Noguera Alicia

                     Argentina

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de Noguera Alicia

Un Segundo "Renacimiento"

Fue una amarilla y cándida tarde de Abril, cuando todos, rodeando la gris y destartalada habitación de adobe de la Candelaria, esperaban con ansiedad extrema la llegada de ese nuevo ser que daría vida y alegría a las dormidas y pálidas siestas del triste parador de Pueblo Perdido.
-¡Qué extraño ese nombre!- Nadie había investigado por qué razón sus fundadores guiados tal vez por algún abatar anónimo, creyeron oportuno denominarlo así. 
La mañana crecía y el fuego encendido del mediodía anticipaba un infierno de mariposas y langostas sacudiéndose entre los chopos y los trapiches. Así, rodeada de tanto regocijo popular y tanta necesidad de una justa recompensa al vetusto destino de un lugar signado por la indiferencia, nació Anahí. Esa mañana, desde muy temprano las comadronas junto a la Cumana, sibila conocida de la región, se habían arremolinado en torno a la humilde casita que estaba siendo bendecida con la llegada del amor. En un mar de sangre, gritos y corridas, podía oírse casi con claridad las palabras de aliento de Doña Vírgenes, la partera, tratando de persuadir con cierta violencia verbal, a la parturienta. Pasado esos primeros momentos de locura colectiva, una catarata inmensa y copiosa reventó en un estruendo que paralizó al coro de mujeres apostadas detrás de la puerta. El llanto aumentaba y se multiplicaba como las campanadas de las iglesias que suenan y se llaman unas a otras compartiendo, quizás un mensaje en código. 
Anahí había visto por primera vez la luz y sus brazos y piernas se agitaban como queriendo luchar contra diminutos fantasmitas flotando en una nube caprichosa.
Su madre, la Candelaria, era una mujer de unos treinta y pico de años, morena de piel y blanca de pensamientos. Toda su vida había transcurrido cuidando hermanos y acariciando la tierra, a la cual adoraba, para asistir puntualmente al dorado instante del estallido de la cosecha. Pródiga en sabiduría natural de la vida, fuerte y firme como una roca, invulnerable y a la vez tierna y perceptiva, como recurrida por distintas sabias, todas tan nobles en su esencia. 
Una mañana de mitad del otoño, allá por un camino silente y olvidado, se encontró con Ramón. Lo había divisado desde que era una mancha en la distancia, bajando por las caderas de un monte y a medida que se acercaba empezaba a percibirlo y a reconocerlo como una respuesta inequívoca al llamado de sus fibras más íntimas. Poco fue su asombro, cuando habiendo quedado frente a frente, Ramón le dijo:
-' Esperaba encontrarte uno de estos días para caminar este breve trayecto que podemos desde hoy imaginar y pintar juntos' -
Ramón, hombre nacido del vientre de una india que se había revelado al dogma de su tribu y lo había parido en soledad, un día lluvioso en medio de la jungla peruana, cerca de Ríos Malos. Chaman por naturaleza, estudioso de las conductas de los seres vivientes, amante de los amaneceres y lector de la música del agua sobre la tierra. Solitario y observador, medio hombre, medio animal del bosque. Seguro y auténtico. Sabio y austero habitante de las tierras altas del sur del mundo. 
De estos dos seres, carentes de raíces oscuras y llenos de pureza original, despertó a la vida: Anahí. No conocía el desamor porque ancestralmente había heredado el apego a su gente, a su tierra y a su espacio. El agua del arroyo la acariciaba a diario, la frescura del rocío la santificaba cada nuevo día y la brisa que hacía tiritar las hojas de los álamos la abrazaba cada atardecer en la puerta de su cueva encantada. Y, la pequeña fue creciendo y alegrando cada segundo de dicha compartido. 
No fue fácil, cuando un día, en medio de una alocada y temible tormenta de rayos y truenos, Candelaria advirtió en su hija una reacción ausente a tanta provocación del espacio exterior. Juntos, inventaron diferentes focos de atracción con sonidos de piedras, de cristal contra cristal, de metales y de voces mezcladas con silbidos, pero nada parecía alterar la apacible siesta de los oídos de Anahí. Tampoco su risa, pintada de nieve y luna, tan amplia como un océano y tan hermosa como una flor en el éxtasis de su capullo, lograba esgrimir un tenue sonido. Entre lágrima y resignación, sorbieron la cruda realidad que se había hecho presente dentro de tanta algarabía, que parecía estar luchando por partir y abandonar de nuevo a Pueblo Perdido. Pero, como ocurre casi siempre, el objeto de desesperación y angustia, veíase ajeno a este laberinto de predicciones pueriles. La pequeña, se desplazaba, por entre las piernas de su madre y no dejaba de recorrer, tomada de los brazos de los sauces, todo el perímetro que rodeaba su casa. Cada charquito se había convertido en un laboratorio de experimentos y el binomio agua-barro era el preferido de Anahí. Cada amanecer la encontraba sentada sobre la piedra del escalón de la entrada, observando como el sol, con su andar lento y cansino, iba prendiendo lentejuelas en cada pétalo, en cada gota de lluvia pasajera, y poco a poco, bañaba con su espuma dorada el techito de paja a dos aguas. Le intrigaba la fugaz desaparición de las estrellas y de la luna, razón por la cual comenzó a hacer sus propios cálculos y fantaseaba con la posibilidad de que, tanto unas como la otra, se acostaban a dormir en el pecho del astro rey y se hundían en su fuego para dejar de temblar de frío, al menos durante el día. 
Y, así como en Candelaria y Ramón crecía el desconcierto y la frustración, en Anahí nacía un nuevo desafío cada mañana, una caja de Pandora, un universo espléndido de colores, de olores y de magia. Plata de luna, oro de soles, jazmines y magnolias mezcladas con sabor a tierra, dureza y frío de roca, suavidad y terciopelo de mariposas, dolor de vida y placer de amor. Tantas emociones y tanta coincidencia en esos pintorescos despertares.
Mas un día, de esos que no te informan su llegada, pero que se sienten debajo de la piel y se consagran inolvidables, uno de esos días, Ramón le dice a su esposa:
-' Nuestra hija fue concebida en el amor y no puede ser otra cosa que el sagrado regalo que Dios nos ha enviado. Aprendamos a sentirla sin escucharla, y a conectarnos con ella sin hablarle.'-
A partir de ese día Anahí se transformó en un faro indispensable para guiar el futuro de las naves de sus seres queridos. Las marcas de la pobreza desenvolvían mensajes alentadores y la rutina de la tierra creaba estaciones lunares sembradas de ilusiones desconocidas. Crecieron juntos. Plantaron semillas que pronto desarrollaron especies que abortaron la mala yerba del prejuicio, estacionado en el cerebro humano y abrieron las puertas a la razón, a través del aniquilamiento del falso orgullo terrenal.
Su hija era continente y contenido, era el fruto de su simiente y juntos tenían que desenhebrar esa madeja de clave, de incógnita que representaba su llegada a este mundo, al cual se enfrentaba solo para observarlo y sentirlo.
'- ¿Eran necesarias las palabras?'- '-¿Era tan importante escuchar el estallido de una tormenta ó el acorde de un violín?'-
Anahí les enseñó que ella podía comunicarse con ellos y con todo su entorno mediante su gestualidad absoluta y expresa, y además comprobaron que percibía las vibraciones de cualquier manifestación de vida. Las palabras las dibujaba y la música la imaginaba, la procesaba en su interior y la sentía muy profundamente.
Los años pasaron y ese pueblo sepultado en no sé qué retazo del mapa del relieve peruano, abrió caminos invisibles que partían del corazón de las piedras y terminaban en la estación de la luz. Palidecían los últimos restos de tanta humanidad saqueada de valores esenciales y comenzaban a resplandecer los primeros signos que guiarían a toda una generación hacia su verdad inicial. La aceptación y el reconocimiento del egoísmo primario, el desafío del cambio impuesto por propia necesidad y la apertura a una nueva conciencia. Candelaria y Ramón habían sido su punto de partida, Anahí el detonante y todo Pueblo Perdido el protagonista de un segundo Renacimiento. En éste, la movilización no era solo una mera modificación artística ó cultural sino mucho mas profunda. Comenzaba a gestarse, en ese ombligo del mundo, una revolución espiritual que pretendía liberar a tantos seres que aún no comprendían la verdadera misión de la existencia.

 

* * * * * * * 

 

de Noguera Alicia

El Sueño de Gamaliel, todos los Sueños


Había nacido junco, maleable a los destinos que el viento en su constante devenir sacudía una y otra vez, sin llegar a quebrar su vínculo con la Pacha Mama. Su esencia sólida, calcificó su naturaleza ósea y nutrió una a una cada célula y cada sentido para que sincronizadamente pudieran responder a tanto estímulo con absoluta claridad. 
Un día, ese pequeño, abrió sus ojos inmensos y diáfanos, se subió a lomo de un águila y dibujó en el cielo la imagen de un mago ceñudo pero a la vez angélico.
Y, fue así, que de tanto en tanto, Gamaliel, dirigía su mirada al horizonte, a la hora del crepúsculo y sonreía... -' Simbiosis perfecta entre niño y cosmos imaginario', pensaba la gente que lo rodeaba y, que a veces, cuando el tiempo les otorgaba algún permiso, le dedicaban una magra plática que no pasaba de dos o tres frases deshilvanadas.
- ¡Qué difícil resultaba entablar un diálogo enriquecedor entre un ser tan transparente e impredecible y esas figuras pesadas y monótonas que insistían todos los días en recorrer la misma huella!
Pero todo giraba tan rápido, que casi sin querer, se podía divisar su contorno, a la distancia, sumergiéndose en el verde maizal, haciendo realidad ese maravilloso encuentro lúdico que invitaba a los pájaros y a la luna y a toda la naturaleza que respondía describiendo alegorías.
Crecía ese ser fantástico, con fibra de madera del bosque, dureza de las rocas del fondo del lago y frescura del rocío cristalino del amanecer. Junto a su amigo imaginario armaba, poco a poco, un cosmos a su medida, con piezas desarticuladas de un rompecabezas anónimo. El mago le extendía su mano que se expandía en espirales de energía hasta que ambos, corrían y se colgaban de la cola de los sueños. En esos instantes de comunión y regocijo compartido Gamaliel sentía que era feliz. No podía saber qué era lo que pasaba por su tronco ni por sus venas pero esa plenitud que da el éxtasis le confirmaban que su espíritu había hallado el abrigo del placer. Como eslabones de una cadena, pasaban los años de su niñez, unidos por un fino e imperceptible lazo alimentado por una poderosa observación de su medio. Nada le resultaba extraño y todo era factible, abordable, posible... 
Una fría mañana de Enero, una melodía grabada quizás en los genes de su raíz nómade, comenzó a flotar y a difundirse. ¡Había llegado el día! El crucial y anunciado momento de tomar su saco, llenarlo de cada pedacito de campo que había recorrido y de cada trozo de cielo, escenario de sus encuentros mágicos, y después partir...
Hasta ese instante, su vida había sido solo presente, sensaciones, experiencias nuevas. Nunca antes, había pensado en su futuro ni le había preocupado en absoluto su pasado. Para Gamaliel, de hecho, este punto de inflexión a partir del cual de dirimiría su encuentro con el mundo de su "hombre interior" lo tenía un tanto desconcertado. Ahora su vida estaba repartida en tres universos, que a simple vista, parecían desconectados. Su pasado, al cual ya añoraba, y lo palpaba inamovible y lejano. Su futuro, un río muy largo y sinuoso, muy azul y salpicado de piedras a lo largo de su cauce. Llegaba a percibirlo con su tercer ojo y le producía un ligero escalofrío. Entonces aterrizó en la dimensión que ocupaba su presente. Cargó su saco al hombro, llenó su cantimplora de agua fresca y sacudió la tormenta de pensamientos que intentaban estancarse en su cerebro. Y, cuando todo su entorno le preanunciaba una triunfal entrada en el país de la responsabilidad disfrazada de independencia y de libertad, las luces de la tarde se apagaron y se quedó acurrucado al costado del camino, con sus manos apretadas y su corazón abierto.
Casi imperceptiblemente para todos, pero no para él, el cielo se abrió y envuelto en un mar de plata resplandeciente, emergió la familiar silueta de su mago, aquel que había sido testigo de su primer contacto con la vida. El mensaje fue tan claro que solo cerró sus ojos y sintió un cosquilleo en medio de su pecho, que le devolvió esa antigua sensación de paz inicial. Y, fueron las palabras del mago:
-' Tu vida es un sueño. Nace con vos, es tu mismo cordón umbilical que esta pendiente de algún cuerpo astral y que jamás te abandonará aunque te dé libertad de movimiento. Yo soy tu sueño, tu propia imaginación y la luz que hay en tu interior es, como un faro para los caminantes y como una usina generadora de fé que nunca te va a dejar caer. Recordá que cuando niño, jugaste en la cresta de un cometa. Y, entonces... - '¿A qué le puedes tener miedo?'
Así fué, como Gamaliel emprendió su nuevo camino, ya ni confundido ni preocupado, sino lleno de esperanza. El mismo podía plantar esta semilla, y otras tantas...

 



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