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Honduras: ensayo del
neo-golpismo en América Latina
Isabel
Rauber
ALAI AMLATINA
El amanecer del domingo nos
sorprendió con la noticia del
derrocamiento del Presidente de
Honduras, Manuel Zelaya.
Los militares invadieron su
morada y se lo llevaron, no solo
de allí, sino del país. En ropa
de descanso, el Presidente se
encontró raudamente en Costa
Rica. Era, evidentemente, muy
importante para los golpistas
tenerlo fuera de Honduras para
evitar que su presencia
estimulara la movilización y el
apoyo popular a su restitución
inmediata.
No repetirían los "errores" de
Venezuela; esta vez la ira de la
reacción elaboraría mejor su
impotencia de clase y afinaría
mejor su estrategia destituyente:
fabricaría el golpe de estado
sobre excusas legales y
artilugios jurídicos que,
supuestamente, justificarían la
acción militar de franca
desobediencia e irrespeto por
los poderes establecidos y las
instituciones que los
representan. Ni el Legislativo,
ni el Judicial, pueden decretar
un Golpe de Estado, es decir,
poner fin a la gestión del Poder
Ejecutivo cuando éste no les
gusta, ¿o sí?
Es esto lo que se está ensayando
en Honduras: apelar a "canales"
legales para poner fin por la
fuerza a los procesos de cambio
que están desarrollándose en el
continente. Obviamente, como es
natural, el ensayo se llevan
adelante en territorios donde
los costos políticos resultan
menores porque los procesos
sociales populares son más
débiles, como es el caso de
Honduras.
El disfraz "democrático" del
Golpe de Estado, anuncia el
nuevo estilo autoritario de los
poderosos y desnuda el contenido
de su "democracia" de mercado:
"Cuando me conviene sí, y cuando
no me conviene: no." No es la
vuelta al pasado, no hay que
equivocarse: Es el anuncio de
los nuevos procedimientos de la
derecha impotente. El
neo-golpismo es "democrático" y
"constitucional". Honduras
anuncia por tanto la apertura de
una nueva era: la de los "golpes
constitucionales".
Es una alerta clara para los
pueblos de América Latina desde
el Río Bravo a la Patagonia y,
en particular, para quienes
encabezan proceso de cambio; el
mensaje del poder es claro: "Si
sigues desobedeciendo, te
sacamos. ¿Y qué?" Los
neo-golpistas están tranquilos:
cuentan con el apoyo de los
medios de prensa mundiales, los
cuales, en pocos minutos imponen
ante el mundo el mensaje que
desean instalar. Así pudo
comprobarse ayer en las más
importantes cadenas televisivas
internacionales: el usurpador de
la presidencia de Honduras, no
fue ni es llamado como tal, sino
"Nuevo Presidente", como si
fuera el sucesor de Zelaya y no
el cómplice del asalto y
destitución forzada del
gobernante.
La complicad de los medios no es
un dato nuevo. Pero sí lo es el
formato del golpe: apoyado en un
manto de supuesta y fraguada
legalidad respaldada por los
Jueces Supremos y el Parlamento.
Para eso quieren ahora estar en
los parlamentos: no para ser
mejores representantes de los
pueblos, sino para llevar
adelante sus proyectos de clase
o, si esto no es posible,
impulsar golpes de estado,
ocultando su conspiración tras
el manto "constitucional".
Pero la historia no es
unidireccional ni
unidimensional. Si hoy se tolera
el "golpe democrático" en
Honduras con al excusa de
"salvaguardar la constitución",
se está adelantando y asentando
también una justificación –por
precedente , para la posible
ocurrencia de "golpes
constitucionales" de otros
signos políticos. Las reglas del
juego democrático exigen,
precisamente por ello, paridad
en su cumplimiento.
En caso contrario, dejan de ser
reglas del juego para
transformarse en trucos de un
sector de la sociedad para ganar
tiempo político y engañar a las
mayorías en favor de sus
empresas. La seguridad
democrática, vista desde los
pueblos, consiste precisamente
en eso: construir garantías
biunívocas para que cada pueblo
pueda construir con autonomía e
integradiad el modo de vida que
considere idóneo y necesario a
para sí, en paz y respeto hacia
los demás pueblos y procesos.
Llegados a este punto, vuelve a
emerger al centro de la escena
una cuestión política de fondo:
Los procesos sociales de cambio
solo pueden ser tales, si se
construyen articulados a las
fuerzas sociales, culturales y
políticas que apuestan al cambio
y generan el consenso social
necesario para llevarlo
adelante. Y esto solo puede
realizarse desde abajo,
cotidianamente, en todos los
ámbitos del quehacer social y
político: en lo institucional y
en la sociedad toda. Un empeño
político y social de esta
naturaleza, no se alcanza
espontáneamente. No basta con
que un mandatario tenga una
propuesta política que considere
justa o de interés para su
pueblo; es vital que el pueblo,
los sectores y actores sociales
y políticos sean parte de la
misma, que hayan participado en
su definición, que se hayan
apropiado de ella.
No hay hechos mágicos en la
política, mucho menos si se
trata de cambiar la correlación
de fuerzas hegemónicas hacia una
nueva composición política y
social de fuerzas a favor de
cambios sustantivos: construir
caminos para salir del egoísmo
agonizante del mercado y avanzar
hacia sociedades solidarias. Se
trata de un cambio de hegemonía
que reclama construir la fuerza
social, política y cultural, el
actor colectivo, capaz de
diseñar y decidir el rumbo y el
ritmo de los cambios, llevarlos
adelante, sostenerlos y
defenderlos. Esta también es una
enseñanza vital para los
procesos actuales que en este
continente apuestan a cambiar la
realidad de injusticia y
discriminación, que apuestan a
profundizar la democracia,
sacándola del recinto del
mercado para ampliarla y
rediseñarla acorde con el
crecimiento político-cultural de
los pueblos, construyendo una
democracia ciudadana con
igualdad de derechos,
oportunidades y posibilidades
para todas y todos.
Este es el camino de la
seguridad democrática que
necesitan los pueblos del
continente, es el único camino
para que el debate de ideas
pueda fluir sin el asecho
nocturno de los viejos o nuevos
Golpes a la razón democrática
que reclama la humanidad en el
siglo XXI. Ojala la retórica
democrática que se levanta desde
el poder cuando no le resultan
los procesos en otras latitudes,
sea igualmente contundente
cuando se atenta abierta y
descaradamente contra un proceso
legítimamente democrático como
el de Honduras. Vale recordar:
en el mundo globalizado bajo la
hegemonía del capital, las
lecciones –en un sentido u otro
son siempre globales.
- Isabel Rauber es Doctora en
Filosofía. Directora de la
Revista Pasado
y Presente XXI. Profesora de la
Universidad Nacional de Lanús.
Estudiosa
de los movimientos sociales y
procesos políticos del
continente.
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