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Adam Smith está más cerca de
Karl Marx que de los que
actualmente lo ensalzan
por Eric
Toussaint
Adital
En las siguientes citas
descubrimos que lo que escribió
Adam Smith en los años de 1770
no está tan alejado de lo que
escribieron Karl Marx y
Friedrich Engels setenta años
después, en el famoso Manifiesto
Comunista.
Según Adam Smith: «Por lo
general, el trabajador de la
manufactura añade, al valor de
los materiales sobre los que
trabaja, el de su propio
mantenimiento y el beneficio de
su patrono.» Traducido en
términos marxistas, eso
significa que el obrero
reproduce en el transcurso de su
trabajo el valor de una parte
del capital constante (es decir,
los medios de producción -la
cantidad de materias primas, de
energía, la fracción del valor
del equipo técnico utilizado,
etc.- que entran en la
producción de una mercadería
determinada) al que se agrega el
capital variable correspondiente
a su salario y el beneficio de
su patrono, que Marx denominó la
plusvalía. Karl Marx y Adam
Smith, en épocas diferentes,
consideraron que el patrono no
produce valor, cuando, por el
contrario, es el obrero el que
lo produce.
Según Adam Smith, el obrero crea
valor... sin ningún coste para
el capitalista: "Aunque el
patrono adelante los salarios a
los trabajadores, en realidad
éstos no le cuestan nada, ya que
el valor de tales salarios se
repone junto con el beneficio en
el mayor valor del objeto
trabajado".
En el siguiente pasaje, Adam
Smith analizó los conflictos de
interés y la lucha de clases
entre capitalistas y obreros
"Los salarios corrientes del
trabajo dependen del contrato
establecido entre dos partes
cuyos intereses no son, en modo
alguno, idénticos. Los
trabajadores desean obtener lo
máximo posible, los patronos dar
lo mínimo. Los primeros se unen
para elevarlos, los segundos
para rebajarlos".
No es difícil, sin embargo,
prever cuál de las partes
vencerá en la disputa y forzará
a la otra a aceptar sus
condiciones. Los patronos, al
ser menos en número, pueden
unirse fácilmente; y además la
ley lo autoriza, o al menos no
lo prohíbe, mientras que prohíbe
las uniones de los trabajadores.
No tenemos leyes parlamentarias
contra la asociación para
rebajar los salarios; pero
tenemos muchas contra las
uniones tendientes a
aumentarlos. Además, en tales
confrontaciones los patronos
pueden resistir durante mucho
más tiempo. Un terrateniente, un
colono, un comerciante o un
fabricante pueden, normalmente,
vivir un año o dos con los
capitales que ya han adquirido,
y sin tener que emplear a ningún
trabajador. En cambio, muchos
trabajadores no podrían
subsistir una semana, unos pocos
podrían hacerlo durante un mes,
y un número escaso de ellos
podría vivir durante un año sin
empleo. A largo plazo, el
trabajador es tan necesario para
el patrono como éste lo es para
él, pero la necesidad del
patrono no es tan inmediata.
Se suele decir que la unión de
los patronos es muy rara y que
la de los trabajadores es muy
frecuente. Pero los que, de
acuerdo con estos dichos,
piensen que los patronos
raramente se unen, son tan
ignorantes de lo que pasa en el
mundo como de este asunto. Los
patronos están siempre y en
todas partes en una especie de
acuerdo tácito, pero constante y
uniforme, para no elevar los
salarios por encima de su nivel
actual. La violación de dicho
acuerdo es, en todas partes,
impopular, y somete a quien así
procede al reproche de sus
vecinos e iguales. De hecho,
oímos poco de estas uniones
porque es lo normal, incluso se
puede decir que es el estado
natural de cosas de las que
nunca se oye hablar. Los
patronos constituyen, a veces,
incluso uniones específicas para
reducir los salarios por debajo
de aquel nivel.
Estos acuerdos se llevan a cabo
siempre con el más absoluto
silencio y secreto hasta que se
ejecutan, y nunca se hacen
públicos cuando los trabajadores
se someten, como a veces ocurre,
sin resistencia. No obstante,
estas uniones se encuentran a
menudo frente a uniones
defensivas de los trabajadores,
quienes en ocasiones, sin
existir siquiera una provocación
de este tipo, se unen para
elevar los salarios. Las razones
que esgrimen estriban a veces en
el alto precio de los bienes de
subsistencia y, a veces, en los
grandes beneficios que los
patronos sacan de su trabajo.
Ahora bien, sean sus uniones
defensivas u ofensivas, se suele
hablar mucho de ellas. Para
precipitar una solución recurren
siempre a grandes alborotos y a
veces a la violencia y a los
atropellos más sorprendentes.
Están desesperados y proceden
con el frenesí propio del hombre
en ese estado, cuya alternativa
es morirse de hambre o forzar a
sus patronos a que, por miedo,
cumplan sus exigencias. En estas
ocasiones los patronos reclamen
tanto como ellos y exigen la
ayuda de los magistrados civiles
y el cumplimiento riguroso de
las leyes establecidas con tanta
severidad contra la asociación
de sirvientes, trabajadores y
jornaleros".
Lo que motiva al capitalista
según Adam Smith
"El único motivo que mueve al
poseedor de cualquier capital a
emplearlo en la agricultura, en
la manufactura, o en alguna rama
del comercio mayorista o
detallista, es la consideración
a su propio beneficio
particular. Las diferentes
cantidades de trabajo productivo
que puede poner en movimiento y
los diferentes valores que puede
añadir al producto anual de la
tierra y trabajo de la sociedad,
según se emplee de una u otra
forma, nunca entran en sus
pensamientos".
Adam Smith considera que hay
tres clases sociales
fundamentales: 1º. La clase de
los terratenientes que vive de
la renta; 2º. La que vive de los
salarios y 3º. La clase
capitalista que vive de los
beneficios. Adam Smith
identifica a su manera la
conciencia y los intereses de
estas tres clases sociales.
"Todo el producto anual de la
tierra y el trabajo de cualquier
país o, lo que viene a ser lo
mismo, el precio conjunto de
dicho producto anual, se divide
de un modo natural, como ya se
ha dicho, en tres partes: la
renta de la tierra, los salarios
del trabajo y los beneficios del
capital, constituyendo, por
tanto, la renta de tres clases
de la sociedad: la que vive de
la renta, la que vive de los
salarios y la que vive de los
beneficios. Estas son las tres
grandes clases originarias y
principales de toda sociedad
civilizada, de cuyas rentas se
deriva, en última instancia, la
de cualquier otra clase. [...]"
Hablando de la clase de los
rentistas, o sea, de los
terratenientes, Adam Smith
afirmaba: "Es la única de las
tres clases, que percibe su
renta sin que le cueste trabajo
ni desvelos, sino que la percibe
de una manera en cierto modo
espontánea, independientemente
de cualquier plan o proyecto
propio para adquirirla. Esa
indolencia, consecuencia natural
de una situación tan cómoda y
segura, no sólo convierte [a los
miembros de esta clase] a menudo
en ignorantes, si no en
incapaces para la meditación
necesaria para prever y
comprender los efectos de
cualquier reglamentación
pública".
El interés de la segunda clase,
la que vive de los salarios,
está tan vinculado con el
interés general de la sociedad
como el de la primera. [...] Sin
embargo, aun cuando el interés
del trabajador está íntimamente
vinculado al de la sociedad, es
incapaz de comprender ese
interés o de relacionarlo con el
propio. Su condición no le deja
tiempo suficiente para recibir
la información necesaria, y su
educación y sus hábitos son
tales que le incapacitan para
opinar, aun en el caso de estar
totalmente informado. Por ello,
en las cuestiones públicas su
opinión no se escucha ni
considera, excepto en las
ocasiones en que los patronos
fomentan, apoyan o promueven sus
reclamaciones, no por defender
los intereses del trabajador,
sino los suyos propios".
La tercera clase la constituyen
los patronos, o sea, los que
viven de beneficios. El capital
empleado con intención de
obtener beneficios pone en
movimiento la mayor parte del
trabajo útil en cualquier
sociedad. Los planes y proyectos
de aquellos que emplean el
capital regulan y dirigen las
operaciones más importantes del
trabajo, siendo el beneficio el
fin perseguido con todos
aquellos planes y proyectos.
[...] Dentro de esta clase, los
comerciantes y fabricantes son
las dos categorías de personas
que habitualmente emplean los
mayores capitales, y que con su
riqueza atraen la mayor parte de
la consideración de los poderes
públicos hacia sí. Como durante
toda su vida están ocupados en
hacer planes y proyectos,
frecuentemente tienen mayor
agudeza y talento que la mayor
parte de los terratenientes.
[...] Los intereses de los
comerciantes que trafican en
ciertos ramos del comercio o de
las manufacturas siempre son
distintos de los generales, y
muchas veces totalmente
opuestos. El interés del
comerciante consiste siempre en
ampliar el mercado y reducir la
competencia.
La ampliación del mercado suele
coincidir con el interés
público, pero la reducción de la
competencia siempre está en
contra de dicho interés, y sólo
sirve para que los comerciantes,
al elevar los beneficios por
encima de su nivel natural,
impongan, en beneficio propio,
una contribución absurda sobre
el resto de los ciudadanos.
Cualquier propuesta de una nueva
ley o reglamentación del
comercio que provenga de esta
clase deberá analizarse siempre
con gran precaución, y nunca
deberá adoptarse sino después de
un largo y cuidadoso examen,
efectuado no sólo con la
atención más escrupulosa sino
con total desconfianza, pues
viene de una clase de gente
cuyos intereses no suelen
coincidir exactamente con los de
la comunidad y que tienden a
defraudarla y a oprimirla, como
ha demostrado la experiencia en
muchas ocasiones".
También encontramos en Adam
Smith otros juicios que producen
urticaria a los gobernantes y a
los ideólogos que reivindican su
herencia: "Nuestros comerciantes
se quejan con frecuencia de los
altos salarios del trabajo
británico como la causa de que
sus manufacturas no se vendan
tan baratas en los mercados
foráneos, pero no dicen nada de
los altos beneficios del
capital. Se quejan de las
generosas ganancias de otra
gente, pero no dicen nada de las
propias. No obstante, los altos
beneficios del capital británico
pueden contribuir a elevar el
precio de las manufacturas
británicas, tanto, y en algunos
casos quizá más, que los altos
salarios del trabajo".
Esta declaración es una
verdadera herejía para los
patronos que adjudican a los
costes salariales -siempre
demasiados altos para su gusto-
la responsabilidad de la
inflación y de la falta de
competitividad.
Estos elementos, tan esenciales
en el pensamiento de Adam Smith
(o incluso más) que la famosa
mano invisible (que sólo
menciona tres veces en su obra),
son sistemáticamente pasados por
alto por el pensamiento
económico dominante.
Una de las diferencias
fundamentales entre Adam Smith y
Karl Marx es que el primero, si
bien era conciente de la
explotación del obrero por el
patrono, apoyaba a los patronos
mientras que el segundo estaba
por la emancipación de los
obreros.
El preámbulo de los estatutos de
la Asociación Internacional de
Trabajadores (AIT) redactado por
Karl Marx expresa el meollo de
su posición:
"Considerando:
Que la emancipación de los
trabajadores debe ser obra de
los trabajadores mismos; que la
lucha por la emancipación no ha
de tender a constituir nuevos
privilegios y monopolios, sino a
establecer para todos los mismos
derechos y los mismos deberes; y
a la abolición de todos los
regímenes de clase;
Que el sometimiento del
trabajador a los que monopolizan
los medios de trabajo -o sea, la
fuente de la vida- es la causa
fundamental de la servidumbre en
todas sus formas: miseria
social, degradación intelectual
y dependencia política;
Que por lo mismo la emancipación
económica de los trabajadores es
el gran objetivo al que debe
subordinarse todo movimiento
político;
Que todos los esfuerzos hechos
hasta ahora han fracasado por
falta de solidaridad entre los
obreros de las diferentes
profesiones en cada país, y por
la ausencia de una unión
fraternal entre los trabajadores
de diversas regiones;
Que la emancipación de los
trabajadores no es un problema
local o nacional, sino que, al
contrario, es un problema
social, que afecta a todos los
países donde exista una sociedad
moderna; estando necesariamente
subordinada su solución al
concurso teórico y práctico de
los países más avanzados;
Que el movimiento que resurge
entre los obreros de los países
más industriosos de Europa, al
engendrar nuevas esperanzas,
advierte solemnemente que no se
incurra de nuevo en antiguos
errores, y llama a la
coordinación de todos los
movimientos hasta ahora
aislados;
Por estas razones, se funda la
Asociación Internacional de
Trabajadores. Y declara:
Que todas las sociedades y todos
los individuos que se adhieran a
ella reconocerán como la base de
su conducta hacia todos los
hombres, sin distinción de
color, creencia o nacionalidad,
la Verdad, la Justicia y la
Moral.
Y por lo tanto, ningún derecho
sin deberes, ningún deber sin
derechos".
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