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de Yarde Estela
Secretos
de un Pasado
Camina por las calles de San Telmo sin saber siquiera por
qué. Nunca le gustaron las antigüedades, pero despertó sintiendo
que solamente allí, podría encontrar el mueble ideal para
el último rincón vacío de su nueva casa.
Las veredas angostas y rotas la hicieron maldecir varias veces,
también el frío y tener que llevar abierto el paraguas, ayuda
a que se sienta molesta.
En un barcito, se reconforta con un chocolate caliente y un
trozo de pastel de manzana.-"El lugar se ve bonito, a pesar
de tanta cosa vieja"- piensa, mirando a su alrededor: "Quizá
tendría que haber comprado éste tipo de muebles para mi casa,
pero me resisto a la oscuridad de su estilo, la solemnidad
no va conmigo.
El chalet será de la época colonial, pero yo soy bien moderna,
el mimbre y el algarrobo le va de maravillas, realmente, no
sé qué tontería me trajo a tomar frío en una tarde semejante".
Paga su consumición, y sale decidida a tomar un taxi. La lluvia,
ahora es una garúa que llevada por el viento hace que el paraguas
sea inservible. Hace señas a cada taxi que pasa, pero el clima
quiere que vayan ocupados. Decide ir hasta la esquina para
tener más posibilidades, desde la semi penumbra de un comercio,
un mueble llama su atención.
Un cartelito colgado anuncia "cerrado", la mujer aprieta su
nariz contra el vidrio de la puerta, tratando ver mejor el
artículo que llamó su atención, entonces ve, tras un mostrador,
que alguien la observa. Se anima a golpear, esperando ser
atendida, pero la persona continúa sin inmutarse, semi oculta
por una antigua máquina registradora.
Vuelve a insistir, esta vez la figura emerge de la oscuridad
de su rincón, se acerca sin prisa a la puerta.
-¿Qué busca? No ve el cartel. Está cerrado- Quien le habla,
es un anciano de barba blanca, con una notoria giba.
-Disculpe. ¿Sería tan amable de atenderme, o al menos informarme
sobre el mueblecito aquel?- le dice, señalando hacia su derecha.
-Pase otro día, le repito que está cerrado. Cuando oscurece,
cierro.- El viejo comienza a replegarse, la lluvia ahora es
copiosa y algunos relámpagos iluminan el interior del local,
mostrando restos inanimados del pasado. La mujer se empecina
en hacerse atender, siente que no debe irse sin ver de cerca
el mueble que duerme en el lúgubre local. Esta vez golpea
con más fuerza y casi grita:
-¡No se vaya!- No puedo volver otro día, vivo muy lejos.-
El hombre sigue su camino. La mujer se siente vencida, va
a retirarse, cuando una tenue luz se enciende, el hombre regresa
con un manojo de llaves.
-Pase, y agradezca a la lluvia, en otras circunstancias no
le abro.- Le tiró las palabras de mala manera, casi sin mirarla.
Entra, el olor a tierra y humedad le desagrada, pero se siente
satisfecha, ha logrado ser atendida.
-¿Cuál mueble me señaló?-
-El que está contra la pared, detrás de la mesa tallada.-
-¡Ah! El secreter... Es una pieza muy antigua, la madera está
buena, pero hay que hacerle algunos arreglos. El anciano de
la giba comienza a correr la mesa que los separa del objeto,
mientras ella casi sin escucharlo, esquivando figuras de bronce,
lámparas de pie y otras cosas, se apura a llegar hasta el
mueblecito.
Abre los cajones, la tapa escritorio, y siente una tibieza
especial, a pesar de estar mojada y de lo frío del lugar.
-La "Zorrita" no se va si no se lleva el silloncito que la
acompaña y la lámpara. Vino todo junto, y todo junto se va.-
-Llevo todo. ¿Me lo puede enviar?-
-Si paga, se lo mando.- Contesta el comerciante, mientras
cuelga de la delicada llavecita el cartel de "vendido".
La casa colonial, con jardines que bajan hasta el río, muestra
una actividad continua. Su nueva dueña, Raquel Chavez Del
Soler, personalmente recibe los camiones de la mudanza. Ansiosa,
dando órdenes precisas, distribuye los bultos.
Casi al caer el sol, llega un viejo rastrojero trayendo su
compra hecha en San Telmo.Con una alegría que no puede comprender,
pide se la coloquen en la salita destinada a su taller de
trabajo. El lugar, recibe desde un amplio ventanal con vista
al río, las últimas luces de un bello atardecer.
Después de varios días de ajetreo, la casa está en condiciones
de ser vivida.
"Ha quedado hermosa, mi sueño se ha hecho realidad."- piensa
la mujer de mediana edad, figura algo obesa y delicadas facciones,
mientras se deleita con un té de hierbas, que perfuma el ambiente.
"A retomar el ritmo de tu vida Raquelita. La paleta, los pinceles,
las hojas en blanco, que necesitan ser llenadas por palabras,
te aguardan"- Se dice, mientras aviva los leños vestidos de
cenizas.
Se dirige a su atellier, no, sin antes cargar la compactera.
"La música atrae a mis musas." Dice, mientras se coloca frente
al caballete, donde la tela preparada espera las primeras
manchas de su inspiración.
Comienza a preparar las pinturas, pero algo llama su atención.
Uno de los cajones del secreter se encuentra abierto.-"Nunca
me gustaron los placares ni los cajones abiertos, no sé cómo
he dejado abierto éste"- Lo va a cerrar, pero el cajón se
resiste.-"El viejo me dijo que había que hacerle algunos arreglos,
posiblemente con un poco de vela, se deslizará mejor." Logró
por fin cerrarlo casi por completo y volvió a sus pinceles.
Embriagada de música y colores, se le fueron pasando las horas,
el río se mece plateado por la luna, cuando el sonido del
teléfono la saca de su éxtasis.
Luego de una cena liviana, se acuesta. El viento hace murmurar
a los árboles, Raquel da vueltas en la cama sin poder conciliar
el sueño, enciende la luz y saca del cajón de la mesa de luz
un libro, que trata de leer sin poderse concentrar. "Borges
es tan perfecto, que me abruma". - piensa, mientras vuelve
a guardarlo.-"Quizá una taza de leche caliente, ayude a calmarme".
Se pone la bata y se encamina hacia la cocina sin encender
ninguna luz. Al cruzar por el living, ve luz encendida en
su taller.-"Cómo diablos dejé ésa luz encendida."- se riñe.
Se desvía hacia el atellier, encuentra que la lámpara que
descansa sobre el secreter es la que quedó encendida. También,
halla nuevamente el cajón abierto.-"¡Por mil demonios, cómo
puede ser!"- Dice, con una mezcla de curiosidad, sorpresa
y temor.-"Bien pude apagar la luz central, y olvidar la lámpara,
pero el cajón, el cajón me costó, pero logré cerrarlo. Posiblemente
tenga algún mecanismo, una traba que no funciona. Mañana llamaré
a un carpintero."- Dejó el cajón abierto, apagó la luz, y
sin tomar la leche vuelve sobre sus pasos, al pasar delante
de la biblioteca saca un libro al azar, y regresa al calor
de su cama.
- Buena elección Raquelita, Arlt es una excelente compañía.-
Mientras desayunaba, buscó en la guía el teléfono de un carpintero.
Tuvo suerte, consiguió que pudiera venir por la tarde.
-Que hermoso retrato está pintando.- Le dijo el hombre, cuando
vio la pintura que se exponía sobre el caballete.-
-Es curioso, yo soy paisajista, no pinto rostros desde mi
época de estudiante, pero no sé por qué motivo, ayer necesité
plasmar la figura que Ud. puede ver.-Raquel dijo esto como
autodescubriéndose, como dándose cuenta recién, del cuadro
que estaba pintando.
-¿Quién es su modelo?-
-No, ninguna modelo. Nació de un impulso, no le puedo explicar,
es el retrato de "nadie". -
El carpintero la miró incrédulo y luego se dedicó a lo que
había venido.
-Es un mueble muy antiguo, una pieza de colección sin duda.
¿La heredó?
-No, la compré en San Telmo.-
El hombre inspecciona el secreter de arriba a abajo, abre
y cierra los cajones una y otra vez sin dificultad.
-No tiene nada más que muchos años, posiblemente habrá dejado
algo atravesado que no le permitió que se cerrara el cajón.
Suele suceder. De todos modos le voy a pasar algo para que
se deslicen mejor, la cercanía del río, la humedad del ambiente,
puede hacer que la madera se hinche un poco.
Cuando el carpintero se marcha, Raquel vuelve al lugar, y
como si lo viera por primera vez, se queda frente al cuadro
observándolo.-"Es extraño, nunca doy por terminado un cuadro
tan rápidamente, pero siento que a éste, no debo tocarlo más."-
Y por largo rato se queda sentada en el silloncito comprado
junto con el secreter, mirando el rostro desconocido, enmarcado
por cabello negro recogido, cubierto por una capelina lila.
"Realmente es una hermosa imagen"- piensa.
Por la noche, recorre todas las habitaciones asegurándose
que puertas y ventanas estén bien cerradas. El viento azota
los sauces, y los relámpagos se cuelan por las rendijas de
los postigones. El aullido de un perro, la hace estremecer.-"¡Noche
de mierda!"- dice, mientras se sienta cerca del hogar a tomar
un tazón de caldo humeante.
La mañana fría y lluviosa hace que remolonee en la cama, unos
tímidos golpecitos la terminan de despertar.
-Señora, le traigo el desayuno.-
-Pase Matilde. Olvidé que hoy venía.-
-Menudo susto me di, pensé que Ud. se había enfermado. Hasta
que no la vi dormida, no me tranquilicé.-
-¿Por qué pensó que me había enfermado?-Pregunta, mientras
unta una crujiente tostada.
-Señora, es que no es su costumbre dejar las pinturas destapadas
y la luz de su taller encendida.-
Fue escuchar lo dicho por la mujer, para que Raquel se levantara
de un salto.
Sin abrigarse ni calzarse, corre hasta el atellier. El corazón
le late con fuerza cuando al mirar el cuadro, nota cambios.
Del cuello de la dama pende un medallón. Apoya apenas el dedo
sobre la pintura y la nota fresca.
Cuando despierta, se ve rodeada por dos hombres de blanco
y Matilde, que le sostiene la mano.
-Señora, ha sufrido una lipotimia. Nada grave, pero le recomiendo
que se haga un chequeo para descartar algún problema cardíaco.
Le conviene guardar cama, hasta que se sienta mejor.-
Ya solas, Raquel pregunta a Matilde:
-Dígame Matilde ¿Cómo estaba mi estudio cuando Ud. llegó?-
-Ya le dije, las pinturas estaban destapadas, los pinceles
sobre la paleta, la luz del mueblecito encendida. ¡Ah! y el
primer cajón del mueblecito, abierto.
Raquel volvió a palidecer, se hizo chiquita en la amplia cama
y se tapó hasta el cuello.
-¿Se siente bien, señora?-
-Sí, solamente tengo un poco de frío. Anoche me sentí un poco
mareada, vine a recostarme pensando en regresar luego a escribir
un rato, pero me quedé profundamente dormida, por eso encontró
el desorden.- Miente Raquel para evitar explicaciones, que
sonarían absurdas a quién la escucha.- Tiene razón el médico,
debo hacerme un chequeo.-
A media tarde se levanta, por la ventana de su habitación
puede verse el río formando con el cielo un velo gris. Espera
nerviosa el momento que Matilde se marche, no sabe si por
temor a quedarse sola o por la ansiedad de volver a su taller
en busca de una respuesta a la angustia que ha comenzado a
nacer en su interior.
Todo el día ha querido convencerse que debido a la tormenta
y al apuro en cerrar puertas y ventanas, olvidó las cosas
como las encontrara Matilde al llegar por la mañana.- "Puede
que dejara las pinturas abiertas y la luz encendida, pero
de lo que estoy segura, es que no pinté un solo detalle más
al retrato."-
Ni bien el Citroen de Matilde se pierde por el sendero que
lleva a la salida del parque, Raquel cambia su bata por unos
pantalones y un sweter, y va a su lugar de trabajo. La oscuridad
del día hace preciso encender las luces, encuentra todo ordenado,
mira el cuadro y nota que aparte del medallón, los ojos de
la dama tienen otro brillo y otro color. Ahoga un grito, piensa
que va a caer desvanecida, cuando el cajón del secreter se
abre bruscamente, cayendo al piso, como despedido por una
fuerza invisible. La mujer atina a salir de la habitación,
su corazón late aceleradamente, está a punto de perder el
control de sí misma, entonces deja deslizar su cuerpo apoyado
en la pared del pasillo, hasta quedar sentada sobre la alfombra.
Se acurruca, abrazando sus rodillas, como protegiéndose de
un enemigo desconocido, y llora...
La tarde se ha hecho noche cuando decide incorporarse.-"Tengo
que terminar con esta pesadilla"- Temblando, vuelve al atellier,
mira el cuadro -"Es un rostro sereno, casi angelical"- piensa,
mientras con recelo comienza a levantar el cajón que al caer,
se ha partido. Perpleja, advierte que el cajón tiene un doble
fondo.
Ayudándose con un punzón, y con fuerza sacada de la curiosidad
y la desesperación, fue quitando la madera superior hasta
dejar a la vista, parte del doble fondo. Mete la mano, y puede
tocar algo como un libro o cuaderno, trata de sacarlo, pero
el hueco no es lo suficientemente grande, así que sigue rompiendo
la madera, ahora con más facilidad, hasta que llega a retirar
el contenido de debajo de la tapa falsa. Un libro con tapa
de cuero, sale a la luz.
Raquel lo abre, las páginas finas y amarillas, cuentan una
historia de vida, sufrimiento y amor, escrita con una letra
delicada. Es un diario íntimo. Raquel lo lee, dando vuelta
las hojas con suavidad, porque parecen deshacerse entre sus
dedos. Termina de leer, con la cara bañada en lágrimas. Busca
nuevamente en el cajón, y saca una bolsita de terciopelo de
donde un medallón cae sobre su falda. Mira el cuadro, es una
réplica casi perfecta de la que pende del cuello de la dama.
Vuelve a abrir el diario, y entre las páginas que quedaron
en blanco, un papel que alguna vez fue celeste, tiene escrito:
Los Sauces, Mes de Junio de 1864.
Mi amada señora:
No importa cuán lejos se haya marchado, sé que volveremos
a encontrarnos, porque no es pecado, amar como nos amamos.
Fingir, que nuestro amor no ha existido, eso es pecar, ante
los ojos del Divino.
Volveremos a unir nuestros destinos, y en las tardes lluviosas,
nuevamente, abrazados, contemplaremos el río.
Volverá a leerme aquellos versos, mientras la llama del candil
se desvanezca, y la pasión se encienda en nuestros cuerpos...
Así, en este encuentro eterno, mis pinceles completarán la
obra, único testigo, de nuestro amor intenso.
A
Josefina Achaval Del Soler,
Quién queda cautiva en mi corazón.
Esteban Suarez Ocampo.
de
de Zenobi Victor
El Espacio de Martín
Si mi amigo muerto se apareciera ante mis ojos y me frotase el lóbulo de mi oreja, ni aún así creería. Me diría... Luis, aquí tienes otro misterio que no puedes resolver.
Luis Buñuel.
Alguna vez Martín y yo festejamos a Ana, pero sus cualidades triunfaron sobre mi desdicha, que se intensificó al comprender que lo importante para mí, sólo era una veleidad que atravesaba su camino.
Alguna vez rozamos el tema y a pesar de que traté de distraerlo, sospeché que lo intuía. ¡El desdén, me decía, el desdén... y ya verás como te arrastran el ala!
Esos alardes de premeditado triunfalismo me enardecían pero como me sentía en desventaja, simulaba festejarlo. La idea de su frivolidad me concedía una secreta venganza, de cualquier modo insuficiente, porque no eludía mi convicción de que Martín era un triunfador. Se había recibido de contador en muy poco tiempo y como es de rigor, contaba mejor que un oscuro estudiante de letras. Durante un tiempo, siguió saliendo con Ana, de quien yo seguía secretamente enamorado, y por si fuera poco, su versatilidad que no era exigua, agregaba a sus méritos un talento especial para la música. A fin de ese año, obtuvo el reconocimiento de la Asociación Guitarrística Rosarina, que lo premió como el mejor... ¿El arte alteraba un destino prescrito? Nada de eso. Pese a su decisión inicial de radicarse en la Capital y dedicarse por entero a la guitarra, la prédica de un hogar de empeñosos industriales prevaleció y fue condenado a administrar la fábrica de su padre. Yo trabajaba allí para pagar mis estudios y nada lograba disuadirme de que era un extranjero.
Las consecuencias de su decisión, lo supe después, fueron extrema porque cortó con Ana. Yo aproveché la ocasión para retomar mi relación con ella y Martín, quizá deliberadamente, decidió frecuentarme. Tal vez debí percatarme de la batalla que libraba su corazón, pero su aire despreocupado me lo impedía. La vida es así. Si uno se obstina puede pasar inadvertido. El Universo que convocamos, nuestro cuerpo, nuestros objetos, nuestra casa, incluso nuestras decisiones, no nos pertenecen... Es como si no contáramos, como si estuviéramos de más en la vida.
Una tarde, después de la jornada laboral, Martín me llevó hasta mi casa. Su auto devoraba las calles infringiendo la más elemental norma de tránsito y de cordura. Como sabía de mi acercamiento a Ana, sospeché que infantilmente trataba de intimidarme.
¿Tenés miedo? - me preguntó, con una pérfida sonrisa.
La muerte es tan abstracta - le dije - que siento como si no fuera a ocurrirme.
De repente se puso serio y advertí que disminuía la velocidad. En la puerta de mi casa se quedó, contra todo lo acostumbrado, charlando un rato. El cine suele ser un buen tema y el preámbulo para una conversación más interesante que generalmente no se produce. Sin embargo, algo de esa charla perdura y quizá porque sentí que por primera vez estaba realmente escuchando, yo inscriba a Martín en mi relato. Lo que no se me olvida es que hablamos previsiblemente de mujeres y del enigma de las imágenes, que lo femenino acarrea. Ambos aludíamos a Ana, pero estábamos muy lejos de nombrarla y en algún momento, su mirada ligeramente se enturbió. A veces, es suficiente un solo hecho para confirmar una serie de rasgos identificatorios, me asombró no percatarme hasta ese momento de que Martín estaba desesperado. Todo ese aire despreocupado, por lo demás... era un velo y como tal, hacía existir lo que no se puede ver.
Cuando se despidió había retomado el aire habitual que lo revestía. No lo volví a ver más. A los pocos días, yo dejaba la fábrica porque había obtenido mi título, y al cabo de un mes... ¡La tragedia!.El camión que andaba buscando se atravesó en su camino, cuando regresaba de una de sus correrías en las localidades vecinas. El coche se descontroló y quedó tendido en la gramilla verde oscura y mojada por el rocío de la madrugada.
Tal vez si nada hubiese sucedido, yo hubiese aceptado una glacial reducción de su persona, pero un solo acto y para colmo definitivo, suele modificar nuestro concepto de una persona. Además, algo hubo en esa muerte que jamás se ajustará a la módica versión de los hechos. Y aunque no ignoro que solemos magnificar los finales, aun los más lejanos a mí me restituía al suicidio de mi madre, ocurrido años atrás, pero también promovía algo distinto. No era solamente el pasado revelando ser la condición permanente del tiempo, no, Martín era de algún modo un reflejo y a través de su sinrazón, descifraba el presagio de un enigma más complejo.
Que la cualidad dependa únicamente de los sentidos comporta un error, ya que lo posible no depende de lo que llamamos real. Es el error de sostener que, el todo por sí mismo es algo y sus componentes, por esenciales que sean, son nada. En el epicentro de esa noche mortal, cerré los ojos y el mundo se redujo al llanto de las lloraduelos que provenían de la habitación del velatorio. Decidí salir sin siquiera despedirme y caminar por calles que contravenían mis costumbres. Pese a todo, una suerte de periplo ancestral me llevó a las inmediaciones del Saladillo que solía frecuentar siendo chico. Elegí un polvoriento callejón de tierra,donde una jauría custodiaba la pobreza de siempre y esa presencia de la luna que parecía el único atenuante de la noche. Cuesta abajo, el arroyo arrastraba bajo una primera impresión de serenidad, la escoria que originan las continuas crecientes. Me senté en el borde de la barranca y las imágenes, que apenas se distinguían, se confundieron gradualmente con el énfasis sustancial de las sombras. Los objetos cercanos parecieron perder la posibilidad de su espectro, pero éste seguía estando allí, potentes como siempre y más allá de la posibilidad de percibirlo. Probamente yo estaba tratando de aceptar la nueva cualidad de Martín, diseminada en otros espacios y otros tiempos, seguramente restituida a otras personas que la actualizarían, ya que era el morador de una sensación indeterminada o el viajero de una duración inconsistente.
Esa noche, soñé que el Saladillo transcurría como el Ganges.En sus orillas, Martín trataba de atenuar la despedida y me decía: ¿No es increíble que retornes en el sueño, si ayer nomás soportábamos la consistencia imposible de la realidad?
Creo que a partir de ese momento sopesé la cualidad del tiempo de una manera diferente y comencé a vislumbrar una cierta satisfacción en las vivencias más frugales. Me casé con Ana. Nacieron nuestros hijos. Sin embargo nuestro matrimonio no prosperó y una tarde, hacía fin del invierno, tenuemente nos dijimos adiós. Mi primera sensación fue de angustia, después de desolación. Subí a mi auto y decidí conducir al azar. Cuando llegué al espacio de Martín, comprendí que mi paseo no había sido casual. Me detuve a contemplar la gramilla sin huellas, sin el menor indicio de una culminación, apenas alteraba la calma del lugar el gorgojeo de algún pájaro ignorante de nuestros desatinos. Yo lo escuchaba con el oído de Martín y lo miraba con al mirada de Martín y por un momento, olvidé esa convención que llamamos identidad. El último sol de la tarde se derramaba sobre los campos inocentes y sus reflejos delicados insinuaron algunas formas femeninas. Un recuerdo de Ana vislumbró el enigma de otra mujer.
Después de algunos años creí que esas imágenes cesarían, sin embargo de tanto en tanto reaparecen. Hace unas noches fui al cine."Cet obscur objet du decir" desilusionó, porque no resolvía el enigma que había insinuado. Los pocos espectadores protestaban porque no habían podido alienarse en imágenes comprensibles, imágenes que olvidan la implicancia de lo que llamamos real. Yo estaba encantado. La única ficción es nuestra costumbre y la desilusión general no hacía más que confirmar las consecuencias del espacio de Martín, del pobre Martín que encontré a la salida, entre los pocos que esperaban entrar. Solitario, ausente, como siempre ignorado. Cuando me vio, me miró con indulgencia, con la mirada de la última vez y entendí que había disculpado todo desdén, toda ignorancia. Ahora pertenecía a un mundo distinto, más preciso sin duda, no tan fantástico, tan incierto, tan enigmático como éste, al que fuimos arrojados.
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