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Promesas, peligros y realidad
Danny Burridge
ALAI AMLATINA
El 1 de junio de 2009,
Mauricio Funes del Frente
Farabundo Martí de Liberación
Nacional (FMLN) fue juramentado
como el primer presidente de
izquierda de El Salvador. Funes
debe su triunfo a una amplia
voluntad popular de cambio,
después de 20 años de
devastadoras políticas
neoliberales aplicadas por los
sucesivos gobiernos de Alianza
Republicana Nacionalista
(ARENA). Su victoria también se
debe a una novedad: Funes es un
periodista muy respetado y un
outsider político progresista.
El actual mandatario superó
tanto una implacable campaña de
desprestigio orquestada por la
derecha, como también el fraude
institucionalizado, endémico en
las elecciones salvadoreñas, que
favorece a ARENA. Una
participación masiva del
electorado prevaleció sobre los
dos obstáculos, entregándole a
Funes una ligera mayoría en las
urnas -aunque recientes
encuestas de opinión muestran
que cuenta con el apoyo de
alrededor del
80% de la población-.
En su discurso de toma de
posesión, Funes prometió la
reconstrucción social y
económica de El Salvador, con un
"gobierno de unidad nacional".
Dos veces invocó el legado del
obispo y mártir Oscar Romero,
asegurando que el único sector
privilegiado por su gobierno
serán los pobres.
Además se comprometió a luchar
contra la corrupción y la
evasión fiscal, a racionalizar
las instituciones
gubernamentales y a mantener una
política exterior independiente.
De hecho, uno de sus primeros
actos como presidente fue
reestablecer relaciones
diplomáticas y comerciales con
Cuba, dejando a los Estados
Unidos como el único país en el
hemisferio, sin vínculos
formales con La Habana.
El nuevo Presidente ha dicho que
establecerá un "Consejo
Socioeconómico", compuesto con
representantes tanto de
movimientos sociales como del
sector privado, encargado de
desempeñar un papel consultivo
permanente en su administración.
También aseguró que este Consejo
será un espacio para una real
democracia participativa
encaminada a la construcción de
políticas públicas progresistas.
Sin embargo, el peligro radica
en que poderosos intereses
empresariales podrían marginar
la influencia de los sectores
populares dentro de la nueva
entidad.
Uno de los anuncios más audaces
de Funes fue la creación de un
"Plan Anticrisis" sobre 18
meses, que será respaldado con
la creación de un Banco Estatal
de Desarrollo. Éste se orientará
a reactivar la agricultura y
otros sectores vitales de la
economía que están en
dificultades. Otras promesas
incluyen la creación de 100.000
nuevos puestos de trabajo, el
suministro gratuito de uniformes
y útiles escolares a un millón
de estudiantes de primaria, la
construcción de
25.000 hogares para personas de
bajos ingresos, y la entrega de
los medicamentos necesarios a
todos los hospitales públicos y
clínicas de salud.
Funes aún no ha elaborado un
plan concreto para el
fortalecimiento de estas áreas
estratégicas a largo plazo y el
financiamiento es incierto.
Sólo la mitad de los US$ 475
millones del Plan Anticrisis
está actualmente financiada, si
bien el Banco Interamericano de
Desarrollo (BID) ha anunciado un
préstamo de US$ 500 millones
para ayudar a financiar las
iniciativas sociales.
Funes ha generado confianza y
esperanza en la población, como
ningún otro presidente
salvadoreño lo ha hecho, lo cual
constituye el primer paso vital
para "reinventar" El Salvador,
como él propone. De hecho, el
país necesita con urgencia
transformaciones radicales, pero
el mandatario no ha prometido,
específicamente, cambios
estructurales, ya que no sería
capaz de cumplirlos. Tampoco
será capaz de construir un
gobierno de unidad nacional. Es
posible que pueda aumentar
nominalmente la inversión social
en beneficio de los pobres, pero
el poder de veto estructural que
ejerce el capitalismo global
sobre el cambio en El Salvador,
junto con la oposición interna
de la derecha, harán que la
implementación de reformas
significativas resulte sumamente
difícil.
Para llevar a cabo estas
reformas necesarias, Funes ha
conformado un gabinete muy capaz
y respetado con economistas,
tecnócratas, líderes sociales, y
funcionarios del FMLN. Pero las
dificultades a los planes de su
administración provendrán de
afuera.
En el plano nacional, el FMLN
controla la presidencia y poco
más. La derecha todavía domina
en la legislatura, en manos de
ARENA en coalición con pequeños
partidos de derecha. La gran
mayoría de los jueces de la
Corte Suprema son nombrados por
ARENA, mientras que las
instituciones gubernamentales
clave, como el Tribunal Supremo
Electoral y la Procuraduría
General de la República siguen
allegados a la derecha. Es
probable que las políticas
progresistas se obstruyan
sistemáticamente a cada paso.
Los grandes medios de difusión
continuarán siendo los
portavoces de ARENA y su máquina
de propaganda, un arma
fundamental para demonizar al
gobierno del FMLN. En el ámbito
económico, el FMLN se enfrenta a
una catástrofe. Los veinte años
de corrupción sistemática
pesarán fuertemente sobre el
nuevo gobierno, hecho que con
valentía Funes destacó en su
discurso inaugural. En sus
últimos tres meses en el cargo,
ARENA aceleró sus esfuerzos para
vaciar las arcas públicas,
dejando a Funes con un déficit
fiscal de al menos US$ 1,2 mil
millones, o cerca del 6% del
PIB.
La recesión económica mundial ha
intensificado seriamente la
crisis interna actual provocada
por años de mala gestión de
ARENA. En los últimos seis
meses, se han eliminado 40.000
empleos. Las importaciones e
exportaciones, así como la
recaudación de impuestos, han
registrado caídas abruptas,
mientras que las remesas de
salvadoreños en el extranjero
han disminuido en un 8%. En lo
que va del año, la economía ya
se ha contraído en el uno por
ciento. Mientras tanto, las
tasas de homicidio han llegado a
un promedio de 13 víctimas por
día, y los jóvenes salvadoreños
se están quedando con menos
posibilidades de supervivencia
-migrar a los Estados Unidos ya
no es una opción atractiva-.
La forma en que el FMLN enfrente
a un país al borde del colapso,
no está clara. Ciertos analistas
han especulado sobre la supuesta
división entre los "radicales"
del FMLN y el "moderado" Funes,
señalado que éste se verá
sometido a la presión de las
dirigencias radicales que
tradicionalmente dominan el
partido. Si bien el FMLN nunca
ha sido una fuerza uniforme,
Funes no es un ex guerrillero,
ni siquiera incluso un militante
del FMLN, pero ahora reclama al
partido como suyo. Su liderazgo
podría ser señal de una política
de moderación en aquellas
secciones del FMLN que apoyan en
gran medida el camino de Funes
hacia la reforma. Sin embargo,
algunos izquierdistas dentro y
fuera de El Salvador han
calificado a Funes como un peón
neoliberal -una afirmación
extrema, pero no completamente
infundada-.
El nuevo Presidente ha dejado en
claro que no se interpondrá en
el camino de una mayor
consolidación neoliberal en El
Salvador, particularmente en
asuntos relacionados con el
comercio. Un ejemplo de ello es
el plan "Caminos a la
Prosperidad en las Américas", un
esquema económico pro libre
comercio para América Latina,
elaborado por la administración
Bush. En contraste con la
tradicional oposición del FMLN
al Tratado de Libre Comercio de
Centroamérica con EE.UU. (CAFTA),
el nuevo ministro de Relaciones
Exteriores, el ex diputado del
FMLN, Hugo Martínez, declaró el
apoyo entusiasta de la
administración de Funes hacia
dicho plan económico
estadounidense. La iniciativa,
que algunos ven como un proyecto
sucesor a la extinta Área de
Libre Comercio de las Américas,
saluda los "beneficios del libre
comercio y de la apertura de la
inversión".
Algunos críticos de izquierda
señalan el apoyo de Funes a
tales iniciativas, vinculándolo
a la influencia del grupo de los
"Amigos de Mauricio Funes". La
victoria de Funes tuvo gran
ayuda del grupo de Amigos, una
especie de grupo de consejeros,
que incluye una representación
pesada de sectores de negocios
que en el curso de los últimos
años se alejaron de ARENA debido
al clientelismo y el desprecio
de los procesos institucionales.
Funes y su equipo también han
cooperado estrechamente con las
instituciones financieras
internacionales. A finales de
abril, celebraron dos días de
reuniones a puerta cerrada con
representantes del Fondo
Monetario Internacional (FMI),
Banco Mundial y el BID, para
desarrollar estrategias contra
la crisis económica en El
Salvador.
Todo esto ha causado
preocupación entre algunos
sectores de la izquierda
salvadoreña, pero esta
preocupación parece, al menos
parcialmente, equivocada. En
medio de restricciones políticas
nacionales y limitaciones
económicas mundiales quizás aún
más estrictas, Funes parece
estar decidido a llevar a cabo
un difícil acto de equilibrio
para acercarse a la "unidad
nacional". El aumento de la
inversión social para los pobres
es una prioridad, pero El
Salvador no goza de abundantes
recursos naturales, como los que
han contribuido para las
inversiones en otros países de
América Latina. Es más, el país
se encuentra extremadamente
dependiente de los mercados
mundiales, y en particular de
los Estados Unidos.
Así, la derecha transnacional,
liderada por EE.UU., tratará de
usar esta dependencia para
influenciar y moderar las
políticas de Funes, para evitar
que El Salvador gire hacia la
izquierda (en una estrategia que
William Robinson califica de "righting
of the Left", o derechizar la
izquierda). Esto parece ser
parte de una estrategia integral
de EE.UU.
para afianzar todos los países
de Centroamérica como uno de sus
últimas esferas de verdadera
influencia (a pesar de la
presencia de presidentes de
izquierda en la región), a
través de la consolidación del
libre comercio y de políticas de
seguridad "integradas",
promovidas por el Plan Mérida,
entre otras iniciativas.
Sin embargo, Funes ha prometido,
en repetidas ocasiones, seguir
una senda moderada en la onda
trazada por el presidente de
Brasil, Luiz Inácio Lula da
Silva, que da prioridad a "la
estabilidad macroeconómica",
junto con la inversión social.
La administración de Lula no ha
logrado las transformaciones
sociales inicialmente esperadas
por los movimientos sociales de
Brasil, y podría ser que Funes
se enfrente a las mismas
limitaciones.
Aún así, su administración
parece tener la intención de
tratar de equilibrar su cercanía
"estratégica" con Washington y
las instituciones financieras
internacionales, con una
vinculación más autónoma con
vecinos de América Latina. Lula
ha ofrecido asistencia en
energía y desarrollo y,
actualmente, promueve las
negociaciones sobre comercio
regional y energía entre
Centroamérica y el Mercosur. Y
en una visita pre-inaugural a
Venezuela, Funes y Hugo Chávez
acordaron establecer una
"comisión bilateral" para
evaluar el ingreso de El
Salvador a Petrocaribe, junto
con la cooperación energética,
económica y social entre los dos
países. Mientras tanto, las
relaciones restablecidas con
Cuba podrían proporcionar ayuda
urgente en la atención de la
salud y campañas de
alfabetización en el país
centroamericano.
Esta histórica transferencia
pacífica del poder en El
Salvador refleja la
consolidación de la democracia
"formal", pero el cambio social
de fondo y la verdadera
democracia están todavía un poco
más allá del horizonte. Sus años
como una organización
guerrillera y décadas como un
partido de la oposición han
dejado al FMLN como una
organización política
predominantemente jerárquica. A
partir de su enorme red de
bases, el partido tendrá la
posibilidad de trabajar para
convertirse en una institución
que facilite la participación
democrática en la toma de
decisiones gubernamentales.
Funes estará bajo una intensa
presión de una multitud de
intereses para reducir la
influencia de los diversos
movimientos sociales en El
Salvador y para deshacerse de su
prometida opción preferencial
por los pobres. A pesar de
inevitables errores, y los
discursos "desestabilizadores"
de los críticos, el pueblo
salvadoreño tendrá que dar un
apoyo masivo, si bien crítico,
al gobierno de Funes, para el
fortalecimiento de los caminos
hacia el verdadero cambio.
Aun si Funes fuera capaz de
aplicar las políticas que
propone, corre el peligro de
limitarse a dar estabilidad a un
orden social injusto, sin
desmantelar las causas profundas
de la injusticia a través de
reformas económicas
estructurales y la democracia
participativa. Si el país se
acomoda al statu quo, existe el
peligro de que ARENA vuelva al
poder después del gobierno Funes.
Sin embargo, Funes y el FMLN
tienen una oportunidad sin
precedentes para construir un
verdadero modelo salvadoreño de
relaciones socio-económicas y
políticas basadas en la
solidaridad. Por ahora, este
modelo es un sueño, pero el
gobierno del actual mandatario
ha proyectado al pueblo
salvadoreño la esperanza de que
este sueño, algún día, pueda
hacerse realidad.
- Danny Burridge vive y
trabaja en San Salvador como
coordinador local
para el Volunteer Missionary
Movement (VMM).
Agencia Latinoamericana
de Información
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