paginadigital logo

Beer-Sheva/Israel/Tomo VI/Número 5, 05 de agosto de 2005
 

 | LITERATURA | CONFERENCIAS |  EXPOSICIONES | 

 
 
   

Home

Colegios

Universidades

Guía Comercio

Industria

Clases

Cursos

Seminarios

Eventos

Arte

Exposiciones

Galería de Arte

Literatura

Textos

Cine

Teatro

Música

Música Clásica

Teatro

Cine, TV, Video

Noticias

Artículos

Museos

C. Culturales

Concursos

Carreras

Becas

Posgrados

Taller literario

Servicios de Internet

Solidaria

Profesionales

Librería

Lectura - Textos

Foro de discusión

Links

Mapa del sitio

C o r r e O
E x t r e m a f i c c i o N

mensual de ficciones/aparece el día 10 de cada mes, aproximadamente

Beer-Sheva/Israel/Tomo VI/Número 6, 5 de setiembre de 2005


 


 
Sumario

1/M. R. (Montague Rhodes) James: Una historia de desaparición y aparición (traducción al castellano de David Wapner y Ana Camusso)

2/M. R. (Montague Rhodes) James: Una historia de desaparición y aparición, notas al pie

3/Martín Locarnini: Septiembre

4/Lucio Griffoi: Milonga de amarras


5/Diana Cegelnicki: Las tierras aras

6/Una novela de mil páginas

7/Trigésima Audición Mardafones: Mariarda


8/Little Mondo: Alefbetún

 
............................................................................

1/M. R. (Montague Rhodes) James (*):
Una historia de desaparición y aparición ( traducción al castellano de David Wapner y Ana Camusso) (Santiago Llach ha contribuido con el descubrimiento de la estola)
  
 ______________________________________

TEstas cartas que ahora publico me fueron enviadas recientemente por una persona que conoce mi interés en los cuentos de fantasmas. No hay duda alguna sobre su autenticidad. El papel en donde fueron escritas, la tinta y el aspecto exterior del conjunto ponen su datación más allá de toda duda. El único punto que no se deduce de ellas es la identidad su autor. Este firma sólo con iniciales, y como no se ha preservado ninguno de los sobres, el nombre de pila de su corresponsal -evidentemente un hermano casado- es tan obscuro como el suyo propio. Creo que no hace falta ahondar en explicaciones previas. Por fortuna, la primera carta nos proporciona todo lo que podríamos necesitar.


Carta I
Great Chrishall, dic. .22, 1937
Mi querido Robert,

Con gran pesar por todo el disfrute que habré de perderme, y debido a una razón que tú deplorarás tanto como yo, es que ahora te escribo para informarte que no podré sumarme a tu círculo en estas navidades, pero acordarás conmigo con respecto a tal imposibilidad cuando te diga que en estas últimas horas he recibido una carta de la Señora Hunt desde B., por la cual me comunica que nuestro tío Henry ha desaparecido en forma misteriosa y repentina, y me suplica vaya allí de inmediato para tomar parte en la búsqueda que ha sido organizada. Aún pensando en que he tratado al tío tan poco como tú, de todos modos considero que no es ésta una solicitud para tratar a la ligera, y en consecuencia, me propongo viajar a B. en el correo de la tarde, para llegar allí por la noche tarde. No me alojaré en la rectoría sino en el King's Head, allí deberás dirigirme las cartas. Te adjunto un pequeño cheque para que lo uses en provecho de los pequeños. Te escribiré diariamente (en el supuesto de que me demore aquí por más de un día) sobre todo lo que ocurra, y puedes estar seguro de que si todo este lío termina a tiempo, estaré allí, en vuestra casa. Tengo unos pocos minutos a mi disposición. Cordiales saludos para todos ustedes, y todas mis disculpas, créeme, con afecto, tu hermano, W.R.



Carta II


King's Head, Dic, 23, '37
Mi querido Robert,

En primer lugar, aún no hay noticia alguna acerca de Tío H., pienso que deberías descartar en forma definitiva cualquier conjetura -por no decir
esperanza- de que a pesar de todo pueda aparecerme para Navidad. De todos modos mis pensamientos estarán contigo, y recibe mis mejores deseos de un día festivo de veras. Procura que ninguno de mis sobrinos o sobrinas gasten siquiera una fracción de sus guineas en regalos para mí.

Desde que llegué aquí me he estado reprochando a mi mismo el haber tomado este "affair" de Tío H. con tanta frivolidad. De acuerdo a lo que cuentan los vecinos , deduzco que las esperanzas de que pueda seguir aún con vida son exiguas, aunque no podría aventurar si estamos hablando de un accidente o de un hecho premeditado. He aquí los hechos. El día viernes 19, como era su costumbre, salió algo antes de las cinco en punto rumbo a la iglesia para las oraciones vespertinas; cuando acabó, el secretario le entregó un mensaje, en respuesta al cual partió hacia una casita de campo alejada de allí un par de millas para visitar a una persona enferma. Cumplió con la visita, y emprendió el regreso a eso de las seis menos cuarto. Esto es lo último que se supo de él. La gente aquí está muy apenada por su desaparición; como tu sabes, ha vivido en este lugar por años y aunque, como también lo sabes, no es el más brillante de los hombres, y a pesar de que no hay en su composición más que una pizca de martinet (1), parece ser que colaboraba en obras de bien y no escatimaba meterse en problemas. Pobre la señora Hunt, quien ha sido su ama de llaves desde que ella dejó Woodley, está completamente agobiada: parece el fin del mundo para esta mujer. Me siento feliz de haber descartado la idea de tomar un cuarto en la rectoría, y haber declinado varios generosos ofrecimientos de hospitalidad de gente del lugar, prefiero preservar mi independencia, me encuentro muy confortable aquí. Seguramente querrías saber en qué andan las averiguaciones y la búsqueda. Primero, nada era de esperar de la investigación en la rectoría, para hacerla breve, no pasó nada. Al igual que otros, pregunté a la señora Hunt si percibió algún síntoma desfavorable en su patrón que pudiera augurar una repentina apoplejía, o el ataque de alguna enfermedad, o si hubo alguna vez tenido aquél algún motivo para maliciar alguna de estas dos cosas, pero tanto ella como su médico personal fueron claros en que no era este el caso, su salud se encontraba dentro los parámetros normales. En segundo lugar, como es habitual, han sido rastreados estanques y arroyos, e investigados los terrenos adyacentes al último barrio que transitó, sin resultado alguno. Yo mismo he hablado con el secretario párroco y, lo que mas importante, he estado en la casa que visitó por última vez. No tendría que haber aquí la mínima sospecha sobre algún tipo de juego sucio por parte de esa gente. El único hombre de la casa está en cama, enfermo y muy débil: por supuesto, la esposa y los niños no pueden hacer nada por sí mismos, no existe aquí siquiera una sombra de probabilidad de que ellos pudieran haber acordado tenderle al tío H. un señuelo de modo que, una vez afuera, durante su camino de regreso, pudiera ser atacado. Dijeron lo que sabían a varios otros investigadores, pero la mujer me lo repitió a mí. El rector se veía como siempre: no estuvo mucho tiempo con el hombre enfermo, "no era como otros -me dijo- , un dotado para el rezo, pero si todos fuésemos así, ¿de qué vivirían los de la capilla?" Cuando se iba les dejó un dinero, y uno de los chicos lo vio atravesar el montante que comunica con el campo de al lado. Estaba vestido como de costumbre, llevaba puesta su estola, supongo que debe ser casi el último hombre en este distrito que insiste en usarlas a toda costa. Ya ves, voy apuntando todo. El hecho es que no habiendo traído conmigo papeles de negocios no tengo nada más que hacer; más que nada, esto sirve para aclarar mi propia mente, y sugerir cuestiones que he pasado por alto. Por lo tanto, continuaré escribiendo todo lo que acontezca, aún las conversaciones si fueran necesario... puedes leerlas o no, como te plazca, pero te pido que guardes estas cartas. Tengo además otra razón para escribirte en forma tan detallada, aunque es algo poco tangible. Tu preguntarás si yo mismo he indagado en los terrenos aledaños a la casita de campo. Tal como te dije, los otros en buena medida han hecho algo, pero en lo que a mí respecta espero revisar el área mañana. Bow Street (2) ya ha sido noticiado y vendrán en el coche de la noche, pero no pienso que ellos podrán hacer algo. No hay nieve, que nos hubiera ayudado. El campo es puro pasto. Por supuesto ante cualquier indicio, ya fuese a la ida como a la vuelta. yo tenía un qui vive a punto, pero a mi regreso se instaló una densa neblina, y no me sentía en buena forma para indagar en pasturas desconocidas, especialmente en una tarde en que matorrales con formas humanas, más el mugido de una vaca distante se me aparecían como cartas de triunfo. Te aseguro que si tío Henry hubiera emergido de entre los árboles del bosquecillo que bordea uno de los flancos de la ruta, y portando bajo un brazo su propia cabeza, mi desesperación no hubiese sido mayor de la que ya me apresaba. Para decirte la verdad, yo estaba esperando algo así. Pero ahora debo dejar mi pluma a un lado: me anuncian al señor Lucas, el coadjutor. Mas tarde. Se marchó el señor Lucas, quien ha estado aquí; no hubo sino las condolencias de rigor dable de esperar de su parte. Noté que rechaza cualquier alusión a que el rector pueda seguir con vida, y en tanto esto sea así, él lo siente de veras. También pude percibir que aún en personas más emotivas como el señor Lucas, tío Henry no inspira demasiado afecto. Además del señor Lucas, he recibido otra visita en la persona de Boniface, mi anfitrión en el King's Head, quien vino para comprobar que no me falte nada, y al cual para hacerle justicia se requiere en verdad la pluma de un Boz (3) . Al comienzo se mostró grave y solemne. "Bien, señor -dijo- supongo que debiéramos ladear la cabeza para esquivar el golpe, como solía decir mi pobre mujer. Hasta donde puedo deducir, entiendo que aún no ha salido a la luz ni siquiera un cabello embozado del respetado difunto que nos incumbe, capaz de alentar alguna pista; no quiero decir que su tío haya sido lo que las Escrituras, en forma figurada, señalan como hombre peludo". "Supongo que no", dije como pude, y no puedo obviar el señalar que había oído decir que el trato con este era a veces algo engorroso. Por un instante el señor Bowman me clavó una mirada mordaz, para pasar como un rayo de una condolida gravedad a una declamación desapasionada. "Cuando pienso", dijo, "en el lenguaje con el cual ese hombre se dirigió a mí, aquí, en este mismo salón, por nada más que un tonel de cerveza... como le dije a él, cosas así suceden todos los días a hombres de familia, aunque, como después se confirmó, el estaba que estaba equivocado por completo era él, lo supe en el momento, pero me sentí tan impactado al oírlo que no mi lengua no pudo articular la expresión correcta". Se detuvo abruptamente y me miró un tanto turbado. Sólo dije, "querido, siento que usted haya mantenido pequeñas diferencias con mi tío: supongo en la parroquia su ausencia será muy sentida, ¿no es cierto? "Ah, claro!", dijo; "¡su tío! Sabrá comprender si le digo que por un momento se me pasó la noción de que era su pariente; y, debo decirle, es natural, en cuanto a usted, que en cierto sentido se le parece... que la mera mención de este tipo de cosas le resulte por completo ridícula. De todos modos, yo mismo me he hartado de pensar en esto, usted debe ser el primero en sentir, estoy seguro, que debí callarme la boca o, mejor, no debí haberme callado, pero sin formular tales reflexiones" Le aseguré que lo entendía, y que quería hacerle a alguna que otra pregunta, pero lo llamaron por otro asunto. A propósito, no te metas en la cabeza que este señor pueda tener motivos para temer una indagatoria sobre la desaparición del pobre tío Henry, aunque, sin dudas, en sus vigilias nocturnas debe pensar que pienso que sí, y que mañana estaré a la espera de explicaciones.
Termino: esta carta debiera viajar en el último coche.


Carta 3

Mi querido Robert,

Por estar escrita en el día de Navidad, esta carta es extraña, aunque al fin y al cabo no contenga nada especial. Al menos, nada decisivo, No se, eso lo dejo a tu criterio. Los hombres de Bow Street dicen que prácticamente no tienen pistas. El paso del tiempo y las condiciones climáticas han difuminado las huellas hasta el punto de ser inservibles: no se ha sido rescatada ninguna pertenencia del muerto -me temo que ninguna otra expresión pueda ya tener cabida. Tal como me lo imaginaba, esta mañana el señor Bowman se mostró intranquilo; bastante temprano le escuché hablar largo y tendido y a viva voz -pienso que a propósito-, con los oficiales de Bow Street en la barra, tanto sobre el dolor que significaba para el pueblo la pérdida de su rector, como que no había que dejar piedra sin remover (grandioso en esta
frase) para poder llegar a la verdad. Sospecho que en las tertulias debe ser un orador de fama. En el desayuno se acercó a atenderme; mientras yo me servía un muffin, aprovechó la oportunidad y me dijo por lo bajo, "espero, señor, que de crédito a que en mis sentimientos hacia su pariente no hay mácula de lo que usted podría llamar malicia -puedes retirarte, Elisa, yo me encargo del caballero con mis propias manos, y de todo lo que necesite- ; le pido perdón, señor, pero usted debiera saber que no siempre un hombre es dueño de sí mismo: y cuando aquel hombre ha sido mentalmente herido por la aplicación de expresiones que en mi opinión son indebidas (iba alzando la voz al tiempo que su enrojecía más y más); no, señor; y si me lo permite, me gustaría aquí explicarle en pocas palabras cuál fue exactamente la manzana de la discordia. Aquel barril -más bien debería llamarlo Firkin
(4)- de cerveza".
Sentí que había llegado el momento de interrumpirlo, y le dije que yo no le veía sentido a internarse en los detalles de ese asunto. Concedió el señor Bowman, y reanudó más calmado su discurso: "Muy bien, señor, me pongo a su servicio, y como usted dice, aquí o allá, esto no contribuye en nada al problema actual. Todo lo que deseo es que se de cuemta de que yo estoy tan preparado como usted para facilitar todo lo que esté a nuestro alcance en pos la empresa que tenemos por delante, y -como también tuve oportunidad de decirle a los agentes hace no más de tres cuartos de hora- no dejar piedra sin remover, que pueda al menos de echar una chispa de luz sobre este asunto tan doloroso". De hecho, el señor Bowman nos acompañó en la exploración, pero aunque no dudo de su genuino deseo de sernos útil, temo que no haya contribuido en lo que de veras importaba. Impresionaba como convencido de que en cualquier momento nos toparíamos con tío Henry,o con la persona responsable de su desaparición, caminando a campo traviesa, e hizo un sinnúmero de "actos" como, por ejemplo, otear con las manos en visera y llamarnos la atención con su bastón, con el cual apuntaba, ya a un ganado a la distancia, ya a unos peones. Mantenía largas conversaciones con mujeres ancianas que íbamos encontrando, y era muy meticuloso y severo en sus modales, pero siempre regresaba al grupo diciendo, "bueno, me parece que aquella no tiene conexión alguna con este triste evento. Creo, señor, hágame caso, hay poca o nada de luz para buscar en este área (a menos que se nos oculte algo en forma intencional." Como te conté al comienzo, no obtuvimos resultados apreciables; los hombres de Bow Street han dejado el pueblo, a Londres, o no se, no estoy seguro. Esta tarde tuve la compañía de un viajante de negocios, elegante el hombre. Estaba al tanto de lo que estaba sucediendo aquí pero, pero a pesar de que anduvo por estos caminos en estos días, no tenía nada que referir acerca de personajes sospechosos - vagabundos, marineros errantes o gitanos. Se mostró pletórico por una función con mayúsculas de Punch y Judy que este mismo día ha presenciado en W., me preguntó si yo ya había estado allí, y me aconsejó que de ninguna forma podía perdérmela si se llegasen a venir. El mejor Punch y el mejor perro Toby (5) con que alguna vez se haya encontrado, me dijo. Los perros Toby, para que sepas, son la última novedad en estos espectáculos. Sólo vi uno hasta ahora, pero no faltará mucho para que todo el mundo los haya visto.

Querrías saber por qué me complico a mi mismo al escribirte esto: estoy obligado a hacerlo, porque tiene que ver con una nimiedad absurda (como sin duda la llamarías tú) que en mi presente estado de fantasía y turbación -ojalá que nada más- debo apuntar. Caballero, se trata de un sueño, el cual me dispongo a transcribir, y debo decir que es el más extraño sueño que nunca he tenido. ¿Hay acaso en él una insinuación, más allá de lo que la charla con el viajante y la desaparición de tío Henry pudieran haberme sugerido? Repito, eres tú quien deberá juzgarlo: no me encuentro lo suficientemente sereno y juicioso como para encarar semejante tarea.

Comienza con lo que podría describir como un descorrer de telón: me encuentro a mí mismo sentado en un sitio, no sé si adentro o afuera. Hay gente -poca- a mis ambos lados, pero no la reconozco, o más bien no les presto demasiada atención. No hablan nunca, pero, por lo que recuerdo, todos son rostros son pálidos y graves, la mirada clavada hacia delante. Frente a mí, el retablo de Punch y Judy, quizás algo más grande que lo habitual, con figuras negras pintadas sobre fondo amarillo rojizo. Por detrás, y a cada flanco, está oscuro, pero en el frente hay luz suficiente. Estoy tenso, con un alto nivel de expectativa, y espero que de un momento a otro se hagan oír la flauta de pan y el ru-tu-tuí (6) . En lugar de eso, de súbito, desde algún lugar allí atrás, no se cuán distante, suena un único y -no me sale otra palabra- enorme tañido de campana. El pequeño telón brinca, el drama da comienzo. Me parece que alguien alguna vez trató de reescribir Punch como tragedia; pero quien quiera que haya sido, esta actuación le habría venido al pelo. Hay algo satánico en el héroe. Varía sus métodos de ataque: para algunas de sus víctimas se mantiene agazapado; ver su cara horrible -de un color blanco amarillento, valga el comentario- y observar con detenimiento sus alas me hace pensar en el vampiro del dibujo de Fuseli (7) . Con otros es amable y carnavalesco... en particular con el desafortunado extranjero el cuál sólo sabe decir shallabalah (8) - aunque no puedo pescar qué es lo que Punch dice. Pero, no importa por cuál de estos métodos se decida, aguardo con pavura el instante de la muerte. El golpe de garrote sobre sus cráneos, que en circunstancias normales me deleita, produce ahora un sonido crujiente como de huesos quebrados, y las víctimas estremecidas yacen en el suelo y reciben puntapiés. El bebé -a medida que avanzo me parece más absurdo-, el bebé, estoy seguro, estaba vivo. Punch le retuerce el pescuezo, y si el crujido que produce el estrangulamiento no es real, no conozco nada de la realidad. A medida que se van consumando los crímenes, el escenario se vuelve perceptiblemente más oscuro, y hacia el final se perpetra uno en la casi oscuridad, lo que me impide ver a la víctima. Toma algún tiempo en llevarse a cabo, acompañado por jadeos, sonidos sordos, espantosos. Tras esto, Punch se vuelve, se sienta sobre el tablado. se abanica, se mira los pies empapados en sangre, y reclina su cabeza, esbozando una risa tan terrible que puedo ver cómo algunos de los que están detrás mío se cubren la cara, y yo con todo gusto haría lo mismo. Pero al mismo tiempo, detrás de Punch la escena se despeja para revelar, no la usual fachada de una casa, sino algo más ambicioso: una arboleda y una colina de suave cuesta, sobre la cual refleja un muy natural -de hecho, debería decir real- claro de luna. Desde la colina, un objeto asciende lentamente, en el cual percibo una figura humana con algo peculiar sobre su cabeza que al principio no soy capaz de distinguir. No se para sobre sus pies, repta o se arrastra hasta quedar a mitad de camino de Punch, quien está sentado a sus espaldas, y, debo remarcar (no se me había ocurrido hasta ahora) desvanecida su impostura, su ficción de actuar una función de títeres. Punch sigue siendo Punch, es verdad, pero, al igual que los otros, es en algún sentido una criatura viva, y se mueve por su propia voluntad. Cuando vuelvo a fijarme en él lo encuentro sentado, en postura de meditar una idea malvada; pero de pronto algo parece atraerle su atención. Primero, se incorpora de repente y gira, sin dudas ha entrevisto a la persona la cual se aproxima a él y que de hecho se encuentra ya muy cerca. Luego, en efecto, da inequívocas señales de terror, ase su garrote y echa a correr en dirección al bosque, alcanzando apenas a esquivar el brazo de su perseguidor, quien de improviso se abalanza a fin de interceptarlo. Es en este momento que, con repugnancia indecible, puedo ver, más o menos nítido, el aspecto del perseguidor. Robusta figura vestida de negro y, tal como imaginaba, usa estola: su cabeza está cubierta por una bolsa blanquecina. La caza, que de un momento a otro llegará a su fin, aunque no se sabe cuándo, se prolonga, ora entre los árboles, ora sobre la pendiente, a veces ambas figuras desaparecen por pocos segundos, y sólo sonidos inciertos son indicio de que aún prosiguen la acción. Por fin aparece Punch y, exhausto, se tambalea hacia la izquierda y se desploma entre los árboles. Su perseguidor, que no está lejos, mira con incertidumbre a un lado y a otro. Luego, cuando descubre la silueta tendida sobre el suelo, también él se desploma, dando su espalda a la audiencia, y con delicado movimiento se quita aquello que cubre su cabeza, y acomoda su cara frente a la de Punch. Aquí, todo se oscurece. Tras un fuerte, estremecedor, interminable grito, despierto y... ¿a que no sabes qué cosa de entre todas las posibilidades del universo, es lo que mis ojos ven al abrirse? Apostado en el vano de la ventana que da justo al pie de mi cama, la cara de un gran búho, elevando sus alas que parecen envolver manos. Reconozco en sus ojos amarillos la mirada de la fiera; entonces, desaparece. Vuelvo a oír la enorme campanada, muy parecida al reloj de la iglesia, pensarás: yo no. Me despierto del todo. Debo decir que todo esto sucedió en la última media hora. Me fue imposible volver a dormirme, así que me levanté, me vestí lo suficiente para no destemplarme, y te estoy escribiendo sobre este problema en las primeras horas del día de Navidad. ¿Pasé algo por alto? Sí, no apareció el perro Toby, y los nombres consignados sobre la fachada del retablo de Punch y Judy eran Kidman y Gallop, que no eran por cierto los que el viajante me aconsejó. Siento que en este momento me vuelven las ganas de dormir, así que ensobro esta carta para enviárltela.



Carta IV

Mi querido Robert

Todo ha terminado. Hallaron el cuerpo. No es que busque excusas por no haberte despachado las malas nuevas en el último correo, pero es que me sentía incapaz de apoyar siquiera la pluma sobre el papel. Los eventos que acompañaron al descubrimiento me desconcertaron de tal modo que necesité tomarme una noche de descanso para poder enfrentar la situación presente. Ahora puedo ofrecerte mi reporte de aquel día, ciertamente la más extraña Navidad que haya vivido o que, más bien, sigo viviendo. El primer incidente no fue muy serio. Parce que el señor Bowman estuvo guardado en Nochebuena, lo que me despertó cierta suspicacia: por lo menos, no se levantó tan temprano, y a juzgar por lo que pude oír, ni hombres ni servidumbre pudieron hacer nada para consolarlo. Realmente reducido a lágrimas, ni siquiera doy por seguro que el señor Bowman haya logrado conservar una compostura viril. Así las cosas, cuando descendí a la planta baja, fue con voz quebrada que me deseó las felicitaciones de ocasión, y algo más tarde, cuando cumplió con su visita ceremonial para el desayuno, estuvo lejos de mostrar entusiasmo: incluso byrónico en su aspecto exterior, yo diría. "Señor", me dijo, "no se si usted acuerda conmigo en que a cada nueva visita de la Navidad, el mundo se muestra más y más quejumbroso. ¿Por qué? Tome como ejemplo lo que ahora sucede frente a mis ojos. He aquí mi criada
Elisa: habiendo estado alrededor de quince años a mi servicio, pensé que podía depositar mi confianza en ella, sin embargo esta misma mañana -mañana de Navidad, la más sagrada de las mañanas del año- con las campanas tañendo y -y- todo eso, decía, esta misma mañana, si no hubiese sido porque la Providencia nos estaba observando a todos, esta muchacha hubiese servido... en realidad debo ir más lejos: estaba cantado que serviría queso en su mesa de desayuno." Notó que yo estaba a punto de hablar, y agitó su mano. "Bueno estaría que usted dijese, 'sí, señor Bowman, pero usted se llevó el queso y lo guardó bajo llave en la despensa', lo cual en efecto hice, y llevo la llave conmigo, y si esta no es la verdadera, es una del mismo tamaño y muy parecida. Esto es más que cierto, señor, ¿pero no piensa usted que tal acto me pudo haber afectado? Porque no exagero al decir que algo está pasando bajo mis pies. Y aún más, cuando hago el reclamo a Elisa, no de mala manera pero sí con firmeza, ¿qué recibo a cambio? "Ah, bueno", exclama y dice, "al menos nadie se quebró un hueso." Bueno, señor, esto me lastima, es todo lo que puedo decir: es hiriente y no volveré a pensar en ello otra vez." Hubo una pausa ominosa aquí, tras la cual me atreví a decir algo del tipo, "sí, muy molesto", y luego pregunté a qué hora sería el servicio en la iglesia. "Once en punto," dijo el señor Bowman con pesado suspiro. "Ah, no espere del pobre señor Lucas un gran discurso como lo hubiera hecho en cambio nuestro ultimo rector. Él y yo pudimos haber tenido nuestras pequeñas diferencias, y las tuvimos, pero la pena es más fuerte que cualquier otra cosa". Entreví necesario un poderoso esfuerzo para evitar tocara el enojoso tema del barril de cerveza. Sí lo hizo: "pero le diré lo siguiente, que el mejor ministro no siempre es aquel que se siente más seguro sobre sus derechos, o lo que él considera que son sus derechos... sin embargo, este no es el problema ahora. En lo que a mí respecta, nunca subestimo. Algunos podrían decir, 'bien, usted tiene mayor autoridad que yo para hablar de su propio tío'. Otros podrían preguntar, '¿Influyó él sobre su comunidad?' Y de nuevo allí debería yo responder: 'depende'. Pero como le decía -si, muchacha mía, ya voy, Elisa,- once en punto, señor, y en la iglesia pregunte usted por el banco del King's Head. Sospecho que Elisa debe andar muy cerca de la puerta, tendré en cuenta ese dato. El siguiente episodio sucedió en la iglesia: me parece que al señor Lucas le toca la difícil tarea de compatibilizar el espíritu navideño con el sentimiento de desasosiego y arrepentimiento, siendo este último, cualquiera sea lo que el señor Bowman haya querido decir, lo que por cierto prevaleció. No creo que estuvo a la altura de las circunstancias. Me sentía incómodo. El órgano boqueaba -sabes a lo qué me refiero: dos veces le faltó aire en el Himno de Navidad, mientras que el tenor bramaba, supongo que debido a alguna negligencia de los campaneros, que se empeñaron en tañer las campanas a cada minuto durante el sermón. El clérigo envió a un hombre a ver qué pasaba allá arriba, pero no pudo hacer nada al respecto. Me alegré cuando acabó. Y antes del servicio también hubo un suceso extraño. Yo había llegado más bien temprano, y aparecieron dos hombres transportando el catafalco de la parroquia, regresándolo a su sitio bajo la torre. Por algo que alcancé a oír, parece que había sido retirado de allí por error, por alguien que en ese momento no estaba allí. También pude ver al clérigo ocupado en plegar un raído sudario: de ningún modo un espectáculo navideño. Después de eso tomé un rápido almuerzo y luego, desalentado, arrimé mi asiento a la estufa del salón, con la última entrega de Pickwick, que venía guardando desde hacía unos días. Pensé que así me mantendría despierto, pero resulté ser tan malo como nuestro amigo Smith. Supongo que serían las dos y media cuando un penetrante silbido, más voces que parloteaban y reían allá afuera en la plaza, me hicieron poner de pie. Se trataba de un show de Punch y Judy -sin dudas aquel que mi viajante de negocios había visto en W. En parte entusiasmado, en parte no -porque mi lúgubre sueño se encarnaba de forma tan vívida- de todos modos decidido por completo verlo, envié a Elisa afuera con una moneda para los actores y el pedido de que la actuasen frente a mi ventana si eso fuese posible. Se trataba de un nuevo y muy inteligente acto; los nombres de los propietarios, tengo que decírtelo crudamente, eran italianos, Foresta y Calpigi. Estaba allí, tal como esperaba, el perro Toby.