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Ya es la hora
por Lilia
Cisneros Luján
Más allá de la evocaciones
apocalípticas, con sus cuatro
caballos de vencedores y
vencidos, guerra, hambre y
muerte y, los sellos abiertos
con la extinción de una cuarta
parte de la humanidad, situación
social de anarquía, o las
trompetas anunciando granizo,
fuego, inundaciones, plagas,
enfermedades que diezmarán a
miles, un gran horno o el
oscurecimiento del sol; es la
hora de que cada uno, más allá
de las asociaciones –mentales o
reales- en el ámbito de lo
religioso o lo político,
empecemos a reflexionar sobre el
punto en que nos encontramos y
la viabilidad de nuestra
descendencia.
La juventud de hoy, parece ajena
a una realidad histórica marcada
por la desigualdad. En México,
los grandes y pequeños rasgos
que le dan especificidad a
nuestra sociedad y a su historia
tienen en la desigualdad
abismal, un contexto estructural
y cultural hoy borrado de la
mayoría de las mentes, por el
cúmulo informativo y mediático
que por una parte lamenta y
expone de forma amarillista el
tráfico de personas, la
pederastia, las adicciones y la
violencia y por la otra, niega
las causas de estos flagelos e
incluso llega al extremo de
hacer apología de ellos. ¿Cómo
evitar el comercio sexual si
todo el entorno está lleno de
imágenes que mueven en el
subconsciente del ser humano
conductas enfermizas? ¿Se puede
erradicar la violencia, si en
los valores prevalentes de
finales del siglo XX y principio
de éste, el éxito consiste en
acaparar, tener más que ningún
otro, justificar el atropello o
darle las espaldas a los
problemas de las mayorías,
siempre viendo la paja del ojo
ajeno? ¿Quién quedará sobre la
faz de la tierra, si un
gobernante promueve la
confrontación y la exclusión al
culpar al Congreso sobre la
carencia de normas cuyas
iniciativas él mismo nunca envió
o las que hoy se redactan
únicamente en beneficio de unos
cuantos? Por ello es de suma
importancia, la intención de que
todos los sectores de la
sociedad concurran a un
encuentro para analizar y
resolver el problema de
seguridad en México. Más allá de
quien convocó, de la picazón por
la exclusión inicial de los
gobernadores y de las pataletas
de los carentes de madurez, el
ejercicio es válido; sobre todo
si resulta en bajar la presión
por el pleito interno y externo
de los partidos, en evitar que
el poder judicial acuse a los
otros dos poderes por no hacer
leyes o no cumplirlas, en el
reconocimiento de las
autoridades investigadoras de su
proclividad a lanzar la papa
caliente a otros, para
desafanarse de su trabajo y lo
que es más importante, en la
mano firme para castigar a los
culpables, aun cuando sean
estos, funcionarios o miembros
privilegiados de del nepotismo.
El Estado moderno, cuyos
precedentes se ubican en los
siglos XVII y XVIII, gira sobre
la noción del bienestar y la
felicidad. En la visión
aristotélica el placer, es mero
acompañante y los recursos
materiales son medios y no
fines, como lo impone la
corriente utilitarista. El
estado, ampliamente estudiado
por Herman Heller, se
caracteriza por asegurar la paz,
la vida de sus ciudadanos y su
propiedad y por orientarse a su
bienestar; lo cual convierte a
la caridad en un contrato
subordinado al derecho y no como
ocurre en esta explosión de
fundaciones que le birlan al
erario los fondos necesarios
para lograr su fines, en eventos
de soberbia y de ocultamiento
del robo a los muchos que
carecen de lo indispensable. En
este modelo de Estado, adoptado
por la constitución de 1917, la
autoridad moral última de los
jueces, está fundamentada en el
derecho y se orienta
invariablemente a la protección
de las mayorías, que tienen
prerrogativas como el empleo, la
seguridad social y en general a
los satisfactores indispensables
para la igualdad social y una
vida plena. Ojalá, que a partir
de este intento de inclusión de
todos, se llegue al análisis de
las causas: una crisis fiscal,
en el caso de México por el
incremento del gasto corriente
en detrimento del social, otra
estructural y sistémica por el
exceso de funciones –y
funcionarios- que se cargan al
erario y, por supuesto, las
fallas del sector público que
han destruido el tejido social
en aras de un exacerbado
personalismo, para considerar en
cambio propuestas en torno a la
dignidad de la persona humana y
a la finalidad de la actividad
política.
Gentileza:: InfoCOCUAC
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