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de Ponsetti Armando Hugo
Un fragmento de su Novela " Hace mucho, mucho Tiempo"
Un día me dije": Tengo que poner todo por escrito si no me voy a volver loco tratando de recordar.
Pondré los encuentros casuales y los no casuales, las esperas tan largas, las búsquedas, las alegrías (que fueron tan pocas) y también las tristezas... Todo, exactamente todo lo que recuerde debe quedar asentado."
Por que? Para qué? Son buenas preguntas...
La respuesta podría ser que desee no olvidar, aunque, ciertamente, el olvidar y recordar me causa el mismo desasosiego. Creí, en un momento ( y todavía opino lo mismo) que lo ideal sería escribir una especie de libro-memoria. Pero... a quien podría interesarle mi libro-memoria? Ese punto, en realidad, no me interesa en absoluto. Fundamentalmente lo que escribo lo escribo para mí mismo aunque admito mi deseo de que ella leyera mi relato alguna vez. Así, tal vez me entendería mejor. Vaya a saber. No faltará, sin duda, quien diga: "Si este tipo escribe para él solo... por que diablos busca un editor e insiste en publicar lo que escribe?" Ese razonamiento es correcto y atendible, pero, intentaré una explicación. Intentaré, digo. Si escribo y luego decido que es para mí solo, todo el manuscrito quedará guardado, de seguro, en el cajón inferior (lado izquierdo) de mi viejo escritorio, regalo de mi padrino Aldo al cumplir quince años. Para siempre. Optando por esta otra forma aumentan notablemente las posibilidades de que la historia llegue algún día a sus manos. Es una posibilidad muy pequeñita pero posibilidad al fin. A ella apuesto. Puedo perder pero puedo ganar. Quisiera que el relato no pareciera trivial. Admito mi responsabilidad si tal cosa sucede. Nunca he escrito nada. Admiro a los escritores que invariablemente me deslumbran con su retórica y originales tecnicismos de su profesión. Yo solo poseo sinceridad y audacia. Después de todo la historia es cierta en su mayor parte. Puede gustar. Porque no? Cuando terminé de releer algunas de sus secuencias estaba sentado en el hall del aeropuerto de Rosario esperando un vuelo. Miraba a la gente ir rápidamente de un lado a otro. Pensaba si a tal o a cual podría gustarle. Ese tenía cara que sí, aquel otro que no. Era un acertijo. "Que diablos he hecho", me preguntaba. Volvamos al principio. Yo escribí esto que Ud. lee ahora para mí solo. Si se identifica con el personaje de la historia y resulta que el ir y venir del hombre le interesa un poco, mucho mejor. No ha perdido ni su tiempo ni su dinero. Teniendo en cuenta como se vive hoy día en cualquier parte eso es importante. En esto, lo repito, para nadie que no sea yo mismo, para no morirme de tristeza en esta rutina de todos los días, en este país en que pareciera que todos somos extranjeros y nadie se entiende, en el que las ideas se sostienen o defienden con torturas y bombazos, sea como sea, cualquier método pareciera correcto al fin que se aplique. Monstruosa nueva Babel que nada tiene que envidiar a aquella otra. Tenía razón el pobre Discépolo en ese de ver llorar a una Biblia junto a un calefón.¡Discepolín! Tu " Cambalache" esta en plena vigencia. El otro día lo encontré a Tito frente al cine El Cairo. Ya tenía el pelo blanco y su calvicie era algo más que incipiente. Me asusté. Tiene mi misma edad, aunque por suerte todavía no tengo canas, por lo menos en esa magnitud, ni tampoco estoy calvo. Nos abrazamos y tomamos un café juntos en el viejo bar de la esquina. "Qué tiempos los nuestros... que lindos y que rápido han pasado..." me dijo con cierta amargura. Yo hablé poco. Más bien lo escuché con callada atención. Cuando quedé solo me prometí terminar la historia que acá está. En esta época nuestra, tan materialista y convulsionada socialmente, en la que todo está cuestionado y en severo proceso revisionista, desde los extremos brindados por Marx y Kennedy, pasando por Ghandy y Chaplín, contar la historia de un muchacho, un simple muchacho, que se siente feliz y contento solamente cuando está al lado de una chica que, por otra parte, se va a casar con otro, no tiene sentido. No parece actual. Desubicada tal vez. Pero... es actual. Claro que sí. Y tiene un sentido por cierto. Pero para mí. Entonces Ud. que lee podrá entender. O no entenderá nada. Chau.
Un capitulo de su novela
Volví a mi escritorio y tablero y comencé a ordenar mis cosas.
Diez minutos después estaba en la calle Córdoba.
El cielo estaba encapotado y el aire muy frío. Me dirigí apresuradamente a la plaza Sarmiento en busca de mi auto. El reloj de Santa Fé y Sarmiento dejó oír, desde lejos, siete campanadas apenas perceptibles entre los bocinazos y ruidos característicos de la calle. Tenia casi media hora hasta que Beatriz saliera del banco. Entré en un bar al paso frente a la plaza y pedí un café doble que me cayó muy bien.
Disfrutaba casi cada segundo que pasaba. El saber que iba a encontrarla, que me esperaba y que charlaríamos me inundaba de una extraña felicidad. Todo parecía adquirir un matiz en ese momento. El café, la noche, el vendedor de diarios, la música que surgía de la máquina de discos y hasta el tiempo parecían distintos. Y en verdad que eran distintos.
Las siete y cuarto. Pagué y salí. Crucé San Luis. Me acerqué al auto y pensé que podría haberse pinchado una goma o tal vez surgir algún problema mecánico que impidiera mi partida. Sentí una gota de sudor correr por mi espalda a pesar del frío. No pasó nada de eso. El Renault arrancó perfectamente y las gomas no tenían nada. Tomé por San Luis derecho y llegué hasta 25 de Diciembre donde me detuve. Las siete y veinte. Quería llegar a las siete y media. Ni un minuto antes si pudiera. Entonces esperé con las manos aferradas al volante. Ligeras gotitas de lluvia salpicaban el cristal del coche. Algunas personas comenzaron a correr para no mojarse. Finalmente arranqué, seguí hasta Rioja subiendo hasta Maipú y doblé en Santa Fe, pasando a la puerta del banco por donde salía el personal. Algunos ya estaban en la puerta formando improvisados grupos. Otros se marchaban con rapidez esquivando los charcos. Crucé San Martín y me detuve casi a mitad de cuadra. Detuve el motor y esperé. Quisiera poder encontrar las palabras exactas para poder hacer entender mi estado de ánimo en ese momento. No era un colegial pero actuaba como si lo fuera. Parecía que esa fuera mi primera cita. Consulté el espejo retrovisor, pero como estaba lloviendo con una mayor intensidad no tenía facilidad de observación ante el vidrio trasero lleno de agua. Finalmente vi cruzar a Beatriz. El corazón creo que se me vino a la garganta. Tenía puesto un sencillo tapado negro y un moño muy pequeño, también negro, adornaba su pelo sobre la nuca. En la mano llevaba un paraguas pequeño recién cerrado. Caminando ligero entró en el coche en un instante, sentándose con un gesto de alivio.
-¡Hola! - me dijo -. Espero no haberte hecho esperar demasiado...
-No... nada de eso-contesté-, me alegro de verte...
Ella sonrió y desvió la mirada.
Arranqué y recuerdo que seguí hasta Mitre doblando hacía el norte y en busca de un lugar tranquilo para charlar.
-¿Estás muy apurada?-pregunté.
-No. No mucho. Mi padre me espera para cenar así que algo de tiempo tenemos...
Me gustó ese "tenemos". Pensaba como iniciar una charla que ordenara mis sentimientos de una buena vez. Ella no hablaba y se dejaba llevar.
Llegué a la avenida Belgrano, mi querida avenida. Aceleré frente al edificio de la aduana. La lluvia arreciaba por momentos. El coche atravesaba los charcos arrojando agua hacia uno y otro lado.
-Suelo venir seguido por aquí... -le dije de repente.
-¿Por qué?-preguntó curiosa.
-Bueno, es que me gusta mucho el lugar es como un remanso comparado con el bochinche de la zona céntrica. Ocurre que cuando estoy cansado, espiritualmente, no físicamente, recorro la avenida de punta a punta y siento que me alivia.
-Que lindo... ojalá yo pudiera hacer lo mismo, pero tengo tan poco tiempo... además me falta el coche, aunque mi novio tiene y podría decirle que hiciéramos la prueba.
Volví a sentir la vieja y conocida patada en el estómago cuando mencionó a su novio. Seguí conduciendo en silencio un rato. Creo que ella se dio cuenta de mi reacción. Finalmente me detuve enfrente del monumento, en el sitio donde acostumbraba hacerlo siempre. La avenida estaba casi desierta.
-Beatriz... -le dije de repente.
-Sí...
-Vos me llamaste para algo a mi oficina el otro día...
Pareció vacilar. Encendió un cigarrillo. Luego me observó con una mirada extraña. Abrí un poco la ventanilla para que saliera algo de humo. El aire afuera parecía helado: entonces me contestó.
-Estoy algo arrepentida de haberlo hecho. No tenía que haberte molestado.
Me desconcertó su repuesta.
-Pero... ¿qué necesitabas?
-Necesitaba dinero. No era mucho y pensé en vos. Tengo que hacer el viernes un importante pago en un banco, como un depósito para que luego me concedan un crédito. Con mi padre no puedo contar. Con mi novio menos todavía. El crédito puede salir como no puede salir. Influye que haga o no haga ese depósito. Por eso pensé en vos...
-¿Es mucho dinero?-inquirí.
La cifra era moderada y yo disponía de ella, pero quería saber para que era, cuál era el destino final de ese crédito.
-Tengo unos proyectos... no me preguntes más- respondió.
Me di cuenta que me ocultaba la razón y me amargó. Traté de asegurarme otro encuentro.
-Tengo que hacer unos cálculos... vos sabes que tengo algunos créditos (mentira) y también debo una importante cifra que me prestaron cuando cambié el auto el año pasado (otra mentira), Así que hasta mañana o pasado no voy a saber con exactitud que puedo hacer o mejor dicho de que monto dispongo. Mientras tanto vos seguí intentando por otro conducto.
-Sí, claro... así lo haré. Sé que harás lo que puedas.
Nos quedamos sin hablar durante unos minutos.
-¿Sabes en que estoy pensando?-le dije de repente.
-No me imagino... contame.
-Recuerdo una vez, hace de esto varios años ya... estábamos en el club durante un baile... yo me arrimé a tu mesa para invitarte a bailar. No estábamos con las mismas barras. En el club era distinto que en el barrio. Allá vos tenías tus amigos, yo nunca tuve barra en el club, sabes como soy, solo dos o tres amigos y para de contar, me costó mucho decidirme a arrimarme a tu mesa como te decía..., tu vestido era celeste y precioso.
-De verdad que no me acuerdo... pero ¿qué pasó?
-Bueno, te negaste a salir, no sé la razón. Pasé mucha vergüenza. Fijate como me acuerdo todavía. Puede ser que lo recuerdo porque era importante para mí.
-Pero bailamos juntos muchas veces... o no es así?-agregó.
La observé perplejo.
-Sí, claro. Así es. Pero esa vez no me la puedo olvidar. Es una tontería...
Ella suspiró y arrojó la colilla del cigarrillo por la ventanilla.
-La verdad es que tenes un carácter muy raro, mira que recordarte de ese detalle después de tanto tiempo. Yo a las cosas pasadas las dejo bien atrás.
-Me doy cuenta-proseguí-, debo ser un melancólico incorregible que vive recordando tiempos idos, esos años que se van y no vuelven, esa maravillosa primera juventud.
Beatriz miraba caer la llovizna a través de los vidrios mojados de la ventanilla e intuí que no disfrutaba con el tema. Confirmando mi aprensión habló.
-No me gusta hablar de tiempos idos. Ya te dije antes que a las cosas pasadas las dejo atrás. Me estoy aproximando a los treinta años y te darás cuenta que para una mujer soltera eso es más importante que para un hombre. No me gusta volver atrás y encontrarme con los errores cometidos. No quiero volver atrás...
-Sí... tal vez sea lo mejor-intervine.
-Es lo mejor. Te lo aseguro-replicó con seguridad.
En ese preciso instante me di cuenta que me hubiera resultado mucho más fácil decirle que le prestaba ese dinero que necesitaba, pero opté por tomas el otro camino, el de demorar las cosas y así aumentar mis encuentros con Beatriz.
-Se está haciendo tarde... -murmuró-, mejor vamos...
-Si lo preferis... -respondí-, aunque yo me quedaría un rato más charlando, no sé explicarlo mejor... me gusta mucho tenerte cerca cada tanto...
-Ocurre que de seguro a vos no te están esperando como a mí. Antes te comenté que cenaba con papá.
-Yo también generalmente ceno con mis padres pero... en fin... esta vez es distinto.
Ella sonrió creo que con cierta malicia en los ojos.
-Otra vez... la próxima podría ser.
-¿Puedo llamarte por teléfono si tengo ganas de charlas unos minutos?-insistí.
Beatriz meditó nos segundos antes de contestar.
-Hacelo cuando quieras, aunque trata que no sea una llamada al banco salvo que sea muy importante...
-Me alegro. Vos sabes que no hay nada raro en mí o turbio. Simplemente me alegra verte cada tanto.
Ella seguía con esa sonrisa leve y maliciosa.
-Sí... está bien. No lo pongo en duda...
Me sentí muy contento en ese momento y creo que me hubiera puesto a cantar. Recordó de improviso el libro que le había prestado tiempo atrás.
-¿Leiste el libro que te presté?
-No lo terminé-contestó-, me gusta mucho pero dispongo de poco tiempo para leer tranquila. Puede ser que lo termine este fin de semana.
-Está bien... no hay apuro, te preguntaba de puro curioso, no hay porqué correr.
Entonces arranqué y me dirigí hacia la casa de Beatriz, no muy rápidamente, entre calles llenas de hojas barridas por el viento, desiertas de gente y con esa inclemente llovizna. Parecía que estábamos solos en la ciudad y recordaba una película de ciencia-ficción que había visto hacía poco tiempo en que una pareja recorría una ciudad desierta. Beatriz callaba y fumaba otro cigarrillo. Minutos después, al separarnos en la esquina de su casa, quedamos en que la llamaría al día siguiente por teléfono si tenía novedades respecto al préstamo solicitado. Antes de bajar me dio de improviso un breve beso, fugaz y desconcertante, en la mejilla. Luego que ella entró en su casa me quedé largo rato sin irme escuchando música por la radio y meditando. Luego, al volver a mi casa, me sentía en una forma muy particular ante los logros alcanzados: ya tenía una relación directa con Beatriz confirmada por ese préstamo y, en cierta forma, había irrumpido en su vida después de mucho tiempo. Mi extraño sentimiento, no muy bien definido, de rara felicidad al estar con ella, iba en crescendo y no lo podía evitar. O no quería evitarlo. Pensé si Beatriz amaría de verdad a su novio. Estando en ese punto mis pensamientos llegué a casa y guardé el auto en el garaje. Mis padres se percataron de inmediato que algo me sucedía, especialmente mi padre, aunque como era su costumbre no me acosó con preguntas que sabía no obtendrían respuestas concretas.
Una hora después, al estar concluyendo la cena, Emilio me sorprendió con una llamada desde Fisherton. Crease o no, el paraguayo Martín había metido otra materia a la tarde y estaba cursando invitaciones a sus allegados para una celebración esa misma noche. Como la cosa era con vino de Chafayate y empanadas no estaba para negarse. Me disculpé con mis padres y volví a sacar el auto bajo la lluvia.
Mientras conducía hacia la casa de mis amigos volví a pensar en mi última charla con Beatriz. El interior del auto estaba impregnado, todavía, muy sutilmente, de su perfume tan característico y tabaco, ya que fumó varios cigarrillos. Pensé en las cosas que no le había dicho:
"quiero volver a verte pero que sea todos los días, sin interrupciones, ayudame si te importo algo". No le había dicho nada de eso en forma terminante. Todo había sido muy debil. Nunca, nunca jamás, voy a poder olvidarme de esa charla con ella, esa noche fría de invierno, mientras caía la lluvia. No la besé. Casi ni la toque. Ni siquiera alcancé a manifestarle mis secretas motivaciones, pero, intuí que ella había comenzado a darse cuenta que no era solo amistad lo que yo albergaba, sino algún extraño sentimiento, algún raro y curioso motivo me acicateaban cada tanto para que la buscara de esa manera. Todavía hoy, como aquella vez primera, vuelvo tristemente melancólico al sitio de nuestra pequeña charla esa noche ya lejana, con el río a la derecha y la mole del monumento a la izquierda y trato de recordar los detalles, aunque sea doloroso, muy doloroso. Entonces pareciera que las imágenes, tan viejas como una descolorida postal, de esas que andan por ahí tiradas de un lado a otro, o dentro de un libro muy poco usado, ya que uno, no se porque no se decide a romperlas de una buenas vez, cobraran fuerza en mi mente presentándose con una claridad mayor. Y veo sus ojos tristes, sus manos enfundadas en unos guantes negros, un mechón de pelo castaño descuidadamente caído sobre su frente, un paraguas mojado sobre el piso del coche, su cartera negra el viento barriendo y levantando hojas de un lado para otro sobre la avenida Belgrano, la lluvia pegando inclemente sobre el parabrisas, un automóvil pasando velozmente desparramando el agua de los charcos....,hasta que no soporto más y me voy, con una velocidad que más parece un escape, a cualquier lado, a cualquier otro lado, donde, indefectiblemente, mi dolor no desaparece sino que se va ahogando con el alcohol muy lentamente, ya que la herida no se cierra a pesar del tiempo y una fibra muy íntima de mí mismo sigue herida, late y palpita, como solo una herida puede hacerlo. Entonces pienso, con desoladora angustia, que no sanará jamás. Y así mis noches son más negras y mis días atormentadoramente vacíos.

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