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La ansiedad no conduce a nada
bueno -solía decir mi tío, el
finado Florencio Sosa, que en
paz descanse.
Y para los que pongan en duda su
enseñanza, ahí van una pequeña
crónica. Que en esta clase de
fatos, de la teoría a la
práctica sólo falta rempujarlo
suavecito al punto. La vuelta
que les voy a contar, yo estaba
bajándome un feca en el Bar
Gorostiaga, donde paro desde
hace años. Y los muchachos
empezaron a hablar de la
pacencia. Alguien dijo que el
colmo de ésta era meter un
zapato adentro de una jaula, y
sentarse a esperar que cante.
-O dejarle una zapatilla al lado
-agregué yo- y ponerse a elegir
nombres para los pibes. Ejemplos
de ansiedad, que aunque poco se
los mire, a nada conducirán.
Pero ese mal siempre estuvo
presente en nuestra cultura.
“El que espera, desespera, es
también refrán de amor...
¡No dejés para mañana lo que
puedas hacer hoy!”
-proclamaba una letrita de
cuando éramos péndex.
Sano consejo, aunque también es
cierto que de buenas intenciones
está alfombrado el camino del
infierno. Quien piense de otra
manera, léase lo que vamos a
contar.
“A la vejez, viruela”, sabían
decir las viejas de pura
envidia, celebrando alguna
goleada tardía.
-¿Sabe, doña Mecha, que el
Sufragio Piruletti anda con la
hija del almacenero, que es
cuarenta años más joven que él?
Yo no sé qué le queda para
ofrecerle, con esa facha de
mortadela.
-El carrozaje dejó de ser
problema, señora, desde que
apareció la Viagra. Las
pastillas son caras, pero los
muchachos que parecían
destinados a tomar sol per
sécula seculorum en el banco de
la plaza, ahora hacen capote,
como allá en los años 40. ¿Recordás
lo que te cuento, o no?
-¿Si me acuerdo de qué?
-De cómo se chapaba en el
zaguán, al volver de la milonga.
-De parado, y con el novio en
sobretodo, por si las moscas.
-O con poncho criollo, que cubre
más.
-Precauciones ante el acoso de
los parientes, con la moraleta
de entonces. Que si los cachaban
haciéndose ojepto de malos
tratos, les salía del cuore un
grito de guerra para hacerlo
cagarse de pánico al más
pintado.
-No me acuerdo de éso.
-Te lo cuento. La consigna para
que bajaran los cuñados con el
cuchillo de la cocina era bien
clara. “¡Ambulancia para uno,
sacacorchos para otro!” Y caer
en sus manos era como estar en
el patíbulo, con la soga
mordiéndote el gañote. ¿Qué ibas
a negociar? Día del entierro o
fecha y hora de esponsales, nada
más.
-¡Mamma mía...!
Y como esa generación era
puntillosa, nada quedaba librado
al azar. Así que de haber
confites, el padrino de la novia
solía aparecerse muy sonriente,
pero con un 45 a la cintura. Por
si las moscas.
-Toma por esposa a la
Guillermina Susana Rucci Escobar
y Obes, hasta que la muerte los
separe?
Entonces el padrino apretaba,
haciéndote sentir el caño en las
partes más sensibles del
costillar.
-¡Decí que sí, o sos fiambre!
-Si.
Se intercambiaban los anillos, y
cuando el del chumbo te daba un
abrazo, sobrevenía el deshielo
-¡Felicidades, hijo mío!
Pero vos íntimamente no habías
aceptado la reducción al estado
de vasallaje, y como única forma
de esquivarlo te ponías a
esperar las parcas. O a juntar
guita para un pasaje de ida a la
selva del fin del mundo, donde
tus carceleros no pudieran
llegar jamás. Tipo Papillón,
pero al vesre. Que si te
chapaban en fatos de cornamenta,
podías terminar vichando las
margaritas del lado de la raíz.
-¡Vaya amansadora la que te
aguarda, chaval! -dijo un
andaluz que por allí pasaba.
Y cantó propio la justa. Que
mesejante encierro era como
dictarte prisión perpetua, sin
derecho a condicional.
Pero no hay por qué seguir
machacando con un tema tan
pesado, cuando las antípodas
también son válidas. O sea, que
la minusa se tome el pire,
dejándote más planchado que
cuello de camisa nueva. Y si nos
ponemos a cirujear en los tachos
del recuerdo, sale un groso
memorial. Por ejemplo, el toña
que lo dejaron esperando con la
vela en la mano, casi más. Neto
desaire para cualquier varón. Y
eso es lo que le pasó a otro
valor de mi cuadra, el Casote
Tamborini, como le decían por su
famoso uppercut. Andaba como
escrachado del coco por una
hembra que era un bombón.
Apenitas entradita en carnes a
pesar de los treinta y cinco,
tetuda, y con un culo respingado
para infartar al más gil. Lo que
se dice percanta y medio, en la
lunfa madre. Y lo amuró al
Casote como un chorlito, de
tanta ilusión.
-Buenas tardes, niña, seré
curioso. ¿Va sola? -dijo un día,
cuando la vió paseando el perro
por la calle Nicaragua.
-Hasta la esquina, nomás.
-Entonces, la acompaño.
-Me esperan mi novio y sus tres
hermanos, que son boxeadores. Si
tenés algo que decir, hablá
rápido.
-Me quiero casar con vos.
-Esperate sentado, che.
El pobre ñato no entendió bien
lo irónico del mensaje, y se
compró un silloncito, para
ponerlo en el balcón. Un sitio
desde donde observaba bien la
cuadra, decorado con macetas
rojas llenas de dalias y
malvones. Y desde allí deshojaba
margaritas, mirándola pasar.
-Me quiere mucho, poquito,
nada...
Pero un día, sin que nadie lo
previera, ocurrió la tragedia.
Como en los tangos. Primero
apareció en la vedera el viejo
de ella, vestido de etiqueta. Un
franchute de mostacholis
finitos, que se llamaba don
Gastón. Después algunos
familiares, y al final, propio
la Loli, del brazo de un payuca
con facha de ortiba. Estaba
claro que la espera del Casote
había terminado. Entonces tuvo
una horrenda premonición, y vio
imágenes trágicas. Nada menos
que el amor de su vida cebándole
mate a ese turro.¿Para qué
seguir? No hizo falta más nada
para hacerle volar los pájaros.
Y con un rugido salvaje, saltó
sobre la multitud, para hacer
valer los argumentos de su
famosa izquierda. Así volaron
funyes, tamangos, plumas y
claveles. Unos entusiastas se
sacaron el saco, arremangándose
para la gresca, y los vecinos
tomaban parte, creando ambiente.
-¡Me cago en ese grone y viva
don Casote, porque conozco a los
Tamborini, desde que llegaron de
Italia! -gritaban los amigotes.
Al ratito, no quedaban en pié
más que el furioso amante y la
Loli.
-¿Te querés casar conmigo,
ahora?
-¡Sí, héroe de mi corazón!
-Entonces los declaro marido y
mujer -dijo el cura, para cobrar
unos mangos de propina, y que
acabaran de romperle la iglesia.
Dos ambulancias llenaron el
horizonte con su alarido,
mientras convergían en el campo
de batalla varios patrulleros de
la Federal. Igualito que en las
series policiales
norteamericanas que dan por
televisión.
-¡Felicitaciones, pibe! -dijo un
sardo, que también paraba en el
Bar Gorostiaga.
A lo cual agregó, con celo
profesional:
-¡Y los que están en el suelo no
se desacaten, y vayan mostrando
documentos a la autoridá
competente!
Tamborini sacó del garage un
viejo Ford, que solamente
arrancaba cuando se le cantaban
las bielas.
-¿Vas a andar esta vuelta, che?
-¡Grrr...! -repuso el viejo
motor en “V”, echando los bofes.
Y los novios tomaron el Acceso
Oeste, para perderse rumbo al
regazo infinito de la patria. He
aquí otro ejemplo de lo que sapa
a veces, cuando te quedás
esperando piola en el molde.
Porque, para todo existe un
límite, y el que la hace, tiene
que formar. O como bien dijo
Taboada:
“El que plantó la lechuga, me se
morfa la ensalada”
“Recién casados”, rezaba el
cartel.
THE END
Copyright: John Argerich,
2007
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La serie quincenal "El
amasijo" se publica regularmente
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