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de Fontoira Luis
Sueños en pastillitas
Cuando mi abuelo me dio por primera vez una pastilla roja
ni siquiera sospeché que iba a cambiar mi vida.
A mi abuelo Oscar le decían "El Alquimista", porque se pasaba
todo el día en su laboratorio, hecho en una pieza de material
en el fondo de la casa.
Mezclaba líquidos, metales, plastilina y plantas. A mí me
gustaban los frasquitos aunque no me dejaba tocarlos. Nadie
podía entrar al laboratorio si no estaba con el abuelo.
Esa noche, cuando tomé la primera pastilla roja, me dijo:
"Vas a soñar con globos de colores y con payasos; la hice
especialmente para vos".
Soñé toda la noche con globos y con payasos y, al día siguiente,
conocí el gran secreto familiar: mi abuelo fabricaba sueños
y los metía en pastillitas.
Pastillas para soñar con partidos de fútbol, pastillas para
soñar con el éxito, pastillas para soñar con mujeres, pastillas
para soñar con millones de dólares.
Sólo era cuestión de pedirle un sueño y esperar un par de
días para que el abuelo Oscar volviera con la pastilla.
A veces se equivocaba, como aquella en la que le pedí un sueño
con jueguitos electrónicos y me pasé toda la noche soñando
que jugaba con un yo-yo que hacía ruiditos y prendía luces
de colores. Claro, él no conocía los jueguitos electrónicos
que yo quería y sólo podía meter en las pastillas sus propios
sueños.
En aquella época, mi hermano Juan, que me llevaba tres años,
siempre pedía pastillas de fútbol. Yo a veces también, pero
prefería tomar las de jugar a la escondida o las de andar
en bicicleta sin rueditas.
No había nada más lindo que dormir. A las ocho en punto nos
íbamos a la cama y, si sacábamos buenas notas en el colegio,
el abuelo nos preparaba sueños especiales para la siesta de
los sábados. Los domingos no porque, según decía, era "el
día del Señor".
Con mi hermano siempre nos contábamos los sueños y él me cargaba
por las pavadas que yo le pedía al abuelo. Pero, poco a poco,
Juan dejó de hablarme de sus sueños porque decía que no eran
cosas para chicos.
Yo lo miraba, intrigado y con un poco de bronca, cuando se
ponía a dormir, tan ansioso y contento. Recuerdo que se despertaba
feliz, con el pelo revuelto.
Mi abuelo Oscar tampoco me quería contar qué tipo de sueños
le daba a mi hermano y yo sentía un odio bárbaro cuando me
decían que me iba a enterar "a su debido momento".
De todas formas, aquel secreto no me importaba tanto porque
había descubierto que las pastillas de fútbol eran las mejores
y me pasaba toda la noche haciendo goles.
Cuando cumplí los catorce, antes de irme a dormir, mi abuelo
me llevó al patio de casa. Hacía calor y lloviznaba.
"Hoy vas a conocer a Raquel", me dijo, y me puse a temblar
como una hoja.
Fui hasta la pieza, me acosté y, tratando de no pensar demasiado
en el asunto, me metí la pastilla en la boca y apagué la luz.
En el sueño yo estaba acostado en una cama rara, muy grande,
con techo y cortinitas. Había un ventanal que daba a una playa.
Era de noche. Se oía el viento y entraba olor a mar. Raquel,
porque yo sabía que era Raquel en el sueño, golpeó la puerta
y, sin esperar a que yo contestara, entró en la habitación.
Era morocha, con el pelo enrulado y largo, y estaba en ropa
interior; en ropa interior blanca. Me miró desde la puerta
y caminó hasta el costado de la cama. Yo estaba muy nervioso
pero cuando levantó las sábanas para acostarse conmigo sentí
algo muy raro y lindo. Respiré hondo y traté de no mirarla.
Comenzó a acariciarme y se metió debajo de las sábanas. Sentí
su respiración en mi cuello, en mi cara. Me besó en los labios
y después me metió la lengua en la boca, despacito.
Me desperté sobresaltado en medio de la noche. Estaba transpirado
y confundido, hecho un ovillo entre las sábanas mojadas. Me
levanté a tomar un poco de agua con la imagen de Raquel siguiéndome
por el pasillo. Antes de volver a la habitación me miré en
el espejo del baño y sonreí. Tenía el pelo revuelto y los
ojos brillosos. Saqué músculo y me dije:
"Vamos macho, todavía".
Volví a la cama y no pude pegar un ojo.
Cuando me levanté me crucé con el abuelo en la cocina y me
dio vergüenza. Traté de no mirarlo, pero me preguntó:
"¿Y, que tal estuvo Raquel?"
Me puse colorado y el abuelo se dio cuenta, porque se fue
hacia el patio y sólo me acarició la espalda.
Estuve todo el día pensando en Raquel, esperando que llegara
la noche para tomar otra pastilla, aunque algo preocupado
porque sabía que me iba a dar vergüenza pedírsela al abuelo.
Cuando llegué a casa y fui a cambiarme a la habitación vi
que el abuelo me había dejado una pastillita arriba de la
mesa de luz.
"Qué grande", pensé.
Apenas comí y me fui a acostar lo más rápido que pude. En
la cocina, mi hermano se quedaba discutiendo con el abuelo.
"Esto no puede ser", alcancé a oir.
Esa noche soñé que estaba en un bosque y hacía calor. Raquel
estaba vestida de rojo y nos acostábamos en el pasto, cerca
de un río.
Me desperté tan contento que hasta tenía ganas de correr.
Mi hermano, en cambio, estaba enojado. Tan enojado que me
dijo:
"¿Por qué no seguís soñando con boludeces, pendejo?"
No entendí por qué estaba enojado conmigo, además, me sentía
demasiado contento como para hacerme problemas.
A la noche llegó la gran frustración: mi abuelo me había preparado
una pastilla de fútbol.
Yo no le dije nada porque todavía me daba vergüenza, pero
seguramente se dio cuenta porque aclaró:
"Todos los días no se puede, aparte hoy le toca a tu hermano".
Me dio tanta bronca que al principio no quise tomarla, pero
como no me podía dormir y encima mi hermano se movía como
loco en su cama, me la metí en la boca con fastido y me pasé
toda la noche jugando al fútbol como un idiota.
A la mañana estaba enojado y no quise saludar a Juan. Ni siquiera
hablamos mientras tomábamos el café. Me molestaba su cara
de alegría.
"¿Qué tal estuvo el fútbol, pendejo?", me preguntó.
"Andáte a la mierda", le contesté con bronca.
Las cosas ya no volvieron a ser iguales entre nosotros. A
tal punto que el abuelo nos prohibió las pastillas de Raquel
hasta que no nos amigáramos.
Esa noche con Juan intentamos llegar a un acuerdo, pero ninguno
de los dos quería compartirla.
"Yo la conocí primero", me dijo.
"Yo estuve menos veces con ella, me toca a mí", le dije.
"Yo soy más grande", me dijo.
"Entonces podés conseguirte otra", le dije.
El abuelo, viendo que no nos poníamos de acuerdo, se negó
a darnos pastillas, ni siquiera las de fútbol.
"Se acabó Raquel", dijo el sábado a la tarde y cerró el cuartito
con candado.
Estuve toda la tarde pensando cómo hacer para recuperar a
Raquel pero no se me ocurrió nada.
El domingo me levanté con una idea fija, que había soñado
toda la noche: robar las pastillas del abuelo.
Juan se había ido a jugar al fútbol con unos amigos y el abuelo
estaba en misa. Fui hasta el cuartito con una escalera, me
trepé por la pared del costado y abrí la ventanita. Me descolgué
sobre la mesa, excitado, y prendí la luz. Había un estante
lleno de frasquitos. Todos del mismo tamaño, etiquetados prolijamente:
"fútbol", "tiros", "amor", "juegos de naipes", "escondida".
Revolví los frascos y, en el fondo, contra un rincón, estaba
el frasquito de Raquel, justo al lado de uno que decía "boxeo".
Lo abrí, nervioso, y saqué las dos pastillas que quedaban.
Eran celestitas, con lunares blancos. Volví a treparme al
tragaluz y, cuando asomé la cabeza para salir, lo ví a Juan,
que estaba parado en medio del patio, mirándome fijamente.
"Así te quería agarrar, pendejo", me dijo, cruzándose de brazos.
Salí lentamente y me bajé de la escalera.
Juan me miraba en silencio.
Traté de pasar corriendo hacia las habitaciones pero me frenó.
"Las pastillas
", dijo.
"¿Qué pastillas?", le pregunté.
"Las que te afanaste", me dijo, "o me las das o te cago a
trompadas y encima le digo al abuelo".
Metí la mano en el bolsillo y saqué una pastilla.
"Tomá, había una sola", le dije.
Juan me dio una cachetadita y sonrió:
"Así me gusta, pendejo".
Hasta la noche no volvimos a vernos. Cenamos en la cocina,
pollo al horno con papas, con el televisor encendido.
"¿Qué les pasa que están tan serios?", preguntó el abuelo.
"Nada", contestó Juan, "estoy cansado porque corrí mucho".
Yo no dije nada y se ve que el abuelo sospechó algo porque
cuando terminamos de comer salió al patio y se fijo si el
candado de la puerta del cuertito estaba puesto.
Nos fuimos a dormir a eso de las diez.
"Chau, pendejo, que sueñes con tus partiditos de fútbol",
me djo Juan, riéndose, cuando apagó la luz.
"Andáte a la mierda", le contesté, tanteando a oscuras debajo
de la almohada.
Tomé la pastilla y me puse tan contento que tuve que contar
como hasta trescientos antes de quedarme dormido.
En el sueño hacía calor. Yo estaba vestido con bermudas y
remera verde. Caminaba por un club, o algo así. Había cabañas
y palmeras alrededor de una pileta redonda, iluminada con
reflectores. Se escuchaba una música rara que venía desde
algún lado.
"Bueno, ya tiene que aparecer Raquel", pensé.
Pero Raquel no apareció, así que comencé a buscarla en las
cabañas.
La primera estaba vacía. La segunda también.
Cuando abrí la puerta de la tercera sentí que el corazón se
me aceleraba: había olor a ducha, a perfume.
Oí jadeos y movimientos en la habitación. Abrí la puerta y
la ví, blanca y suave, desnuda, acostada en una cama con sábanas
brillosas. Tenía la mirada ansiosa, crispada y húmeda, y la
boca entreabierta. Encima estaba Juan, que jadeaba como un
perro rabioso.
Sentí odio, sueño de mierda, oyéndola gozar debajo mi hermano.
El corazón se me salía del pecho, hijo de una gran puta.
No sé cómo me aparació un cuchillo en la mano derecha. Tenía
mango de madera y serruchito.
Me acerqué sin que me oyeran, levanté el cuchillo, que parecía
cada vez más grande, y se lo clavé a Juan en el espinazo.
Hizo un ruido seco, a hueso roto.
Me desperté sobresaltado por el grito de Raquel, que en la
última imagen del sueño chapoteaba en un charco de sangre.
Eran las seis de la mañana.
La luz del día, que entraba a tiritas a través de la persiana,
me tranquilizó. Miré los rayitos de luz que se colaban como
estacas en la pieza, rígidos, cañitos de sol, y me puse contento.
"Pobre Juan, qué pesadilla", pensé, "no tengo que robarle
más sueños al abuelo".
Era la primera vez que me sentía feliz por haberme despertado
de un sueño de pastillas.
Sonámbulo, con los ojos hinchados y rojos como un hamster,
fui hasta la cocina, preparé dos cafés y, mientras bebía sorbos
cortitos y apurados, volví a la habitación.
"Te traje café, Juan", le dije a mi hermano para despertarlo.
Encendí la luz. Juan estaba tapado hasta el pecho. Tenía el
pelo revuelto y la mirada triste, perdida en algún lugar del
techo. Estaba muerto.
*
* * * * *
de
Fontoira Luis
Buenos Chicos
Sin muchas ganas de hacer miniturismo, pero sin nada que hacer,
me entretuve mirando la tumba de Justo José de Urquiza, circular,
como la muerte, oscura y húmeda, con olor a incienso y agua
bendita.
Salí de la iglesia para fumar, hacía calor y la plaza estaba
llena de adolescentes que daban la vuelta al perro lentamente,
en pequeñas manadas, cachorros buscando amores de pueblo.
Crucé la plaza y entré en la confitería Rex, el único lugar
de Concepción del Uruguay del cual guardaba algunos recuerdos
de medialunas y café con leche.
Pedí un cortado, distraído, a un mozo con cara de prócer,
patillas deshilachadas, bigotes teñidos de negro, y me puse
a hojear el diario La Calle que encontré sobre la mesa.
No tenía ganas de leer pero me entretuve pasando las hojas,
mirando fotitos sin historia.
Sólo quería que terminara esa maldita tarde entrerriana.
Cuando llegué a las noticias policiales una fotografía se
me incrustó en los ojos. Era Nico. Un poco más viejo, un poco
más gordo, con barba, pero era Nico. Tenía el pelo largo y
desprolijo. Se lo llevaban esposado.
Traté de meterme en la foto, de encontrar sus ojos entre el
empaste de la tinta, y alcancé a ver que le colgaba una gran
cruz del pecho, plateada y brillosa sobre la polera negra.
No sé cuánto tiempo tardé en despegarme de la foto y leer
el titular que la acompañaba. Sentí algo parecido al miedo:
"Detienen a joven fanático en Gualeguaychú".
Creo que me mareé porque no entendí bien qué decía la nota
sobre un grupo de ex alumnos del colegio San José de Buenos
Aires, fundado por padres bayoneses en mil ochocientos y pico.
La foto de Nico, porque era Nico, un poco más viejo, un poco
más gordo, pero era Nico, me trajo a la cabeza imágenes desteñidas
por el alcohol, retazos de alegría, las últimas noticias que
me habían llegado de César, un par de años antes, desde algún
lugar de Brasil.
Pedí un whisky doble, me acomodé en la silla y dejé que la
foto me vomitara los recuerdos que me prolijamente, día a
día, me había encargado de olvidar.
Con las imágenes, que volvían como arcadas y me iluminaban
los ojos desde adentro, llegó la calma, la paz, el silencio.
Era la culminación perfecta de la amistad, inmaculada, la
del Cristo entregado a sus amigos que muere en la cruz por
todos, por él. Eramos buenos chicos.
El azar, el destino, o Dios -seguramente Dios-, nos había
arrojado en la Colonia Gutiérrez de Marcos Paz. Siete amigos
con dos carpas y una historia que había comenzado a mediados
de los ochenta en las horas libres del colegio San José.
A las siete de la tarde del sábado estaba todo listo. Habíamos
almorzado fideos con estofado los siete juntos por última
vez, el agua para el mate estaba a punto y las cartas nos
esperaban, indiferentes, sobre una manta que Charly había
puesto cerca del fogón.
Era la hora correcta; correcta y triste, porque se acercaba
la culminación, la gloria final, el momento que todos habíamos
esperado durante tantos años, pero también la despedida.
"No hay despedidas felices", había dicho El Rino después de
los fideos con un tono intrascendente, mirando el fondito
de vino en el cacharro de lata.
Nico me vino a buscar a la carpa. Ya casi no había luz y estaba
fresco. César caminaba por el bosque mirando el piso, Charly
acomodaba un sol de noche cerca de la manta y El Negro Pacu,
con gesto preocupado, se limpiaba las uñas con un palito al
costado del fuego.
Lentamente, en silencio, nos fuimos acercando al fogón y nos
sentamos en círculo. El último en acomodarse fue Pablo Papa,
que traía una botella de whisky y se refregaba las manos por
el frío.
Estuvimos un rato callados, mirándonos casi a los ojos, furtivamente,
con algo de tristeza, hasta que El Rino, que casi siempre
tomaba las decisiones más difíciles, preguntó:
"¿Quién mezcla?"
Sin decir nada, sólo por ocupar las manos y la mente, tomé
el mazo y comencé a barajarlo. Mientras mezclaba estuve a
punto de llorar, de salir corriendo, de tirar las cartas,
pero la mirada apacible de Nico me tranquilizó.
Apoyé las cartas sobre la manta y estiré la mano para que
César me pasara la botella de whisky. Tomé un trago, largo
y caliente, y dije:
"Buenos muchachos, tiremos reyes".
La selección de tríos marcaba el inicio del fin: éramos siete
y uno quedaría fuera del campeonato. Sólo uno de nosotros,
que señalaría el camino y se anticiparía, profético, al adiós,
a la despedida.
Tomé el mazo y empecé a repartir las cartas boca arriba, echando
suertes y destinos. Nico sacó el primer rey y vi o intuí el
alivio en sus ojos. El segundo fue para El Rino, el tercero
para mí. Volví a mezclar rápidamente, aliviado, y repartí
entre los cuarto que quedaban. Primero salió Pablo Papa y
después César.
El Negro Pacu se apoyó contra El Rino y ya no quiso mirar
las cartas. Charly tenía los ojos perdidos en la manta.
Salió el sexto: cayó delante del Negro Pacu, graciosamente
vestido con sus ropas coloridas y andróginas. Charly se desmoronó,
se dejó caer hacia atrás y quedó tendido en el pasto, la vista
flotando en el cielo ennegrecido por el otoño, por el destino.
Después se levantó como en un sueño, en cámara lenta, y se
fue hacia el bosque, la espalda doblada, rompiendo el silencio
a pisotones de hojas secas.
Uno de nosotros, de los seis que quedábamos, debía cumplir
la misión, nuestra misión.
Otra vez tomé las cartas y las mezclé sin detenerme demasiado
en el silencio ni en las miradas. Las puse sobre la manta,
en el centro, y dije:
"La carta más baja, valor truco, pierde".
El Rino tomó la primera: seis de bastos, César, dos de copas,
Nico, tres de bastos, El Nego Pacu, seis de copas, yo, once
de oros, y Pablo Papa, siete de espadas.
Sólo quedaban El Rino y El Negro Pacu.
Sacó El Rino, dos de oros.
Sacó El Negro Pacu, tres de espadas.
El Rino tiró la carta con bronca sobre la manta, se golpeó
la rodilla con el puño y masticó un rosario de putamadres.
Después nos miró, uno a uno, buscando ayuda.
"Menos mal que te tocó a vos", le dijo César, "sos el único
que nos podés marcar el camino; yo no tendría bolas".
Nos quedamos en silencio, oyendo a lo lejos las pisadas de
Charly que crujían desde algún lugar entre los árboles.
Cuando se terminó el whisky, El Rino se levantó como una momia
gorda y fue a buscar algo a la carpa. Volvió con una mochilita,
se la cargó al hombro y, sin mirarnos, comenzó a caminar hacia
el bosque.
"Fuerza, che", le gritó Nico y El Rino nos regaló una sonrisa
lánguida y ensombrecida.
Con Nico y Pablo Papa nos fuimos a la carpa y abrimos otra
botella de whisky.
Bebimos en silencio, a oscuras, dos botellas, o tres.
Cuando me estaba quedando dormido me pareció oír gritos.
Me desperté enroscado en la bolsa de dormir. Hacía frío y
el viento embolsaba el sobretecho de la carpa. Los chicos
ya se habían levantado y hablaban sobre el campeonato, que
debía empezar, puntualmente, a las once de la mañana.
Salí despacio, desentumeciendo las piernas, los saludé con
un gesto y me fui a caminar por el bosque para intentar sacudirme
la resaca. Caminé lentamente por el sendero mirando los árboles,
me detuve en el cruce de caminos y me senté en el piso. Estaba
a punto de encender el primer cigarrillo del día cuando algo
me llamó la atención: al costado del camino, sobre unas piedras
que parecían acomodadas prolijamente, con algún sentido, había
una mancha rojiza y pastosa.
Me acerqué lentamente, con curiosidad, con un miedo inexplicable.
Era sangre.
Entre los árboles alcancé a ver una cruz hecha con dos ramas
sobre un montículo de tierra recién removida. Me asusté y
salí corriendo hacia el campamento.
Llegué agitado y me tiré cerca del fuego.
"¿Qué te pasa, che?", me preguntó César.
"Nada, nada", le dije.
Allí cerca, detrás de las carpas, El Rino, recién levantado,
se lavaba con agua de una botella de plástico. Tenía las manos
manchadas con sangre.
Dispersos, casi sin hablar, tomamos mate cocido y comimos
pan duro hasta las once de la mañana.
Como Charly ya no estaba, El Negro Pacu se encargó de tender
la manta y traer el mazo de cartas.
El Rino estuvo a punto de quebrarse pero Pablo Papa lo atajó:
"Rino, tenés unas bolas de este tamaño, sos un maestro, si
no fuera por vos seguramente se hubiera ido todo al carajo".
El Rino lo miró con ojos húmedos y sonrió a reglamento.
Tiramos reyes y quedamos definitivamente divididos: Nico,
César y yo contra El Nagro Pacu, El Rino y Pablo Papa.
El partido arrancó mal porque después de los cinco tantos
El Rino me ganó un real envido en el primer pica-pica. A la
quinta mano ya habían entrado en las buenas.
Nos recuperamos con un vale cuatro de César y un envido-envido
que le gané de mano a Pablo Papa. Llegaron a 24 porotos contra
22 nuestros y quedaba el último pica-pica.
"El último pica-pica", pensé y me puse triste.
Estábamos ensombrecidos, mudos, mirando la manta a cuadritos
para no vernos.
Ganamos por dos porotos y después de ese último envidoquierotreintaidossonbuenas
nadie pudo evitar las lágrimas.
Lloramos como niños, a los gritos, sobre la manta.
Lloramos todas las lágrimas que nos quedaban y nos separamos
para rezar miserias o recordar tiempos felices. Yo me tiré
a dormir un rato en la carpa, aunque tuve que llenarme de
whisky para poder dormitar entre las puteadas de César y los
hachazos del Negro Pacu, que se empeñaba en romper unas bases
de cemento que habían quedado en pie entre los árboles quién
sabe desde qué año, abandonadas y mohosas.
Me desperté a eso de las ocho de la noche. Cuando salí de
la carpa El Rino me estaba esperando, sentado en el pasto
húmedo con las piernas extendidas, como un pequeño gorila.
Me miraba fijamente, asustado y triste. Esquivé su mirada
y fui hasta el fogón a servirme un mate cocido.
"¿No vas a ir?, mirá que se te está por acabar el tiempo",
me dijo César.
"Sí, ya voy", le contesté, tratando de no pensar en nada y,
sin quererlo, le pregunté:
"¿Vos no vas?"
"Ya fui", me dijo, serio, envejecido.
Se me llenaron los ojos de lágrimas y busqué refugio en el
cacharro de lata. Entre el vapor del mate cocido vi los ojos
petrificados de César y la noche, pesada y ondulante como
un sueño.
"Vamos, Luis", me pidió El Rino.
Me quedé duro, sin poder reaccionar.
"Dale, hacélo por mí; no quiero esperar más, es horrible",
insistió.
No quise mirarlo, pero fui hasta el Falcon, abrí el baúl y
saqué la 22.
Caminé por el sendero del mirador con la pistola colgando
de la mano, balanceándose como el brazo de un muñeco de trapo.
El Rino me seguía en la oscuridad. Recé como siete Padrenuestros
hasta llegar al descampado y no quise mirarlo hasta que se
puso delante. Había traído una pala y la tiró a un costado.
"No puedo, Rino", le dije, los ojos rodando por el piso.
"No puedo qué, boludo, ¿te volviste loco?, ¿querés estropear
todo?", me dijo.
"No, pero no puedo", le dije.
"Miráme", me pidió.
Lo miré a los ojos, encendidos como carbones al rojo vivo,
y quise llorar.
"No hay amor más grande que dar la vida por un amigo", recitó.
"Sí, ya sé...", empecé a decir.
"Ya sé un carajo", me gritó, "hacé lo que tenés que hacer,
ahora".
"Sí, pero..."
"Ahora, pelotudo", volvió a gritar.
Sentí que el brazo ya no me respondía. Se levantó solo y seguro,
como un instrumento de Dios. Le apunté a la cabeza, a las
arruguitas de la frente, transpirada y gorda, y disparé.
El Rino cayó como una bolsa de papas sobre el césped, amortiguado
y húmedo, reblandecido.
No alcanzó a gritar. Le disparé otra vez, y otra, hasta que
dejó de moverse, flotando en la mancha roja que se abría como
un paraguas.
Hice un pozo y lo enterré. Recé un Padrenuestro, entre lágrimas,
le puse una cruz hecha con cañas y volví al campamento.
Desde el camino escuché un golpe fuerte pero blando, apagado,
y un grito. Parecía la voz de Pablo Papa.
Nico fue el último en volver al fogón. Lloraba como un niño,
lleno de mocos, con un hipo cortito y frágil.
Estuvimos un rato largo en silencio, tomando mate, hasta que
César se levantó y dijo con orgullo:
"Bueno, muchachos, ya está, lo hecho, hecho está; podemos
irnos en paz".
En menos de media hora desarmamos el campamento y cargamos
los autos.
"Me voy", dijo Nico.
"¿Qué vas a hacer?", le pregunté.
"No sé", me dijo, "voy a andar por ahí".
Lo abrazamos, llorando en silencio, y lo vimos partir en la
camioneta que escupía hojas secas hacia el costado del camino.
"¿Te acerco a algún lado?", le pregunté a César.
"No, gracias, voy caminando hasta la ruta y ahí veo", me contestó
y nos abrazamos.
"Suerte, viejo", le dije, "que seas feliz".
"No te olvides nunca de los muchachos", me contestó llorando.
Me subí al auto y salí despacito, en primera, zigzagueando
por el bosque.
Cuando llegué a la ruta ya era noche cerrada y hacía frío.
Prendí la calefacción y me santigüé.
"Gracias", me pareció escuchar desde alguna parte.
"Gracias a ustedes, muchachos", contesté en voz baja, hacia
adentro, y sonreí.
Eramos buenos chicos.

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