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de Buchhalter Luis
Las Armaduras de las insanías
Catorce meses antes del siglo XVI, los caballeros de la silla
no tenían la menor idea de cómo defenderse del ataque de las
langostas sin hojas. Treinta veces le dijeron que no al Conde
Esdrújulo, porque picaba la carne comentando a la vaca qué
iba a hacer. Es posible que lloviera entonces, cual llamado
de venganza, cual hipopótamo volador. ¡Qué manera de pegar
a los pantanos llaves de café!
Y se acercaba el fin del siglo. Entonces el caballero Lord
Puff arrimó su yacaré a la mesa del pintor, dado que el frío
había apagado su cigarro.
¡Bendecid mi armadura podrida!, espetóle el caballo gusarapiento.
Al abrir la lata de sandía de cuaresma, la caballa se vació
de un saque. Encima, los langostinos no afinaron sus violines
en la olla que los presionaba desde el subeibaja. El pintor
tejía en un pajar, por eso no tenía agujas dónde buscar. Era
muy grande el costurero, entretanto, así que ellos hicieron
lo posible por aislar al bacilo.
Fue para esa época que la cháchara también fue aislada en
su propia tinta, por lo que ningún caballero comía sin lavarse
las tres axilas: la del cóndor de la vuelta, la de la vieja
garrapata, y la de su comarca. La choza hundióse en el pánico
inflado ni a cañones; pero todavía se había olvidado de inventar
la pólvora para hacer estallar su sofá.
De modo que ocurrió lo peor. Amaneció la noche de enero (ya
que ese año enero tuvo una sola noche) y Lord Puff comió lo
que debía comer hacía rato: ojos de buey y hormigas deshuesadas.
El efecto fue notable: engordó 23 kilos y envejeció lejos
de su hogar. A esas alturas de su vida no quería desayunar,
por lo que tomó a su caballo de la solapa y le dijo: "Caballo
infeliz, en tu cumpleaños no me regaste las plantas; debes
morir electrocutado en una sala de primeros auxilios."
La enfermera abrió la salsa, y notó que ésta ya estaba en
su plato. De modo que la condena debía cumplirse antes de
que cantara la motocicleta. El caballero acercó la bestia
al fuego, y le hizo beber carbón fumigado. Tres ornitorrincos
olieron la cerveza y corrieron a su barrilete. Cuando llegaron
para salvar al caballo, éste se había transformado en una
rosquilla con manteca, por lo que devoraron las migas.
No se sabe en los libros de Historieta quién comió a quién.
La calefacción giraba en torno a los pensamientos del Conde
Esdrújulo, mientras su pelo se peinaba automáticamente. El
ambiente estaba caldeado, entonces abrió la sábana por la
mitad y extrajo su riñón, al que le adosó un cartel intraducible
que empezó por contagiarlo a él y al Lord. Luego la peste
se infundió coraje leyendo el Martín Fierro y voló a Estocolmo
del lado del revés de una salchicha de Pernambuco.
Las actrices lo esperaban acuñando monjes y tranvías con ranas,
porque era época de escasez estomacal, ante quienes no debían
colocarse en posición incómoda, porque la gota que rebalsó
el vaso, resbaló. ¡Y la terrible modestia que produjo!
Solamente había que dar vueltas tres veces alrededor de la
columna de ácido, para que las armas se hicieran duras y se
usaran como pan en la llaga. No ardía mucho, pero todos se
preguntaban por quién doblan los papeles. Los doblan porque
no hay lugar en tu piscina; entonces creemos que el sueño
es factible de holgazanear bajo nivel. Trataremos de proteger
de la lluvia tu pecho, porque caen gentes de las azoteas si
no llueve.
En el próximo siglo el problema fue solucionado proveyendo
un deshollinador sin extensión a la otra ciudad. Fue así como
el incendio del caballo no tuvo efecto sobre la papa. La cosecha
fue ideal, magnífica; el combustible se extravió sin ton ni
son. Pero fue la última vez que lo permitieron. Trajeron de
los pelos al caño que faltaba, lo colocaron y sin tener la
menor idea, ubicóse la rana en medio de la batalla. Las flechas
desviaron su atención, y colorín colorado, este cuento aún
no ha comenzado.

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