de pan y el
ru-tu-tuí (6) . En lugar de
eso, de súbito, desde algún
lugar allí atrás, no se cuán
distante, suena un único y -no
me sale otra palabra- enorme
tañido de campana. El
pequeño telón brinca, el
drama da comienzo. Me parece
que alguien alguna vez trató
de reescribir Punch como
tragedia; pero quien quiera
que haya sido, esta
actuación le habría venido
al pelo. Hay algo satánico
en el héroe. Varía sus
métodos de ataque: para
algunas de sus víctimas se
mantiene agazapado; ver su
cara horrible -de un color
blanco amarillento, valga el
comentario- y observar con
detenimiento sus alas me
hace pensar en el vampiro
del dibujo de Fuseli (7) .
Con otros es amable y
carnavalesco... en
particular con el
desafortunado extranjero el
cuál sólo sabe decir
shallabalah (8) - aunque no
puedo pescar qué es lo que
Punch dice. Pero, no importa
por cuál de estos métodos se
decida, aguardo con pavura
el instante de la muerte. El
golpe de garrote sobre sus
cráneos, que en
circunstancias normales me
deleita, produce ahora un
sonido crujiente como de
huesos quebrados, y las
víctimas estremecidas yacen
en el suelo y reciben
puntapiés. El bebé -a medida
que avanzo me parece más
absurdo-, el bebé, estoy
seguro, estaba vivo. Punch
le retuerce el pescuezo, y
si el crujido que produce el
estrangulamiento no es real,
no conozco nada de la
realidad. A medida que se
van consumando los crímenes,
el escenario se vuelve
perceptiblemente más oscuro,
y hacia el final se perpetra
uno en la casi oscuridad, lo
que me impide ver a la
víctima. Toma algún tiempo
en llevarse a cabo,
acompañado por jadeos,
sonidos sordos, espantosos.
Tras esto, Punch se vuelve,
se sienta sobre el tablado.
se abanica, se mira los pies
empapados en sangre, y
reclina su cabeza, esbozando
una risa tan terrible que
puedo ver cómo algunos de
los que están detrás mío se
cubren la cara, y yo con
todo gusto haría lo mismo.
Pero al mismo tiempo, detrás
de Punch la escena se
despeja para revelar, no la
usual fachada de una casa,
sino algo más ambicioso: una
arboleda y una colina de
suave cuesta, sobre la cual
refleja un muy natural -de
hecho, debería decir real-
claro de luna. Desde la
colina, un objeto asciende
lentamente, en el cual
percibo una figura humana
con algo peculiar sobre su
cabeza que al principio no
soy capaz de distinguir. No
se para sobre sus pies,
repta o se arrastra hasta
quedar a mitad de camino de
Punch, quien está sentado a
sus espaldas, y, debo
remarcar (no se me había
ocurrido hasta ahora)
desvanecida su impostura, su
ficción de actuar una
función de títeres. Punch
sigue siendo Punch, es
verdad, pero, al igual que
los otros, es en algún
sentido una criatura viva, y
se mueve por su propia
voluntad. Cuando vuelvo a
fijarme en él lo encuentro
sentado, en postura de
meditar una idea malvada;
pero de pronto algo parece
atraerle su atención.
Primero, se incorpora de
repente y gira, sin dudas ha
entrevisto a la persona la
cual se aproxima a él y que
de hecho se encuentra ya muy
cerca. Luego, en efecto, da
inequívocas señales de
terror, ase su garrote y
echa a correr en dirección
al bosque, alcanzando apenas
a esquivar el brazo de su
perseguidor, quien de
improviso se abalanza a fin
de interceptarlo. Es en este
momento que, con repugnancia
indecible, puedo ver, más o
menos nítido, el aspecto del
perseguidor. Robusta figura
vestida de negro y, tal como
imaginaba, usa estola: su
cabeza está cubierta por una
bolsa blanquecina. La caza,
que de un momento a otro
llegará a su fin, aunque no
se sabe cuándo, se prolonga,
ora entre los árboles, ora
sobre la pendiente, a veces
ambas figuras desaparecen
por pocos segundos, y sólo
sonidos inciertos son
indicio de que aún prosiguen
la acción. Por fin aparece
Punch y, exhausto, se
tambalea hacia la izquierda
y se desploma entre los
árboles. Su perseguidor, que
no está lejos, mira con
incertidumbre a un lado y a
otro. Luego, cuando descubre
la silueta tendida sobre el
suelo, también él se
desploma, dando su espalda a
la audiencia, y con delicado
movimiento se quita aquello
que cubre su cabeza, y
acomoda su cara frente a la
de Punch. Aquí, todo se
oscurece. Tras un fuerte,
estremecedor, interminable
grito, despierto y... ¿a que
no sabes qué cosa de entre
todas las posibilidades del
universo, es lo que mis ojos
ven al abrirse? Apostado en
el vano de la ventana que da
justo al pie de mi cama, la
cara de un gran búho,
elevando sus alas que
parecen envolver manos.
Reconozco en sus ojos
amarillos la mirada de la
fiera; entonces, desaparece.
Vuelvo a oír la enorme
campanada, muy parecida al
reloj de la iglesia,
pensarás: yo no. Me
despierto del todo. Debo
decir que todo esto sucedió
en la última media hora. Me
fue imposible volver a
dormirme, así que me
levanté, me vestí lo
suficiente para no
destemplarme, y te estoy
escribiendo sobre este
problema en las primeras
horas del día de Navidad.
¿Pasé algo por alto? Sí, no
apareció el perro Toby, y
los nombres consignados
sobre la fachada del retablo
de Punch y Judy eran Kidman
y Gallop, que no eran por
cierto los que el viajante
me aconsejó. Siento que en
este momento me vuelven las
ganas de dormir, así que
ensobro esta carta para
enviárltela.
Carta IV
Mi querido Robert
Todo ha terminado. Hallaron
el cuerpo. No es que busque
excusas por no haberte
despachado las malas nuevas
en el último correo, pero es
que me sentía incapaz de
apoyar siquiera la pluma
sobre el papel. Los eventos
que acompañaron al
descubrimiento me
desconcertaron de tal modo
que necesité tomarme una
noche de descanso para poder
enfrentar la situación
presente. Ahora puedo
ofrecerte mi reporte de
aquel día, ciertamente la
más extraña Navidad que haya
vivido o que, más bien, sigo
viviendo. El primer
incidente no fue muy serio.
Parce que el señor Bowman
estuvo guardado en
Nochebuena, lo que me
despertó cierta suspicacia:
por lo menos, no se levantó
tan temprano, y a juzgar por
lo que pude oír, ni hombres
ni servidumbre pudieron
hacer nada para consolarlo.
Realmente reducido a
lágrimas, ni siquiera doy
por seguro que el señor
Bowman haya logrado
conservar una compostura
viril. Así las cosas, cuando
descendí a la planta baja,
fue con voz quebrada que me
deseó las felicitaciones de
ocasión, y algo más tarde,
cuando cumplió con su visita
ceremonial para el desayuno,
estuvo lejos de mostrar
entusiasmo: incluso byrónico
en su aspecto exterior, yo
diría. "Señor", me dijo, "no
se si usted acuerda conmigo
en que a cada nueva visita
de la Navidad, el mundo se
muestra más y más
quejumbroso. ¿Por qué? Tome
como ejemplo lo que ahora
sucede frente a mis ojos. He
aquí mi criada
Elisa: habiendo estado
alrededor de quince años a
mi servicio, pensé que podía
depositar mi confianza en
ella, sin embargo esta misma
mañana -mañana de Navidad,
la más sagrada de las
mañanas del año- con las
campanas tañendo y -y- todo
eso, decía, esta misma
mañana, si no hubiese sido
porque la Providencia nos
estaba observando a todos,
esta muchacha hubiese
servido... en realidad debo
ir más lejos: estaba cantado
que serviría queso en su
mesa de desayuno." Notó que
yo estaba a punto de hablar,
y agitó su mano. "Bueno
estaría que usted dijese,
'sí, señor Bowman, pero
usted se llevó el queso y lo
guardó bajo llave en la
despensa', lo cual en efecto
hice, y llevo la llave
conmigo, y si esta no es la
verdadera, es una del mismo
tamaño y muy parecida. Esto
es más que cierto, señor,
¿pero no piensa usted que
tal acto me pudo haber
afectado? Porque no exagero
al decir que algo está
pasando bajo mis pies. Y aún
más, cuando hago el reclamo
a Elisa, no de mala manera
pero sí con firmeza, ¿qué
recibo a cambio? "Ah,
bueno", exclama y dice, "al
menos nadie se quebró un
hueso." Bueno, señor, esto
me lastima, es todo lo que
puedo decir: es hiriente y
no volveré a pensar en ello
otra vez." Hubo una pausa
ominosa aquí, tras la cual
me atreví a decir algo del
tipo, "sí, muy molesto", y
luego pregunté a qué hora
sería el servicio en la
iglesia. "Once en punto,"
dijo el señor Bowman con
pesado suspiro. "Ah, no
espere del pobre señor Lucas
un gran discurso como lo
hubiera hecho en cambio
nuestro ultimo rector. Él y
yo pudimos haber tenido
nuestras pequeñas
diferencias, y las tuvimos,
pero la pena es más fuerte
que cualquier otra cosa".
Entreví necesario un
poderoso esfuerzo para
evitar tocara el enojoso
tema del barril de cerveza.
Sí lo hizo: "pero le diré lo
siguiente, que el mejor
ministro no siempre es aquel
que se siente más seguro
sobre sus derechos, o lo que
él considera que son sus
derechos... sin embargo,
este no es el problema
ahora. En lo que a mí
respecta, nunca subestimo.
Algunos podrían decir,
'bien, usted tiene mayor
autoridad que yo para hablar
de su propio tío'. Otros
podrían preguntar, '¿Influyó
él sobre su comunidad?' Y de
nuevo allí debería yo
responder: 'depende'. Pero
como le decía -si, muchacha
mía, ya voy, Elisa,- once en
punto, señor, y en la
iglesia pregunte usted por
el banco del King's Head.
Sospecho que Elisa debe
andar muy cerca de la
puerta, tendré en cuenta ese
dato. El siguiente episodio
sucedió en la iglesia: me
parece que al señor Lucas le
toca la difícil tarea de
compatibilizar el espíritu
navideño con el sentimiento
de desasosiego y
arrepentimiento, siendo este
último, cualquiera sea lo
que el señor Bowman haya
querido decir, lo que por
cierto prevaleció. No creo
que estuvo a la altura de
las circunstancias. Me
sentía incómodo. El órgano
boqueaba -sabes a lo qué me
refiero: dos veces le faltó
aire en el Himno de Navidad,
mientras que el tenor
bramaba, supongo que debido
a alguna negligencia de los
campaneros, que se empeñaron
en tañer las campanas a cada
minuto durante el sermón. El
clérigo envió a un hombre a
ver qué pasaba allá arriba,
pero no pudo hacer nada al
respecto. Me alegré cuando
acabó. Y antes del servicio
también hubo un suceso
extraño. Yo había llegado
más bien temprano, y
aparecieron dos hombres
transportando el catafalco
de la parroquia,
regresándolo a su sitio bajo
la torre. Por algo que
alcancé a oír, parece que
había sido retirado de allí
por error, por alguien que
en ese momento no estaba
allí. También pude ver al
clérigo ocupado en plegar un
raído sudario: de ningún
modo un espectáculo
navideño. Después de eso
tomé un rápido almuerzo y
luego, desalentado, arrimé
mi asiento a la estufa del
salón, con la última entrega
de Pickwick, que venía
guardando desde hacía unos
días. Pensé que así me
mantendría despierto, pero
resulté ser tan malo como
nuestro amigo Smith. Supongo
que serían las dos y media
cuando un penetrante
silbido, más voces que
parloteaban y reían allá
afuera en la plaza, me
hicieron poner de pie. Se
trataba de un show de Punch
y Judy -sin dudas aquel que
mi viajante de negocios
había visto en W. En parte
entusiasmado, en parte no -porque
mi lúgubre sueño se
encarnaba de forma tan
vívida- de todos modos
decidido por completo verlo,
envié a Elisa afuera con una
moneda para los actores y el
pedido de que la actuasen
frente a mi ventana si eso
fuese posible. Se trataba de
un nuevo y muy inteligente
acto; los nombres de los
propietarios, tengo que
decírtelo crudamente, eran
italianos, Foresta y Calpigi.
Estaba allí, tal como
esperaba, el perro Toby.
| | | |