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de Silva Héctor Efraín
El padrino
Era una siesta de Enero, un día muy caluroso, de mucha humedad, no podía dormir la siesta adentro de mi rancho.
Me acordé de la hamaca paraguaya y salí a colocarla entre los dos inmensos Jacaranda que están al costado de mi casa, ahí me acosté en la sombra fresca.
Cuando me estaba quedando dormido, el ladrido de mi perro me despertó, en ese momento escuché el trote de un caballo que venía para mi casa.
-...Si, era Pedro que venía a todo galope, frenó el caballo... se tiró del mismo y se me acercó corriendo.
-...¿Don Efraín? ...¿Don Efraín? - me gritaba-.
Me bajé de la hamaca, fui rápido hacia el chico.- Le dije.
-... ¿Qué pasa Pedro?
Cuando se tranquilizó el chico, empezó a contarme lo que estaba pasando.
-... A la Marta la detuvo la gendarmería junto con los cinco hijos, por contrabandear cigarrillos...
Bueno, mi pueblo queda a la orilla del Río Uruguay y linda con la frontera con Brasil, pero esto del contrabando es viejo, casi toda la gente del pueblo contrabandea o lo hizo, esto se hace porque es un lugar pobre, de poco trabajo, y más en estos tiempos de tanta miseria. La gente lo hace para así tener unos pesitos y darle de comer a su familia.
Pero lo que más me extrañaba a mí era porque a la Martita con sus cinco hijos.
Rápido preparé mi caballo y me fui al pueblo, a la gendarmería. Al golpear la puerta me atendió un suboficial mayor de apellido Pedroza con mala gana, no me dejo entrar.-... Me dijo.
-... Fue detenida con sus cinco hijos por orden del juez Quintana, mañana la largan.
También vi a otros gendarmes, que conocía desde pibe.
-.. Y así tragando saliva amarga y un poco resignado, me alejé y rogué a Dios que nada le pase a la Marta y a sus hijos.
Me fui a mi casa.
Al otro día, a eso de las diez de la mañana, me fui nuevamente para la gendarmería.
-... Golpeo la puerta.-... de adentro sale un gendarme, me toma de los hombros me tira al suelo y me amenaza diciéndome.
-... Si vuelves, te pego un tiro.
Me levanté, me sacudí la ropa, con mucha bronca quise atacarlo a mano limpia, pero algo muy dentro de mí me dijo que no.
Pensé en ir a buscar mi machete, pero no. Desde unos matorrales sentí que alguien me llamaba por mi nombre.-... era Don Benítez.
Él me contó, que esa noche escuchó gritos y llantos que salían de un calabozo de la gendarmería y que los gendarmes habían hecho un asado y tomado vino, se han emborrachado, y borrachos habían violado a la Martita y a su hija de quince años, también le pegaron al pibe de trece porque quiso defender a su mamá y hermana.
-... Yo no sabía que hacer, quise enfrentarlos hasta morir, lloré, me tiré al suelo y grité como loco.
Esperé que llegara la noche, agazapándome llegue hasta una ventana que daba al jardín posterior y suavemente la llamé.
-... Martita, .... Martita...
-... Soy tú padrino, contéstame.
-... Ella escuchó mi llamado. Llorando me contó todo.
-... Me dijo, dígale al Mariano, que me perdone.
Al otro día bien temprano, tomé el colectivo y fui a buscar a mi ahijado Mariano.
Él estaba trabajando a cuatrocientos kilómetros del pueblo.
Me senté en el último asiendo, cerré los ojos, mis pensamientos se fueron al pasado, treinta años atrás.
Estaban los dos jugando, apenas cuando los conocí, yo pensé.
-... Para mí estos dos chicos se aman.
Si, Martita y Mariano se amaban, siempre estaban juntos.
Era el amor perfecto. Sin perjuicio, sin mala intención, porque los dos eran puros, su sentimiento los unió para siempre.
Iban juntos a la escuela, a las fiestas, al cine y siempre unidos.
Cuando ella cumplió los quince años tuvo la mejor fiesta de cumpleaños que yo asistí.
Ella siempre le ayudaba a su madre en los quehaceres de la casa, cuidaba sus hermanitos con mucho cariño, era bonita por donde se la mirase.
Sus padres la amaban, Martita creció en el amor.
Mariano, un muchacho inteligente, aprendió el arte de la construcción.
Yo le enseñé a construir, a manejar la cuchara de albañil, también a comprender y saber leer los planos de obra, como así también las planillas de hierro y el hormigón armado.
Aprendió de todo, hasta armar techos de tejas, me acuerdo cuando hizo su primer trabajo solo como contratista.
Me contó que se largaba solo, le miré a los ojos, lo felicité con un apretón de manos, agarré mi cuchara de albañil y se la regalé, también le regale todas las herramientas que él necesitaba, las mejores que yo tenía, también maderas puntales y tablones.
Desde entonces nunca le faltó trabajo porque es respetuoso y responsable.
Se casó con Martita cuando él tenía 22 años y ella 20, eran muy felices, yo fui su padrino de casamiento como también padrino de sus hijos, Rosita y Martín.
Cuando abrí mis ojos ya estaba llegando el colectivo al pueblo donde yo debía bajar.
Caminé un par de kilómetros cuando divisé la estancia donde estaba trabajando mi ahijado Mariano.
Él me vio de lejos, se vino corriendo a mi encuentro cuando estaba cerca de mí nos miramos a los ojos, yo no aguanté más y un par de lagrimones me corrieron por la cara.
-... Él me preguntó. ¿Padrino, que pasó?..
Cuando le conté lo sucedido con su familia se paró lentamente, miró al cielo, cayó de rodillas al suelo y lloró como jamás vi llorar a un hombre.
Estuvo como una hora así, en esa posición-
-... Se levantó, sacó un pañuelo y se limpió los ojos y las lágrimas.
Ya casi a la entrada del sol me dijo.
-... Padrino, yo pasaré al Brasil, y mañana saldremos hacia nuestro pueblo.
Yo me quedé a dormir en un catre, él salió.
Bien temprano tomamos el colectivo, en el viaje no nos dijimos ni una palabra, solo su mirada y sus pensamientos estaban en su amada esposa y sus hijos.
Llegamos al pueblo bien tarde.
Él se dirigió directamente a la gendarmería por la puerta trasera, al llegar a ella escuchó los gritos de su amada.
-... Mariano, Mariano.
Como así también los gritos de sus hijos.
Pateó la puerta con todas sus fuerzas, la abrió sacando un revolver col 38 largo.
Vio un gendarme queriendo agarrar a su mujer, con un certero disparo, le dio en la frente era el gendarme Federico amigo de la infancia de los dos.
-... Mariano miró a toda su familia.
-... Los hijos gritaron, papá.
Él miró a su Martita, ella con los ojos llenos de lágrimas le pidió perdón. No aguantó más. El odio se había acumulado dentro de su corazón, salió corriendo hacia la guardia allí estaban cuatro gendarmes más y el suboficial mayor, con extraordinaria rapidez, empezó a tirar tiros a toda persona que allí se encontraba.
El también recibió varios impactos de balas.
Los mató a todos.
Salió corriendo hacia la calle en busca del juez, llegó hasta la casa; lo encontró llorando como un cobarde.
-... Le pedía perdón por su familia.
-... Mariano levantó lentamente el revolver y le disparó a la cabeza.
Lentamente salió de aquella casa, llegando al medio de la calle cayó, la muerte se lo estaba llevando.
-... Corrí hacia él, lo tomé de la cabeza.
-... Él abrió lentamente los ojos y balbuceando, me dijo.
-... Padrino, ellos... me... mataron... ayer.
La Patinadora
(Cuento inédito)
6 de marzo, primer día de clase en todo el país. La escuela está radiante, está pintada de color blanco, la campana nueva, muchos chicos que ingresaban por primera vez.
Tomados de la mano de su madre ingresaban los chicos, también los padres y toda la familia acompañaban a los que, por primera vez, empezaban la escuela.
Pero ahí está ella con miedo, con sus ojos observa todo lo que ocurre a su alrededor, no quería soltarse del vestido de su madre, tenía miedo de quedar sola. Así pasó el primer día de escuela.
Los meses transcurrieron y la niña se acostumbró a la escuela, su maestra le tomó mucho cariño, su ser interior la hacía hermosa, su rostro parecía brillar de tanta pureza y la risa la hacía un ángel.
Cuando los mayores le preguntaban que quería ser de grande, ella contestaba -yo quiero patinar-. Sus padres la mandaron a practicar patín en el club, en poco tiempo ya andaba sola, la pasión y el amor que Leonela despertó por sus patines fue muy grande, apenas llegaba de la escuela a su casa se quería ir al club a practicar toda la tarde, hasta la noche.
Su maestro de patín no comprendía como un chico de tan poca edad, en tan poco tiempo de práctica, hiciera cosas extraordinarias. En la fiesta de fin de curso realizó su primera actuación, fue extraordinaria y aplaudida por toda la escuela. La estrella de Leonela empezó a brillar. Siguió practicando y al poco tiempo intervino en un certamen de chicos, ganó su primer copa.
Ingresó al valet, era la más chiquita; la agilidad, belleza y armonía en sus movimientos eran increíbles.
Los años fueron pasando, terminó la escuela primaria e ingresó a la secundaria junto con una cantidad de triunfos en el deporte; es conocida en distintos países como Brasil, Paraguay, Uruguay y Chile.
La hicieron bailar en los escenarios, más importantes maravillando a todo el mundo, fue aplaudida y victoriada. Las copas, trofeos y medallas adornaban las vitrinas y paredes de su casa. En el campeonato Sudamericano, la medalla de oro es para Leonela.
La niña contaba ya con 18 años, en el torneo Sudamericano que organizó Brasil ganó diez medallas de oro; el genio de los patines sobre ruedas, batió nuevos récords en velocidad. Diarios y revistas deportivas la entrevistaban. Sus fotos y su hermosura recorrían todo el mundo. La fama y el dinero comenzaron a acompañarla en su vida.
A los 20 años, se preparó para competir en las olimpiadas mundiales que se organizaban en la Argentina, el ángel que baila sobre patines, la más rápida del mundo, se llevo todas las medallas de oro.
Cuando Leonela cumple 23 años conoce a un deportista, se enamora, al año se casa y de ese matrimonio nacen dos hijos.
El matrimonio feliz decide pasar las vacaciones de invierno en Tierra del Fuego. Viajan en avión toda la familia y una niñera; al llegar alquilan un bungalow a 80 kilómetros de la ciudad; con todas las comodidades necesarias. La familia estaba feliz.
Una de esas noches, mientras todos dormían se escuchó el aullido de lobos, el marido de Leonela se despertó y se levantó, miró por la ventana y vio solamente nieve, nada más.
Al otro día el comentario fue con respecto a los aullidos de los lobos.
La niñera comentó que los lobos andaban en jaurías y cuando tenían hambre atacaban y mataban, conocía casos ocurridos en esos lugares. Leonela sintió un escalofrío, igual que su marido, los dos se miraron a los ojos y en forma telepática se tranquilizaron por la seguridad de la casa en donde vivían. El hombre salió y verificó cada puerta y ventana; se calmó cuando confirmó que todo estaba en orden.
Ese día la familia se encontraba muy a gusto, los nervios de a poco se habían calmado, debido a la tormenta de nieve ése día tampoco salieron a esquiar. Llegó la noche y el aullido de más lobos, la pareja no pudo dormir. Cuando llegó la claridad del día, Leonela se acercó a la ventana y los vio, eran como 15 lobos hambrientos,
el marido quiso llamar a la ciudad y el teléfono no funcionaba, intentó en varias oportunidades, el miedo atrapó a todos. Los lobos hambrientos rodeaban la casa como locos aullando de hambre, se peleaban entre ellos mostrando sus colmillos, con sus patas rasguñaban las paredes y las puertas.
Uno se tiró contra la ventana rompiendo el vidrio, el grito de Leonela fue terrible, el llanto de los chicos, el miedo de su marido y de la niñera.
La familia no podía comunicarse con la ciudad, estaban aislados totalmente y rodeados. Un lobo saltó por la ventana y logró entrar, el marido agarró un fierro para defenderse, recibió mordeduras por todo el cuerpo pero logró matarlo. Otro agarró a la niñera que intentaba defenderse con un palo pero le destrozó las manos y en pocos segundos la pobre infeliz murió.
Adentro de la casa ya había 5 lobos, el marido intuyó la muerte; le gritó - Salí, llévate a los niños por favor- el terror atrapó a la mujer que no quería dejar a su marido, no podía. Su amor por él era todo. Pensó en salvar a sus hijos, la vida o la muerte frente a la ferocidad de esos animales. Otro lobo estaba en la ventana mostrando sus inmensos colmillos llenos de sangre.
Leonela abrió la puerta para salir, levantó a sus hijos uno en cada brazo, en ese momento uno le es arrebatado mientras otro lobo lo destroza dándole muerte en un instante.
Leonela con su hijo en brazos corrió hundiéndose hasta las rodillas en la nieva. La muerte corría en su sangre, sus ojos rojos, la desesperación. El corazón dejó de latir. Los lobos sobre ella. Alzó la vista su último adiós. Ya no escuchaba nada. Todo el silencio del bosque, los aullidos de los lobos, el infinito, Dios.
Cuando de repente empezó a ver, a escuchar, las multitudes vitoreándola- Leonela,
Leonela, Leonela- las olimpiadas, carreras, correr y correr, las multitudes, las copas, las medallas, todos los campeonatos ganados. Vio en sus pies sus patines y corrió sobre la nieve. Corrió como lo hacía en las olimpiadas, con su hijo en brazos. Y corrió. Atrás quedaron los lobos, no podían alcanzarla. La campeona de velocidad en patines sobre ruedas corría, la multitud la vitoreaba, la aplaudían, gritaban su nombre -Leonela, Leonela, Leonela, - Ella corría, corría, kilómetro y kilómetro.
En la ciudad, en el hotel internacional, la gente se divertía adentro con bailes, de repente alguien miró a través del vidrio de la ventana y ahí estaba parada como una estatua, Leonela con su hijo en brazos.
La gente salió, la entraron en brazos, la sentaron. Ella siguió como paralítica, con los ojos abiertos y muda. Todos los presentes vieron en sus pies los patines de ruedas. Un médico la atendió y con sus manos aplaudió, cuando volvió a la realidad los patines con ruedas habían desaparecido.

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