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A Pérez Celis, que murió sin
morirse
Orlando
Barone
Las cenizas son una forma de
volver más rápido al origen.
Unos días antes de su muerte le
pregunté a Pérez Celis ,
tratando de distraerlo con algo,
si había pensado en Dios durante
este tiempo. Me contestó
serenamente que no: que él no
tenía esas convicciones o
creencias. Enseguida, como para
dejar algún resquicio, me dijo
con su voz cada día más débil:
"No, no creo en ningún Dios,
pero intuyo que algo debe de
haber en alguna parte más allá
que nosotros".
El ahora sabe cuál es la
respuesta.
Celebremos respetuosa y
honestamente a un artista
admirable, que durante décadas
impregnó con su obra sanguínea
la historia contemporánea de la
pintura. Y esa paradoja- que él
se haya ido por vaciamiento de
sangre- es una prueba metafórica
de que esa sangre faltante ha
quedado en sus cuadros para
nosotros, los sobrevivientes.
Todo aquél que se va deja algo:
basta la transmisión de un
recuerdo íntimo o de un
testimonio aunque sea familiar o
de amigos. Sea una anécdota, una
imagen, un reloj o un ignorado
rastro genético. Pero un
artista, además de eso, ha
deseado dejar algo que lo hace
excepcional. Y ese algo
excepcional es el esbozo de una
ilusión humana casi imposible,
pero quién sabe, posible: la de
la inmortalidad. Porque no nos
basta con la procreación
sucesiva de la especie, y el
arte es el intento de una
perduración superior de ese
nosotros ordinario y terrestre.
Como contemporáneos de Pérez
Celis desearíamos que su obra
ascendiera a alguna escala de
esa inmortalidad, para así
sentir la honrosa vanidad de
haber sido testigos de un
artista no perecedero.
Y de ser acompañantes de esa
aventura personal que es en su
origen narcisística pero que se
derrama generosa sobre todos los
"yo" que la comparten.
El arte, que nace como el
egoísmo más intenso, acaba
transformándose en un
indiscriminado distribuidor de
su riqueza. Por más que el
mercado seleccione propietarios,
el arte desparrama con las manos
abiertas. Qué privilegio el de
él, haber conseguido esa clase
de naturalidad de lo sublime; de
acercar hasta acá lo
trascendente. De andar
geografías, de soñar latitudes y
seguirse creyendo habitante de
ese barrio , La Boca, que le
llenaba la boca los domingos de
fútbol. Por eso haber sido un
artista popular es el gran
sinceramiento de un artista.
Creo que Pérez Celis se fue
convencido de que yéndose estaba
dejando algo que superaba su
modesta estadía biológica. De
modo que en este trance
dramático que nos concierne a
todos los vivos su destino
debiera consolarnos. Porque se
va sin irse. Porque amaga
convertirse en polvo pero nos
deja tramposamente su pintura en
la que él está encarnado y
renacido.
La muerte no es para tanto. Lo
que es para tanto es la vida. Y
él la ha merecido.
Creo que este Pérez Celis que se
fue, y cuyo adiós nos pesa, va a
ser superado por este Pérez
Celis que se queda.
Gentileza:: Arte del Mundo
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