|
La nueva geopolítica de la
energía
Michael
Klare
The Nation / Sin Permiso
Ninguna otra de las
principales potencias mundiales
es capaz de igualar a los
Estados Unidos a la hora de
desplegar su capacidad militar
en la lucha por la protección de
las materias primas de vital
importancia. Sin embargo, las
otras potencias están empezando
a desafiar su dominio de varias
maneras. El mayor riesgo de esta
lucha es que algún día exceda
los límites de la competición
económica y diplomática y entre
de lleno en el terreno militar.
El problema es, en cambio, que
todas las potencias están
tomando parte en acciones que
hacen que el comienzo de una
escalada involuntaria sea cada
día más plausible.
Mientras la atención diaria del
ejército estadounidense se
centra en Irak y Afganistán, los
estrategas norteamericanos miran
más allá de estos dos conflictos
con el objetivo de prever el
medio en el que se producirá el
combate global en los tiempos
venideros. Y el mundo que ven es
uno en el cual la lucha por los
recursos vitales, más que la
ideología o la política de
equilibrio de poder, domina el
Campo de Marte. Creyendo que los
EEUU deben reconfigurar sus
doctrinas y fuerzas para
prevalecer en semejante entorno,
los oficiales más veteranos han
tomado los pasos necesarios para
mejorar su planificación
estratégica y capacidad de
combate. Aunque muy poco de todo
esto ha llegado al dominio
público, existe un número de
indicadores clave.
Desde el 2006 el Departamento de
Defensa, en su informe anual
Capacidad militar de la
República Popular China, ha
puesto a un mismo nivel la
competición por los recursos y
el conflicto en torno a Taiwán
como la chispa que podría
desencadenar una guerra con
China. La preparación de un
conflicto con Taiwán permanece
como 'una razón importante' en
la modernización militar china,
según indica la edición del
2008, pero 'un análisis de las
recientes adquisiciones del
ejército chino y de su actual
pensamiento estratégico sugiere
que Pekín está desarrollando
también otras capacidades de su
ejército para otro tipo de
contingencias, como por ejemplo
el control sobre los recursos.'
El informe incluso considera que
los chinos están planeando
mejorar su capacidad para una
'proyección de su poder' en las
zonas que les proporcionan
materias primas, especialmente
combustibles fósiles, y que
semejantes esfuerzos supondrían
una significativa amenaza para
los intereses de la seguridad
estadounidense.
.
El Pentágono también pide este
año fondos para el
establecimiento del Africa
Command (Africom), el primer
mando unificado transatlántico
desde que en 1983 el presidente
Reagan creara el Central Command
(Centcom) para proteger el
petróleo del Golfo Pérsico. La
nueva organización centrará sus
esfuerzos supuestamente en la
ayuda humanitaria y la 'guerra
contra el terrorismo'. Pero en
una presentación en la
Universidad Nacional de Defensa,
el comandante segundo de Africom,
el Vice Almirante Robert Moeller,
declaró que 'Africa tiene una
importancia geoestratégica cada
vez mayor' para los EEUU -el
petróleo es un factor clave- y
que entre los retos clave para
los intereses estratégicos
estadounidenses en la región se
encuentra la 'creciente
influencia en Africa' de China.
A Rusia también se la contempla
a través de la lente de la
competición mundial por los
recursos. Aunque Rusia, a
diferencia de los EEUU y China,
no necesita importar petróleo ni
gas natural para satisfacer sus
necesidades nacionales, busca
dominar el transporte de
energía, especialmente hacia
Europa, lo que ha alarmado a los
oficiales veteranos de la Casa
Blanca que recelan de una
restauración del status de Rusia
como superpotencia y temen que
su aumento en el control de la
distribución del petróleo y el
gas en Eurasia debilite la
influencia estadounidense en la
región. En respuesta a la
ofensiva energética rusa, la
administración Bush está
emprendiendo contramedidas.
'Tengo la intención de
nombrar... a un coordinador
especial de energía que dedicará
especialmente todo su tiempo a
la región de Asia Central y del
mar Caspio', informó en febrero
la Secretaria de Estado
Condoleezza Rice al Comité de
Asuntos Exteriores del Senado.
'Es una parte verdaderamente
importante de la diplomacia.'
Uno de los principales trabajos
de este coordinador, según
declaró Rice, será el de
fomentar la construcción de
oleoductos y gasoductos que
circunvalen Rusia con el
objetivo de disminuir su control
sobre el flujo energético
regional.
Tomados en conjunto, éstos y
otros movimientos semejantes
sugieren que ha tenido lugar un
desplazamiento de la política:
en un momento en el que el las
reservas mundiales de petróleo,
gas natural, uranio y minerales
industriales clave como el cobre
y el cobalto empiezan a
disminuir y la demanda de esos
mismos recursos se está
disparando, las mayores
potencias mundiales se
desesperan por conseguir el
control sobre lo que queda de
las reservas sin explotar [para
más pruebas sobre la escasez de
combustibles fósiles, véase
Klare, "Preparativos para una
vida después del petróleo", 12
noviembre de 2007, y Mark
Hertsgaard, "Nos quedamos sin
gasolina", 12 de mayo]. Estos
esfuerzos implican por lo
general una intensa guerra de
pujas en los mercados
internacionales, lo que explica
los precios récord que están
alcanzando todas estas
mercancías, pero también adoptan
una forma militar cuando
empiezan a realizarse las
transferencias de armamento y el
despliegue de misiones y bases
transatlánticas. Para reafirmar
la ventaja de los EEUU -y para
contrarrestar movimientos
similares de China y otros
competidores por los recursos-
el Pentágono ha situado la
competición por los recursos en
el centro mismo de su
planificación estratégica.
Alfred Thayer Mahan, revisitado
No es la primera vez que los
estrategas estadounidenses dan
máxima prioridad a la lucha
global por los recursos. A
finales del siglo XIX un
atrevido grupo de pensadores
militares liderados por el
historiador naval y presidente
del Naval War College, Alfred
Thayer Mahan, y su protégé, el
entonces Secretario Asistente de
la Marina Theodore Roosevelt,
hicieron una campaña reclamando
una Marina estadounidense
fuerte, y la adquisición de
colonias que asegurasen el
acceso a los mercados de
ultramar y las materias primas.
Sus puntos de vista ayudaron
puntualmente a fomentar el apoyo
de la opinión pública a la
Guerra Hispanoamericana y, a su
conclusión, al establecimiento
de un imperio comercial
estadounidense en el Caribe y el
Pacífico.
Durante la Guerra Fría, la
ideología gobernó absolutamente
la estrategia estadounidense de
contención de la URSS y derrota
del comunismo. Pero incluso
entonces no se abandonaron por
completo las consideraciones
acerca de los recursos. La
doctrina Eisenhower de 1957 y la
doctrina Carter de 1980, a pesar
de que se acomodaron a la
habitual retórica anti-soviética
de la época, pretendían sobre
todo asegurar el acceso de EEUU
a las prolíficas reservas
petrolíferas del Golfo Pérsico.
Y cuando el presidente Carter
estableció en 1980 el núcleo de
lo que sería más tarde el
Centcom, su principal
preocupación era la protección
del flujo petrolífero del Golfo
Pérsico y no la contención de
las fronteras de la Unión
Soviética.
Al terminar la Guerra Fría, el
presidente Bush trató -y falló-
de establecer una coalición
mundial de estados de ideologías
afines (un 'Nuevo Orden
Mundial') que mantendría la
estabilidad mundial y permitiría
a los intereses empresariales
(con las compañías
estadounidenses al frente)
extender su alcance por todo el
planeta. Este enfoque, aunque
suavizado, fue adoptado después
por Bill Clinton. Pero el 11-S y
la implacable campaña contra los
'estados canalla' (sobre todo
contra el Irak de Saddam Hussein
e Irán) de la actual
administración Bush, ha
reinyectado el elemento
ideológico a la planificación
estratégica estadounidense. Tal
y como lo presenta George W.
Bush, la 'guerra contra el
terrorismo' y los 'estados
canalla' son los equivalentes
contemporáneos a las anteriores
luchas ideológicas contra el
fascismo y el comunismo.
Examinados más de cerca estos
conflictos, sin embargo, resulta
imposible separar el problema
del terrorismo en Oriente Medio
o el desafío de Irak e Irán de
la historia de la extracción del
petróleo en aquellas regiones
por parte de empresas
occidentales.
El extremismo islámico del tipo
que propaga Osama Bin Laden y Al
Qaeda en la región tiene muchas
raíces, pero una de las más
importantes sostiene que el
ataque occidental y la ocupación
de tierras islámicas -y la
resultante profanación de las
culturas y pueblos musulmanes-
se debe a la sed de petróleo de
los occidentales. 'Recordad
también que la razón más
importante que tienen nuestros
enemigos para controlar nuestras
tierras es la de robar nuestro
petróleo', dijo Bin Laden a sus
simpatizantes en una grabación
sonora fechada en diciembre del
2004. Así que haced lo que
tengáis en vuestras manos para
detener el mayor robo de
petróleo de la historia.'
De manera similar, los
conflictos de EEUU con Irak e
Irán han sido modelados por el
principio fundamental de la
doctrina Carter de que los EEUU
no permitirán la aparición de
una potencia hostil que pueda
obtener en un momento dado el
control del flujo petrolífero en
el Golfo Pérsico, y con ello, en
palabras del vicepresidente
Cheney, 'ser capaz de dictar el
futuro de la política energética
mundial.' El hecho de que estos
países estén posiblemente
desarrollando armas de
destrucción masiva sólo complica
la tarea de neutralizar la
amenaza que representan, pero no
altera la lógica estratégica que
subyace en el fondo de los
planes de Washington.
La preocupación sobre la
seguridad de los suministros de
recursos ha sido, pues, una
característica central en la
planificación estratégica desde
hace tiempo. Pero la atención
que se le presta ahora a esta
cuestión representa un cambio
cualitativo en el pensamiento
estadounidense sólo igualable a
los impulsos imperiales que
condujeron a la Guerra
Hispanoamericana un siglo atrás.
Sin embargo en esta ocasión el
movimiento está motivado no por
una optimista fe en la capacidad
norteamericana para dominar la
economía mundial, sino por una
perspectiva francamente
pesimista sobre la
disponibilidad de los recursos
vitales en el futuro y la
intensa competición sobre ellos
que están llevando a cabo China
y otros motores económicos
emergentes. Enfrentándose a este
doble reto, los estrategas del
Pentágono creen que asegurar la
primacía estadounidense en la
lucha por los recursos mundiales
debe ser la prioridad número uno
de la política militar
norteamericana.
Regreso al futuro
En línea con este nuevo enfoque,
el énfasis se emplaza ahora en
el papel mundial que ha de jugar
la marina estadounidense.
Utilizando un lenguaje que
hubiera sonado sorprendentemente
familiar a Alfred Mahan y al
primer presidente Roosevelt, la
Marina, los marines y la guardia
costera dieron a conocer en
octubre un documento titulado
"Una estrategia cooperativa para
el poder naval en el siglo XXI"
que resalta la necesidad de los
EEUU de dominar los océanos y
asegurar las principales rutas
marítimas que conectan el país
con sus mercados de ultramar y
reservas de recursos.
En las pasadas cuatro décadas el
comercio marítimo mundial se ha
cuadriplicado: el 90% del
comercio mundial y dos tercios
del petróleo son transportados
por mar. Las rutas marítimas y
la infraestructura costera que
las apoyan son la tabla de
salvación de la economía global
actual. Unas expectaciones de
crecimiento cada vez mayores y
el incremento de la competición
por los recursos unidos a la
escasez pueden alentar a las
naciones a ejercer cada vez más
reclamaciones de soberanía sobre
parcelas cada vez mayores del
océano, vías fluviales y
recursos naturales, resultando
de todo ello potenciales
conflictos.
Para encarar este peligro, el
Departamento de Defensa ha
emprendido una modernización
total de su flota de combate, lo
que supone el desarrollo y
obtención de nuevos
portaaviones, destructores,
cruceros, submarinos y un nuevo
tipo de nave de 'combate
litoral' (armamento de costa),
un esfuerzo que llevará décadas
completar y que consumirá
cientos de miles de millones de
dólares. Algunos de los
elementos de este plan fueron
desvelados por el presidente
Bush y el Secretario de Defensa
Gates en la propuesta de
presupuesto para el año fiscal
2009, presentada el pasado mes
de febrero. De los artículos más
caros del presupuesto destacan
los siguientes:
- 4,2 mil millones de dólares
para la principal nave de una
nueva generación de portaaviones
de propulsión nuclear.
- 3,2 mil millones de dólares
para un tercer misil para el
destructor clase 'Zumwalt'.
Estas naves de guerra de
camuflaje avanzadas servirán
también como banco de pruebas
para un nuevo tipo de misiles
crucero, los CG(X)
- 1,3 mil millones de dólares
para las dos primeras naves de
combate litoral.
- 3,6 mil millones de dólares
para un nuevo submarino clase
Virginia, el navío de combate
subacuático más avanzado del
mundo, actualmente en
producción.
Los programas de construcción
naval propuestos costarán 16,9
mil millones el año fiscal del
2009, después de los 24,6 mil
millones de dólares votados para
el año fiscal 2007 y 2008.
El nuevo enfoque estratégico de
la Marina se refleja no sólo en
la obtención de nuevos navíos,
sino también en la disposición
de los ya existentes. Hasta hace
poco la mayoría de los activos
navales estaban concentrados en
el Atlántico Norte, el
Mediterráneo y el Pacífico
Noroeste en misiones de apoyo a
las fuerzas de la OTAN
estadounidenses y en virtud de
los pactos de defensa con Corea
del Sur y Japón. Estos vínculos
figuran de manera muy prominente
en los cálculos estratégicos,
pero se incrementa cada vez más
la importancia de la protección
de los enlaces comerciales
vitales en el Golfo Pérsico, el
Pacífico suroeste y el Golfo de
Guinea (cerca de los mayores
productores de petróleo en
Africa). En el 2003, por
ejemplo, el jefe del US European
Command declaró que los
portaaviones de combate bajo su
mando estarían menos tiempo en
el Mediterráneo y 'la mitad de
su tiempo descenderían a la
costa oeste de Africa"
Un enfoque similar guía la
reestructuración de las bases de
ultramar, que había permanecido
en gran medida intacta los
últimos años. Cuando la
administración Bush tomó el
poder, la mayoría de las bases
principales se encontraban en
Europa occidental, Japón o Corea
del Sur. Por insistencia del
entonces Secretario de Defensa
Donald Rumsfeld, el Pentágono
empezó a trasladar fuerzas de la
periferia de Eurasia hacia sus
regiones centrales y del sur,
especialmente Europa central y
oriental, el centro de Asia y el
sudeste asiático, así como en el
norte y centro de Africa. Es
cierto que estas zonas son el
hogar de Al Qaeda y de los
'estados canalla' de Oriente
Medio, pero también que
contienen el 80% o más de las
reservas mundiales de gas
natural y petróleo, así como
reservas de uranio, cobre,
cobalto y otros materiales
industriales cruciales. Y, como
se ha señalado antes, es
imposible separar lo uno de lo
otro en los cálculos
estratégicos estadounidenses.
Otro punto muy a tener en cuenta
es el plan estadounidense para
mantener una infraestructura
básica para apoyar las
operaciones de combate en la
cuenca del Mar Caspio y Asia
central. Los vínculos americanos
con los estados de esta región
fueron establecidos años antes
del 11-S para proteger el flujo
del petróleo del Mar Caspio
hacia occidente. Creyendo que la
cuenca del mar Caspio sería una
nueva fuente valiosa de petróleo
y gas natural, el presidente
Clinton trabajó aplicadamente
para abrir las puertas a la
participación estadounidense en
la producción energética de la
zona, y aunque advertido de los
antagonismos étnicos endémicos
de la región, trató de reforzar
la capacidad militar de las
potencias aliadas del lugar y
preparar una posible
intervención de las fuerzas
norteamericanas en la zona. El
presidente Bush redobló estos
esfuerzos, incrementando el
flujo de la ayuda militar
estadounidense y estableciendo
bases militares en las
repúblicas centroasiáticas.
Una mezcla de prioridades
gobierna los planes del
Pentágono para retener una
constelación de bases
'duraderas' en Irak. Muchas de
estas instalaciones serán sin
duda utilizadas para continuar
dando apoyo a las operaciones
contra las fuerzas insurgentes,
para actividades de inteligencia
militar y para el entrenamiento
del ejército y unidades de
policía iraquíes. Incluso si
todas las tropas de combate
estadounidenses fueran retiradas
de acuerdo con los planes
anunciados por los senadores
Clinton y Obama, algunas de
estas bases serían con toda
probabilidad mantenidas para
actividades de entrenamiento,
que tanto Clinton como Obama han
afirmado que continuarán. Por
otra parte, al menos algunas de
las bases están específicamente
dedicadas a la protección de las
exportaciones de petróleo
iraquí. En el 2007, por ejemplo,
la Marina reveló que había
construido una instalación de
dirección y control sobre y a lo
largo de una terminal de
petróleo iraquí en el Golfo
Pérsico, con el fin de
supervisar la protección de las
terminales de extracción de
mayor importancia en la zona.
Una lucha global
Ninguna otra de las principales
potencias mundiales es capaz de
igualar a los Estados Unidos a
la hora de desplegar su
capacidad militar en la lucha
por la protección de las
materias primas de vital
importancia. Sin embargo, las
otras potencias están empezando
a desafiar su dominio de varias
maneras. China y Rusia en
particular están proporcionando
armas a los países en desarrollo
productores de petróleo y gas, y
están también empezando a
mejorar su capacidad militar en
zonas clave de producción
energética.
La ofensiva china para ganar
acceso a las reservas
extranjeras es evidente en
Africa, donde Pekín ha
establecido vínculos con los
gobiernos productores de
petróleo de Argelia, Angola,
Chad, Guinea Ecuatorial, Nigeria
y Sudán. China también ha
buscado acceso a las abundantes
reservas minerales africanas,
persiguiendo las reservas de
cobre en Zambia y el Congo,
cromo en Zimbawe y un abanico de
diferentes minerales en
Sudáfrica. En cada caso los
chinos se han atraído el apoyo
de estos países proveedores con
una diplomacia activa y
constante, ofertas de planes de
asistencia para el desarrollo y
préstamos a bajo interés,
vistosos proyectos culturales y,
en muchos casos, armamento.
China es ahora el mayor
proveedor de equipos de combate
básicos a muchos de estos
países, y es especialmente
conocida por su venta de armas a
Sudán, armas que han sido
empleadas por las fuerzas
gubernamentales en sus ataques
contra las comunidades civiles
de Darfur. Además, como los EEUU,
China ha complementado sus
transferencias de armas con
acuerdos de apoyo militar, lo
que ha llevado a una presencia
constante de instructores,
consejeros y técnicos chinos en
la zona, compitiendo con sus
homólogos norteamericanos por la
lealtad de los oficiales
militares africanos.
El mismo proceso está teniendo
lugar en gran medida en Asia
Central, donde China y Rusia
cooperan bajo los auspicios de
la Shanghai Cooperation
Organization (SCO) para
proporcionar armamento y
asistencia técnica a los 'istanes'
del Asia Central [Kazajstán,
Uzbekistán, Turkmenistán,
Tayikistán y Kirguizistán], de
nuevo en competición con los
EEUU por ganarse la lealtad de
las elites militares locales. En
los 90, Rusia estuvo demasiado
preocupada con Chechenia como
para prestar atención a esta
zona, y China, por su parte,
estaba concentrada en otras
cuestiones a las que daba más
prioridad, así que Washington
disfrutó de una ventaja
temporal. Sin embargo, en los
últimos cinco años Moscú y Pekín
han concentrado sus esfuerzos
para ganar influencia en la
región. El resultado de todo
ello ha sido un paisaje
geopolítico mucho más
competitivo, con Rusia y China,
unidas a través de la SCO,
ganando terreno en su ofensiva
para minimizar la influencia
estadounidense en la región.
Una muestra clara de esta
ofensiva fue el ejercicio
militar que llevó a cabo la SCO
el pasado verano, el primero de
esta naturaleza, en el que
participaron todos los estados
miembros. Las maniobras
involucraron a 6.500 miembros en
total, procedentes del personal
militar de China, Rusia,
Kazajstán, Kirguizistán,
Tayikistán y Uzbekistán, y
tuvieron lugar en Rusia y China.
Aparte de su significado
simbólico, el ejercicio era
indicativo de los esfuerzos
chinos y rusos para mejorar sus
capacidades militares, poniendo
un fuerte énfasis en lo que se
refiere a sus fuerzas de asalto
a larga distancia. Por primera
vez un contingente de tropas
chinas aerotransportadas fue
desplegado fuera de territorio
chino, un signo claro de la
creciente autoconfianza de
Pekín.
Para asegurarse de que el
mensaje de estos ejercicios no
había pasado inadvertido, los
presidentes de China y Rusia
aprovecharon la ocasión para
organizar una cumbre de la SCO
en Kirguizistán y advertir a los
Estados Unidos (aunque no fuese
nombrado) de que no permitirían
intromisiones de ningún tipo en
los asuntos de Asia Central. En
su llamada por un mundo
'multipolar', por ejemplo,
Vladimir Putin declaró que
'cualquier intento para resolver
problemas mundiales y regionales
de manera unilateral será en
vano.' Por su parte Hu Jintao
hizo notar que 'las naciones de
la SCO conocen con claridad las
amenazas a las que se enfrenta
la región y deben asegurar su
protección por sí mismas.'
Estos y otros esfuerzos de China
y Rusia, combinados con la
escalada de ayuda militar
estadounidense a algunos estados
de la región, son parte de una
mayor, aunque a menudo oculta,
lucha por el control del flujo
del petróleo y el gas natural
desde la cuenca del Mar Caspio a
los mercados de Europa y Asia. Y
esta lucha, a su vez, no es sino
parte de la lucha mundial por el
control de la energía.
El mayor riesgo de esta lucha es
que algún día exceda los límites
de la competición económica y
diplomática y entre de lleno en
el terreno militar. No sucederá,
desde luego, porque alguno de
los estados implicados tome la
decisión deliberada de provocar
una guerra contra uno de sus
competidores, porque los líderes
de todos estos países saben a
ciencia cierta que el precio de
la violencia es demasiado
elevado teniendo en cuenta lo
que obtendrían a cambio. El
problema es, en cambio, que
todos ellos están tomando parte
en acciones que hacen que el
comienzo de una escalada
involuntaria sea cada día más
plausible. Estas acciones
incluyen, por ejemplo, el
despliegue de un número cada vez
más elevado de consejeros e
instructores militares
americanos, rusos y chinos en
zonas de inestabilidad en las
cuales estos foráneos pueden
verse atrapados algún día en
bandos opuestos en conflicto.
El riesgo es aún mayor si
tenemos en cuenta que la
producción intensificada de
petróleo, gas natural, uranio y
minerales es ya en sí misma una
fuente de inestabilidad, que
actúa como un imán para las
entregas de armamento y la
intervención extranjera. Las
naciones implicadas son casi
todas ellas pobres, así que
quien controle los recursos
controlará las únicas fuentes
seguras de abundante riqueza
material. Esta situación es una
invitación a la monopolización
del poder para que las elites
codiciosas empleen su control
sobre el ejército y la policía
para eliminar a sus rivales. El
resultado de todo ello es, casi
sin excepción, el de la creación
de una camarilla de capitalistas
instalados a conciencia en el
poder que utilizan con
brutalidad las fuerzas de
seguridad y terminan rodeados de
una ingente masa de población
desafecta y empobrecida, a
menudo perteneciente a un grupo
étnico diferente, un caldo de
cultivo idóneo para los
disturbios y la insurgencia.
Esta es hoy la situación en la
zona del delta del Níger en
Nigeria, en Darfur y el sur de
Sudán, en las zonas productoras
de uranio del Níger, en Zimbabwe
y en la provincia Cabinda de
Angola (en la que se encuentra
la mayor parte del petróleo del
país) y otras muchas zonas que
sufren lo que ha sido denominado
ya ' maldición de los recursos'
El peligro se encuentra, huelga
decirlo, en que las grandes
potencias se vean inmersas en
estos conflictos internos. No se
trata de ningún escenario
extemporáneo: EEUU, Rusia y
China están proporcionando
armamento y servicios de apoyo
militar a las facciones de
muchas de las disputas antes
mencionadas: EEUU está armando a
las fuerzas gubernamentales en
Nigeria y Angola, China
proporciona ayuda a las fuerzas
gubernamentales en Sudán y
Zimbabwe, y así con el resto de
conflictos. Una situación
incluso más peligrosa es la que
existe en Georgia, donde EEUU
respalda al gobierno
prooccidental del presidente
Mijail Saakashvili con armamento
y apoyo militar, mientras Rusia
da su apoyo a las regiones
separatistas de Abkhazia y
Osetia del Sur. Georgia juega un
importante rol estratégico para
ambos países porque alberga el
oleoducto Bakú-Tbilisi-Ceyhan (BTC),
un conducto avalado por los EEUU
que transporta petróleo del Mar
Caspio a los mercados
occidentales. Actualmente hay
consejeros e instructores
militares estadounidenses y
rusos en ambas regiones, en
algunos casos incluso tienen
contacto visual los unos con los
otros. No es difícil, por lo
tanto, conjeturar un escenario
en el cual un choque entre las
fuerzas separatistas y Georgia
conduzca, quiérase o no, a un
enfrentamiento entre soldados
rusos y americanos, dando lugar
a una crisis mucho mayor.
Es esencial que América invierta
el proceso de militarización de
su dependencia de la energía
importada y disminuya su
competición con China y Rusia
por el control de recursos
extranjeros. Haciéndolo, se
podría canalizar la inversión
hacia las energías alternativas,
lo que conduciría a una
producción energética nacional
más efectiva (con un
abaratamiento de precios a largo
plazo) y una inmejorable
oportunidad para reducir el
cambio climático.
Cualquier estrategia enfocada a
reducir la dependencia de la
energía importada, especialmente
el petróleo, debe incluir un
incremento del gasto en
combustibles alternativos, sobre
todo fuentes renovables de
energía (solar y eólica), la
segunda generación de
biocombustibles (aquellos hechos
a partir de vegetales no
comestibles), la gasificación
del carbón capturando las
partículas de carbono en el
proceso (de modo que ninguna
dioxina de carbono escape a la
atmósfera, contribuyendo al
calentamiento del planeta) y
células de combustible
hidrógeno, junto con un
transporte público que incluya
ferrocarriles de alta velocidad
y otros sistemas de transporte
público avanzados. La ciencia y
la tecnología para implementar
estos avances se encuentran ya
disponibles en su mayor parte,
pero no las bases para
conducirla del laboratorio o de
la etapa de proyecto piloto a su
desarrollo completo. El desafío
es, entonces, el de reunir los
miles de millones -quizás
billones- de dólares que se
necesitarán para ello.
El principal obstáculo a esta
tarea hercúlea es que su
principal razón de ser se
encuentra desde un buen
principio con el enorme gasto
que supone la competición
militar por los recursos de
ultramar. Personalmente estimo
que el coste actual de imponer
la doctrina Carter se encuentra
entre los 100 y los 150 mil
millones de dólares, sin incluir
la guerra en Irak. Extender esa
doctrina a la cuenca del Mar
Caspio y Africa sumará miles de
millones más a la cuenta. Una
nueva guerra fría con China, con
su correspondiente carrera
armamentística naval, requerirá
billones en gastos adicionales
militares en las próximas
décadas. Una locura: el gasto no
garantizará el acceso a más
fuentes de energía, ni abaratará
el precio de la gasolina a los
consumidores, ni desanimará a
China en su búsqueda de nuevas
fuentes de energía. Lo que
realmente hará será reducir el
dinero que necesitamos para
desarrollar fuentes de energía
alternativas con las que
conjurar los peores efectos del
cambio climático.
Todo ello nos conduce a la
recomendación final: más que
embarcarnos en una competición
militar con China, lo que
deberíamos hacer es cooperar con
Pekín en el desarrollo de
fuentes de energía alternativas
y sistemas de transporte más
eficaces. Los argumentos en
favor de la colaboración son
abrumadores: se estima que
juntos, los Estados Unidos y
China, consumiremos el 35% de
las reservas mundiales de
petróleo para el 2025, la mayor
parte del cual tendrá que ser
importado de estados
disfuncionales. Si, como se
predice ampliamente, las
reservas mundiales de petróleo
empiezan a disminuir por
entonces, nuestros países
estarán encerrados en una
peligrosa lucha por unos
recursos cada vez más limitados
a zonas crónicamente inestables
del mundo. Los costes de ello,
en términos de unos desembolsos
militares cada vez mayores y una
inhabilidad manifiesta para
invertir en proyectos sociales,
económicos y medioambientales
que merezcan realmente la pena,
serán inaceptables. Razón de más
para renunciar a este tipo de
competiciones y trabajar juntos
en el desarrollo de alternativas
al petróleo, en los vehículos
eficientes y otras innovaciones
energéticas. Muchas
universidades y corporaciones
chinas y norteamericanas han
empezado a desarrollar proyectos
conjuntos de esta naturaleza,
así que no debería de ser
difícil prever un régimen de
cooperación aún mayor.
A medida que nos acercamos a las
elecciones del 2008, se abren
dos caminos frente a nosotros.
Uno nos conduce a una mayor
dependencia de los combustibles
importados, una militarización
creciente de nuestra relación de
dependencia del petróleo
extranjero y una lucha
prolongada con otras potencias
por el control de las mayores
reservas existentes de
combustibles fósiles. La otra
lleva a una dependencia atenuada
del petróleo como fuente
principal de nuestros
combustibles, al rápido
desarrollo de alternativas
energéticas, un perfil bajo de
las fuerzas estadounidenses en
el extranjero y a la cooperación
con China en el desarrollo de
nuevas opciones energéticas.
Rara vez una elección política
ha tenido mayor trascendencia
para el futuro de nuestro país.
*
Michael Klare es Catedrático del
Hampshire College,
Massachussets, EEUU. Autor de
"Sangre y Petróleo". Ed. Urano,
Barcelona, 2004. Traducido para
Sin Permiso por Ángel Ferrero.
COMCOSUR / MONTEVIDEO
comcosur@comcosur.com.uy
www.comcosur.com.uy
Revista Koeyú Latinoamericano
revistakoeyulatinoamericano@gmail.com
Caracas. Venezuela
Gentileza:: Revista Koeyu
[revistakoeyu@gmail.com]
paginadigital |