Rodríguez Ortuño Valentín

                     Argentina

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de Rodríguez Ortuño Valentín


XLIBRIS

Aquella mañana de septiembre Alicia despertó con la sensación de que algo extraordinario ocurriría; la noche anterior se soñó desnuda, nadando en un mar de aguas transparentes y de agradable olor a lavanda, los peces que nadaban a su alrededor desplegaban ante sus ojos los más bellos colores, creando en el ambiente una sensación de paz y tranquilidad, en el horizonte onírico surgió un hermoso arco iris que al tocarle el vientre le producía una sensación de placer y un deseo incontenible de amar y ser amada. Nueve meses después de aquel extraño y hermoso sueño, tuvo que enfrentar las consecuencias de la entrega a un amor no convencional. 
Alicia Torre Blanca era una mujer casada amante de su familia y madre de dos hijos; no obstante sus embarazos y sus treinta años de edad, aún se conservaba bella, su piel apiñonada y tersa contrastaba con su bien torneado cuerpo que hacía suspirar hasta al más ecuánime de los mortales, sus ojos color almendra, su pelo azabache, sus labios carnosos y su voz dulce y sensual eran los atributos que enmarcaban un carácter afable. 
Las contracciones se sucedían como palpitar de corazón enamorado, en la sala de labor del hospital, Alicia soportó con resignación los síntomas del parto fortuito, jamás imaginado y menos aún, esperado. En su cara se posaba la incertidumbre e incredulidad del estudiante ante el examen sorpresa; cinco años antes le habían practicado la salpingoclasia y al marido la vasectomía; sin embargo, los síntomas de parturienta eran pruebas inequívocas de su preñez.
Por primera vez en su vida sintió temor de ser considerada por sus seres queridos una cualquiera, discípula de la infidelidad conyugal, lo que atormentó su pensamiento, obligándola a retroceder el tiempo más allá de su último orgasmo, donde las emociones de amor y deseo culminan en éxtasis, resultado de la conjugación de dos seres que se aman.
Aburrimiento de horas perdidas de un hogar sin problemas y ausente de creatividad en el amor, navegar durante años por el mar de la monotonía. Hastiada buscó nuevas posibilidades hacia otros océanos no explorados, pero inmersos en un ambiente de decencia y urbanidad. Sus pasos de hora sin prisa la condujeron hasta un modesto taller literario, donde los sueños se transformaban en palabras, los pensamientos en ideas y éstas en sentimientos y pasiones. 
"Yo se que estás,
en este mundo
esperando te encuentres,
nunca me has visto,
ni sabes mi suerte,
tu me conoces
tan sólo al soñar..." .
La música popular de aquel sábado de noviembre, transitaba por la calle inmune a la nostalgia de peatones desconocidos y ensimismados en sus problemas; el andar de Alicia la condujo al interior del centro cultural. Una amiga íntima le había recomendado integrarse en alguna actividad creativa en donde además de conocer a otras personas le permitiera salir de la monotonía que la ahogaba. La oportunidad se presento en el taller literario, en donde fue aceptada sin dificultad por el profesor Sócrates Machado y su grupo de estudiantes constituido por amas de casa, padres de familia y jóvenes universitarios, deseosos todos ellos de encontrar en la literatura el vehículo para expresar sus sentimientos más idealizados.
No solamente conoció a los inmortales de la literatura universal, sino que también, a nuevas promesas, entre las que destacaba Sergio Marente cuyos cuentos y poemas de amor eran leídos para el grupo por Sócrates. Nunca se supo con seguridad el por qué Sergio se mantuvo en el anonimato, si por timidez o exceso de excentricismo; que cada uno de los miembros del grupo, creó en su imaginación una idea distinta sobre el carácter y rasgos físicos del autor, basada en el contenido literario de su obra. 
La lectura de un cuento. La relación de amor y desamor de un escritor suicida y una dama ausente e indiferente a los sentimientos de él; hizo comprender a Alicia los anhelos y angustias por los que transitaba el autor, y la idea espontánea de solidarizarse con él, surgió de su conciencia, orillándola a escribir una carta. Además de felicitarlo por el magnifico material literario, lo alentaba a entablar una relación epistolar que, además de levantarle el animo, le permitieran mantener las ganas de vivir y amar esta vida de efímeras quimeras. Estampó su rubrica; como un detalle extra marcó la huella de sus labios. Sócrates, desde aquel instante se convertiría, sin buscarlo, en el mensajero de un incipiente idilio que con el tiempo se transformaría en el más grande y mágico amor.
El ultrasonido practicado a Alicia, no reveló la identidad del producto; el líquido amniótico no permitía observar el contenido de la cavidad uterina (inexplicablemente no era transparente), sólo el latido de un corazón hacía suponer que se trataba de algo vivo, pero misterioso.
Alicia jamás se dio cuenta en que momento sus cartas de amistad cruzaron la frontera hacia los terrenos amorosos, probablemente fue el resultado de su inquietud por despertar y experimentar el amor platónico que todos llevamos oculto en la prístina región de la glándula de los sentimientos. 
Las cartas de Sergio, tenían la virtud de modificar su texto de acuerdo al lector, en más de una ocasión fueron leídas por personas ajenas al destinatario, y, sin embargo, jamás revelaron la relación amorosa que se fraguaba.
Alicia leía las cartas en su espacio favorito dentro de su hogar: "el baño". Hábito que se había convertido en un ritual de sensualidad y misticismo. En la bata corta de seda, color malva, colocaba la carta en una de las bolsas laterales; el agua tibia y perfumada, la enorme tina de porcelana en forma de cisne heredada de algún ilustre ancestro; la ténue luz del sol crepuscular a las seis de la tarde filtraba sus oros por la ventana; la música, como elemento insustituible, melodías variadas que despertaban el deseo de amar. Deslizaba sus piernas al interior de la tina, tomaba la carta, se desprendía de la bata y cerrando los ojos imaginaba sumergirse en un mar en calma de algún lugar fantástico.
"Tal vez,
las mismas calles caminamos,
sin saber que nos amamos,
y que un día nuestras vidas se unirán.
Quizá, 
de un mismo sol nos alumbramos,
a un mismo Dios adoramos, 
y una misma estrella nos hace soñar...".
Olor a lavanda, poemas y canciones de amor, el contenido de las cartas. Con su desnudez a cuestas, leía cada oración, cada párrafo, cada sílaba con avidez de colegiala enamorada, antes que el agua cómplice y silenciosa deshiciera el papel entre sus dedos. En ese instante ocurría el prodigio: las letras, se escurrían para formar nuevos mensajes de amor en la superficie perfumada, haciéndola temblar de deseo y pasión. Pupilas dilatadas, ritmo cardiaco acelerado, pezones erguidos, clítoris erecto, jadeo constante hasta llegar a la culminación del placer.
La relación epistolar se prolongó por casi un año. Un día, consciente de su condición de mujer casada y madre de familia, decidió concluirla. Explicó a Sergio los motivos que la orillaban a tomar esa decisión: sentía temor del juicio inquisitivo de la sociedad hacia esa situación amorosa. Temor del escándalo capaz de quebrantar su aparente paz familiar; además, ella no deseaba que ese hermoso amor naufragara en las turbulentas aguas del tedio cotidiano y monótono de la costumbre. Al final pidió a Sergio cómo último favor, algo de él que pudiera conservar como prueba imborrable de su relación. 
Meses después, Alicia recibió contestación. Aquel primer sábado de septiembre aguardó con paciencia que el dial de su reloj anunciara las seis de la tarde, preparó su baño e inicio la lectura de la carta; en esta ocasión aparentemente no contenía ningún mensaje coherente que permitiera conocer el sentir de su amante de sábado, ella sólo veía un montón de letras sin ninguna secuencia lógica que completara alguna palabra. A punto de desecharla por considerarla una broma, ocurrió de nuevo el prodigio: el agua que escurría de sus manos mojó el papel perfumado de lavanda para disolverlo, ante sus ojos cada una de las letras se fue acomodando en la superficie, hasta formar el poema de amor más hermoso, nunca antes leído por ella.
Experimentó de inmediato y por última vez el placer sexual de anteriores ocasiones; la lectura del poema la transportó súbitamente al mundo de los sueños eróticos más allá del limite de la imaginación, en la frontera donde la excitación llega a la cúspide del clímax permitido sólo a algunos amantes. Después de expresar su mensaje secreto las letras, se transformaron en cardumen de placer, que eran atraídos por los rizos de los vellos púbicos, penetrando como avalancha por la vagina para alimentar a un vientre nunca antes satisfecho.
Todavía manifestando los efectos del gran placer experimentado. Alicia salió del baño arrastrando los pies, disfrutando los orgasmos múltiples que se resistían a abandonarla; su cara radiante reflejada en el espejo del tocador, era prueba objetiva de su felicidad; el recuerdo de Sergio desde ese día jamás la abandonaría, había quedado grabado para siempre en sus cromosomas.
El ginecólogo palpó la cavidad uterina de la paciente, determinó así, la cercanía del parto; ordenó a la enfermera suministrar medicamento en el suero conectado a Alicia, mientras él, con las manos, rompía la fuente. En su salida, el líquido amniótico dejó en la sala de labor un agradable y penetrante olor a lavanda. El médico realizo un nuevo tacto para determinar la dilatación uterina y la posición del producto; su cara de asombro denotó que no se trataba de un parto normal, de inmediato hizo trasladar a la paciente a la sala de expulsión.
Las lámparas inundaron con su luz la región pélvica de Alicia, quien, cerrando los ojos, se imaginó estar en una playa remota donde las preocupaciones son depredadas por las gaviotas, pero las contracciones cada vez más frecuentes y los dolores que las acompañaban la hicieron regresar a la realidad. El doctor, enfundado en su bata de cirugía, con voz suave le índico que pujara, ella obedeció, mientras una de las enfermeras le limpiaba el sudor y le ofrecía su mano para que descargara su tensión. 
El médico, con cara de incredulidad y asombro, mostró lo que durante nueve meses habitó en el vientre de Alicia: un primoroso libro finamente encuadernado, cuya pasta cambiaba de color de acuerdo al estado de animo de quien lo sostenía entre las manos.
Recostada en la cama de su habitación y luego de reponerse de la experiencia vivida, Alicia tomó con mucho amor el libro que acababa de parir, dándole un beso con ternura lo estrechó un instante; al revisar sus paginas, descubrió con agrado cada uno de los mensajes de amor plasmados en las cartas y vividos con intensidad por los actores. Era la historia documental del amor epistolar sabatino de dos amantes que en uno de los tantos rellanos de la vida, se dio tiempo para experimentar, avivar e inmortalizar uno de los sentimientos más deseado por la humanidad y pocas veces alcanzado hasta su máxima expresión. 

Valentín Rodríguez Ortuño Tuxtla Gutiérrez Chiapas, México Junio 17 de 1999 



La Tierra Prometida


Herario Ladrón de Guevara candidato a gobernador marchaba penosamente con su comitiva por senderos que fingían ser caminos; el sol mordía como perro rabioso a quien se aventuraba a salir de la protección del aire acondicionado de los vehículos de campaña. La polvareda que levantaban a su paso las camionetas, era la única señal de que se encontraban en movimiento, ya que el paisaje desolado y miserable por donde transitaban pareciera que lo hubieran calcado un millón de veces. Desde su refugio el candidato hacía planes con su jefe de campaña; sabía que las elecciones estarían sumamente reñidas y no sería nada fácil ganarse a los campesinos para que votaran por él. Su esperanza se cifrada en convencer a quienes les había dado tierras junto al mar cuando fue electo presidente municipal. De lo contrario la oposición que, de un tiempo a la fecha se había vuelto sumamente competitiva y convincente lo aplastaría fácilmente. 
 ¿Cuál es el programa para hoy? Preguntó el candidato a su asistente.
 De acuerdo a nuestra agenda de trabajo, señor, el día de hoy está programado así: para las 12 del día la visita a la localidad de Colina Verde en donde usted inaugurará un puente; para las 2 de la tarde colocará la primera piedra de la Universidad Rural Agropecuaria en el poblado Linda Primavera y a las 4 de la tarde llegaremos a Playa Encantada en donde notificará a los campesinos del crédito bancario para el desarrollo de actividades ganaderas; en este lugar pernoctaremos para continuar nuestra gira el día de mañana. Se espera reunir en cada una de las localidades de 400 a 600 campesinos con sus respectivas familias.
 Muy bien secretario, espero que estos cochambrosos se acuerden de las gestiones que hice por ellos cuando fui presidente municipal. 
La comitiva continuaba su marcha por el sendero que corría paralelo a la orilla del mar. El polvo se hacía tan pegajoso como la propaganda que al paso de la caravana, parecía estar soldada a cada poste y en los escasos árboles del camino. El mar con su retumbar impresionante daba la bienvenida a los visitantes en el primer poblado. A recibirlos sólo acudió la brisa de salitre que, como lengua de fuego, casi derrite las gafas obscuras del candidato, quien, colocándose en pose de redentor de los pobres y prócer de los desposeídos, había mostrado su humanidad por el quemacocos de su elegante camioneta. El panorama era desolador, un puñado de casas de varas y palma en medio de una terrible tolvanera bajo un cielo de plomo fue todo lo que encontró. A un costado del llamado camino principal, un descolorido letrero metálico superviviente de la intemperie e insolación, revelaba con cierta dificultad el nombre del poblado: Colina Verde; curiosamente lo único verde en aquel lugar eran los carteles con la fotografía del candidato en actitud sonriente como burlándose de la pobreza. 
La caravana avanzó hacia el centro del poblado donde encontró un magnifico puente adornado con un hermoso listón rojo; su equipo de avanzada chorreando sudor por todos los poros, esperaba al candidato. El vehículo del político al detener su marcha cubrió de polvo a la gente que como perro fiel aguardaba su llegada.
 ¿Qué pasó aquí? Exclamó el candidato con voz colérica.
 No sabemos nada señor, desde que llegamos no hemos visto a nadie; hasta parece pueblo fantasma; la parvada de zanates que están en las dunas es todo lo que hemos observado con movimiento; en las casas aún se encuentran las pertenencias de la gente, que no sabemos dónde se ha ido, contestó el responsable de la comitiva.
-¡Ingratos! ¡Gente mal agradecida! Después del trabajo que me ha costado que les construyan un puente, ¿y todo para qué? Para que se larguen el día que vengo a inaugurar con ellos esta magnifica obra de ingeniería. 
 Señor, permítame hacerle una observación con todo respeto. Creo que esta gente no es un puente lo que necesitan, pienso que es tierra para sembrar. Y digo tierra, no este montón de dunas donde lo único que crece son esos matorrales atragantados de sol y polvo. Además, mirando bien la cosa, si tan siquiera tuvieran un arroyo a la mejor se justificaría el puente pero ni eso tienen, comentó el responsable de la avanzada.
Con voz incrédula por las observaciones de su lacayo respondió el político:  ¿Dudas acaso de mi buen juicio y mi hambre de servicio? ¿Dudas de mis capacidades de gestión? Si bien este pueblo rascuache no tiene río, te aseguro que si llegó a gobernador del estado estos infelices y malagradecidos tendrán un río para ellos sólitos y así poder usar su puente, de algo han de servir mis gestiones ante la comisión nacional del agua, y si esto me fallara ya estoy apalabrado con un chamán que me garantiza hace llover de manera abundante; te apuesto que, con su sola presencia, haría tanta lluvia para que estos indios utilizaran su puente. Por dudar de mis capacidades date por despedido, no quiero entre mis filas perros que le muerdan la mano a su amo; Chofer, continuemos con la gira.
La caravana continúo su marcha levantando polvo a su paso como modernos Atilas; el paisaje se tornaba más mísero y solitario que nunca, sólo la parvada de zanates se resistía a abandonar aquellos patéticos parajes. Al llegar al segundo poblado la historia se repitió: los habitantes, por alguna extraña razón, habían desaparecido sin dejar rastro. A un costado del poblado se encontraba la gente de avanzada custodiando una enorme roca de basalto que, simbólicamente el candidato colocaría para que diera inicio la construcción de la Universidad Rural Agropecuaria, en un pueblo que ni a escuela primaria llegaba. Con la cara amorcillada de coraje, el político ordenó a su chofer que continuara hacia el próximo poblado: Playa Encantada.
En Playa Encantada, su gente lo esperaba en la orilla del mar debido a que en este poblado sólo arena y mar lo constituían. Al percatarse del nulo poder de convocatoria, el político dijo a su secretario: Maldita gente, no saben valorar mi trabajo, hoy que les traigo noticias sobre el crédito ganadero que les han concedido resulta que desaparecen como el presupuesto del erario público.  Permítame hacerle una observación con todo respeto, dijo el secretario : A esta gente no le hubiera servido de nada el crédito, hasta donde la vista me alcanza no veo ningún lugar donde puedan establecer potreros, sólo mar y arena poseen estos infelices, de otorgarles el crédito, no sé ¿Donde iban a meter las vacas?.  ¿Por qué eres tan ciego como estos cochambrosos? Sé que no tienen terrenos para agostadero pero tienen mucho mar, el crédito es para que compren vacas marinas, del ingenio de estos ingratos dependerá el progreso de ellos. Junto a las olas que como arietes bíblicos retumbaban en la arena; los rollos de alambres de púas que el político obsequiaría a los campesinos para que construyeran los corrales de las vacas marinas, poco a poco se iban cubriendo por una marea turbia. 
Al ver los nefastos resultados de su campaña proselitista el candidato preguntó a su secretario:  ¿Te acuerdas de los últimos revoltosos a los que les dimos tierra? ¿Cómo se llama su comunidad? 
 Emiliano Zapata, señor, tiene una extensión de 1,500 hectáreas entre terrenos de manglar y dunas costeras.
Con voz autoritaria y desesperada el candidato ordenó al chofer dirigirse a la comunidad mencionada. Los vehículos de la comitiva siguieron la camioneta de su amo hasta llegar al poblado. Las calles, casas y escuelas se encontraban vacías; ni una sola alma que, siquiera por curiosidad, se dignara recibirlos. Un miembro de la comitiva con el dedo apuntando hacia el mar dijo:  ¡Señor! Por allá se ve algo, desde aquí puedo ver cómo el viento juega con su camisa. 
La caravana en pleno siguió la camioneta del candidato hacia el pequeño bulto que destacaba en la playa; al llegar, el político no tuvo reparo en ensuciar su costoso calzado de piel de rinoceronte negro para acercarse hasta un viejo que, con el agua hasta las rodillas agitaba su rojo paliacate como despidiendo a alguien. 
 ¿Qué estas haciendo aquí? Preguntó.
 Despidiendo a mi gente contestó el anciano asomando unos amarillentos dientes carcomidos por el salitre.
 ¿Cómo que su gente? ¿Dónde han ido todos, dónde está el pueblo entero?
 Se acaban de ir a la tierra prometida.
 ¿Acaso está borracho? ¿ Qué es esa vacilada de la tierra prometida?
 Verá usted señor, cuando nos dieron estas tierras para formar nuestro ejido, nos dijeron que eran buenas para trabajar, con engaños nos montaron en un camión y nos vinieron a tirar aquí como si fuéramos basura o estuviéramos apestados. Es cierto, nos dieron mucho terreno, 1,500 hectáreas para ser precisos, lo malo del asunto es que son terrenos de manglar y dunas donde no se puede sembrar ni maíz ni frijol; para apaciguar el hambre quisimos pescar pero nosotros no sabíamos de esas artes pues, como se podrá dar cuenta, toda nuestra vida la hemos pasado en el campo cultivando nuestro sustento. Regresarnos para nuestro pueblo no podíamos, estamos muy lejos de la carretera y no teníamos ni coches ni caballos para viajar; como quiera, levantamos nuestras casitas y en nuestros solarcitos nos pusimos a sembrar maíz y frijolito tratando de que rindiera la poquita tierra que medianamente existía entre tanto terrenal inservible; hay tan poca tierra que, a los difuntos, los tuvimos que echar al mar amarrados con piedras, pero como usted se dará cuenta, el mar es bastante bronco por esta parte y nos devolvía a cada rato a nuestros muertos, la playa amanecía blanqueada de tanto hueso y mortaja que decidimos enterrarlos en la playa, pero la marea se encargaba de desenterrarlos, así que se pensó por poner a los difuntos en balsas para mantenerlos flotando hasta que el salitre y el sol los deshiciera. Hoy en la mañanita antes de que pegara con fuerza el sol nos despertó el silbato de un barco; cual más salió a la playa para ver quién era; todos quedamos sorprendidos al ver por donde se junta el mar con el cielo, un enorme barco blanco como la pureza, de él. Bajó un capitán con elegante uniforme: blanco como una paloma; en las manos traía su miralejos; nos dijo que se dirigía hacia la tierra prometida, un lugar en donde nadie es más que otro, donde no existen ni pleitos, ni envidias, ni partidos políticos, ni políticos embaucadores y ladrones. Además en ese lugar hay campo de sobra para que labore cada cual de acuerdo a su oficio. Todos los del pueblo viéndole los ojos al capitán supieron que decía la verdad; su mirada infundía tranquilidad y respeto y su voz transmitía verdad de hombre cabal, así que todos se subieron al barco hacia la tierra prometida.
 Y tú ¿por qué no fuiste con ellos?
 Porque yo ya estoy muerto. De la emoción se me descompuso la máquina de los suspiros y los amores; pero no estoy triste, al contrario, estoy feliz por ellos y por mí. Antes de que se fueran me dieron cristiana sepultura en la tierrita que se ocupaba para el cultivo; como puede ver, yo también ya tengo tierra para mí sólito. Concluyó el viejo antes de desvanecerse con la brisa que empezaba a arreciar.
El político, con el agua hasta la cintura, vio hacia el horizonte donde un hermoso barco blanco, rodeado de un aura de luz, surcaba por aguas tranquilas en ese turbulento mar. También pudo ver antes de quedarse sólo, cómo su gente (incluso el secretario), luchaba a brazo partido contra un mar embravecido y bestial para alcanzar a la nave que, como una promesa, los llevaría también hasta la tierra prometida. 

Valentín Rodríguez Ortuño Acapetahua Chiapas, México a 3 de abril de 2000.


 



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