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de Martino Norberto Nestor
EL MAESTRO.
El encuentro.
En esa época yo vivía en la localidad de Merlo, en la provincia
de San Luis. Él llegó de pronto, bajaba de un micro en la
terminal de ómnibus, estaba arribando de Buenos Aires, su
aspecto era algo místico e intrigante, se paró delante mío
y preguntó:
- ¿Allí detrás hay unas sierras con un borde mas alto y una
cortada?.
- Sí, justamente esa es la forma. Respondí.
- Que problema, ahora voy a tener que quedarme a vivir en
este lugar. Volvió a decir.
Tomó su pequeño bolso y comenzó a caminar, con pasos largos
y balanceados, sentí en mi interior la presencia de un maestro
espiritual, así que lo alcancé y le ofrecí mi ayuda, trataba
de orientarlo en la zona.
- ¿ Crees que estoy perdido? Respondió.
- No maestro, solamente trato de ser amable con Usted. Dije.
- Eso es bueno, pero no te olvides que no hay que ayudar a
aquel que no quiere recibir esa asistencia. Se derrama mucha
energía sin sentido. Las Escrituras dicen "Pide y recibirás"
o sea que hay que estar consiente de la propia necesidad.
Lo demás es vanidad, orgullo. Contestó.
Nunca hubiera pensado que alguien pudiera impactarme de esa
forma. Me atraía hacia él como un gran imán. Había algo en
su presencia y caminando a su lado, pues no quería dejarlo
ir, lo invité a quedarse en mi casa, cosa no habitual en mí,
pues por lo general siempre fui bastante desconfiado para
alojar desconocidos. Después de todo no se sabe con quién
se está tratando, puede ser el mejor o el peor. Pero en este
caso todo era muy distinto, el hombre inspiraba confianza.
Lo seguí llamando "maestro" y él no se negó. Era como si estaría
acostumbrado a ese término.
Llegamos a mi domicilio y le mostré su habitación. Muy agradecido
y amablemente dejó su bolso y se acomodó allí, encendió unos
sahumerios, extendió una manta en el piso y se colocó en posición
de meditar. Lo dejé solo y fui a preparar algo para comer.
Ya había pasado como una hora y se acercó a la cocina, su
rostro parecía resplandeciente y hablaba con una gran paz
interior.
- Te agradezco de todo corazón lo que estás haciendo, dijo,
sobretodo sin conocerme y sin saber nada de mí, ni siquiera
por referencias.
- Maestro no necesito saber, creo que ya sé todo lo que hace
falta. Respondí.
- Entonces solo nos queda estar juntos y esperar que tu energía
se acomode a mi presencia y después sabremos cual es el siguiente
paso. Expresó.
- Creo que con eso es suficiente.
Mientras le respondía le indique donde se encontraban algunos
utensilios que podría necesitar y nos fuimos a dormir.
Al día siguiente, me desperté muy temprano, pensé que debería
preparar algo para el desayuno; así cuando el maestro se levante
podríamos tomar el café. Pero, me lleve una gran sorpresa
al llegar a la cocina, pues, ya estaba servido y distribuidas
las tazas y las tostadas, cada cosa en el lugar que yo mismo
la hubiera colocado, y no solo eso, la manteca, el dulce y
todo lo que pensaba servir ya estaba allí. Bueno, pensé, parece
que el maestro lee mis propósitos.
Me acerqué a la ventana para llamarlo y lo vi sosteniendo
un pájaro en el dorso de su mano, parecía hablarle, era un
zorzal de pico amarillo y muy nervioso, esas especies son
habituales en mi jardín, pero no son tan fáciles de retener
sobre una mano.
- Maestro. Lo llamé como con temor.
El elevo su mano, y el pájaro fue empujado hacia el cielo
y comenzando su vuelo giró sobre su cabeza antes de despegar.
Venía hacia mí con una sonrisa y dijo:
- Que pájaro loco ese, no tenía otro lugar donde posarse que
eligió mi mano. Si yo hubiera sido un cazador ya no poseería
su libertad.
Automáticamente le respondí sin pensar:
- Maestro, si usted hubiera sido un cazador, el pájaro no
se hubiera posado en su mano.
Y como sin prestar atención a mis dichos, cambió de tema:
- Te pido me disculpes por adelantarme a preparar el desayuno,
me desperté temprano y no sabía que hacer. No sé si será de
tu agrado.
Solamente hablaba por cumplido, ya que en su mirada se notaba
el gesto de haber hecho lo que yo mismo pensaba.
Después del desayuno lo acompañé hasta un arroyo cercano.
Se quedó mirando el agua por un instante, y una pausa dejó
atrás las palabras. Luego tomó cinco piedras redondas y me
las entregó.
- Arrójalas al agua de una en una y lentamente. Dijo.
Al hacerlo sentí algo extraño en mi interior. Parecía acompañar
cada piedra y caer al agua, hundirme hasta el fondo del arroyo
y volver a salir con las burbujas que ella misma había provocado.
Me ocurrió lo mismo las cinco veces. Más cuando quise preguntarle
me hizo señas de guardar silencio.
Cuando regresábamos aproveché para preguntarle:
- Maestro: ¿Qué eran las cinco piedras y porqué no me permitió
hablar?
- Las cinco piedras son los cinco sentidos, cuando vivas alguna
experiencia hazlo intensamente y utiliza tus sentidos para
registrarla en tu interior, como si la estuvieras grabando,
así cuando te encuentres triste podrás sacar una grabación
de esas y volver a recrearla en tu mente, eso ayuda. Y, la
otra parte de la pregunta, no te dejé hablar para que aprendas
a retener en silencio, ya que cuando trates de explicar o
compartir una experiencia espiritual lo único que conseguirás
es disolverla y perderla, ya que fue enviada para ti, debes
guardarla como en un cofre en tu corazón
Llegamos a la casa y pasamos allí el resto del día. Ya no
hubo preguntas, tampoco respuestas.
Pasados algunos días, se me ocurrió hacer una reunión de amigos
y aprovechar la misma para presentar al maestro. Estaba seguro
que a ellos les agradaría compartir un tiempo con él.
Llegada la misma, nos sentamos en circulo alrededor de mi
living. Conversamos sobre temas de orden espiritual, el maestro
dio algunas ideas sobre la vida. Todos atendían con mucho
respeto cuando él hablaba; hasta que se hizo un profundo y
extenso silencio, parecía que estabamos en éxtasis ya no había
palabras que agregar, de pronto el maestro comenzó a emitir
una especie de luz verde muy tenue, la misma salía de su cuerpo,
y fue extendiéndose como una onda hasta cubrir a todos los
presentes. No se puede describir con palabras aquella experiencia,
pero lo más notable fue que aquellos que sufrían alguna dolencia
o enfermedad, en esa reunión, fueron sanados.
El maestro no quiso dar explicaciones de lo sucedido y pidió
que no hicieran comentarios sobre lo ocurrido.
Al día siguiente a solas con él no pude resistir la pregunta:
- Maestro: ¿Que pasó en la reunión?
- Parece que tus amigos buscan a Dios. Respondió.
- No maestro yo me refería a la luz verde.
- Yo también. Dijo.
Reflexioné por unos minutos y luego seguí con mis actividades.
La gorda.
Una tarde estábamos sentados en una enorme piedra en el arroyo
de una hermosa zona llamada Villa Elena, muchos árboles, abundante
agua corriendo entre la arena y las piedras y el murmullo
de pájaros buscando donde pasar la noche; de pronto entre
la maleza apareció ella, una gorda de aspecto andrajoso, grosera
y brutal, pocos dientes con el pelo corto como varón, de unos
ciento veinte kilos de peso y era nada menos que la curandera
del lugar.
- Que hacen por estos lados?
Preguntó con toda su carga de ignorancia y torpeza, mientras
comía unos pedazos de pan duro que despedía al hablar, tratando
con un dedo adentro de su boca de sostener lo embuchado.
A mí, personalmente me asustó y me impacto semejante presencia,
pero el maestro se quedó inmóvil observándola sin demostrar
la mínima sorpresa.
- Y no contestan? Volvió a atropellar con su mal modo.
- O se asustaron tanto que no pueden levantarse? dijo mirando
al maestro.
El maestro levantó su mano derecha y apuntó la palma hacia
ella, como queriendo tocarla pero sin hacerlo, cosa que parecía
atormentarla, dado que se agachó un poco y metió la mirada
hacia adentro, como observando su propio pecho; el cuello
se le acortó y comenzó a hincharse, parecía una pelota humana,
mientras continuaba inflándose más y más refunfuñaba unas
frases cortas en voz muy baja, casi imperceptible, todo esto
ocurría ante mis ojos y yo mismo no podía creer lo que estaba
presenciando; en eso veo al maestro ponerse de pié y acercarse
a ella de forma muy peculiar, poseía cierta actitud de mando,
como un militar que se presenta ante sus tropas para ordenar
una batalla, entonces con una voz muy firme pero sin gritar
le habló en un idioma muy extraño, pocas palabras, al oírlas
se me erizó la piel, entonces la bruja con un movimiento veloz
casi imperceptible, pegó un salto hacia la maleza desde donde
había salido y desapareció.
Su voz se volvió a escuchar entre los pastizales:
- Aquí mando yo! No vengan a molestarme más!
Por supuesto que mi ansiedad y asombro no me permitían acometer
con mil preguntas al maestro, que como si nada hubiera pasado
se volvió a sentar en la piedra y tomando un palito hacía
unos dibujos en la arena muy tranquilamente.
En un arranque de intriga decidí seguir a la gorda, corrí
entre los montes para no perderla de vista, ya que se movía
con gran agilidad, y así llegué unos minutos después que ella
hasta su mismo refugio. Espiando por una especie de ventana
pude ver lo despreciable que era ese lugar, con olor a carne
quemada, en una de las paredes colgaban unas ollas viejas
llenas de grasa, según parecía allí se cocinaba mucho, la
comida sería el principal motivo de vida de semejante mujer.
Observé cómo tan pronto al entrar, ella se acomodó en una
mesa de madera antigua y se metió unos pedazos de carne en
la boca, eructaba y lanzaba gases todo el tiempo, mientras
un niño de la zona golpeaba la puerta de su covacha y pedía
atención:
- Doña Juana, Doña Juana, está en la casa? Se puede?
Ahí me enteré su nombre y me inquietó la idea de qué necesitaría
el niño para llegar hasta semejante lugar, así que me oculté
detrás de unos barriles para poder escuchar la conversación.
- Entrá niño, entrá. Dijo ella.
- No te quedes ahí parado, decime: ¿ me trajiste algo para
comer? Tu mamá dijo que me iba a mandar unos pastelitos, ¿los
tenés o no?
- Si doña. Respondía el niño mientras sacaba una bolsita de
la mochila que colgaba en su espalda.
- Bueno, entonces apurate, o querés que me muera de hambre
hasta que te decidas. Dijo.
El niño tembloroso alargó el brazo lo más que pudo, para no
acercarse, y depositó en la mesa la bolsa con los pasteles;
ella, como apurada le quitó los papeles y con un movimiento
brusco se metió uno en la boca, entero y empujándolo con el
dedo decía:
- Están ricos, están ricos. ¿Me trajiste algo más?
- No, pero mi mamá me pidió que le cure el mal de ojos a mi
hermanita, que no para de llorar. Contestó el niño bastante
temeroso.
- Bueno andá tranquilo, ya me voy a ocupar de eso; y decile
a tu mamá que después me mande algo para comer, unos choclos
me vendrían bien. Dijo.
- Adiós doña Juana, me tengo que ir. Y el chico salió lo más
rápido que pudo.
Yo seguía oculto en el mismo lugar, mi memoria trataba de
registrar hasta el mínimo detalle, había notado la indiferencia
con que respondió sobre el pedido del niño y quería contarle
al maestro todo lo que había visto y oído, pero lo peor era
lo que estaba pensando, quizás el niño tenía tanto miedo porque
le parecería que la mujer se lo podría comer a él, o quizás
no era cierto lo que estaba viendo, o quizás...
- Quién anda por ahí? Gritó la gorda.
Y esta vez si que logró asustarme, estaba distraído entre
tantos pensamientos.
- Dije que quién anda, carajo!!! Volvió a vociferar, al parecer
bastante enojada.
No tuve menos que salir como el niño, arrastrándome entre
los pastos, moviendo codos y rodillas a mil por hora, transpirando
de nervios y miedo, no quería ser descubierto, pero también
un sentimiento raro me inundaba, casi increíble en una persona
madura, yo también temía ser comido por la gorda.
Cuando encontré al maestro le conté lo que había vivido persiguiendo
a la misteriosa mujer, también le comenté su dedicación hacia
la hechicería y como extorsionaba al niño, entonces él me
dijo:
- Si me pudieras llevar hasta esa mujer te lo agradecería
mucho.
- Pero maestro: ¿ usted quiere ver a semejante personaje?
¿qué puede necesitar de ella? Pregunté algo enojado, pensando
que el maestro quería comenzar una amistad, con la despreciable
y mezquina arpía.
- Te ruego que no me cuestiones, solamente te pedí que me
guíes hasta el lugar. Respondió.
- Perdón, perdón, mi ansiedad me sobrepasó otra vez, maestro,
claro que puedo guiarlo.
Cuando usted lo crea conveniente, avíseme y lo llevaré hasta
allí. Le contesté.
- Podrías hacerlo mañana bien temprano? Sugirió.
- Sí maestro. Respondí, pero en realidad noté que algo se
traía entre manos, por lo tanto consideré que era mejor guardar
silencio, antes de recibir otro reto por inoportuno.
Al día siguiente acompañé al maestro hasta la covacha de la
gorda, era muy temprano, apenas amanecía, desde afuera se
escuchaban los ronquidos de la haragana en su mejor sueño,
entonces el maestro tomó un palo, de unos 90 cm de largo y
comenzó a trazar una línea en el piso alrededor de la casa,
mientras lo hacía elevaba unas oraciones, partió desde el
lugar donde yo me encontraba parado y dando toda la vuelta
regresó hasta el punto de inicio.
No podía hacer otra cosa que observar y esperar alguna orden
del maestro, el que a su vez estaba en un estado muy especial,
parecía brillar y además se lo veía vestido de blanco, aunque
lo que tenía puesto era un jean y una campera de la misma
tela al salir de nuestra casa. Todo era muy extraño.
Con una mano me indicó un lugar donde quería que tome posición
y así lo hice, entonces él se metió dentro de la marca que
había hecho en el piso y clavando el palo en el piso con ambas
manos dejó escuchar su voz, que sonaba como un trueno, aunque
no estaba gritando y dijo:
- Te ordeno que dejes este lugar o el fuego del cielo caerá
sobre ti.
Me conmocionó lo que estaba presenciando, pero fue mucho peor
lo que ocurría dentro de la casucha, la gorda empezó a gritar
y sacudir hasta las mismas paredes, hasta en cierto momento
pensé que el techo se caería.
- Dejame tranquila, brujo blanco, te voy a matar.
- Te dije que no me molestes.
- Salí de mis tierras, aquí mando yo. Dejame porque te voy
a matar.
- Andate que no te soporto!!! Carajo!!!
Y muchas otras cosas e insultos, pero algo me llamó la atención,
ella no salía de la choza, solamente gritaba desde adentro.
El maestro ni se mosqueó, como de costumbre, y después de
unos instantes volvió a hablar con aquella voz tan particular:
- Está hecho. Dijo.
Luego, tomándome por el hombro me instó a darme vuelta y comenzar
a caminar de regreso. Cosa que me costaba bastante, ya que
había quedado duro frente a tal experiencia.
Retornamos a Merlo y durante ese día quedé sin poder hablar,
el maestro seguía sus actividades con gran serenidad, durante
la noche no podía conciliar el sueño por las prácticas de
tareas espirituales que había vivido, así que decidí que al
día siguiente volvería hasta el cuchitril de la gorda para
ver que había pasado.
En cuanto amaneció salí a escondidas, para no enojar al maestro
con mi curiosidad y al llegar al lugar, mi sorpresa fue monumental,
parecía que en ese sitio nunca hubiera vivido nadie, se encontraba
totalmente abandonado, con malezas, y casi en ruinas.
Anduve husmeando por allí y pronto algo me asustó, los pastizales
se movieron, alguien me observaba, entonces pude notar que
se trataba del maestro que con una gran sonrisa habría sus
manos como preguntándome que había pasado.
- ( Cosas del maestro ). Pensé.
Los últimos meses.
Una mañana, había preparado unos mates para desayunar, él
aprovechó aquel instante para hablar de algo que parecía muy
importante.
- Cuando tengas tiempo quisiera mostrarte un lugar en las
sierras, necesitaremos un día completo dado que está bastante
alejado y hay que escalar un poco.
Hablaba con una sonrisa como buscando complicidad, me remontaba
a la idea de un niño que esta por mostrar algún lugar secreto
donde guarda sus juguetes.
- Mañana puede ser un buen día, maestro. Le respondí.
- Entonces deberemos salir bien temprano. Dijo.
Al día siguiente caminamos durante varias horas, en sentido
ascendente y sobre una zona poco recorrida de las sierras,
a la altura de la localidad de Carpintería. Por fin parecía
que habíamos llegado al lugar, estabamos al filo de la montaña,
en su punto mas alto, y frente a un precipicio bastante importante.
No podía calcular la altura del mismo, y me causaba admiración
aquella tremenda profundidad, nunca hubiera imaginado encontrar
algo así en esos parajes. Y después de observar con admiración
durante un tiempo, el maestro rompió el silencio:
- Debes tener en cuenta este lugar.
- Gracias por traerme, maestro. Respondí.
Así transcurrieron varios meses, el maestro me había contagiado
de algo mágico, a su vez había depositado en mí cierto conocimiento,
que seguramente debería utilizarlo llegado el momento.
Una noche mientras cenábamos parecía decidido a confiarme
el motivo de su estadía.
Daba la sensación de una persona a punto de abrir un baúl
cargado de los valores más importantes de toda una vida. Y
comenzó así:
- Voy a decirte algunas cosas que quiero que retengas en tu
mente.
¿Recuerdas el primer día que llegué a esta localidad? Tu me
querías guiar y yo te pregunte si pensabas que me encontraba
sin rumbo. Bueno, la verdad es que yo venía a buscarte, ya
sabía que te encontraría en esa terminal y también sabía que
me invitarías a posar en tu casa.
En realidad fuiste escogido para guardar el conocimiento que
pude darte, que solamente es una especie de llave, la que,
a medida que vayas creciendo en el mismo te servirá para ir
abriendo algunas puertas que te darán un conocimiento mayor
y más intenso.
Interiormente me avasallaban tantas preguntas que no podía
acomodar para poder emitirlas, pero a su vez notaba que no
era adecuado interrumpir al maestro en su consideración. El
que continuó hablando de esta forma:
- En una carpeta que dejé en el Banco hay algunos documentos
que he preparado para ti.
Si consultas al gerente notarás que he dejado las instrucciones
precisas para que puedas activar y ejecutar lo que se requiere
de ti en estos casos.
Mi asombro crecía a tal punto que parecía estallar, a cada
paso de la charla del maestro las dudas me asaltaban, pero
también una voz interior me decía que todo estaba ordenado
y que, lo que debía hacer era nada mas que seguir hacia adelante
dejando los interrogantes y confiando en que todo se acomodaría
con el transcurrir del tiempo.
Por lo tanto decidí no molestar con preguntas sin sentido
y seguir las indicaciones del maestro al pié de la letra.
El que continuaba con su plática.
- Mañana, bien temprano, quisiera que me acompañes hasta el
lugar alto.
Hay algo que me gustaría mostrarte. ¿Estas de acuerdo?
- Si maestro lo que necesite. Respondí.
Llegada la madrugada partimos, el silencio era nuestro compañero,
el maestro no llevaba absolutamente nada y caminaba rápido.
Pensé que se apuraba dado que algunas nubes se posaban en
las laderas de las sierras y para llegar hasta arriba deberíamos
atravesarlas. Pero al pasar unas horas noté que ese no era
el motivo, había una especie de compromiso en su actitud,
quizás sería el día fijado por alguna razón que yo desconocía.
Seguíamos ascendiendo. Tras el cansancio de sentirme persiguiendo
al mismo viento, llegamos a un punto donde el maestro se sentó
a meditar, me hizo recordar al día en que lo conocí, había
hecho exactamente lo mismo.
Después se levantó y me indicó que me quedara en un lugar.
Me senté pensando en descansar un poco y hasta pensaba en
dormir unos minutos, mientras observaba al maestro trepar
por una pared de la montaña hasta unos cincuenta metros mas
arriba, se movía ágilmente y con pasos muy precisos. Llegó
a la cúspide y se detuvo allí. Abrió los brazos y dirigió
su mirada al cielo.
- Solamente a él se le ocurren estas cosas. Pensé.
- Si hubiera traído una cámara, conseguiría unas fotos poco
comunes.
Mis pensamientos pasaban, mientras, sin quitarle la vista
de encima comencé a preocuparme por su actitud, como un rayo
atravesó mi mente la idea de que podía saltar al abismo y
justo en ese instante, como si la misma sensación hubiera
sido un aviso, vi su cuerpo abandonarse en el precipicio así
como un clavadista se arroja al mar.
- Maestro!!!!!! Grité con desesperación. Mientras él se entregaba
al vacío, como aquel que ofrenda su misma vida. Rápidamente
caía y en una zona mas baja las nubes desvanecieron su figura
y no pude ver el lugar de su colacionar con la tierra.
Con desesperación y un gran desconcierto bajé lo más rápido
que pude, buscaba el lugar donde supuestamente hubiera caido,
pero no hallé nada. Recorrí toda la franja al pié del cerro,
una y otra vez hasta que la noche no me permitió continuar
y me vi obligado a regresar.
Dentro de la confusión no encontraba claridad para saber que
debía hacer, si recurrir a las autoridades, que seguramente
no me creerían, o contarle a algún amigo lo sucedido.
Sin poder dormir llegó el día y nuevamente me acerqué al lugar
a buscar el cuerpo del maestro, no comenté nada sobre el tema
y durante todo el día examiné cada rincón, pero sin novedad.
Al regresar cansado y sin ánimo me recosté en la cama y recordé
lo de la carpeta en el Banco del pueblo. Por lo tanto a la
mañana siguiente fui a ver al gerente el que muy amablemente
me hizo entrega de la misma.
Mi sorpresa fue aún mayor que todo lo sucedido en cada período
de su estadía en mi hogar. En una nota de preámbulo, el maestro
se despedía de mí y aclaraba su partida, en realidad había
cambiado de dimensión en aquel precipicio y pedía que guarde
con cordura y respeto esta actitud de su parte. Además, decía:
- Nadie te va a creer si tratás de dar explicaciones.
- No te olvides que esto no es para cualquiera.
Después de la nota había algunas instrucciones a seguir, y
un pasaje abierto hacia la ciudad de Los Ángeles en EE.UU.,
un poder para administrar unos negocios en la citada ciudad
y las llaves de una casa, donde indicaba el lugar y códigos
de una caja fuerte que encontraría en la misma. Una pequeña
despedida, en la que dejaba aclarado que para esto me había
elegido, y que, llegado el tiempo de mi propio traslado debería
tomar en cuenta esta forma de derivar la fortuna, que otros
maestros anteriormente ya habían utilizado y por lo tanto
confiaba en mi proceder y decisiones en todo lo referente
a los negocios.
Es así, como puedo explicarte a través de este relato que
te envío por E-mail desde Los Ángeles mi extraña salida del
país, sin darte ninguna aclaración ni motivos de mi viaje
y pedirte me disculpes por tantos años de silencio y por haber
dejado nuestro compromiso de matrimonio en suspenso, cosa
que entiendo no habrá sido muy agradable para ti. Pero creo
que hallarás algunas respuestas en una carpeta que he dejado
a tu nombre en el Bank of América de esta ciudad, y además,
en unos días recibirás un pasaje para llegar hasta aquí, aunque
lamento que no podrás verme, pués, en lo que respecta a mi
persona... "ya habré partido".

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