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Argentina: El mapa del olvido
por Néstor
Sappietro
APe
El trabajo no parece tan
complicado. Alcanza con tomar un
mapa de nuestro país, marcar con
un fibrón las zonas más pobres,
rastrear al olvido en toda esa
geografía, y entonces daremos
con las pestes que azotan a los
que menos tienen.
El mapa del mal de Chagas ocupa
la misma zona que el mapa de la
pobreza. En la misma superficie
se podrá encontrar tuberculosis,
desnutrición, brucelosis… Todas
las pestes están ahí. No hace
falta un rastreo demasiado
profundo, solo hay que buscar
los cuerpos resquebrajados por
la desidia, los que no ofrecen
ninguna resistencia a las
enfermedades.
La información periodística es
contundente, “el mal de Chagas
lo sufren cuatro millones de
argentinos, esto significa el 10
por ciento de la población”. La
infección se extiende por las
áreas más postergadas de la mano
del desprecio.
Según señala la cardióloga
Claudia Beatriz Costa, de la
Fundación Argentina de Lucha
contra el Mal de Chagas, “la
enfermedad es uno de los más
importantes problemas sanitarios
del país”, y puntualiza que los
índices son casi inexistentes en
el sur de nuestro territorio y
superan el 50 por ciento en
áreas del norte, como Formosa,
Chaco y Santiago del Estero.
Si bien el hábitat de la
vinchuca son los ranchos de
adobe y paja, el bicho también
amenaza a las grandes ciudades.
Las migraciones y la
proliferación de villas han
provocado un significativo
incremento de la enfermedad en
el Gran Buenos Aires y en las
zonas marginales de la capital
argentina.
Podríamos arriesgar que a partir
de esta amenaza concreta a los
habitantes de la gran ciudad, la
vinchuca, también llamada
“chinche gaucha”, gane algunos
segundos de relevancia para las
cámaras de televisión.
Tal vez, solo así abandone el
anonimato y el desinterés al que
está condenada por transmitir su
mal a indigentes silenciosos que
viven lejos de las luces del
centro.
La historia del Chagas y la
desidia van de la mano.
Desde las investigaciones
iniciadas por Carlos Chagas en
Brasil y completadas por el
médico argentino Salvador Mazza;
a la actualidad, la indiferencia
de quienes pueden hacer algo por
erradicar la enfermedad ha sido
una constante. Mazza ofrendó su
vida en busca de apoyos y
subsidios para salvar a los
anónimos y volverlos visibles a
los ojos de la hipocresía del
poder que conserva la misma
lógica de aquellos días.
El desinterés oficial se refleja
en las palabras de Gonzalo
Basile, presidente de Médicos
del Mundo Argentina, “la
inexistencia de censos
sanitarios actualizados y
fiables en las zonas afectadas
dificulta el control y la labor
de prevención”.
El Chagas avanza producto de la
inacción de los funcionarios que
deberían promover su
erradicación como un objetivo
nacional. Claro que eso
significaría trabajar para
erradicar la exclusión social,
económica y cultural; y
semejante proyecto no parece
estar en los planes de nuestros
gobernantes.
Cuatro millones de argentinos
sufren el mal de Chagas.
Para encontrarlos hay que tomar
la ruta de la pobreza.
Hay que buscar el puño cerrado
de Salvador Mazza, apretado de
indignación.
Hay que seguir las huellas del
abandono en esos cuerpos
indefensos.
No hacen falta carteles
indicadores ni planos ni
cartógrafos.
En la soledad y la tristeza de
cuatro millones de miradas, se
dibuja el mapa del olvido.
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Gentileza:: Agencia de Noticias
Pelota de Trapo
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