|
Recuerdos de Hiroshima
Ignacio
Martínez
1945 - 7 relatos breves
para un seis de agosto - 2008
1) A las ocho y quince de la
mañana, del seis de Agosto de
mil novecientos cuarenta y
cinco, la mujer termina de dar a
luz una hermosa beba de casi
cuatro quilos, en medio del
festejo de la experimentada
partera, del esposo de la joven
madre primeriza y de los padres
de ella que ahora estrenan su
título de abuelos, brindando con
el té del desayuno que no
alcanzan a beber porque se
mueren ese mismo día, en ese
preciso instante, junto al joven
padre, a la experimentada
partera y a la mujer que acaba
de parir una beba que acaba de
nacer y de morir.
2) Después del ruido infernal,
sólo comparable al estallido de
un volcán en erupción, y después
del hongo plateado que se eleva
por el aire desde una columna
gigantesca de humo, la radio del
avión no se cansa de repetir:
Enola Gay. Repórtese, Enola Gay.
Informe de los resultados. Enola
Gay, responda. Pero en la cabina
de la fortaleza voladora, el
hombre está mudo, solo y sordo,
sin saber exactamente lo que
hizo ni lo que había sucedido en
el impacto, queriendo olvidar
por un momento el ruido de la
bomba y tratando de huir de
aquel hongo de polvo y gas.
3) Nadie recuerda hoy el nombre
del hombre que accionó el
mecanismo de la puerta que dejó
caer la bomba atómica sobre
Hiroshima, pero podemos oír el
estallido que golpeó a la
Humanidad entera, obligándola a
volver al mismo sitio, al mismo
hoyo, al mismo espacio aéreo que
se quebró como un cristal en mil
pedazos aquella mañana de
Agosto, dejándonos la horrible
sensación de complicidad. Lo que
más me aterroriza es la sospecha
de que mi mano es muy parecida a
la mano del hombre del avión y
que mi rostro sólo se diferencia
de su rostro por mis ojos caídos
y que quizá mi alma tampoco se
hubiera lastimado con el
estampido del cilindro que cayó
sobre mí y que yo sólo hubiera
querido huir de la nube con
forma de hongo.
4) Un joven se despierta para ir
a su trabajo; una anciana espera
a su nieta para pasar juntas el
día; dos muchachas terminan de
peinarse mutuamente para salir a
la calle; varios niños quieren
quedarse un poco más en la cama
porque están de vacaciones en la
escuela; un señor barre la
vereda frente al comercio de su
propiedad que acaba de abrir y
todos hubieran comenzado este
día casi en forma normal, con el
ruido lejano de una guerra que
parecía de otros, si no fuera
porque en un instante todo se
volvió vacío, luz incandescente,
silencio total y en fracciones
de segundos nadie oyó nada, nada
se movió y para todas esas
personas lo demás fue la nada.
5) A sesenta y tres años de la
explosión en Hiroshima muchos
turistas acuden al agujero que
hace las veces de monumento o
memorial o testimonio del lugar
exacto donde dicen que cayó la
bomba asesina, pero ninguno de
ellos (y a la distancia, quizá,
tampoco ninguno de nosotros) se
mira para dentro y ve el inmenso
hoyo que tenemos como deuda
pendiente con todas las cosas
que debemos hacer para la paz,
porque los ecos de aquel seis de
Agosto siguen sonando década
tras década, generación tras
generación y cada uno de
nosotros lleva consigo su propio
cráter que debe descubrir y que
estos extraños visitantes
disimulan sacando fotos con
máquinas inútiles.
6) Un sobreviviente de Hiroshima
yace en una cama de hospital y
por su cabeza sólo giran
preguntas: ¿por qué las personas
somos capaces de hacer
semejantes atrocidades? ¿quién
dio la orden? ¿quién la
obedeció? ¿qué sintieron las
decenas de miles de muertos ese
día? ¿qué sintieron las decenas
de miles de heridos ese día?
¿qué se dijo en el mundo? ¿qué
sintió la Humanidad cuando supo?
¿qué justicia se hará? ¿cuándo
será el tiempo de la paz?, pero
sólo una pregunta lo conmovió
hasta los huesos, ¿se volverá a
repetir esta masacre? y lloró en
silencio unos instantes y desde
entonces no sonrió más.
7) Y acá estoy. Sentado muy
cerca del memorial al holocausto
atómico. Veo pasar indiferentes
a mis connacionales, mis
compatriotas, mis
contemporáneos, mis
conciudadanos, los habitantes de
Japón. La mayoría son más
jóvenes que yo. Algunos se
parecen a mis padres que todavía
conservo en una foto que ya
tiene más de sesenta años.
Aquellas muchachas sonríen con
sus novios como solía sonreír mi
hermana embarazada cuando
hablaba de todo lo que le
enseñaría a su hijita. Varios
niños corren a las risas como
corríamos nosotros en la
escuela. Trato de recordar el
nombre del hombre que accionó la
palanca, pero no puedo. Trato de
recordar al joven que veía salir
para su trabajo o al señor que
barría la vereda, pero tampoco
puedo. Halo los fierros curvos
de mi silla que ya es parte de
mí y echo a andar por la enorme
explanada de la ciudad que me
tiene aprisionado para siempre.
La gente sigue presurosa a
ningún lado. Nadie mira el hoyo
ni me mira. Una niña pregunta
qué es esa figura humana que
parece pintada de negro en esa
piedra, pero sus padres no saben
responder. Yo sí sé que aquella
mañana de Agosto era una persona
y esa es la huella que dejó en
el instante del impacto, pero
tampoco sabría dar una
respuesta.
Ignacio Martínez
ignaben@adinet.com.uy
www.ignacio-martinez.com
Revista Koeyú Latinoamericano
revistakoeyulatinoamericano@gmail.com
Caracas. Venezuela
Gentileza:: revistakoeyu1
[revistakoeyu1@gmail.com]
paginadigital |