Iglesias Víctor

                     Argentina

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de Iglesias Víctor

Cartas a un hijo y a un padre

Los escritores solemos acumular papeles, cuadernos, apuntes, y toda suerte de artículos, en un perfecto desorden que nosotros solos entendemos.
Cada tanto, cansados de ver tantas cosas amontonadas, sentimos añoranza por la prolijidad, y se nos da por sacudir el polvo y hacer limpieza, tal como sucedió aquel día,
Repasando cada una de las carpetas, revivía mentalmente por qué había guardado cada cosa, y como sucede a menudo, había tirado menos de lo supuesto, guardando nuevamente casi todo, lo cual demostraba lo inútil de tal esfuerzo.
Pese a haber descubierto este hecho tan conocido, continuaba en la tarea, cuando encontré aquel viejo sobre de papel madera, con dos cartas dentro, y mi memoria comenzó a trabajar tratando de recordar cómo llegó a mi poder.
Poco a poco fui rememorando y vino a mi mente la imagen de un hombre que, ya ni recuerdo cuanto tiempo había pasado, se acercó, con el viejo sobre los hombros, y me pidió que en alguno de mis cuentos incorporara el contenido de los sobres, cosa que nunca había hecho.
Me sentí en deuda con aquel personaje, y como pagándola, tomé los dos sobres, y dejando todo de lado, luego de leerlos comencé a escribir..... Carta a un hijo.
Parece mentira, hijo, que después de tanto, o tan poco tiempo de estar juntos, tenga la necesidad de confesarte algo.
Por vos, aprendí a desvelarme esperando tu llegada, y cuando la hiciste, mecía la cuna para que durmieras en paz. Sufrí con vos las caídas al dar tus primeros pasos, y con vos volví al colegio cuando fuiste, y después, pasé noches enteras esperando tu regreso a casa, cuando tu juventud te llevó a copiar mis viejas salidas olvidadas.
Cuando sufrías, yo sufría contigo, tus alegrías eran las mías, aunque nada te dijera, y cuando te enamoraste, yo reverdecí junto a vos, y hoy, una nueva enseñanza me das,
Con la llegada del primer nieto.
Por todo lo aprendido, hijo, gracias.
.......Carta a un padre.
Prototipo de inmigrante aporteñado, pese a los años transcurridos, no habías perdido el acento de tu tierra.
Admiraba para adentro mío la sabiduría de tu falta de cultura, amasada a fuerza de vivir, y sin decirte nada trataba de ser como vos.
Duro para el trabajo, eras como un roble que soportaba de pié los embates de la vida.
Pero el paso del tiempo, como la gota que orada la piedra, te fue dañando, y, como el roble que parecía, y cae a golpes de hacha, vos también caíste, y cuando te tocó jugar tu mala mano con la vida y te tocó perder, te marchaste apretando mis manos, sin una palabra.
Quiero que sepas, donde quiera que estés, que soy tal cual eras, como vos, un roble al que están hachando, y cuando me toque jugar y perder mi última mano, iré a encontrarte, pero mientras tanto quiero decirte, que te extraño viejo .................................................................Como podía escribir un cuento con el contenido de esos dos sobres, si yo tenía envidia del autor, y ese cuento ya lo había escrito la vida.


Los tres monos sabios

Había yo alquilado un pequeño departamento, en un segundo piso, al cual se accedía por una desvencijada escalera de madera, la que se quejaba de cada paso dado en ella, y con paredes pintadas en una sorprendente variedad de gris, de pocos muebles, lo cual permitía que me desplazara por él, sin aquellos dolorosas golpes que tenía por costumbre darme contra la cama, y con una ventana, con un maravillosa vista hacía nada.
No podía culpar a mi habitáculo de mi falta de inspiración para escribir, ya que esto será habitual, lo que sí, no cooperaba conmigo para nada.
Sumando a todo esto, desde que llegué al edificio, sufría la continua persecución de una adolescente, hija de la casera, con la cual de topaba a toda hora, en la escalera,
En la puerta, y creía yo que hasta en la sopa, y a cuyos saludos ya respondía con un gruñido.
Ese día no había sido mejor que otros, y cuando recibí el saludo habitual, lancé el también habitual gruñido, pero a diferencia de otras veces, con algo en las manos que parecía pesarle, me cerraba el paso.
-Señor, esto es para usted,..............me dijo, poniéndose colorada hasta la raíz de los cabellos.
-Gracias...., dije, y cuando ella salió huyendo, entré en el departamento, poniendo el paquete sobre la cama.
En vano permanecía sentado frente a la hoja de papel en blanco, y, cansado de mirar el monótono agitar de ramas en la ventana, al ver que no podía redactar ni una de las ideas que llenaban mi cabeza, decidí que el día había terminado, y me fui a acostar.
Al llegar a la cama, volví a descubrir en ella el dichoso paquete, y sin mucho interés comencé a desenvolverlo quedando frente a mí una pequeña estatua de terracota con tres monos sentados, casi gemelos, con la única diferencia que uno tenía una mano tapando su boca, el segundo tapaba sus oídos, y el tercero,, con sus manos tapaba sus ojos. Varias veces giró en mis manos la estatua aquella, y mientras pensaba que habría impulsado a la joven hacerme tal regalo, decidí olvidarme del asunto, mientras buscaba un lugar don de dejarla, y por último la coloqué en una repisa que tenía casi vacía.
Dando vueltas y más vueltas en la cama, había logrado conciliar el sueño, pero, bruscamente, lo interrumpió un estrepitoso sonido a platos rotos, y al encender la luz, vi que en el suelo estaba la repisa y esparcida por el suelo, los trozos de la estatua.
Me quedé unos instantes esperando la queja de algún vecino, pero como no se produjo ninguna, me levanté a recoger los pedazos, cuando descubrí, que al romperse, había dejado al descubierto un rollo de papel amarillento, que había permanecido escondido en la base.
Aquello logró despertar mi curiosidad, y dejando toda otra tarea de lado, regresé a la cama, con el rollo, y me dispuse a leer el mismo. Con sumo cuidado de no romper el viejo papel, lo hice, y una vez terminada la lectura, decidí transcribirla, ya que la historia valía la pena ser leída y la misma decía así... 
......Yo, un simple alfarero de un pequeño pueblo, escribo resta historia de lo que a mí me sucedió, para que alguien en el futuro, cuando yo ya no estoy, la descubra y transmita tal cual fue, a otros, y cuyo ejemplo pueda ser de utilidad.
Queriendo el destino que mi esposa me dejara solo tempranamente, quedé al cuidado de tres hijas, a las que amaba profundamente, y a las cuales traté de cuidar, y crías, compensando de alguna manera, con mi amor, la ausencia de su madre.
Algo debí haber hecho mal, ya que la tristeza otra vez me golpeó, cuando mi hija mayor, prendada perdidamente de un joven, al enterarse que éste se aprestaba a contraer matrimonio con otra, urdió una mentira, y con sus palabras destruyó la felicidad de la pareja.
Arrepentida del daño que había causado, y siendo éste irremediable, se encerró en la buhardilla de la casa, y nunca más habló.
Y mi primer mono tapó su boca.
Creía yo haber sufrido lo suficiente, cuando mi segunda hija, dejándose llevar por las habladurías infundadas y falsas de las comadres del lugar, y cansada de las miradas burlonas y los gestos que recibía a su paso, tan injustamente, una mañana se internó en el río, poniendo fin a su sufrimiento, acrecentando el mío.
Y mi segundo mono tapó sus oídos.
Quedándome solo mi hija más pequeña, en ella deposité todos mis desvelos, y por ser la más bella, era codiciada por todos los hombres del lugar. Ricos o pobres, altos o bajos, todos, deseaban ser el dueño de tal hermosura, pero ella a nadie daba esperanzas, y se mantenía alejada de todos.
Comenzaba ya a preocuparme tal actitud, que pensaba era producida por el infortunio de sus hermanas, cuando un día, sin esperarlo, me solicitó permiso para casarse.
Cuando supe quien era el elegido de mi hija, creí que ella había hecho la peor elección, y no di mi consentimiento, ya que se trataba de un hombre de escasa belleza,
Callado, que trabajaba sin hablar con nadie, que se lo veía poco, sin amigos, y casi un desconocido para todos.
En vano traté de convencerla, y al tiempo la persistencia de ella doblegó mi voluntad, y deseando ver feliz a mi última hija, por fin accedí..
Ha pasado el tiempo desde entonces, y hoy, que los nietos dados por esa hija son la alegría de mi vejez, me hacen al verlos, reconocer el error que hubiera cometido si no hubiera permitido el matrimonio, ya que a mi hija le fue dada toda la felicidad que le fuera negada a sus hermanas.
Aquí esta encerrada la sabiduría que será revelada a quien encuentre esta nota.
Y mi tercer mono tapó sus ojos.
..................................................Terminé de copiar la historia y cerré los ojos.
Mi corazón comenzó a sentirse profundamente agradecido a la joven que puso en mis manos una de las llaves de la sabiduría con su regalo, recibiendo de una adolescente casi sin experiencia en la vida, la mejor de las lecciones.
Y para que todos compartan mi hallazgo, debajo de la historia escribí .............
CALLAR LAS PALABRAS QUE NO DEBEN SER DICHAS, NO ESCUCHAR LAS PALABRAS QUE NO DEBEN SER OÍDAS, Y NO VER A LOS DEMÁS CON LOS OJOS DEL CUERPO, SINO CON LOS OJOS DEL ALMA.



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