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El Pelusa Parravicini era un
amante de la técnica. Tanto es
así, que estuvo entre los
primeros en comprarse una bici
con caja de velocidades, de esas
que sólo se veían en las
películas italianas. Como doce
cambios tenía la máquina,
propiamente. Y al inscribirse en
una carrera, entre los
competidores cundía el
desaliento
-Malas noticias, muchachos.
-¿Boca bajó a segunda?
-No es problema de fóbal. Este
domingo Pelusa corre en Devoto.
-Seguro que lleva el arma
secreta.
-Ponéle la firma.
-Entonces yo me quedo en casa
jugando al sapo, que con tanta
ingeniería, al coso no lo para
el más pintáo.
-Yo tampoco me muevo del
domicilio legal.
-Ni yo, porque sólo hay mosca
para el puntero. Al segundo
puesto lo arreglan con diploma y
un abrazo.
-¿Ni un sope para viáticos?
-Así la están batiendo.
-¡Cuánto daño hizo ese garca al
deporte nacional...!
-Quedáte en el molde, cofla,
porque el destino no perdona a
nadies. Cuestión de tiempo, pero
el que a hierro mata, a hierro
muere -agregó como epílogo el
negro Udaondo- La misma
tecnología que le dio lustre, lo
va a dejar en pelotas, che.
-Ojála, que tanta malaria no se
banca más.
Toda una maldición gitana.
Porque a veces las vendettas
parece que estuvieran escritas
con tinta china. A mayor
abundamiento, estás apoyado
piola contra un árbol viendo
pasar las naifas por la vedera,
y el destino te sacude un mazazo
atrás del occipital. Formas hay
muchas, aunque la más corriente
es que te se venga en banda una
maceta del primer piso. Algo así
le pasó al Pelusa cuando oyó que
llegaba la técnica para borrar
distancias, y apenas apretabas
un botón, la pantalla se llenaba
de rusas. Pero no como la cajera
de “Gran Compraventa El Siglo”,
donde dejé el saco de cuero.
Minones con carucha de ángel,
tetas modelo “Vip”, y ganas de
conversar. Un mundo nuevo, de
consecuencias imprevisibles.
Entre las cuales lo peor era
dejarte todas las neuronas en
corto apenas empezaba el chou. Y
nada quedaba librado a la
casualidad, porque para lograr
tan plausible fin, las nuevas
páginas web contaban con todo el
soporte técnico. La paponia, que
andás en la buena, te hacen
creer. Pero lo cierto es que en
esta vida poco se tira a la
marchanta. Y llevarse gratarola
una rusa al mueble, es tan poco
probable como pegarle un
mordisco al gordo de Navidad.
-¡Llegaron los paquetes, tío!
-gritaban los nenes cuando se
arrimó a la vedera el furgón de
reparto.
“Palacio de la electrónica.
Ventas minoristas y atención al
gremio.”, decía el cartel.
-¿Está ese que banca la
festichola? -preguntó el chófer,
con gesto impaciente- Son dos
lucas, antes de descargar
-Argentino, por el léxico -dijo
una señora con parientes en La
Plata.
Atrás se iba formando una fila
de taxis, mioncas y coches
particulares, que tocaban la
bocina. El pavimento ardiendo de
calor.
-¡Es para el 4 “B”! -dijo la
señora del portero.
En eso apareció el Pelusa
Parravicini, asomándose al
balcón, en calzoncillo blanco y
musculosa.
-¡Ya va! -gritó
-¡Hay que tener facha,
interrumpir el tráfico porque se
le cantan los quinotos, nomás!
-dijo un taxista con acento
mendocino.
-¡Llame a la policía, maestro!
-¡Apúrese, don Pelusa, que se
arma un gran roscón! -gritó la
portera.
Al final el cliente hizo
efectiva su cuenta, bajaron
varias cajas del camión, las
metieron en el ascensor, y la
comitiva salió disparada hacia
el espacio aéreo. O sea
Parravicini, cuatro o cinco reos
que buscaban la propina, y un
inquilino del 6”F” con pinta de
alemán, que hacía changas en el
gremio.
-¿Funca, don?
-Ponéle la firma, che. Es un
equipo de primera calidad.
-Entonces hagamos nuestras
primeras armas en el mundo de
internet.
“Señora joven y culta,
desesperada por falta de
alicientes, busca su media
naranja en el exterior”, decía
la página web. “26 años de edad,
universitaria, cuerpo voluptuoso
y amante de las tareas
hogareñas”. “Sólo te pido que
para hacer realidad nuestros
sueños, me compres un boleto de
Vladivostok a España. De todo lo
demás, me hago cargo yo. Pero no
te arrepentirás, chaval, porque
amor con amor se paga”.
El Pelusa saltaba en una pata,
de alegría. Recién enchufaba la
p.c. y ¡mirá qué resultados!
Conectó la impresora, e hizo
varios retratos de su amada.
Unos, vestida con ropita rosa.
Otros desnuda, como se usa ahora
para saber quién es quién. Claro
que estos últimos los puso en un
archivo con código secreto, por
si las moscas. Entonces se fue a
Western Union y le mandó la
guitarra. Era un toco, sin duda,
pero ese sueño de mujer lo
meritaba. ¿Quién, si no?
Entonces empezó a contar los
días. Tenía una hoja de libreta
pegada con chicle a la heladera,
e iba tachando las fechas, a
medida que se acercaba el
momento. 28 días. 27 días. 26
días. 25 días. 24 días... Y como
dice clarete el tango, no hay
plazo que no se venza ni deuda
que no se pague. O sea que un
buen día llegó la gran fecha.
¡Qué noche se pasó el Pelusa!
Despierto, transpirado, mirando
el reloj a cada rato. Tan
nervioso, que a las 4 de la
mattina empezó a cebar mate, por
hacer algo. A las 5 había
limpiado todo el depto, y a las
6 tenía la ropa planchada.
Además se había calado sus
mejores pilchas. Un ratito
después sonó la musiquita del
portero eléctrico.
-Es el taxi, señor -dijo una voz
cascada.
La distancia desde Fuengirola al
aeropuerto internacional de
Málaga son unos veinticinco
kilómetros, y se llega por
modernas autopistas de franjas
múltiples. Pero con la cantidad
de vehículos que ingresan cada
año al parque automotor, los
accesos están siempre atorados.
-¡Apúrate, gilipollas! -rugió un
morocho que llegaba tarde al
trabajo.
-¿Sos aviador? ¡Pasá por arriba
entonces, boludo! -le contestó
un paisano, con ese localismo
que a veces te delata.
Y el entredicho estaba empezando
a ponerse feo, cuando al
terminar una curva surgieron
varios carteles azules
fosforescentes. Su texto eran
mensajes lacónicos, en spanglish
aerocomercial. Pero también
había mensajes que no se
entendían en inglés ni en
español, y mucho menos
mezclándolos. Sin embargo, la
gente se iba acercando
ordenadamente al área de
recepción. En eso una voz dulce
con acento indefinido, batió la
justa.
-“Aeroflot” anuncia la llegada
de su vuelo 566, procedente de
Vladivostok y Moscú.
El Pelusa sintió que le subía la
presión arterial, y miraba la
foto de Fanny, para memorizar
los más mínimos detalles, y no
confundirse de novia. ¡Que buena
hubiera estado la galleta, en
tal caso! Por fin se vieron.
-¡Hola, pimpollo!
-¡Aló, mi cosaco azul!
La primero noche fue lógico que
luego de hacer el amor como si
estuviera por acabarse el mundo,
él la llevara a un restaurante.
La segunda, casi más. Pero
después de quince días con la
pieza hecha un revoltijo, la
ropa sucia, y sin guita en el
banco, Pelusa empezó a sospechar
que aquella mujer no era el
ideal. Lo que más le llamaba la
atención fue su interés obsesivo
por internet. Día y noche
sentada frente a la compu, meta
teclear. Por eso empezó a
espiarla discretamente, hasta
conseguir su contraseña
personal.”Mushki”, un nombrecito
tan tierno como sus ojos color
de cielo. Lástima lo que
escondían detrás.
El primer mail que abrió le tiró
el alma a los pies. “Hacélo
entrar en confianza a ese
papafrita, que yo llego el lunes
para dejarlo en bolas -decía-
“Después, hay otro candidato
esperándote en Berlín. Saludos,
Ivan Michow”
-¿Cómo era su gracia, señor?
-preguntó el guardia civil.
-Iván Michow.
-Me va a tener que acompañar.
¿Para qué seguir contando, si el
lector ya se palpita el
resultado? Así terminó el
romance del Pelusa Parravicini
con Fanny Normikovna.
-Se lo merecía este garca, con
tanta cosa rara como tiene en el
taller -sostuvo el negro
Udaondo.
“El que a hierro mata, a hierro
muere”, dice el refrán.
THE END
Copyright: John Argerich,
2007
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La serie quincenal "El
amasijo" se publica regularmente
en 32 medios de 10 países.
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