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"Un
Hombre en el Parque",
por Ester Mann
 
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Por Ester Mann
Texto robado de
www.artesanias.argentina.co.il
Esperaba desde las siete en el
mismo banco de siempre, aunque
sabia que ella no aparecería
hasta las siete y cuarenta y
cinco. El sendero iluminado
acentuaba las sombras del banco
en el que Oscar estaba sentado.
Ella vendría de la parada, por
su derecha, y caminaría con sus
pasitos cortos y rápidos hacia
la izquierda, sin mirar a los
lados, concentrada en sus
pensamientos o vaya a saber en
qué.
Transitaría por el sendero,
atravesando el parque, cruzaría
la avenida y llegaría a su
casita de una sola planta. Allí
la esperarían los padres para
cenar y él, Oscar, volvería a su
departamento de soltero para
esperar el día de mañana a las
siete de la tarde.
Su trabajo, las visitas a la
familia, los encuentros con
amigos eran simples formas de
matar el tiempo hasta la hora de
verla. Lo peor eran los fines de
semana, cuando ella no trabajaba
y no regresaba de la oficina a
las siete y cuarenta y cinco,
como todos los días.
En el verano se hacía más
peligroso observarla: a esa hora
era aún de día, y ella podía ver
a ese desconocido que hacía
meses que la esperaba e incluso
la seguía.
Pero ella, por apatía o
indiferencia, no le prestaba
atención.
En sus insomnios, imaginaba
distintas formas de conocerla,
de iniciar una relación. Pero
todas se complicaban por su
cortedad, la cobardía, el miedo
al rechazo.
Pensaba que mientras no hiciera
nada, podría conservar la
esperanza de que un día
llegarían a conocerse, y ella lo
amaría como él la amaba.
La tarde de primavera en que se
le cayó el libro, casi le
dirigió la palabra... Corrió, lo
levantó y las palabras que se
agolparon en su garganta, todas
las frases que había preparado
en las noches sin sueño, se
redujeron a un inaudible
"Señorita!".
Ella dio vuelta la cabeza, tomó
el libro murmurando un "gracias"
lacónico, y continuó su camino.
Hacía tres días que ella no
venía... Oscar, desesperado,
decidió atravesar el parque,
cruzar la avenida y tocar el
timbre de la casita. Antes de
cruzar vio la gente y el auto
blanco, decorado con cintas y
flores.
Se detuvo, inmóvil como una
piedra, y la vio salir, más
hermosa que nunca, con su
vestido y el ramo de azahares. A
su lado, un joven de esmoquin la
tomaba del brazo y juntos se
dirigían al auto. La blancura de
la ropa y el brillo del
automóvil lo encandilaron y sus
ojos, húmedos, se nublaron.
A partir de la tarde siguiente,
el banco que los faroles de la
plaza no iluminaban, quedó
solitario, oculto entre los
arbustos.
Gentileza::
poemasenanil@yahoo.com.ar
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