Bolis Wilson Matías

                     Argentina

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de Bolis Wilson Matías

El laberinto de papel

El 24 de noviembre de 1981 Martín Massa estaba en la antigua casa de San Telmo. La vieja casona de la calle Defensa, entre México y Chile, poseía la magia de haber sido golpeada por los años. Años turbulentos y años de quietud. El silencio dejaba penetrarse en los pequeños crujidos que provenían del latir del corazón de la madera agotada.

El viejo Lorenzo caminó desde su habitación, entre los sonidos de la madera ya desgastada y algo húmeda, hasta la sala principal. Detrás de él venía Martín, siguiendo sus lentos pasos. Doblaron a la derecha y tomaron por un pasillo que se extendía en unos diez metros. Al final se encontraba la biblioteca, y por supuesto en ella, cuidadosa y añejamente guardado estaba el libro que Martín había buscado durante tantos años, El laberinto de papel.

La biblioteca, desproporcionada con respecto al resto de la vieja casona, resguardaba del paso del olvido a unos mil quinientos libros, muchos de los cuales eran ejemplares de entre algunos pocos en todo el mundo. El viejo Lorenzo entró primero, y casi ritualmente lo siguió Martín. Caminó con cierta pasividad hacia una de las esquinas del recinto y tomó una escalera de biblioteca. La movió a través de los pequeños corredores que existían entre las estanterías. Se detuvo en una donde colocó la escalera y se aprestó a subir. Martín sintió ese momento indefinidamente interminable. Lorenzo tomó el libro con sus manos huesudas y manchadas de años de vida. De pronto, el viejo libro pareció deslizarse de entre sus dedos. Al ver ésto, Martín se arrojó desesperadamente para intentar contenerlo, pero no, no pudo. El libro golpeó contra el piso, casi en las manos de Martín, que ya tendido, había apenas rozado sus dedos con el desgastado lomo marrón. Martín quedó mirando el libro, abierto en unas páginas de la segunda mitad, donde había quedado.
II
Todo está oscuro, todo se ha transformado y la conciencia de Martín se resiste a reconocerlo. El reflejo de un fuego intenso y lejano lo ilumina desde atrás. Martín intenta inútilmente despabilarse. Casi instintivamente comienza a correr en la dirección opuesta al resplandor. Hay algo de frío húmedo en el ambiente. Sus pasos rebotan en paredes lejanas pero no inalcanzables, entremezclándose con los chisporroteos de la pequeña capa de agua debajo de sus pies. A medida que avanza los ecos comienzan a acercarse más y más. Martín tiene toda la sensación de estar en un embudo. Todavía resuenan en su mente imágenes del viejo Lorenzo; en realidad cree (o mejor, intuye) que adelante tendrá momentos de meditación para unir las imágenes precededentes. Pero en este instante sólo sus instintos lo guían a alejarse del resplandor.

Martín ha llegado, al fin, a una especie de túnel oscuro, tan oscuro como antes, tan húmedo y silencioso como antes... Se calma un poco. Sus pasos se vuelven más espaciados en el tiempo. Su respiración y los latidos del corazón colman ahora el ambiente. Toca las paredes. Parecen de granito, o algo parecido a los adoquines de las calles de Buenos Aires. Intenta guiarse lentamente por las paredes del túnel; sus manos pueden apoyarse a la vez en ambos muros sin esfuerzo. Siente que ya ha caminado durante horas. Lentamente el sonido del agua bajo sus pies va desapareciendo. Su sentido de orientación le indica que está girando levemente a la derecha. Ahora sí, definitivamente una curva quebrada lo obliga a caminar hacia su izquierda. Sigue caminando al frente hasta que encuentra un nuevo desvío hacia su derecha. Comienza a sentir claustrofobia, el aire es denso y pesado. Lo inquieta aún más el sofocante olor a ungüento quemado. Cae. Cae inesperadamente. Su cuerpo está tendido en el suelo barroso; frente a él una antorcha encendida resplandece el hilo de sangre que cae de su boca. La escalera lo sorprendió al final de la curva. Los cinco metros los sentía en las rodillas que habían golpeado los siete escalones. Se quedó un momento tendido como estaba, quieto, sin moverse. En el silencio de la penumbra lloró.

Despertó una vez más en la oscuridad. Y tuvo por un momento la vaga esperanza de un sueño. Pero sabemos bien que la esperanza es una tenaz agonía, que termina deshaciendo la hilacha de nuestras imágenes más puras. Pero lentamente ahora comienza a volver a su inevitable y angustiosa realidad. Intenta perdidamente y sin sentido reconstruir algunos pasos previos al presente. Recuerda lentamente el golpe. Recuerda también la antorcha de paño encendida. Se figura el resplandor y la cara lejana como nunca del viejo Lorenzo, casi ajeno, pero que le sirve de refugio en este momento inagotablemente aterrador. Siente cercano el olor del aceite, y comienza entonces a arrastrarse buscando aquella antorcha. De pronto un chillido lo aquieta. Siente el peso de la rata caminando por su torso, por sus piernas; siente como se va. Por un momento razona que si hay una probablemente haya miles, y que esta exploradora seguramente les avisará a otras acerca de su fluyente torrente sanguíneo. Comienza a gatear. Ya siente un millar de dientes clavándose en sus huesos, millones de incisivos despedazando su piel. Las puntas de sus dedos rozan el palo clavado en el barro del suelo. Poniéndose de pie busca desesperadamente en su pantalón sucio y roto por el golpe, su encendedor de bencina, pero cuando logra sacarlo se resbala y cae al vacío de la oscuridad. Una rata le sube a la pierna y siente como comienza a roer su pantalón. Busca en un acto dominado por el terror su encendedor. Por fin el resplandor de la antorcha le deja ver la rata. Sacude con fuerza su pierna y la rata se incrusta contra uno de los muros. La sangre mancha su cara, a la vez que una sensación de alivio reaviva el fuego de la calma en sus latidos. Pero mil latidos infinitamente más pequeños, más agitados y tenebrosos colman el ambiente. Ejército de visitantes nocturnos, dueños de la noche y de lo oculto. Borrascosas vidas impulsadas por el hambre de la supervivencia. Casi igual a cualquier otra vida.
III
A juzgar por el largo de su barba han pasado cinco o seis semanas. Tramo de tiempo atravesado por el andar descabellado entre las bifurcaciones de túneles y túneles. Pasaje en la historia de Martín donde la importancia de alimentarse de ratas o de estar sucio de sus propias defecaciones queda bajo el manto de la supervivencia. Instinto que se recorta en la suprema fantasía de buscar una respuesta al por qué. Su soledad se está convirtiendo en locura. Además Martín repasa una y otra vez, en su dubitativa y frágil existencia el hecho de no saber si ha tomado los caminos correctos o no; si ha hecho bien en tomar el camino de la derecha en vez del de la izquierda. ¿Y si era realmente el camino, o mejor, la combinación de bifurcaciones correctas para llegar a la salida del tenebroso juego la que dejó de tomar? Interminable duda que aparece también en forma onírica en sus momentos de letargo. Pero hay algo que lo afecta casi tanto como ésto: la temporalidad de su existencia está a punto de desaparecer. El ritmo de sus días lo marca su propia vida, dirigida por el sin cesar cambiar de su organismo, que quizás se haya ya convertido en algo monótono; todo el tiempo parece un mismo instante.

Sentado al costado del angosto pasadizo, se detiene por primera vez en los detalles de la construcción de los muros. Parecen como adoquines insertados en paredes de tierra, como si su función específica fuese la de sostener la masa barrosa. No todos son de granito, algunos son de madera; probablemente los crujidos, parecidos a los de una pequeña embarcación, que se escuchan por instantes pertenezcan a estos trozos de madera semipodrida. Calcula que deben de haber pasado siete semanas, que las siente como toda su vida. Ya estuvo sentado ahí por más de catorce horas, casi sin moverse. Estuvo repasando su anterior vida (ya que radicalmente ésta constituye una escisión). Contemplaba vagamente recuerdos tan lejanos como él mismo. Creía aún poder despertar de aquella pesadilla, de aquel incontrolable acto de violencia, de aquel "injusto rapto", como llegó a pensar en su viaje meditabundo. Volvía a vivir en su alma a aquellas mujeres, ¡sus mujeres!. Pensó también en las estupideces que hacían con sus amigos cuando iban a la primaria; hasta soltó una larga risotada cuando se acordaba de la maestra Marta, una peculiar maestra suplente de cuarto grado a la que habían llevado casi a la locura. "...casi a la locura", repetía en un eco que transformaba toda realidad. Recordaba notablemente a toda su familia, recordaba a esa gente que había amado y que lo habían amado. Así fue levantando el muro que lo alejaría de la realidad, de esa oscura realidad, transformada ahora. Pensó por un momento en dejarse morir; convertirse por fin en el alimento de su alimento.

¿Por qué mierda estaré acá, digo yo?. Lorenzo... ¿Dónde estás Lorenzo, dónde me dejaste? Tu casa. Hermoso lugar de encuentros inolvidables. De noches de mates cebados en la amarga oscuridad de inciertas e inalcanzables metas perdidas en horizontes lejanos. Ahora estoy solo. No sé adónde voy. Lorenzo... viejo, ¿me estarás escuchando?... ¿o estás también en uno de estos túneles de piedra y de silencio? Anoche tuve un sueño, sabés. Veía este infierno como desde afuera. Me veía a mí mismo como otro. Porque no importa qué bifurcación mirara, ahí siempre estaba yo caminando, buscando la salida. En algún pasaje estaba triste; en otro corría desesperadamente; en algún otro agonizaba entre ratas de mierda (como me gustaría estar ahora). Pero no era yo, sabés. No, no era. Había millones y millones... y yo los veía a todos. Pero de pronto, volví a donde estoy ahora, sabés Lorenzo. No quise, pero volví.
IV
Día y medio caminando. Todavía se pregunta por qué no se habrá quedado sentado allá. Seguramente las ratas ya lo habrían devorado. Una hora y media desde la última curva. Camina a oscuras desde que la piel de rata que había puesto a quemar en la antorcha terminó por extinguirse. Camina ahora con el paso errante, sonámbulo pero agitado. Quiere morir. Piensa que tal vez ya está muerto y que, de ser así, ya nunca podría librarse de su entonces eterna pesadilla. Pero conjetura que morir nunca podría ser algo tan real. Evidentemente la vida lo ha traicionado; el mundo simplemente desapareció. Alguien, alguna fuerza magistral convirtió su existencia en el infierno menos soñado. Dios es un sutil monstruo; un cobarde que no tiene coraje de presentarse ante él. O tal vez se trate de dioses malos de menores jerarquías que han decidido definitivamente jugar, así, de un modo tan bajo, tan oscuro. Pero el canto de dioses se puede transformar en un suplicio aún más doloroso cuando es eterno. Sigue con el paso agitado, va trastabillando. Quiere morir. Desearía desaparecer en un recuerdo sutil de existencia. Quiere escapar de la cantidad infinita de posibilidades. El camino sigue recto. Hasta que por fin sus manos se topan con una pared.

El camino bifurca hacia ambos lados. Martín piensa que alguno de los dos lo sacará del laberinto. Toma lentamente el de la derecha. Está oscuro, todo está muy oscuro. Se topa con una escalera. Comienza a subir despacio, lentamente. A medida que va subiendo, va sintiendo un sutil pero perceptible cambio. Ahora puede escuchar el rechinar de la madera vieja y algo húmeda. Puede ver al fin, ya casi encima suyo, una tapa de madera. Entre algunas de sus endijas logran escabullirse gotas de pálida luz. Está salvado.
V
En forma muy espaciada en el tiempo fue levantando la tapa de madera. Entre la visión que se iba abriendo pudo distinguir los libros, las estanterías. Estaba atónito. Terminó por fin de abrir la tapa y entró al recinto. No podía entenderlo. Primero pensó en un sueño, en una alucinación, pero todo había estado irrigado por la sangre de la realidad. Era la biblioteca del viejo Lorenzo. Pudo ver en un calendario el número veinticuatro. Su asombro quebrantaba el espacio interno. Caminó por uno de los pasillos de entre las estanterías. Dobló a la izquierda, hizo unos pasos y volvió a doblar a la izquierda. Ahí lo vio al viejo subido a la escalera. Tomaba uno de los libros de la estantería. De pronto, el viejo libro pareció deslizarse de entre sus dedos. Al ver ésto, Martín se arrojó instintivamente para intentar contenerlo pero no, no pudo. El libro golpeó contra el piso, casi en las manos de Martín, que ya tendido, había apenas rozado sus dedos con el desgastado lomo marrón. Martín quedó mirando el libro, abierto en unas páginas de la segunda mitad, donde había quedado.
VI
Todo está oscuro, todo se ha transformado y la conciencia de Martín se resiste a reconocerlo. El reflejo de un fuego intenso y lejano lo ilumina desde atrás. El fuego de una biblioteca que se quema y muere en el seno de la alianza entre lo eterno y lo incomprensible. Martín comienza a correr. Corre desesperadamente. Pero la resignación de lo eterno e inmutable acongojan su alma, porque ya conoce el final. Porque ya conoce el destino inescapable. Y porque el dolor de lo incomprensible incrusta unas lágrimas de desierto en su ser.


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