|
de Wagner Celia
Tiempo de Fresas
"En el espejo hay otro que acecha"
Jorge Luis Borges, 1981.
Juanita Avertür se levantó muy temprano, justo cuando amanecía.
Bajó cuidadosamente de la cama, tratando de no hacer el menor
ruido; no quiere despertar a Paulina, la señora que la acompaña
mientras no están sus padres. Es muy buena con ella, pero
no la deja salir sola, y menos a esa hora. Quiere cortar fresas
maduras para su mamá porque está segura de que volverá en
esos días y le encantan las fresas y cómo se pondrá de contenta
cuando le entregue una cestita llena.
Juanita vive en Suiza, en un poblado del cantón de Basilea,
de modo que todo lo que piensa y dice lo hace en alemán, ya
que no sabe otro idioma; le contaron que antes sí hablaba
otro, pero lo ha olvidado. Es delgada y no muy alta, con ojos
chispeantes y boca siempre dispuesta a la risa. Está orgullosa
de su cabello, de un color cobre dorado que reluce cuando
la luz lo toca. Lo prefiere suelto, pero se lo recoge en una
trenza que enrosca en la nuca o alrededor de la cabeza. Paulina
quiere cortárselo, afirma que es más cómodo. No la dejará.
Se ha puesto un vestido azul oscuro con florcitas blancas,
lleva las zapatillas en una mano y camina de puntitas hacia
el baño. Se lava rápidamente, se acomoda la trenza, sin mirarse
en el espejo y sin encender la luz. Se calza y se dirige a
la cocina para buscar una cesta. Después saldrá a la galería
y se escabullirá de la casa por la puerta que da al jardín.
Tropieza con una silla y permanece un rato inmóvil. Si Paulina
alcanzó a oírla estará esperándola y la llevará a la cama,
como le pasó ayer y antes de ayer. Pero hoy no la oirá. Sonríe
y le brillan los ojos pensando que pronto estará afuera. Qué
pena que sea tan temprano, porque no podrá ver a Juan, el
hijo del herrero, que trabaja en el taller de su padre, pero
aún no han abierto. Le gusta Juan y a Juan le gusta ella.
Es alto, rubio y de hombros anchos; todos se ríen porque tienen
el mismo nombre y les dicen los Juanitos. Hace poco la abrazó
por primera vez y se sintió pequeña, pequeñita, en el enorme
pecho; se sonroja pensando en el olor de su piel, un olor
que no puede definir pero quisiera percibir toda la vida.
No la ha oído. Saca la cesta que guardan en el armario sin
mirarse las manos. No le agradan sus manos, realmente no le
agradan, hasta le parece que no son las suyas. Tampoco le
agradan sus pies. Sale a la galería y se demora un instante
contemplando las plantas y escuchando los pájaros que saludan
los primeros rayos del sol. No hay tiempo para detenerse y
avanza sigilosa. Va tan ensimismada que no distingue la figura
de Paulina envuelta en un largo batón, parada junto al portoncito;
la ve cuando casi tropieza con ella. Trata inútilmente de
esconder la cestita. Paulina no está enojada pero hace un
movimiento con la cabeza como diciendo Otra vez, Juanita.
Le rodea los hombros con su brazo y regresan juntas a tomar
un buen desayuno. Después empieza a hablarle de la fiesta
de cumpleaños; una fiesta muy grande que harán muy pronto
le dijo Paulina hace un tiempo -no sabe bien cuándo- porque
cumplirá noventa y cinco años. Como no le creyó, la llevó
frente a un objeto que se llama espejo y le mostró la cara
que había en él e insistió en que era la suya. Le contó muchas
cosas que habían pasado, que le habían pasado justamente a
ella,
a Juanita Avertür, y agregó que no tenía que salir más a buscar
fresas porque eso era algo de antes.
Es malvado el espejo, afirman que refleja a las personas como
son pero no es verdad no puede ser verdad porque ella no es
esa mujer con el rostro arrugado que está encerrada ahí, es
Juanita Avertür y tiene quince años y su piel es blanca y
suave y lloró con desconsuelo y entonces Paulina la abrazó
y lloró también y le dijo que no importaba que ella podía
ser como quisiera que después de todo tenía derecho y no comprendió
pero contestó Bueno y sonrió porque Paulina no es mala el
malvado es el espejo.
Para qué quiere una fiesta de cumpleaños si no van a estar
sus padres, ni sus amigos, ni Juan, el hijo del herrero, sino
esa gente que viene a veces y según ellos son sus hijos nietos
y bisnietos y no los entiende, salvo a Paulina, Rosita, Flora
y Ricardo, porque hablan en un idioma que no sabe pero parece
que antes sabía. Antes, ¿cuándo? Antes es una palabra llena
de misterio. Parece que antes ella se casó con Juan y se fueron
a vivir a la Argentina en una ciudad que se llama Esperanza
y tuvieron esos hijos nietos y bisnietos que no conoce y lo
peor es que sus padres y Juan murieron, sostienen que hace
mucho. Pero ella no se acuerda.
Le teme al antes, le teme porque sucede que ha devorado una
parte de su vida; cuando lo pronuncian tiembla: seguro que
se referirán a algo que no podrá recordar, algo que se ha
deslizado para siempre en ese enorme tubo oscuro por donde
se escapa todo -¿un agujero negro?- o casi todo. Porque ella
recuerda. Recuerda a Juan, que está bien vivo, sus brazos,
el olor de su piel, su ternura, su fuerza; recuerda a los
padres, la muerte del hermano, la nieve temprana sobre los
árboles todavía amarillos, aferrados al otoño, las masitas
de especias con forma de muñecos, abetos y estrellas que la
madre hornea para Navidad, el crepitar de los leños en la
chimenea, los villancicos, el sabor de las castañas asadas,
el pueblo, la aguda torre de la capilla, los bosques, los
campos, las fresas... Recuerda, claro que recuerda.
Todo esto y tal vez mucho más pasa por la cabeza de Juana
Avertür -que no sabe uno de cuánto es capaz la mente humana-,
mientras regresa a la cocina con la cesta vacía.
Paulina se pone a preparar el café y la habitación se inunda
con su aroma. Cuando está listo le sirve a su madre un tazón
humeante, con leche, y tostadas recién hechas. Juana muerde
la primera, que hace un crujido delicioso. Un hilito de mermelada
cae sobre el mantel, lo recoge con el dedo índice de la mano
derecha y lo pone sobre los labios -¡es tan rica la mermelada
de higos que hace Paulina!-.
Sonríe apenitas pensando en las fresas rojas cubiertas de
diminutas gotas de rocío que juntará el día siguiente, porque
al día siguiente, está convencida, no despertará a Paulina.
Y al tiempo que sonríe, mira a los ojos de su hija que le
acaricia suavemente los cabellos. La mira y le dice:
- Sabés, Paulina, es tiempo de fresas.

Volver
a Ateneo de las Letras
Volver a textos
|