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La batalla de Bolivia
Juan Diego
García
especial para ARGENPRESS.info
El abrumador respaldo
otorgado a Evo Morales por el
pueblo de Bolivia en el pasado
referendo (más del 67%),
superior inclusive al porcentaje
que lo eligió presidente y con
incrementos muy significativos
en las regiones separatistas
bajo el control de la derecha,
despeja muchas dudas.
Pero los apoyos alcanzados por
los Prefectos rebeldes,
desconociendo los resultados que
le son adversos y sobre todo
llamando abiertamente a la
intervención militar y la guerra
civil arrojan enormes sombras
sobre el panorama inmediato de
este país andino.
Resulta sintomático que mientras
el gobierno central se ha
mantenido escrupulosamente
dentro de las reglas del juego
democrático, la oposición ha
traspasado la línea de la
legalidad una y otra vez, en
plena armonía con las tácticas
clásicas del golpe de estado.
La derecha ha saboteado la
redacción de la nueva
constitución (sin éxito), ha
promovido referendos
separatistas ilegales y violenta
sistemáticamente la voluntad de
la ciudadanía mediante el terror
en las calles. Perdido el
gobierno central conserva sin
embargo un enorme poder pues
controla aún los resortes
principales de la economía
(bancos, fábricas, grandes
comercios y sobre todo el
latifundio) y posee casi un
monopolio completo de los medios
de comunicación mediante los
cuales adelanta las típicas
campañas de desinformación,
manipulación y siembra de
zozobra entre la población.
Además, gobierna en algunas
regiones (las más ricas).Los
gobiernos progresistas del área
apoyan a Morales, no solo porque
comparten en líneas generales la
orientación social de su
programa y adhieren al espíritu
nacionalista de sus medidas sino
también -y en no poca medida-
porque todos temen las
tendencias separatistas que bien
podrían fomentar fenómenos
similares en sus propios países.
Sobre todo cuando esos
movimientos contrarios a la
unidad nacional están promovidos
y financiados desde el exterior
por gobiernos metropolitanos y
compañías multinacionales, ambos
muy afectados por su pérdida de
influencia en la zona. El mayor
temor de la derecha es que se
apruebe la nueva constitución.
En particular, se destaca la
oposición cerrada del gremio
terrateniente que teme una
reforma agraria integral que
socave los fundamentos de su
misma existencia. Pero también
se oponen los demás sectores del
gran capital que tanto se han
beneficiado de las anteriores
políticas neoliberales.
En su empeño están respaldados
abiertamente por la embajada de
Estados Unidos que conspira sin
ninguna discreción, financia con
generosidad sus iniciativas y
apoya políticamente a la derecha
en su intento por derrocar a
Morales. Con el presidente está
la gran mayoría del pueblo, a
juzgar por las votaciones
recientes. Evo cuenta por ahora
con un capitalismo de estado aún
de modestas dimensiones, fruto
entre otras cosas de las nuevas
medidas de control de las
multinacionales; ha tenido el
respaldo de las fuerzas armadas
(que no es poco) y parece
confiar no solo en el
nacionalismo de los militares
sino también en su misma
extracción étnica y de clase. La
derecha, en cambio, sabe que es
minoritaria y ni siquiera los
buenos resultados en algunas
regiones le dan suficientes
garantías. De hecho, la
participación en los llamados
referendos autonómicos fue
bastante lánguida, introduciendo
grandes dudas sobre el supuesto
apoyo abrumador que la derecha
alega poseer.
¿Hubieran sido reelectos los
prefectos separatistas si en sus
localidades las elecciones
hubiesen sido realizadas con
plena libertad y sin el terror
implantado por las bandas
fascistas de las "juventudes
cruceñas" contra los partidarios
de Morales?
Pero su falta de respaldo lo
compensa sobradamente la derecha
con su poder económico, su
control mediático y la esperanza
-nunca perdida-
de un golpe militar que venga a
salvarla.
Si Morales consigue empezara
reformar radicalmente la
tenencia de la tierra (para lo
que es indispensable el respaldo
del ejército y la policía)
desatará un proceso social
imparable que dará al traste con
la parte más agresiva de la
oposición y debilitará mucho las
tendencias separatistas. Además,
el presidente boliviano tiene
margen para negociar con las
regiones el reparto de los
beneficios de los recursos
naturales quitando así a los
separatistas su bandera más
preciada.
El gobierno central no puede
tolerar sin embargo que grupos
de matones se apoderen de las
calles, humillen en la plaza
pública a los representantes de
los indígenas (un espectáculo de
racismo transmitido al mundo por
la televisión), impidan a las
autoridades hacerse presentes en
las zonas rebeldes y apaleen
delante de las cámaras al jefe
de la policía de Santa Cruz, sin
consecuencias (al menos que se
sepa). Que un latifundista
gringo se permita el lujo de
echar de su propiedad (a tiro
limpio) al ministro boliviano de
la reforma agraria, parece la
gota que colma el vaso.La
batalla de Bolivia demuestra
que, al menos en estos pagos, no
basta con tener razón; no es
suficiente contar con toda la
legitimidad y moverse dentro de
unas leyes que, entre otras
cosas, no creó el pueblo sino
esa misma burguesía levantisca,
racista y belicosa que ahora las
desconoce y viola con la mayor
impunidad.
La batalla de Bolivia remite
nuevamente al debate sobre las
posibilidades reales de un
régimen democrático burgués en
países en los cuales aún dentro
del capitalismo parece imposible
realizar reformas y abolir
privilegios aberrantes. Unas
clases dominantes cuyo principal
objetivo es vegetar en la
incuria, expoliar a las mayorías
y parasitar a la sombra de sus
protectores imperialistas se
acomodan bastante bien a
proyectos como el neoliberal
pero por la misma razón se
sienten amenazadas por procesos
de desarrollismo y nacionalismo
y -como no podía ser de otra
manera- se aterrorizan ante la
perspectiva de un cambio de
orden social que las obligue a
trabajar, a ser útiles y
productivas, a practicar aunque
sea por una vez en su existencia
el ideal calvinista que se
supone condición indispensable
para generar el capitalismo.
Evo Morales tendrá que jugar a
fondo sus cartas si quiere
retomar la dirección del
proceso. Tiene al pueblo
consigo; tiene el apoyo de los
pueblos vecinos y la simpatía de
muchos gobiernos
latinoamericanos; tiene, por
ahora, no solo las armas de la
ley sino las armas mismas que
puede y debe usar en defensa de
los intereses mayoritarios de la
población. En la batalla de
Bolivia parece que el pueblo ya
ha manifestado claramente su
decisión de ir hasta el final.
Ahora, Morales y su gobierno no
pueden ser inferiores a tanta
generosidad y entrega, no pueden
defraudar las ilusiones de
tantos millones de gentes que
han puesto en ellos la
responsabilidad de dirigir no
solo la batalla presente sino
las muchas que depara el futuro
y que el pueblo no se puede dar
el lujo de perder.
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