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de Gurovitz Ana
Necesito una idea
La luz que entra por la ventana e ilumina su mesa, ha comenzado a retirarse; Sandra a pesar de la penumbra intenta escribir, comienza a sentir frío y deja. Necesita una idea para desarrollar su cuento, ese que una vez concluido le haga pensar que sí vale la pena. - "Necesito una idea"- dice una y otra vez, como si de tanto repetirlo, se produjera el hechizo, y frotando la lámpara, surgiera de ella mágicamente.
Se incorpora de la silla, acalambrada; se da cuenta que durante el día no ha comido nada. Se alisa el cabello, y colocándose la campera, sale; también necesitaba aire fresco. Al llegar a la esquina del bar, llama su atención un niño no mayor de ocho o diez años, al que un hombre empuja con la mano hacia delante, obligando a caminar. Entra al bar, se sienta en la mesa de costumbre, toma su libreta y comienza a garabatear en ella, sin advertir que alguien vigila sus movimientos. Al salir a la calle, siente un fuerte tirón y junto con el golpe un niño le quita la cartera; era el que antes había visto en la esquina. Indignada lo corre, tratando de no perder de vista su figura, que se aleja cada vez más. Justo al momento de detenerse resignada, ve como el pequeño ladrón cruza la calle y es embestido por el automóvil de un cobarde que huye; quedando la criatura tendida en el suelo con la cartera junto a él. El hombre que lo esperaba ha visto el accidente, e inmediatamente desaparece del lugar. La gente comienza a rodear el sitio; se acerca un policía que, al grito de - ¡Despejen, no quiten el aire!- se comunica con su radio para pedir asistencia. Las sirenas de las patrulla se confunden con las de la ambulancia; cuando llega al sitio para decir que aquella cartera le pertenece, queda a disposición de la justicia como principal testigo.
Está muy cerca del niño, mientras que lo colocan en la camilla, ve su rostro de angelito dormido y se estremece por un sentimiento de culpa.
-¿Adónde lo llevan?- les pregunta.
- Al hospital zonal, ¿usted es familiar?
Como toda respuesta, ella sólo menea la cabeza en forma negativa.
Sentada en el patrullero que la conduce a declarar a la comisaria, siente escalofríos, se reprocha interiormente haber corrido en su persecución. Mirando hacia fuera por la ventanilla del automóvil, se encuentra frente a frente con la mirada de aquel hombre; estaba a punto de indicarle al policía sobre su existencia, cuando un ademán amenazador del individuo la detiene.
Entrada la noche, regresa a su casa; en la seccional ha contado todo lo que sabe, menos una cosa, la posible responsabilidad de aquel desconocido. No puede quitar de su mente todo lo sucedido, entonces, decide ir al hospital para enterarse personalmente. Aquel sitio es un mundo diferente, está donde se asisten las urgencias, los hechos de violencia, los accidentes. En la guardia todos están muy ocupados, por eso, se hace a un lado esperando sin molestar. Una mujer muy joven, con un bebé en brazos, también aguarda. De pronto una médica se le acerca a informarle sobre el grave estado de alguien, es el niño accidentado. Por un temblor de su cuerpo se reconoce que está vivo, bajo una mascarilla de oxigeno.
Entonces se anima a preguntar, -¿es tu hijo?.
La mujer asiente- Si, es Martín, mi hijo mayor.
:- ¡ Dios mío!. ¿ Cómo pudo ser?
El pibe atropellado, para ella, ya tiene nombre, Martín; pero una vez más, no dice nada.
Fuera de la sala de cuidados intensivos, están las dos, comienzan a querer saber una de la otra, de manera solidaria.
Estela, la madre, repara- olvidé preguntarte, ¿quién es tu familiar enfermo? Sandra, solo contesta con frases evasivas.
:- "venía, pero no lo encontré", "debo estar confundida", "lo mío no es tan importante". Bueno, me tengo que ir.
-Yo también, en la casa, dejé a los chicos solos.
-¿ Cómo, te vas a ir? Aquí te pueden necesitar, me parece una locura.
:- Es que no los puedo dejar tanto tiempo solos, Leo tiene dos años y Rosario cuatro. Además debo cambiar a la bebé.- Levantando del suelo una bolsa que traía y prometiendo volver, le dejó su dirección, para que le avisaran cualquier cosa. Se fue, y Sandra quedó sola, ante la puerta de la terapia intensiva. El tiempo pasa sin noticias, por fin, preguntan por algún familiar. Miente al decir que ella lo es.
: - Estela, no puede quedarse- afirma.
:- El chico ha reaccionado, le comenta la enfermera, que se va en busca del médico de guardia.
Sandra entra a la sala sin permiso, Martín la mira con temor; entonces ella le sonríe, mientras le dice: - Todo está bien.
Pregunta por su estado, al doctor que la retira del lado del enfermo.
:- Todavía no se puede decir nada, hay que esperar. , ¿ no le han dicho que aquí no se puede estar?.
Era la mañana, había pasado toda la noche sin dormir, además era lunes y debía ir a la oficina. Tenía escaso tiempo para ducharse y salir. En la redacción del diario donde trabaja, le preguntan el porqué de su cansancio, pero tampoco dice nada.
En los días sucesivos, va a enterarse sobre el estado de salud de Martín; ella es la única persona que se interesa por él. La madre no regresa al hospital, desde el día del accidente.
Si la ve, ¿podría pedirle que venga?, - le dice la enfermera -, el niño está delicado.
Haciéndose cargo del reclamo, le promete ocuparse. Con un delantal que le proporcionan, ingresa a la sala con la promesa de permanecer solo unos minutos. Junto a la cama, conversa con Martín, quién confiesa que lo obligaron a robar; pero no quiere hablar de eso. Está apurado por volver a su casa, porque el domingo tiene que jugar al fútbol con los chicos del equipo "La cortada". Entonces le cuenta: - estamos juntando plata entre todos, para comprar la pelota.
Sandra tiene consigo la dirección que le dio Estela, comprende que es el momento de hacerle una visita. Va al lugar donde vive, es de una pobreza total, allí las casas, si así puede llamárseles a aquellas, son de chapa, y la de su familia no es la excepción. Dando las señas de la persona que busca, llega hasta una puerta y golpea. Lo que ve, la enmudece, al punto de querer salir de ese lugar. La recibe el mismo hombre que anteriormente la amenazó; también sale Estela y con ella varios pequeños. La madre se excusa por no volver al hospital, mientras que él, sólo la mira fijamente. Ese individuo indeseable, no debiera estar allí; pero no solo es el dueño de aquella vivienda precaria, sino además es el padrastro de Martín y padre del resto de las criaturas. Regresa cumplida su misión, pensando que aquel nefasto personaje no la agredió, posiblemente para ocultar su actividad con el niño, ante su mujer. De alguna manera, esa realidad la resguarda, en tanto y en cuanto no hable de lo sucedido; pero, ¿será suficiente para estar segura?. Se aleja, camina rápidamente, se siente vigilada, esa sensación le eriza la piel. Ahora sí, necesita ayuda. Transita por una calle de tierra, cuando escucha clara y fuerte el pitar de un tren, acompañado por su característica marcha. Al llegar a la esquina se encuentra con un pasaje que termina en la vía, allí un grupo de niños, juegan a la pelota en un terreno alambrado y con dos arcos improvisados. Un joven que parece dirigirlos, corre con ellos. Rodeando el campo, otros miran el juego; Sandra se les acerca, recordando que Martín mencionó el equipo de "La cortada".
- Chicos, ¿lo conocen a Martín, el que vive en la otra cuadra, el hijo de Estela?.
- Sí, pero hace varios días que no sabemos nada de él. ¿por qué lo busca?. Pregúntele al Padre
Juan. - y diciendo esto le señalan al joven que los dirigía, el que al verla ha parado el partido y viene a su encuentro.
¿ Al padre de quién?- pregunta confundida. Al padre de todos, - le contesta un chiquitín, quien tomándole de la mano la lleva hacia él. El muchacho también se le acerca, no lleva hábito y es tan joven que Sandra casi lo tutea; si no fuera que una suerte de respeto íntimo condicionado a la cultura, la detiene.
- ¿ Usted es el Padre Juan, no es cierto?, necesito hablarle de Martín.
Ah, Martín, nuestro goleador, - responde el religioso, con una gran sonrisa y un pañuelo a modo de vincha que le sujeta el cabello. Sandra, aun no puede creer que sea un religioso. Pero necesita contarle a alguien todo lo que le está pasando y qué mejor que un sacerdote para hacerlo. Presentía que algo no estaba bien,- comento Juan , luego que Sandra le contó todo lo sucedido - ayer vi a la madre y me dijo que estaba enfermo, pero nada más. La noté muy rara, con la mirada huidiza, le pregunté si el marido la había vuelto a golpear y ella lo negó. La vida de esa mujer no es nada fácil, nosotros desde nuestro sitio queremos ayudarla, pero ella debe decidirse a poner punto final a la relación con ese delincuente que no quiere cambiar su modo de ser. Después de conversar largo rato con el Padre Juan, se marchó más tranquila; llevándose su promesa, que visitaría al número diez del equipo. Ahora ya no se siente tan sola, piensa que está haciendo lo mejor. Luego de ver todo aquello, ese lugar con los niños y el joven religioso dispuesto ayudar, se ha decidido a comprar la pelota profesional tan anhelada por Martín y sus compañeros.
Con la pelota envuelta en celofán, va hacia el hospital, satisfecha, pensando en la alegría que le dará, segura que con ese regalo le infundirá las fuerzas que el niño necesita para recuperarse definitivamente.
No corre, vuela por los pasillos que la llevan a la sala donde él está. Mira su reloj, todavía hay tiempo, veinte minutos para que se termine el horario de visitas, llega agitada y golpea la puerta. Por el mismo pasillo, pero yendo en sentido contrario divisa a la enfermera, entonces la llama
:- ¡Julia!, ¿puedo verlo?.
La mirada de ella lo dice todo; entra a la sala buscando su cama, la encuentra vacía. Martín, ya no puede hablar, ni reír ni llorar, ni jugar al fútbol; ha partido, y con él la ilusión del goleador. Sentada en la escalera del hospital, Sandra, toma un marcador indeleble de su bolso y con grandes letras escribe algo en la pelota. Con angustia, pero firme y segura entra en la comisaría, pide hablar con el principal, no admite que otro atienda su denuncia. Lo que va a hacer debe ser llevado hasta las últimas consecuencias; si es necesario hablará con quién sea, ahora, ya no siente miedo.
Vuelve a la canchita de "La cortada"; en aquel sitio encuentra al Padre Juan sentado en el césped. La joven escritora al entregarle la pelota, se da cuenta que en ella ha escrito su primer historia de vida: "Martín, el diez de "La cortada", presente."
Sabe que no será fácil, que se enfrentará con la insensibilidad y la injusticia; pero también confía en los otros, los muchos otros que como el Padre Juan, también existen. La luz penetra por su ventana, ilumina sus páginas y su inspiración fluye; ha escrito durante horas y no quiere dejar de hacerlo, una voz desde algún lugar indefinible se lo agradece. Con una sencilla frase ha comenzado este relato, porque en la calle quedan otros niños.

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