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de Robel Merech
Maldita Literatura
- Vea, doctor.. la cabeza, aquí.
- Está achatada - contestó el médico.
El paciente se levantó de su silla.
- Escritor - dijo. Yo asentí -. Por favor, ¿podría describirme un poco?
Era un hombre francamente lamentable. Es decir, si se lo cruzara de golpe en un recodo del subte, una persona sensata saldría corriendo muy rápido. Tenía la cabeza aplanada, como si le hubiesen echado encima una plancha de hierro, motivo por el cual se encontraba ahora en el consultorio. A decir verdad, su aspecto general era tan cómico, ridículo e infundado que el médico tenía que hacer esfuerzos sobrehumanos para no cagársele de risa...
- Bueno, ¡ya basta! - me interrumpió -. ¿Por qué tiene que empezar con sus conjeturas prejuiciosas? Hace un minuto dijo que infundía miedo e inmediatamente después me endilgó cierto aire gracioso que lo contradice de cabo a rabo. ¡No sabe escribir! ¡Miente!
Disculpe, dije yo.
- ¡Bien! Y ahora, ponga a hablar al médico.
Obedecí.
- Señor Hermedera Gómez -comenzó el Galeno- yo, como usted sabrá, soy médico de familia, es decir, creo que, en definitiva, su cabeza... el asunto del vértice...
- ¿Vértice? - lo interrumpió el otro. El médico me miró, sumamente ofuscado.
- Fue él - contestó.
Ambos me soslayaron despreciativamente.
Quise poner, me justifiqué, una palabra que indicara a los lectores que su cráneo es como una suerte de paralelogramo...
- ¡No! - acusó el paciente, enseñándome el puño.
- De ninguna manera - complementó el médico -. Por favor, escritor, no sea imbécil.
Lo siento, repliqué yo.
- Además - concluyó el médico -, antes de crearme, bien podría haberse instruido con la jerga apropiada, con el argot correspondiente.
Pero si esa cabeza es ..
- ¡Cállese! - me ordenaron al unísono.
Fui por un diccionario.
- Señor Hermedera Gómez, su cráneo acusa una leve...
- ¿Leve? -objetó de nuevo el paciente.
Aquí me asusté.
- ¿A usted le parece leve que pueda transportar un vaso de agua sobre el cuero cabelludo sin que se caiga nunca? ¿A usted le parece leve que la gente -me miró con odio- salga corriendo o se cague de risa? - Dio un portentoso puñetazo sobre la mesa. Entonces continuó: - ¿Y las mujeres? Yo no sé cómo postergar el momento de sacarme el sombrero, porque, como verá (cosa que el escritor torpemente ha omitido) aquí está el sombrero que oculta mi terrible deformación, el cual utilizo siempre, incluso cuando copulo. ¡Y este es el problema!: ¡Copular! Todo en el hombre se reduce al teatro de la reproducción. ¡Odio al hombre! ¡Odio a la mujer! ¡Odio al mundo! ¡Odio! ¡Odio a Dios!
En este punto comenzó a amenazarme con los puños, en posición de lucha, increpándome a que saltara al papel para molerme a trompadas.
- ¡Venga aquí! - me intimaba -. ¡Cobarde, buchón, mentiroso, informante! .. -siguió así hasta que se le agotaron los adjetivos bellos. Luego regresó a su silla. - Doctor - continuó - es desesperante. Debe hacer algo con mi cabeza, estoy sediento de redondez, quiero curvas, es muy horrible ser recto, tener algo rigurosamente recto en un cuerpo informe. Vea, toque acá, toque la cabeza.. vea... toque... ¿no le parece un paroxismo geométrico? ¿Qué diría Euclides de mi cabeza? y usted, ¿qué opina? - El médico me miró desesperado. Yo traté de pensar. Escribí:
- Voy a serle franco, señor Hermedera Gómez - Mediante un gesto disimulado, le hice saber al galeno que debía hablar con honestidad. - Bien.. eh .. - ¡Y sin embargo titubeaba! ¡Dios! no sabía cómo explicarle (y yo tampoco) que aquella cabeza no tenía arreglo y que más valía comprar sombreros antes que tratamientos imposibles. Luego de unos instantes de incertidumbre junté valor y puse en boca del médico: - Lo siento mucho.
El paciente se levantó, fue hasta el centro de la habitación e hizo la vertical, apoyando la cabeza sobre el suelo de cerámica.
- ¿Ve? - dijo desde allí - Ni siquiera necesito los brazos. Me sostengo como un florero.. ¡Escritor!
Sí, contesté yo.
- Descríbame.
Creo que es bastante obvia su postura, me expliqué. Igual que antes pero invertida.
- ¡Insensato! - me gritó -. Estoy harto de su laconismo ortopédico. Quiero que lo describa todo, que lo cuente todo como realmente es. Sumérjase en el pasado de mi vida, explique por qué soy así, diga que mi problema no es reciente sino histórico, deténgase en la existencia de mis padres.. hágame público de una buena vez.
No me parece usted un personaje interesante, dije, con la cortesía menos hiriente. Además, estoy por abortar.
- ¿Que está por qué...? - Este fue el médico, quien se incorporó de un salto para increparme de frente. - ¿Cómo es posible?
- ¿Abortar al cuento? - se interrogó a sí mismo el paciente, regresando a la posición normal.
En apenas un minuto, ambos se reunieron en un rincón del consultorio, a deliberar. Esperé un rato y me aburrí. Entonces se me ocurrió escribir innecesariedades, como la mayoría de los escritores célebres:
El límpido habitáculo, pulcro y luminoso cual el alma de la ciencia, estaba ubicado en las entrañas de una clínica estética de última generación. En un extremo de la sala, cierta ventana de cristales opacos, de un tinte azulado, confería al instrumental médico ese mágico aura que en torno a algunos santos creen descubrir sus fervorosos creyentes. Por encima, casi derrumbándose en bloques invisibles pero perturbadores de silencio, un sonido grave, lento y sutil, posiblemente fundado en las reactancias eléctricas, intentaba resistir a la sordera de la muerte, como las personas normales la resisten encendiendo la radio o la televisión...
- ¡Ya basta! Terminamos. Queremos negociar - profirió el paciente -. Deje sus inmundas estupideces para otra obra y atiéndanos.
Bien.
- Hemos evaluado - prosiguió Hermedera Gómez - que, pese a ser usted un mísero e insignificante hombre que de vez en cuando atisba tenues proyectos literarios demasiado escuetos para la crítica aunque desmesuradamente complejos a los ojos de su inteligencia; que, pese a representar, a juicio de sus amistades, el antagonismo absoluto de la moral y la virtud; en fin, omitiendo su única y enérgica voluntad, que consiste en inyectar en su sangre la generosa dosis de alcohol que le permitirá ver la vida a través del cristal de la ebriedad hasta el día de su muerte.. hemos evaluado que, pese a todo ello, usted conserva el más insano poder sobre nosotros dos.
Me quedé duro.
- De manera que - ahora hablaba el médico - el señor Hermedera Gómez y yo (a quien ni siquiera se dignó bautizar con nombre alguno) decidimos suicidarnos.
Ah...
- Sí - dijo el paciente -. Vamos a suicidarnos. Por lo cual le sugiero, describa los objetos adecuados para tal función, hallados aquí, sobre la mesa de operaciones.
Miré por encima de aquello para discernir los instrumentos y sus nombres. En realidad, no conocía más que uno: bisturí. Luego recordé otra cosa llamada escalpelo, la cual también se utilizaba en intervenciones quirúrgicas. Mantuve un gesto de disimulada reflexión para ganar tiempo. A decir verdad, había comenzado a sentir pena por esos ojitos que me contemplaban ansiosos desde abajo, enojados, furiosos y sumamente tristes.
- ¿Y bien?
Estoy pensando algún giro sencillo, respondí.
- No esperábamos nada original.
Hubo un nuevo silencio en el cual ambos continuaron escrutándome. Arrojé un encendedor al suelo y salí del rango del papel, escapando al problema de los ojos. Siempre los ojos, pensé. En los ojos del otro está el índice de sus desdichas. El directorio de la pena. El ojo es el órgano menos repugnante del cuerpo porque sus fluidos no tienen justificación fisiológica: de nada sirve a la carne llorar.
Permanecí a un costado del escritorio hasta oír que me llamaban, acaso con esa misma desesperación con la cual un condenado se dirige a Dios al maldecirlo. Se me ocurrió posponer el drama hasta tanto vislumbrase una resolución menos penosa.
Escribí:
Pasadas las horas en el consultorio cerrado misteriosamente desde fuera, médico y paciente no consiguieron vencer las inevitabilidades del sueño. (Al comprender el ardid prorrumpieron en nuevas y renovadas injurias, al punto de arrojarme objetos a la cara) Entonces fueron dominados por el poder de aquella muerte provisoria y cíclica que nos busca cada noche, confiriéndonos la virtud necesaria para disculpar los horrores del mundo y transitar luego -aunque tristes y desconsolados- por esta vigilia inútil cuyo final es el nicho, la putrefacción y el silencio.
Me sentí profundamente infame al verlos someterse a mi capricho argumental. Ahora los tenía dormidos sobre la mesa de operaciones, uno junto al otro, serenos. ¡Pobrecitos! ¡Y qué hermosos eran! Porque existe una belleza que se levanta de la fealdad y de la angustia, hay un no sé qué de bello en el horror. ¡Qué espanto pensar así! No obstante, siempre he preferido aquellos seres cuyos rostros se empecinan en el ridículo: hombres que no entienden por qué han de portar granos, narices absurdas, bocas demasiado grandes o infinitamente chicas, orejas como alas, frentes de dos centímetros, ojos que no están de acuerdo en mirar al mismo punto; en fin, hay en toda esa gente una especie de dulzura intacta que sobrevive a la injusticia brutal del universo. Y se la advierte en la mirada, en la manera de contemplar la calle a través de un vidrio, o cuando nos dan la mano o dicen gracias. Pues el hombre es más auténtico al no poder fingir, cuando el error es tan irreparable que de nada sirven la hipocresía y el subterfugio de la apariencia.
Me acerqué al médico y lo contemplé. Indudablemente, yo no podía hacer médicos. Yo no podía hacer nada: se asemejaba a un operario de teléfonos, acaso a un carpintero; también podía pasar por un mediocre oficinista. Y aquí, por fin, estaba yo de nuevo, encontrado conmigo mismo, sin salida: un mediocre oficinista que escribía cuentos. Un deplorable gusano que defraudaba al estado nacional utilizando sus recursos para la ficción y la palabrería. Me resultó muy difícil no autocompadecerme: un error, según los psicoanalistas, pero al menos postergaba el deseo de morir. Cualquier sentimiento de ternura sirve para eso: tocarse, encontrar al cuerpo, aceptar la endeblez de la carne, la porquería que producimos dentro, aquel conjunto empecinado de órganos que, en definitiva, pese a la aberración del mundo, continúa, sutil pero obstinadamente, manteniéndonos vivos dentro de él. Qué paradójico. El amor es una suerte de aceptación del asco. Qué curioso.
Lo miraba dormir, el remedio de la vigilia. Lo miraba y pensaba por qué yo seguía creyendo en ellos. No sólo en mis propias digresiones sino en el hombre en general, esa jauría de bestias infames y asquerosas que corrompen cuanto tocan. Yo lamentaba ser hombre pero al mismo tiempo los necesitaba. No tenía valor para besar la muerte. Y la humanidad caía entera en un abismo y ni siquiera se abrazaba; caíamos solos y odiándonos a un destino común y homogéneo que era la muerte. Y yo no quería dejar de caer, sólo quería compañía.
Anduve deambulando por mi habitación hasta dar con la botella. Hacía tiempo que vivía así, socavándome la lucidez por intermedio del alcohol. Era mejor que escribir. En realidad, cualquier cosa era mejor que eso. De alguna manera, los hombres nos las habíamos rebuscado para asentar al mundo de espaldas a la muerte: además del alcohol, teníamos organizaciones, responsabilidades, familias, autos, impuestos: todo ayudaba a diluir la finitud. Sin embargo, la maldita literatura me acercaba como una lupa las muecas insoportables del rostro de la muerte. Y yo era un hombre que amaba el horror. No hacía más que alejarme un poco, emborrachándome en privado, o inculcándome esa clase de proyectos que mantienen a los hombres distraídos, para regresar como un degenerado a ese burdel de palabras promiscuas, donde las putas eran metáforas y mi semen la tinta para imprimirlas.
De cualquier modo, todos mis textos se estrellaban en lo inconcluso, abortados, escindidos del arte como un museo de la vergüenza. Infinidad de aberraciones yacían aguardando un destino que yo no era capaz de concretar. Simplemente, las arrojaba encarpetadas en armarios olvidados, o en los cajones del ministerio, ansiando como un profeta descarriado la demoníaca revelación de mis inalcanzables maestros.
Aquella noche del cuento acabé con frenesí la botella de ginebra. Antes de perder el sentido, se me ocurrió despertar los personajes para oír lo que decían.
- Señor Hermedera Gómez -preguntó el médico, desperezándose -¿qué le parece esta forma de morir? -Le enseñó un papel a su paciente, posiblemente el reverso de una receta, en la cual había algo escrito.
Me pareció raro.
- Escritor -solicitó Hermedera Gómez, en tanto me acercaba el papelito -tenga la bondad de hacer esto. Es nuestra última voluntad.
Me dio pena hacerles caso omiso. Después de todo, definitivamente los iba a abandonar.
"Y el escritor" leí "desesperado ante el fracaso de su empresa, convencido de que apenas era una sombra diluida de los maestros que admiraba, decidió entregarse a los brazos del Oscuro, arrojándose al vacío, aquella noche a las 3.45 de la madrugada".
Miré el reloj. Faltaban dos minutos.
Esperé y salté.

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