|
Cuervo Corte Claudia
Entraron de Noche
Fui secuestrada. Son dos y nunca se hablan.
Son dos y me buscan todo el tiempo. Son dos y están atentos,
están alerta a lo que sucede a su alrededor siempre.
Fui secuestrada y ni siquiera piden rescate por mi, seguramente
muera aquí y la verdad es que no me importaría si así fuera.
Recuerdo perfectamente la primera noche. Esa noche me quede
quieta, pretendiendo que las gotas de sudor que corrían desenfrenadas
por mi cuello, por mi espalda, por mi pubis y entre mis pechos
eran absorbidas por mis poros. Esa noche cerré los ojos, no
respiré y dejé que el tiempo pasara. Dejé que el tiempo, sugestivo
y cobarde, pasara dejando tras de si algún rastro desconocido,
un rastro incapaz de ser seguido, un rastro de pieles erizadas.
Y ellos me tocaban impunemente, sabiendo que eran culpables,
tan culpables que nadie se demoraría en demostrarlo, tan culpables
que nadie se detendría a investigarlos. Y entonces decidieron
no detenerse, siguieron tocándome y besándome, adueñándose
de mis lugares más íntimos, de mis formas y mis contenidos.
Y debo confesar que desee, que aún sigo deseando, que nunca
se detengan. Debo confesar que los deseaba, no a uno sólo,
sino a los dos. A los dos juntos entrando por todos lados,
y sintiéndolos, a dúo sincronizados y silenciosos. Siempre
silenciosos hasta que un día me cantaron.
Sus ojos me secuestraron, abusaron de mí, se metieron por
todos lados, me tocaron, me besaron y además me cantaron.
Y entonces yo confirmé que no quería prescindir de ellos.
Confirmé mis sospechas de que finalmente iba a morir en este
lugar y de que realmente no me importaría si así fuera.

Volver
a Ateneo de las Letras
Volver a textos
|