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de Berdasquera Raúl
Ellos reclaman tu muerte
Cerró el Libro Diario satisfecho.
Los números eran cada vez más parecidos a los que él quería,
y las cifras, al final de cada columna, se iban redondeando,
amoldándose al paisaje numérico que tenía en su cabeza. Se
desperezó aparatosamente y bostezó sonoramente, corrió hacia
atrás la vieja silla de escritorio con ruedas, y se puso de
pie. Un súbito mareo estuvo a punto de hacerlo perder el equilibrio
y caer. Apoyó ambas manos en el antiguo escritorio de metal,
que venía usando hacía más de treinta años, y sacudió la cabeza
como si de esa forma pudiera acomodar su centro de gravedad
desplazado. Cuando el mundo dejó de moverse entre dos dimensiones,
se dejó caer sobre la silla que acababa de abandonar. Se acomodó
los anteojos con anticuado marco de carey y lentes de alta
graduación sobre el puente de la nariz, se mesó los abundantes
cabellos canos y, apoyando los codos sobre el escritorio y
la frente sobre los dedos de sus manos entrecruzadas, pensó,
con cierto grado de preocupación, que esa no era la primera
vez que le sucedía eso de marearse, como si estuviera alcoholizado
- y él no tomaba alcohol, eso era un vicio, y los vicios costaban
dinero y a él, a Samuel Asanovic <<sin H al final. Soy
croata>>, no le gustaba nada que le costara dinero - El último
chequeo médico había dado normal, absolutamente normal para
su edad. Sin embargo... ese dolor de cabeza con que se despertaba
últimamente había empezado a preocuparlo; además, también
estaba esa sensación de ser perseguido por los sueños de la
noche anterior, como si en realidad, no fueran sueños sino...
no podía definir la sensación.
Mejor dejaba todo por esa noche. Era tarde y estaba cansado,
hacía largo rato ya que la única empleada de la oficina -
que hacía las veces de secretaria, recepcionista y administrativa
- se había retirado, no la había escuchado salir, nunca, en
realidad, la escuchaba, no era necesario, <<¿para qué?
...mientras cumpla con su trabajo. No le pago para hacer sociales.
Las buenas costumbres no me interesan>>. Pero sabía si alguna
vez llegaba tarde un par de minutos, o se demoraba un poco
más de lo normal en el baño ("El ojo del amo...").
Pasó frente al escritorio de la empleada y echó una ojeada
a la computadora; todavía no se convencía de la utilidad de
esa cosa, la había comprado en un momento de debilidad ante
el argumento de su secretaria-recepcionista-administrativa
de que con dicho aparatejo su trabajo iba a ser más eficiente,
y, además, daba mejor imagen a la oficina. ¿A quién le importaba
la imagen?, y, por otra parte, él siempre había sido eficiente
en su trabajo con lápiz y papel, nunca necesitó de ningún
artilugio electrónico para que los números le dieran redonditos...
al menos para él.
Salió por la puerta trasera de la oficina que daba a un estrecho
pasillo que desembocaba en la escalera por la que subía a
su departamento de reducidas dimensiones, construido sobre
la oficina. El departamento era como él, austero y seco, poco
hospitalario; un lugar en donde pernoctar y comer algo frugal;
el único lujo que se permitía era un combinado en donde reproducía
viejos discos de pasta de música clásica. Fue directamente
al dormitorio, y se arrodilló junto a la cama de dos plazas
- en la cual dormía solo desde hacía muchos años -, dándole
la espalda al placard empotrado en la pared, levantó una muy
gastada alfombra con motivos persas, y debajo quedó al descubierto
(sólo para sus ojos) una trampilla muy bien disimulada en
el dibujo de complicadas guardas de los mosaicos del piso.
La abrió, y, en el interior de la pequeña cavidad metálica,
colocó con sumo cuidado, casi con amor, el Libro Diario, su
Archivo de Odessa, a salvo de miradas indiscretas, de esos
números sabía sólo él.
La DGI nunca se enteraría de su existencia.
Se puso de pie y caminó hasta la ventana del dormitorio y
miró hacia afuera. La calle estaba silenciosa y húmeda, en
su lomo gris se reflejaban las desteñidas luces de las farolas
de neón. Enfrente, se erigía, gris y callado, guardando celosamente
sus secretos, el edificio de la funeraria: su vida. La amplia
puerta de hierro de dos hojas, era férreamente custodiada
por dos leones de mármol negro, uno a cada lado, sentados;
la cabeza, coronada de tupida melena - que también les cubría
parte de sus anchos pechos -, erguida con arrogancia, la mirada
fiera traspasando la eternidad, las orejas atentas a los sutiles
sonidos del silencio, la boca abierta casi como en una sonrisa,
dejando entrever los mortales colmillos capaces de quebrar
el cuello de su presa con sólo cerrar las poderosas mandíbulas;
al final de las patas, las garras apenas ocultas debajo del
pelo, casi en un gesto de modestia, pero el sólo imaginárselas,
congelaba el espíritu. Ambas estatuas ya estaban en ese lugar
cuando Samuel compró la propiedad con la idea de hacerla funcionar
como sala de velatorios. En un principio había decidido sacarlas
y venderlas, pero luego otras prioridades requirieron de su
atención y el tiempo fue pasando y los leones quedaron, incólumes.
Además, algo en el interior de su cabeza, le decía que ese
era su lugar, su territorio. Negros como la agonía, y fieros
como la maldad.
Perfectos guardianes de la muerte.
No podía definir la sensación, había algo en esas estatuas
que le generaba un desagradable gusto metálico al mirarlas.
Se sentía protegido viéndolas a través del vidrio de la ventana,
poner distancia entre ellas y él siempre le transmitía alivio.
Un estremecimiento visceral - e irracional - le recorría la
columna vertebral cada vez que se imaginaba a solas en la
noche con esos leones. Más esa noche. Era oscura, fría y desolada.
Nada vivo se movía. Las bocacalles tenían aliento a muerte.
Suspiró, casi un estertor. Se sintió invadido por un cansancio
antiguo que se ensañaba con sus huesos. Miró más allá de los
leones, hacia la funeraria, por última vez esa noche antes
de acostarse; le calmaba el alma, le colmaba el ego, era como
la última mirada a una amante satisfecha antes de dormirse
juntos.
Una vez en la cama, cerró los ojos y durmió el sueño de los
justos.
"... y estaba de pie frente a los dos leones de mármol, sólo
que había algo en su pelaje azabache que los hacía parecer
distintos. Algo demasiado natural, demasiado real para ser
cierto. Pero ese era un sueño, su sueño, y él lo sabía, de
alguna manera lo sabía, y los seres que lo habitaban eran
asunto suyo,... ¿o no? Un viento leve del sur se arrastraba
entre sus pies, y trepaba por sus piernas alojándose en su
espalda, gélido.
Entonces vio lo que era distinto.
El pelo de las bestias se agitaba con el viento, y sus ojos
se encendieron, rojos y brillantes, y el aliento se condensaba
en finísimas gotas frente a sus fauces, ahora más abiertas,
más amenazadoras, más mortales, formando delicadas nubes de
vapor que se dejaban llevar mansamente, disolviéndose en la
nada, más allá del límite del sueño.
Hacia uno y otro lado, las calles que formaban la esquina,
se perdían en una bruma reptante y apelmazada. Todo lo demás,
salvo esa esquina, parecía dibujado con crayones de colores
apagados, sucios y desvaídos. Era un mal dibujo de un mal
artista.
Ambos animales - debía llamarlos así, no eran estatuas, al
menos ya no en su sueño - movieron sutilmente la cabeza uno
hacia el otro concertando un acuerdo tácito, anunciándose
que ya era tiempo. Se irguieron sobre sus cuatro patas, seguros,
sin prisa; las colas de ambos pendulaban sincronizados con
el reloj de la eternidad. Eran clones de algo que iba más
allá de la existencia misma, algo maligno y feroz. Letal e
inmortal.
El paisaje que lo rodeaba estaba cubierto de una sustancia
blanca y pulverulenta, sucia. El suelo era ahora de un color
gris ceniza, como si un volcán hubiera vomitado sus entrañas,
y en él habían empezado a aparecer huellas de pasos, de niños,
de mujeres, de hombres. Profundas, inseguras, leves, pequeñas;
como si una multitud invisible acabara de desfilar ante él
sin que lo hubiera notado. Llegaban desde todas las direcciones
y confluían, superponiéndose, frente a la puerta de los leones,
pasaban entre ellos y se perdían en las sombras que se agitaban
por detrás.
Ninguna, ni una sola, salía.
El edificio se iluminó con una luz mortecina, y pudo ver,
más allá de los jardines que lo rodeaban, la galería en donde
los deudos y dolientes se desperdigaban, fumando y conversando
en voz baja, mientras las amargas horas del duelo se arrastraban
hacia la morada final del ser querido a quien honraban en
la póstuma despedida.
Había movimientos en las penumbras de la galería. Lentos y
livianos, apenas destacados del entorno casi apagado, como
el de sucias cortinas de tul mecidas por un fatigado viento
de verano. La luz, como fondo, comenzó a darle forma a los
movimientos, difusa, tenue, semitransparente, como algo visto
al atardecer a través de un vidrio sucio. Casi todas eran
del mismo tamaño y aspecto, salvo algunas más pequeñas; no
podía distinguir a qué se parecían, estaba oscuro, la luz
era insuficiente, y eso que se movía dentro de las penumbras
parecía ser un todo que a veces se dividía en partes distintas
y a la vez iguales. Cuando parecía que iba a distinguir a
una, se disolvía en otra, o se hacía más oscura, o simplemente
ya no estaba. Por un momento pensó en miles de larvas reptando
sobre un cadáver.
Y comenzaron a salir.
En desordenada procesión iban hacia el portal.
Por fin las vio.
La luz incrementó su intensidad y las vio. Iban tomando consistencia
a medida que avanzaban, como un tenue humo, al principio,
luego figuras recubiertas de delicada escarcha de una mañana
de principios de otoño. Eran seres fantasmales de contorno
humano, cuyo interior se agitaba como vapor apresado en una
botella de vidrio transparente. Eran almas, y sus movimientos
eran los de soldados vencidos huyendo del frente de batalla,
rendidos y abatidos. Sin esperanzas. Sufrían, y gemían confundiendo
su lamento con el ulular del viento que había aumentado su
intensidad. Encima de la patética procesión flotaba algo negro
e informe, que brillaba con una luz opaca y enfermiza, que,
de alguna manera, estaba unido a los leones que custodiaban
la entrada. Era parte de ellos. En sus negras entrañas bullían
formas horripilantes que se retorcían sobre sí mismas y las
demás, como millares de serpientes mortíferas en un nido;
demonios con sexos desproporcionados, lenguas bífidas y sibilantes,
garras en lugar de manos, ojos helados de miradas lascivas,
y otros seres con otras formas asquerosamente indescriptibles.
Aquella nube era la condensación del pecado y la maldad. Allí
habitaban los errores repetidos, el egoísmo y las faltas cometidas
en vida por los desgraciados prisioneros de la eternidad,
custodiados por Hell, la diosa de la muerte, y por Efialtes,
el demonio de la pesadilla, con forma de león.
De vez en cuando, alguno de los seres del cortejo, luchaba
por elevarse, e inmediatamente uno de los demonios surgía
de la nube y le infringía un espantoso sufrimiento que lo
empequeñecía y le arrancaba un alarido que desgarraba el tiempo
sin horas de aquella noche.
Los seres habían llegado a la puerta de hierro arrastrando
su pesar, sus penurias y su resentimiento, atados a su existencia
en el incierto mundo entre la vida y la muerte, entre la tierra
y los plácidos cielos que había más allá de las nubes, más
allá del Olimpo. Se aferraban a las rejas de metal y lo llamaban,
le pedían, le exigían, le rogaban y le ordenaban que fuera
con ellos, porque él era el culpable de su encierro perpetuo;
sólo se había preocupado por sus cuerpos, los había maquillado
y embellecido, los había alumbrado y adornado en su ceremonia
de despedida con flores, y luego había sacado de allí sus
cuerpos en sus lujosos automóviles de dudoso gusto.
Pero de sus almas, no se había preocupado ni una sola vez.
No había pensado en ellos más que como el objeto de un negocio
que le reportaba ganancias, en algunos casos, muy superiores
a las que esperaba percibir, y siempre a las que merecía.
Para él, esos pedazos de carne muerta corrompidos por el cáncer,
envilecidos por los años, aplastados por el destino, sólo
significaban una cosa: beneficios. De las almas que se ocupe
el Dios de cada uno de ellos. Si tan sólo hubiera pensado
una vez en ellos como seres humanos, que habían sido, hasta
unos momentos antes de que él los metiera en el frío ataúd,
hubiera dicho una pequeña oración por sus almas, les hubiera
dado la llave para abrir el portal de la funeraria e ir en
busca del camino de la salvación. Pero no, los dejó allí,
sacó sus cuerpos y los dejó a ellos, los verdaderos Ellos,
a expensas de los fieros guardianes de la muerte: sus leones
de mármol negro. Por eso ahora estaban allí, reclamándolo,
como una congregación espera por su pastor, su líder espiritual,
para sentirse, por fin, en paz y a salvo.
El viento ya era intenso y lo obligaba a recogerse sobre sí
mismo para evitar ser castigado en pleno rostro por la fina
arenilla que levantaba del suelo. Las huellas comenzaban a
borrarse, diluyéndose, volviéndose fantasmales, como lo eran
ahora quienes las dejaron, como si nunca hubieran existido.
Algo se adhirió a su cara, impulsado por la fuerza del viento;
era algo seco y helado que olía a tinta fresca. Con bronca,
lo arrancó de la mejilla, pero no lo tiró, se fijó de que
se trataba. Era un pedazo de hoja de periódico, irregularmente
cortado; era la página de las necrológicas, y entre todos
los avisos fúnebres - había varios - había uno que lo dejó
helado, perplejo, sin respiración. Su estómago dio una vuelta
campana y se hundió en las profundas aguas de las nauseas
y su corazón perdió el paso, desordenando la marcha de sus
pulsaciones. Allí en sus manos y ante sus propios ojos desorbitados,
tenía la columna necrológica del día siguiente en donde se
anunciaba su deceso; debajo de su fotografía decía SAMUEL
ASANOVIC Q.E.P.D. Falleció el día... a los... años de edad.
Sepelio en... su funeraria, la dirección era la de su funeraria.
Dejó caer la hoja del diario, la cual al caer se transformó
en un clavel rojo, que se sumó a las muchas otras flores que
habían comenzado a llover sobre él, rodeando el lugar en donde
se encontraba.
Intentó dar media vuelta y correr, debía salir de ese lugar
y de ese sueño. Sus piernas se movían con una velocidad que
hacía mucho no tenían, el sudor, agrio y pegajoso, comenzaba
a mojarle todo el cuerpo; al final de esa corrida estaba su
salvación, iba a despertar en su amplia cama de dos plazas,
se iba a levantar y se iba a preparar un café negro bien fuerte,
y ya no volvería a dormirse. Por la mañana, entre sus números,
se iba a olvidar de ese estúpido sueño. Porque era un sueño...
¿verdad?. Comenzó a reírse como un poseso, tapando con su
carcajada el lamento de los seres tras el portal, miró hacia
atrás por encima de su hombro, y la risa se le congeló desencajándole
la mandíbula,... no se había movido del lugar, sus piernas
corrían pero aún continuaba en donde había empezado su demencial
carrera. Se detuvo, su cuerpo se aflojó. Las flores seguían
cayendo, sepultando literalmente el suelo, y volviéndose amarillentas
y secas apenas lo tocaban; entre un ramo de siempre vivas
y tres gladiolos, descansaba laxa, una banda color morado
en la que se leía TUS AMIGOS ¡JAH!
Los leones se colocaron uno a cada lado y juntos, al mismo
tiempo, iniciaron la marcha hacia la puerta de la funeraria,
escoltándolo hacia el final de su destino. Resignado, se dejó
guiar.
Alborozados, los seres de detrás de la puerta, lo recibieron.
Entró y ya no se vio más."
En el cuerpo de Samuel Asanovic - <<Sin H. Era croata>>
- cesaron todas las funciones vitales.
Un último suspiro, casi un estertor, dio por finalizado el
espectáculo de su vida.
Afuera, en la esquina en diagonal a la funeraria, estaba la
panadería; bajo su alero, intentado protegerse de las inclemencias
del clima del invierno, un mendigo, mugriento y harapiento,
con la mente embotada por alcohol de quemar mezclado con vino
barato, empinó la botella bebiendo, directamente del pico,
la última porción del contenido. Apenas abrieran los negocios,
por la mañana, compraría otra y se la bebería inmediatamente.
No quería volver a estar sobrio nunca más en su vida.
Abrazó al perro sarnoso y hediondo que lo acompañaba desde
hacía mucho tiempo - se había orinado, y ocultaba su cabeza
entre las patas delanteras - y juntos se dijeron a sí mismos
que no habían visto a los leones de piedra de la funeraria
cruzar la calle y volver al rato con un fantasma caminando
entre ellos, para perderse, los tres juntos, en el interior
del edificio.
Villa María, 16 de junio de 2000.-

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