Hernandez Mauro

                     Argentina

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de Hernandez Mauro

La Francesa



Las costras de sus párpados se quebrajaron y ya no pudieron mantenerla separada del mundo real. Finalmente sus párpados se enrollaron rápidamente hacia arriba y sus ojos enfrentaron la luz del día que se filtraba por las rendijas de las persianas. Se encogió en un montículo bajo las sábanas blancas, con sus manos enterradas entre sus piernas, como si no recordara o no quisiera embarcarse en su próxima odisea. Pero pronto los propios nervios empujarían su cabeza hacia afuera y torcería su mirada hacia el reloj despertador sobre la mesa de luz; después de todo eso no lo podía evitar...
Su día comenzaría a las ocho de la mañana, o al menos así lo habría entendido ella. Estancó su mirada en un viejo reloj sobre la pared al final del pasillo y calculó que tendría más o menos veinte minutos para el cambio, o de lo contrario, llegaría tarde nuevamente. Como si volviera de la muerte, se zafó de las sábanas y se dejó llevar por el pasillo, descalza y bajo un camisón liviano que envolvía su cuerpo. Varias cabezas se inclinaron y una larga tropa de ojos saltones y enrojecidos, que giraban como grandes radares, captaron la figura de su descarnado cuerpo, esa mancha blanca que se parecía desplazarse en forma volátil.
Dentro del baño y frente a un espejo, tiró tímidamente de una cinta y el camisón rompió su forma, quedando apilado en pliegues bajo sus pies. Ella se apoyó sobre el lavatorio, abrió la canilla y bañó su rostro con puñados de agua fría, como si el hecho de lavar los rastros de un mundo del cual ella aún no era parte hiciera que esta pesadilla se esfumara al mero chasquido de los dedos. Luego, con las manos húmedas, alisó su larga cabellera hacia atrás y sin dejar de mirarse al espejo atinó a agarrar su bolso, en vano. Su intento por salir de este embrollo se vio empañado nuevamente por su distracción, y fue ahí entonces cuando ella se congeló por un momento sin saber que hacer. ¿Qué debería hacer ahora?. Seguir adelante o esperar a que esa voz ronca y autoritaria se interpusiera en su plan por segunda - y tal vez la última - vez.
Sin mirar a su alrededor, tomó coraje y se aventuró a salir. Al volver a esa habitación maloliente y con forma de caja, aunque un Elíseo para algunos, largas y finas bandas de luz solar que se filtraban oblicuamente por las ventanas laterales se entrelazaban formando una cruz, prohibiéndole la entrada a ese tan complicado aunque codiciado mundo. Para entonces los cuerpos ya estaban despiertos, algunos yacían boca abajo, otros sentados, otros masticando los momentos más calientes de sus vidas, otros cabeceando y hablándole a alguien que solamente ellos podían ver...
Parada al lado de la cama, tomó con miedo la almohada, abrió el cierre del costado y de adentro sacó una pollera roja, una blusa blanca y un par de zapatos chatos . Tras un guiño de ojo, bajó la vista y con mucha prisa se vistió. Sin dudarlo un minuto más, abrió una de las persianas, se puso en punta de pié, se apoyó sobre la ventana y finalmente saltó hacia afuera. Aterrizó en un macizo de pequeños arbustos secos y casi sin hojas, donde permaneció, en cuclillas y muy incómoda, haciendo tiempo hasta estar totalmente segura que los miembros del cuerpo de seguridad, que normalmente olfateaban el área noche y día en busca de fugitivos, no captasen su presencia. Sólo unos minutos después, ya acalambrada, decidió pararse. Se acomodó la ropa, echó un vistazo a ambos lados y se escabulló, indiferentemente. Por qué no se la había detenido aún, eso no lo sabía.
Las instalaciones eran sólo tres edificios con forma de cubo sin terminar que estaban conectados por un estrecho camino, aparentemente poco transitado y lleno de cables ordenadamente apilados, que los bordeaba por la parte trasera. El frente daba a la autopista y tenía tres caminos anchos que conducían a los diferentes pabellones. Era otro mundo: jardines al estilo inglés y una fachada que lo dejaban a uno con ganas de volver. Los caminos de la parte frontal parecían laberintos naturales, escoltados por grandes árboles cuyas largas ramas frondosas se doblaban techando los caminos. Cada laberinto era dueño de muchos secretos que nunca se revelarían, de voces que nunca que escucharían, de caras que nunca se verían. La discreción y el secreto eran parte de este mundo.
Justo cuando ella se estaba acercando al final del camino que la llevaría a su destino final, la sombra de una persona amenazó nuevamente su plan. Ella dio un paso atrás silenciosamente, pero a 
esta altura del plan ya no había vuelta atrás. No se había arreglado ninguna reunión secreta, no se había improvisado ninguna guarida, entonces, ¿cuál era el origen de esa sombra?...
--Debo estar yendo por el camino equivocado- pensó mientras sus ojos inundados con lágrimas rastreaban el lugar. Otra vez, ella esperaba oír que esa voz embravecida cayera de algún lugar como señal de que su tan estudiado plan había sido destrozado definitivamente; sin embargo, no se oyó ninguna voz. Terriblemente asustada y un poco olvidada de cuál era el siguiente paso, trastabilló hasta llegar al final del camino. 
Un joven, vestido con mameluco azul y con la gorra tirada hacia atrás, se encontraba de rodillas junto a un arbusto, y cuando la vio venir hacia él, arrojó rápidamente una carpeta amarilla debajo del arbusto y la recibió con una mirada mortal. Ahora sabía positivamente que estaba en problemas. 
--Buen Día, señor.-- dijo ella en voz muy alta, lo suficientemente - o erróneamente - alta como para ser escuchada por el equipo de rescate de SOS. Se sorprendió cuando el joven no respondió a su saludo y se sorprendió aún más cuando el joven no le hizo las preguntas que supuestamente se le hacen a las personas que andan caminando por las áreas restringidas. La imagen de un jardinero podando arbustos no encajaba con la idea de un jardinero sabueso; pero, de una manera u otra, ella esperaba toparse con alguien, o al menos así se lo habían informado. Ninguna voz masculina la frenó, entonces decidió seguir adelante con lo que tenía en mente.
Caminó bajo el rayo de luz que golpeaba fuerte en su cabeza y la imagen del jardinero pronto se disolvió en la distancia. Al llegar a la entrada principal, miró su reloj: cinco minutos antes de que la supervisora irrumpiese en esa habitación y comenzara a chasquear el látigo una y otra vez desde la puerta, sólo cinco minutos para que todo esto terminase de una vez! Indiscutiblemente, ella era nueva en este falso mundo, falso. 
Una voz masculina rompió el silencio desde el interior de una cabina, pero afortunadamente no la voz que ella esperaba oír. Dos guardias, altos y fornidos, se le acercaron y uno de ellos la tomó del brazo.
--¿Disculpe?-- preguntó ella con tono arrogante, tratando de romper la conexión entre ambos.
--¿Qué necesita, señora?-- el guardia más alto le preguntó cortésmente, soltándole el brazo. 
--Mi nombre es María Benítez, representante de la fundación F.E.M -- dijo ella.
Los dos guardias se miraron, sembrando desconfianza.
--Y vengo a menudo para constatar el progreso de algunos pacientes--
Los dos guardias se miraron nuevamente; su fuerte acento francés les confirmaba la duda sobre una persona que nunca habían visto antes. Uno de ellos quiso decir algo, pero ella astutamente tiró el reloj al piso, decapitando así toda posibilidad de diálogo.
--Uy, mi reloj!-- exclamó mientras los dos guardias se ofrecieron inconscientemente a levantarlo, sin saber que decir. Si esto era parte de la rigurosa prueba, ahora mismo tendría que empezar a pensar en lo que venía luego. Esos segundos de silencio le sirvieron para rearmar en su cabeza el diálogo que continuaría tan pronto como los guardias le devolviesen su reloj.
--Ah, gracias--
--Bien, ¿podría mostrarnos su pase, por favor?-- el guardia más alto le preguntó. Por un segundo no hubo respuesta de su parte, entonces el guardia le hizo la pregunta por segunda vez. Ambos guardias se dieron cuenta que ella estaba buscando la palabra salvadora, la cual nunca le vino a la boca. La paciencia de los guardias se estaba acortando y por sus caras ya no se veían dispuestos a cooperar más con ella. Ella miró hacia un reloj grande en lo alto de la cabina. Eran las ocho en punto. En ese preciso momento la campana resonó una y otra vez. El chillido de la campana ahogó sus voces por unos segundos. Los guardias permanecieron callados, forzando sus oídos para escuchar el balbuceo y toda la gesticulación de la intrusa.
--¿Podría darnos su pase, por favor?-- dijo el guardia más bajo, cuando ya reinaba nuevamente el silencio.
--Lo que pasa es que...-- dijo ella, arrastrando las palabras hasta poder empalmar con algo que sonase lógico. Ambos guardias se volvieron a mirar por un instante, y el más bajo replicó furiosamente que todo persona ajena al establecimiento debía mostrar un pase al salir, el cual supuestamente se le habría entregado al momento de entrar. 
--Miren, soy la secretaria personal del presidente de la fundación y tengo que estar de vuelta en la oficina a más tardar a las ocho y media.-- dijo de una bocanada mientras que sus mejillas se enrojecían. Los guardias estaban aturdidos y a la vez muy sorprendidos por la reacción de ella. 
--¿Podría hablar con su supervisor, muchachos?--
A pesar del rápido paso del tiempo, todavía no se había abierto ninguna ventana. Era extraño que a esa altura de la odisea no había gente corriendo desesperadamente por el lugar ni mirones siendo reprimidos de vuelta a sus habitaciones. Reinaba la paz y la tranquilidad.
--Bueno, la dejamos ir-- dijo uno de los guardias mientras miraba hacia un costado. 
¿Se suponía que ella debía agradecerles o seguir discutiendo con ellos? Eso ya no lo sabía; lo que quería era desaparecer para siempre. Sus ojos rebalsaban con lágrimas y sus manos temblaban.
--Gracias!-- ella suspiró, apresurando su marcha hacia la puerta de salida.
--Disculpe, cómo era que se llamaba Ud.?-- el guardia más bajo le preguntó desde la distancia. 
Ella se dio vuelta y dijo:
--Eh...yo..--



Ahora sí se escuchó la voz ronca y autoritaria, por segunda y última vez. Esa era la voz que pondría fin a un deseo que nunca podría hacerse realidad.
--Corten!-- dijo el director inmediatamente. Los dos guardias tiraron sus ropas al piso y se esfumaron, maldiciéndola. Ella permaneció allí, quieta y con su mirada perdida en la distancia. El director se levantó de su silla y fue hacia ella.
--Si tuviera otra chance, tal vez...--dijo ella, sin esperanzas, al ver al director extenderle un pañuelo. 
--No, Michelle. Es suficiente.-- él respondió firmemente. Las luces se atenuaron y pronto el lugar se inundó con técnicos que acarreaban cables y cajas desde atrás del decorado.
--Practicamos esta escena dos veces, y cada vez parece que cometés más y más errores!-- dijo él mientras ella se secaba las lágrimas.
--Además tu acento es aún muy fuerte, y para ser honesto, a veces me es muy difícil entender que es lo que estás diciendo!--
--Pero...no se supone que tengo que hacer el papel de una francesa recién llegada al país que comienza a trabajar para una fundación argentina?-- preguntó ella, con un poco de temor.
--Creo que cualquiera de Francia sin conocimiento de español hablaría mejor que vos, sin ese acento francés tan fuerte!--
--Eso sí que es ser malo!-- dijo Michelle, arrojándole el pañuelo en la cara. Inmediatamente pegó la media vuelta y se dirigió a su trailer.
--Michelle, tomá mi consejo. Volvé a Francia y seguí enseñando francés a los niños en las escuelas-- dijo el director.
Cuando el director ya había terminado con el consejo, uno de los actores que hacía el papel del guardia, el alto, también creyó que el consejo de un colega con experiencia no vendría nada mal, y soltando una risa sofocada, dijo:
--Estoy seguro que como profesora va a tener un público infantil que entienda bien su acento!-- 
--Cortemos acá por hoy, muchachos!-- dijo el director--. Mañana busco otra.

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