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MILAGRO EN VILLA INDUSTRIALES
(Donde se discuten misterios de
la fe.)
Por: John Argerich
Un gotán del tiempos de antes
decía que la vida es puro
aprendizaje. Sabias parolas que
confirma otra perla de la
guardia vieja. Me refiero a un
tango más conocido que la ruda,
"Cafetín de Buenos Aires", cuyas
coplas bañaban con su nostalgia
mi patio cubierto de
madreselvas.
-¿Y cuál era el aprendizaje de
la purretada, cuando ustedes
calzaban pantalones cortos?
-preguntó un péndex que debía
mostrar DNI para entrar a la
milonga.
-La filosofía del arrabal -dijo
el cantor- ¡Dados, timba y no
pensar...!
Dura escuela, llena de autoridad
moral, aunque el ortiba no tenga
más títulos que cuarto grado
incompleto. Porque, a pesar del
parecido, sabiduría e
ilustración son cosas tan
distintas como aserrín y pan
rallado. Una se mama en los
brolis. La otra queda en el
fondo del pocillo como borra de
café. O sea una propina que la
vida te deja por cada paso que
das en el bolonki de mi ciudad.
"Los años van tapizando el coco
de información, decía un
barbudo". Como si hiciera falta
ponerle la millonaria al dicho
del payador, cuando discutió "el
primer cuidao del hombre".
-Lleváte de mi
consejo...-razonaba el
musicante, afinando la vigüela,
para afirmar pensamientos- ¡Que
el diablo sabe por diablo, pero
más sabe por viejo!
Y de tanto que aprendemos,
algunas cosas sirven como rosa
de los vientos, con que nuestros
ancestros conquistaron los siete
mares. Pero otras ni para llegar
al inodoro cuando los intestinos
celebran el alba a cañonazos,
tas nocturna rebelión . Yo
empecé muy de pebete a sentirme
incómodo con las contradicciones
del mundo cane en que vivimos.
Los ricos que hacen pinta sin
traspirar, y los pobres que se
cagan de hambre, aunque
traspiren. Y ese verso me deparó
cada felpiada que no quiero
recordar, porque en la flía hubo
simpatizantes del partido
conservador.
-¡Comé la sopa, nene! -dijo mi
tía Azucena.
-No, y no -contesté yo.
-¡Te voy a hacer morfar a
sopapos! -repuso otro valor del
entorno familiar.
Pero yo tenía mi argumentación,
y le salté como tigre agazapado
en la jungla.
-En la Nueva Argentina los
únicos privilegiados son los
niños -dije -Si no me dejan de
hinchar las pelotas, me voy a la
Fundi y los denuncio.
-Eso es lo que les enseñan en el
cole, ahora -dijo un vecino que
había acudido acuciado por la
gresca.
En resumen, no morfé la sopa,
pero me hicieron tragar dos
platos de zapallitos rellenos
con puré de zanahoria.
-¡Reaccionarios! Dije en voz
alta, antes de salir corriendo
al patio, y encontrarme con los
purretes del conventillo.
-¡Viva la patria, y abajo la
sopa de tapioca! -grité,
sintetizando consignas que
rugían en mis entrañas.
-¡Perón, Perón...! Contestó la
barra, y en mi casa hicieron
como hacen los esquimales,
porque la mano venía fieraza, un
decir.
-¡Glup! -suspiró el perro, antes
de meterse en la cucha, porque
cuando había bronca, siempre
terminaba ligándose una patada.
Y llegado a este punto, uno
empieza a poner en tela de
juicio los valores
tradicionales. La charla está
buena, pero ya no me acuerdo de
qué estábamos hablando. Un
llamado de atención, para
recuperar cierta línea
argumental.
-El tema era cómo se enllena la
pensadora de pensamientos
profundos -dijo Peti Filitesta,
con cara de intectual. Y todos
la escucharon, porque con
polleritas cortonas y generoso
escote estaba para el cadalso,
digo yo.
Entonces me se prendió la
Philips, y empecé a pensar que
las cosas se aprenden por
contradicción. ¿Qué es lo lindo?
La contra de lo feo. ¿Qué es el
laburo? La contra del dolce far
niente . ¿Qué es un gato? El
vesre de un perro. ¿Qué es el
bondi? La contra de viajar en
once. ¿Qué es un escracho? Lo
contraria de la Peti Filitesta,
con la que ya me estaba
agarrando un metejón. Y con
tantas cosas agitando la
pensadora me acordé de Mundo. El
perro que mi abuelo Pepino
Scalese había hecho traer de
Sicilia por correo diplomático.
O sea la más recontra imaginable
de cuanto perro había conocido
en mi larga vida. Vagoneta,
siempre buscando afanarse los
chorizos que el trompa preparaba
con su receta secreta, antes de
Navidad. Una tradición que duró
hasta 1953, cuando el pobre se
murió. El abuelo, no el perro.
Por lo menos, de entrada, como
se verá. ¡Y Mundo fue testigo de
tantas enseñanzas! Una de ellas,
era rebuscarse la vida sin más
reparos morales que los
estrictamente necesarios para no
acabar en cafúa. Por eso cuando
lo velaban al nono, doña
Pasqualina repetía, sollozando,
una frase cargada de tristeza:
-¡Ay, mundo, te los vas llevando
todos uno a uno!
Entre parientes y vecinos
procuraban calmarla, pero su
queja era como disco rayado en
la vitrola RCA Victor.
-¡Ay, mundo, te los vas llevando
todos, uno a uno! -repetía la
esposa.
-Le quedan sus hijos, señora...
-Ha sido la voluntad de Dios...
-Padre nuestro, que estás en los
cielos...
Desde el fondo del cajón, los
ojos cerrados de don Pepino
parecían apretarse en una mueca
burlona. Y las sombras de las
velas imprimían aire trágico al
velorio. Sombras a merced del
viento que se colaba por las
ventanas entreabiertas.
Parientes y vecinos haciendo
corrillos en la vereda.
-¿Se ha enterado, don Filiberto,
que a partir del lunes próximo
vuelve a subir el precio de la
nafta?
-Por suerte, mi coche tiene
motor a gas.
Y en ese marco de duelo, nadie
advirtió el sórdido drama que
transcurría en la fiambrera. El
perro del difunto la había
tirado al suelo de un certero
empujón, y mientras la sostenía
con una pata, iba sacando los
chorizos del abuelo, celosamente
guardados en su interior.
-¡Fuera, perro! -dijeron las
viejas, y el engendro salió
corriendo con una ristra del
manjar entre los dientes.
-¡Ritorna in casa, disgrasciato!
-gritaba la viuda- mientras le
tiró con el banquito que don
Pepino usaba para ordeñar,
cuando empezó su carrera de
tambero. Es decir, una joya
familiar.
La reliquia cruzó raudamente el
espacio aéreo, desafiando a la
ley de gravedad, y entonces se
vio que la viuda tenía buena
puntería. Así que el pobre perro
recibió un impacto tan perfecto,
que chocó con una puerta y le
dio un infarto. Entonces miró
alrededor, como despidiéndose, y
cayó cuan largo era, sobre el
piso de tierra recién apisonada.
Sus últimas palabras fueron:
-¡Guau, guau!
Después cerró despacito los ojos
y se fue al cielo, junto con su
amo, que en paz descanse.
-¡Adiós, Mundo! -dijo la señora
mayor.
Pero ocurrió lo inesperado. El
can abrió un ojo, y terminó de
masticar un choricito, antes de
tragárselo con placer de buen
gurmet.
-¡Miracolo, miracolo! ¡Il cane
mangia dopo di morto! -gritaban
las señoras.
"Extra, extra! Muerte y
resurrección del perro de don
Pepino Scalese, vecino de Villa
Industriales" -dijo Crítica.
Noticias Gráficas no se quedaba
atrás, en su versión de los
hechos que estaban sucediéndose
a alta velocidad.
"El Vaticano estudia canonizar
al perro"
Y LR1 Radio el Mundo dijo:
"Otrto ejemplo de nuestra
entrañable América... ¡Nada es
imposible, aquí! Lea Vd. la
historia de un santo que no pasó
de can."
Así termina esta historia, que
he tratado de relatar fielmente.
Y según me han dicho, la misma
fue por muchos años tema
obligado de las tertulias con
que amanece en los cafés de
Buenos Aires.
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La serie quincenal "El
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