Aller Atucha Sofía

                     Argentina


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de Aller Atucha Sofía

Ojos de Espejo

Era una noche estrellada e iluminada, pero en el corazón de Estela había oscuridad. Luego de más de cincuenta años de matrimonio, su esposo, la deja sola con una pena demasiado grande para el gastado cuerpo de la mujer de sesenta y siete años; era una enorme caja para llevar...

El teléfono suena, Estela y sus hijos se vuelven a ver quién llama luego del episodio. Era Esteban, acababa de nacer hacía apenas una horas Anita, la hija del último fruto vital que pudo ofrecer Mariana. La vieja no sabía si reír o llorar, sentía que en su corazón había un gran vacío se sentimientos que la hundían cada más en un pozo negro de tristeza y soledad. En ese mismo momento se dio cuenta que necesitaba dormir y apenas despierte iría a ver a la nenita tas esperada por su difunto esposo.

Parecía hecho a propósito. Rodolfo había contado los días faltaban para que Ana naciera, y justo cuando mariana entró a la sala de partos, el viejo tiene el famoso y tan esperado ataque al corazón.

Estela se despierta. Nuevo día, sol por doquier; se decide a visitar a la recién llegada. El hospital está repleto de gente. Se encuentra con su hermana, y luego de unas tristes condolencias, se acompañan una a la otra; ansiosas van a ver a la bebita.

La viuda quedó asombrada, por mas que era una niña curiosamente hermosa, tenía unos ojos muy bello y extraños. No tienen color, son como un par de espejos que no reflejan absolutamente nada.

Todos pensaron que sus ventanas al mundo se iban a normalizar con el tiempo, pero no, a los ocho años de edad sus ojos eran cada día más raros y su felicidad inentendible crecía día a día. Un padre borracho y una madre muerta no eran buena excusa para ser feliz y sin embargo ella lo era.

Cuando tenía diecisiete años, Anita consiguió un novio. Este a las pocas semanas de noviazgo vio figuras en los ojos, que observaban todo lo que sucedía en el mundo exterior. El no le dio importancia, Juan simplemente la amaba.

Un día como cualquier otro él comentó en la mesa familiar los de los ojos de su novia y la abuela se decidió a mirar.

Vio una fotografía de hace muchos años de Rodolfo, la cual había desaparecido el día de su muerte, y ahí fue cuando respondió todas las preguntas que se hizo diecisiete años atrás. Rodolfo nunca se había ido. Estuvo siempre con ellos, dentro de Ana observando como iba todo.

La adolescente no era feliz por hipocresía, sino porque tenía la posibilidad de darle vida a su querido y desconocido abuelo.


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