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Mi saludo a los trabajadores
del neumático
Jimena Gale
(Argentina).- La
palabra “neumático” (viene del
griego, relativo al pulmón por
el aire que lleva adentro)
adquiere un nuevo significado en
estos días. Hasta ahora, el aire
que lo llenaba, daba forma, daba
vida… era el de los propios
trabajadores, que dejan su
propio aire, su salud y su vida,
en sus puestos de producción.
Pero estos días son distintos.
La rueda de la explotación se
pincha. Algunos lo saben, otros
comienzan a darse cuenta. La
agitación se extiende. Hay
nuevos aires. Comienza a girar
otra rueda, la rueda de la
historia.
Algunos millones salen todos los
días de sus casas para ingresar
en las fauces del monstruo que
los oprime durante doce horas.
Otros cientos corren mejor
suerte y lo hacen por un par de
horas menos. Dejan tras de sí su
hogar con su cama llena de
sueños incumplidos. Llevan
consigo el recuerdo de la cara
de sus hijos que solo pueden ver
un ratito por día, o el de sus
esposos o esposas a los cuales,
saben, les deben varios Te
Quiero por falta de tiempo y
desgano. Luego de años han
guardado en un rincón, muy
dentro suyo, viejos anhelos y
esperanzas, ilusiones,
proyectos, ganas… Algunos miles
trabajan con el caucho, goma
negra y espesa que les recuerda
a sus frustraciones. Algunos
miles más, ya ni las recuerdan.
Como sea, el monstruo que exhala
humo negro de caucho es
insaciable. La fábrica de
neumáticos no para y sigue con
ritmo febril engullendo a sus
trabajadores. Sus vidas van
adquiriendo el color oscuro de
las cubiertas, una senda gris
que se transforma en alienante
rutina marca sus pasos día tras
día. A veces resulta difícil ver
donde empieza y donde termina
esta monotonía. Pero hay veces
que, como a tantos otros les ha
pasado, algo la interrumpe
violentamente y un aire nuevo se
respira entre las máquinas. De
golpe, de a uno levantan la
vista y se encuentran en los
otros. Pueden distinguir en los
ojos que los rodean un atisbo de
profundo odio en lucha con la
resignación. Alguna que otra
mueca de hartazgo. Un puñetazo
en una máquina. Sospechan que
sus propios ojos han de verse
igual. Sienten que la impotencia
se vuelve impotente ante la
bronca que crece. Uno se levanta
de su puesto. Se mueve. Otro lo
sigue. Hablan. Cada vez más
alto. Agitan sus manos y sus
palabras. Lo que dicen llega a
sus oídos pero golpea directo en
el estomago. Un calambre de ira
se extiende y se conecta con los
otros. Las voces se multiplican.
Alguien toma la palabra y dice:
-¡Compañeros!... Todo estalla.
Los años de opresión se
transforman en ansias de cambio.
Se multiplica. Se expresa en las
banderas: Pirelli explotador.
Van por sus verdugos. Los dueños
de Pirelli, Firestone y Fate se
han embriago con la sangre y el
sudor de sus trabajadores
durante años… su sed de
ganancias es infinita y no hay
razones valederas para apelar a
su comprensión, las únicas
razones que entienden son las de
su capital. Estos capitalistas
que resultan ante los ojos de la
gente como grandes rivales de
competencia, no dudan en unirse
y acordar para avanzar aun más
sobre sus trabajadores. No darán
espacio a la rebelión. Porque no
basta con salarios miserables.
No basta con extensísimas
jornadas de trabajo. No basta
con robarles vida en cada línea
de producción, no basta con
agotar sus fuerzas vitales… no
pararan hasta doblarles las
rodillas y hacerles pagar el
precio de su irreverente
ocurrencia… Piensan,
apoltronados en sus sillones…
-¡Un aumento de salario! ¿Cómo
se les puede ocurrir semejante
sacrilegio? (Y llaman al
ministerio para quejarse)
¿Delegados que no se venden y
hablan de derechos? ¡Esto ya es
demasiado! (Y llaman a sus
matones para amedrentarlos,
robarles, atacarlos,
perseguirlos) Tal vez no hemos
ajustado suficientemente los
ritmos de producción… tal vez
algo en el plan de alineación ha
fallado. ¿Convenio? ¿¡Pero es
que están locos!? (Y llaman al
sindicato para exigirles que no
se pasen de la raya) Todo se ha
puesto del revés… paro…
asambleas… (Y llaman a su
cohorte de abogados y llegan los
despidos). Se unen y atacan,
como jauría de perros rabiosos…
10, 20, 50, 100, 150… familias
en la calle. Nada los conmueve.
Solo la idea de redoblar las
cadenas de sus ejercito de
esclavos que se rebelan. Lo que
sea necesario para
aleccionarlos. Causas
judiciales. Apretadas.
Chantajes. La suerte de cientos
de familias que quedan en la
calle no vale nada para ellos.
Los trabajadores reaccionan y
paran. Para los trabajadores,
parar, es una de las formas mas
efectivas de moverse. Cuando
paran, paralizan el monstruo que
los consume y lo dominan. Le
enseñan que ellos deciden sobre
sus impulsos vitales. Paran la
sangría que los patrones se
llevan en ganancia. Paran la
despótica explotación. Paran y
piensan, debaten, se organizan.
Los dividen. Marchan… suben a
los micros que ruedan sobre las
ruedas que ellos fabrican y
llegan a la capital, van al
ministerio, quieren hacerse oír.
Llegan los trabajadores de azul.
Se plantan. A lo lejos se ve una
masa bordó. Se acercan.
Comienzan a cantar. Se escuchan
las mismas voces. Aunque se ven
distintos en color pueden
reconocerse iguales. Se funden
en interminables abrazos de
clase. Saltan. Gritan. Comienzan
a sentir algo distinto. Algo que
tenemos de deuda con la
historia. Algo que han intentado
borrar por décadas bajo pesadas
alfombras de tradiciones,
morales, leyes y alineación.
Algo que cada tanto surge con la
fuerza vital de pequeños brotes
que pueden transformarse en
enormes robles. Algo que hace
muchos muchos años atrás los
fundadores del marxismo
denunciaron y accionaron para
cambiar: “Me pagas la fuerza de
trabajo de un día, pero consumes
la de tres. Esto contraviene
nuestro acuerdo y la ley del
intercambio mercantil. Exijo
pues, una jornada laboral de
duración normal, y la exijo sin
apelar a tu corazón, ya que en
asuntos de dinero la
benevolencia está totalmente de
más. Bien puedes ser un
ciudadano modelo, miembro tal
vez de la Sociedad Protectora de
Animales y por añadidura vivir
en olor de santidad, pero a la
cosa que ante mí representas no
le late un corazón en el pecho.
Lo que parece palpitar en ella
no es más que los latidos de mi
propio corazón. Exijo la jornada
normal de trabajo porque exijo
el valor de mi mercancía, como
cualquier otro vendedor”.
Pequeños pasos de enorme valor y
osadía. Un saludo a estros
trabajadores que van rehaciendo
el tortuoso camino, en avances y
retrocesos, rearmando los
puentes que nos han roto de las
generaciones pasadas. De
lecciones y conquistas olvidadas
y enterradas. De feroz lucha
contra la opresión, de naciente
lucha de clases. El único
camino, el que nos lleva a la
liberación definitiva del
hombre, al de una sociedad sin
explotados ni explotadores.
www.jimenagale.blogspot.com
Gentileza::
jimenagale@yahoo.com.ar
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