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El continente mestizo:
Quetzalcóatl y el Humanismo
prometeico
Jorge
Majfud
ALAI, América Latina en
Movimiento
Tanto la interpretación
marxista de la historia como la
más reciente de Alvin Toffler
asumen que las condiciones
materiales de producción en
primer grado —y de relación y
reproducción en segundo—,
explican el resto de la cultura
y, en un extremo, definen o
inducen una forma general de
ética y de pensamiento de una
sociedad dada en un momento
dado. La visión opuesta
sobrevalora el poder de una
determinada tradición de
pensamiento. Para algunos, esta
tradición está construida por
"poderosos pensadores", como
Platón, Marx o Fanon, como si un
individuo pudiese tener la
facultad de observar y actuar
sobre la historia desde fuera de
la misma. Para otros, éstos son
sólo productos sofisticados de
una forma preexistente de
pensamiento en proceso de
maduración en una clase
dominante.
Sin embargo, nada nos impide
asumir (y muchos indicios nos
indican) que la realidad es
construida de forma simultánea
por estas fuerzas múltiples, con
frecuencia opuestas. Una
ambigüedad tan fecunda como
contradictoria podemos observar
en la historia de lo que hoy
llamamos América Latina,
especialmente en la corriente de
los intelectuales de izquierda y
probablemente en el sector más
popular de esta región cultural
y espiritual. En una
investigación más amplia,
distinguimos y rastreamos dos
influencias fundamentales en
este paradigma continental,
definido en el Diagrama de los
cuadrantes: una procede de la
tradición del Humanismo europeo
y la otra de la tradición
popular amerindia, ilustrada por
el arquetipo mítico de
Quetzalcóatl.
Los estudios y debates sobre qué
es el humanismo y dónde comienza
son casi infinitos. No obstante,
podemos identificar algunos
rasgos comunes desde su
nacimiento en el siglo XIV como
el cuestionamiento de la razón a
la autoridad y la introducción
de la historia, dimensión
fundamental en el ser humano
como un "estar siendo". De ahí
se derivan otras consecuencias,
como la reversión del paradigma
de decadencia de los tiempos por
su opuesto: la historia progresa
y puede ser medida por la "igual
libertad" de los individuos,
nacidos iguales. Estos elementos
serán básicos en las ideologías
y en gran parte del paradigma de
la Literatura del compromiso: la
tradición de Hegel y Marx, de
Gramsci y Fanon, etc.
Por otro lado, el recurrente
concepto de liberación que se
desprende del desafío de la
razón y la igualdad como
inherentes a cualquier ser
humano, se radicalizará desde el
Renacimiento. De la liberación
individual, propia del
misticismo asiático y europeo,
del concepto del pecado
individual como única forma de
pecado concebible por la
tradición de claustros y
monasterios de sociedades
estamentales, se pasará a una
concepción social del pecado y
de la liberación. De aquí
procede la idea común de que la
liberación ya no es un ejercicio
de implosión sino de explosión.
El individuo sólo se libera a
través de la sociedad. Es una
liberación moral que entiende
que el individuo es el resultado
de una historia y de una
sociedad y que, por lo tanto,
está comprometido y debe actuar
en esa historia y en esa
sociedad para obtener un mejor
resultado. Esta mejora colectiva
se asume como progresiva y
también como revolucionaria, no
en su sentido reaccionario de
re-volver sino todo lo
contrario: significa una
obligación de avanzar más
rapadamente en la eliminación de
la opresión de clase, de
nacionalidades, de raza, de
género, de unos grupos sobre
otros hacia la "liberación de la
humanidad" sin exclusiones. De
aquí surge el concepto moderno
de revolución y sus falsos
sustitutos, según esta
concepción: la revuelta y la
rebelión.
El objetivo sigue siendo el
individuo, pero como este es un
proceso histórico ningún
individuo concreto puede
completarlo. El individuo que
encabeza este proceso —el héroe
revolucionario— es un avanzado
que ha tomado conciencia de este
amplio contexto y pretende
acelerarlo. No obstante nunca
alcanzará su objetivo, lo que
significa que, a afectos
simbólicos y por medios reales,
deberá ser sacrificado. No sólo
el héroe revolucionario muere en
la lucha que pone en movimiento
este proceso, sino que cada
individuo debe morir para
fructificar en las generaciones
posteriores, nacidas en
sociedades nuevas, sociedades
revolucionarias. El Hombre nuevo
será aquel individuo que logre
completar el proceso histórico
en base a sus antecesores. El
Hombre nuevo —Quetzalcóatl,
Ernesto Che Guevara— es un
renacido de las cenizas del
héroe revolucionario en la
sociedad nueva. Es un producto
del progreso la historia que
lucha por pasar del reino de la
necesidad —y de la opresión— al
reino de la libertad.
Al mismo tiempo, si el tiempo
judeo-cristiano-musulmán y luego
humanista es una línea con un
principio y un final, el
paradigma del compromiso también
adquiere la naturaleza mítica
del círculo. Más concretamente
de los ciclos —conciencia,
sacrificio, renacimiento,
libración— que nunca se cierran
y deben reiniciarse, aunque
nunca en el mismo punto y
estado. En el mismo sentido, el
héroe se define como
revolucionario pero es
reconocido como rebelde.
A diferencia del estudio que
podemos hacer sobre la tradición
del humanismo, cualquier
investigación sobre la tradición
amerindia carece del mismo
volumen y precisión de los
documentos literarios, críticos
y analíticos. Por un lado estos
documentos eran pocos en
comparación. Por el otro, fueron
destruidos en gran parte de dos
formas: por el fuego concreto de
los conquistadores y por el
fuego ideológico de la
colonización. Sin embargo, no
pudo haber sustitución ni
eliminación de toda una
civilización expresada en
diferentes culturas
prehispánicas sino, simplemente,
represión. Esta represión por la
violencia militar y
eclesiástica, por la fuerza de
la ideología de la esclavitud,
del racismo y del clasismo de
sociedades estamentales, se
prolongó por más de tres siglos,
más allá de las revoluciones que
dieron las independencias
políticas a las nuevas
repúblicas a principios del
siglo XVIII. Las sociedades
amerindias continuaron siendo
fundamentalmente agrícolas hasta
el siglo XX pero debieron
adoptar una ideología que servía
a su propia explotación. Parte
de esta ideología era,
precisamente, la desvalorización
de aquello que lo distinguía del
colonizador o de la posterior
clase criolla dirigente. Esa
clase minoritaria que fundó las
"repúblicas de papel" lo hizo
basada en la cultura ilustrada
de Europa. Una población
mayoritaria que en países como
Perú, Centro América o México
hasta el siglo XX ni siquiera
hablaba el español como primera
lengua, no carecía de cultura.
A esta cultura la llamamos de
forma simplificada "cultura
popular", con el objetivo de
distinguirla de la políticamente
dominante cultura ilustrada.
Esta cultura popular, menos
basada en el texto escrito que
en prácticas, mitos, canciones,
danzas y creencias propias fue
despreciada por propios y ajenos
hasta bien entrado el siglo XX.
Hemos rastreado algunos
elementos "míticos" de esta
cultura en un corpus
aparentemente ajeno o distante
en el tiempo y en casos como el
Cono Sur, distante en el
espacio, como lo es la
producción de la Literatura del
compromiso. Aparte del
reconocimiento de estos
elementos comunes y
coincidentes, entendemos que la
razón de ese fenómeno radica en
la inversión ideológica que se
produce en el siglo XX y que
forma parte del mismo proceso
del humanismo, en este caso del
humanismo de izquierda. Desde
fines del siglo XIX podemos
observar inversiones ideológicas
como la "americanista" de José
Martí, con respecto a la
"europeísta" de Domingo
Sarmiento, y más tarde la
crítica más claramente marxista
de González Prada y José
Mariátegui. El proceso que lleva
a una crítica abierta y radical
a las oligarquías y los grupos
en el poder político e
ideológico que se expresaban
desde la cultura ilustrada,
procede desde esa misma cultura
ilustrada. Pero su objetivo de
reivindicación no es esa misma
tradición sino el sujeto de
opresión: el indio, el negro, el
gaucho, el campesino en general
y, en menor medida, el obrero
urbano. Es decir, al igual que
el humanismo del Renacimiento se
acerca la "sabiduría popular"
como objeto de estudio y
conocimiento, descarándose de la
tradición del latín y la elite
eclesiástica y monárquica, los
nuevos intelectuales
latinoamericanos se acercan a
esa "masa muda" para escuchar su
voz y traducirla desde la
cultura ilustrada, que sigue
siendo el espacio privilegiado
del poder ideológico.
Es en este proceso, entendemos,
que confluyen dos paradigmas
aparentemente contradictorios
—el lineal del humanismo y el
cíclico amerindio— para definir
los rasgos más comunes de la
Literatura del compromiso. De
una forma simple lo podemos
resumir en el Diagrama de los
cuadrantes (fig. 1).
Aunque un estado presente de la
sociedad nunca está rígidamente
determinado por el pasado como
pueden estarlo las órbitas de
los planetas, el presente
tampoco es indiferente a su
influencia. Podemos asumir que
cada paradigma, por radical que
sea, es el resultado de una
larga historia al mismo tiempo
que sus individuos ejercemos
parte de esa libertad a la que
aspiran todas las liberaciones
propuestas por la tradición
humanista. En el paso del reino
de la necesidad al reino de la
libertad participan las fuerzas
materiales —nuevas tecnologías
de producción y comunicación— y
la maduración de una historia
que es producto y es productora
de esos cambios. El arte, la
literatura y la cultura en
general no pueden constituir
reinos independientes de ese
proceso material y espiritual, y
por ello su análisis debe
revelarnos algo más que sus
propios objetivos manifiestos.
(Adelanto de las conclusiones
finales del libro La literatura
del compromiso a publicarse
próximamente)
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