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de Zenobi
Víctor
El Espacio de Martín
Si mi amigo muerto se apareciera ante mis ojos y me frotase el lóbulo de mi oreja, ni aún así creería. Me diría... Luis, aquí tienes otro misterio que no puedes resolver.
Luis Buñuel.
Alguna vez Martín y yo festejamos a Ana, pero sus cualidades triunfaron sobre mi desdicha, que se intensificó al comprender que lo importante para mí, sólo era una veleidad que atravesaba su camino.
Alguna vez rozamos el tema y a pesar de que traté de distraerlo, sospeché que lo intuía. ¡El desdén, me decía, el desdén... y ya verás como te arrastran el ala!
Esos alardes de premeditado triunfalismo me enardecían pero como me sentía en desventaja, simulaba festejarlo. La idea de su frivolidad me concedía una secreta venganza, de cualquier modo insuficiente, porque no eludía mi convicción de que Martín era un triunfador. Se había recibido de contador en muy poco tiempo y como es de rigor, contaba mejor que un oscuro estudiante de letras. Durante un tiempo, siguió saliendo con Ana, de quien yo seguía secretamente enamorado, y por si fuera poco, su versatilidad que no era exigua, agregaba a sus méritos un talento especial para la música. A fin de ese año, obtuvo el reconocimiento de la Asociación Guitarrística Rosarina, que lo premió como el mejor... ¿El arte alteraba un destino prescrito? Nada de eso. Pese a su decisión inicial de radicarse en la Capital y dedicarse por entero a la guitarra, la prédica de un hogar de empeñosos industriales prevaleció y fue condenado a administrar la fábrica de su padre. Yo trabajaba allí para pagar mis estudios y nada lograba disuadirme de que era un extranjero.
Las consecuencias de su decisión, lo supe después, fueron extrema porque cortó con Ana. Yo aproveché la ocasión para retomar mi relación con ella y Martín, quizá deliberadamente, decidió frecuentarme. Tal vez debí percatarme de la batalla que libraba su corazón, pero su aire despreocupado me lo impedía. La vida es así. Si uno se obstina puede pasar inadvertido. El Universo que convocamos, nuestro cuerpo, nuestros objetos, nuestra casa, incluso nuestras decisiones, no nos pertenecen... Es como si no contáramos, como si estuviéramos de más en la vida.
Una tarde, después de la jornada laboral, Martín me llevó hasta mi casa. Su auto devoraba las calles infringiendo la más elemental norma de tránsito y de cordura. Como sabía de mi acercamiento a Ana, sospeché que infantilmente trataba de intimidarme.
¿Tenés miedo? - me preguntó, con una pérfida sonrisa.
La muerte es tan abstracta - le dije - que siento como si no fuera a ocurrirme.
De repente se puso serio y advertí que disminuía la velocidad. En la puerta de mi casa se quedó, contra todo lo acostumbrado, charlando un rato. El cine suele ser un buen tema y el preámbulo para una conversación más interesante que generalmente no se produce. Sin embargo, algo de esa charla perdura y quizá porque sentí que por primera vez estaba realmente escuchando, yo inscriba a Martín en mi relato. Lo que no se me olvida es que hablamos previsiblemente de mujeres y del enigma de las imágenes, que lo femenino acarrea. Ambos aludíamos a Ana, pero estábamos muy lejos de nombrarla y en algún momento, su mirada ligeramente se enturbió. A veces, es suficiente un solo hecho para confirmar una serie de rasgos identificatorios, me asombró no percatarme hasta ese momento de que Martín estaba desesperado. Todo ese aire despreocupado, por lo demás... era un velo y como tal, hacía existir lo que no se puede ver.
Cuando se despidió había retomado el aire habitual que lo revestía. No lo volví a ver más. A los pocos días, yo dejaba la fábrica porque había obtenido mi título, y al cabo de un mes... ¡La tragedia!.El camión que andaba buscando se atravesó en su camino, cuando regresaba de una de sus correrías en las localidades vecinas. El coche se descontroló y quedó tendido en la gramilla verde oscura y mojada por el rocío de la madrugada.
Tal vez si nada hubiese sucedido, yo hubiese aceptado una glacial reducción de su persona, pero un solo acto y para colmo definitivo, suele modificar nuestro concepto de una persona. Además, algo hubo en esa muerte que jamás se ajustará a la módica versión de los hechos. Y aunque no ignoro que solemos magnificar los finales, aun los más lejanos a mí me restituía al suicidio de mi madre, ocurrido años atrás, pero también promovía algo distinto. No era solamente el pasado revelando ser la condición permanente del tiempo, no, Martín era de algún modo un reflejo y a través de su sinrazón, descifraba el presagio de un enigma más complejo.
Que la cualidad dependa únicamente de los sentidos comporta un error, ya que lo posible no depende de lo que llamamos real. Es el error de sostener que, el todo por sí mismo es algo y sus componentes, por esenciales que sean, son nada. En el epicentro de esa noche mortal, cerré los ojos y el mundo se redujo al llanto de las lloraduelos que provenían de la habitación del velatorio. Decidí salir sin siquiera despedirme y caminar por calles que contravenían mis costumbres. Pese a todo, una suerte de periplo ancestral me llevó a las inmediaciones del Saladillo que solía frecuentar siendo chico. Elegí un polvoriento callejón de tierra,donde una jauría custodiaba la pobreza de siempre y esa presencia de la luna que parecía el único atenuante de la noche. Cuesta abajo, el arroyo arrastraba bajo una primera impresión de serenidad, la escoria que originan las continuas crecientes. Me senté en el borde de la barranca y las imágenes, que apenas se distinguían, se confundieron gradualmente con el énfasis sustancial de las sombras. Los objetos cercanos parecieron perder la posibilidad de su espectro, pero éste seguía estando allí, potentes como siempre y más allá de la posibilidad de percibirlo. Probamente yo estaba tratando de aceptar la nueva cualidad de Martín, diseminada en otros espacios y otros tiempos, seguramente restituida a otras personas que la actualizarían, ya que era el morador de una sensación indeterminada o el viajero de una duración inconsistente.
Esa noche, soñé que el Saladillo transcurría como el Ganges.En sus orillas, Martín trataba de atenuar la despedida y me decía: ¿No es increíble que retornes en el sueño, si ayer nomás soportábamos la consistencia imposible de la realidad?
Creo que a partir de ese momento sopesé la cualidad del tiempo de una manera diferente y comencé a vislumbrar una cierta satisfacción en las vivencias más frugales. Me casé con Ana. Nacieron nuestros hijos. Sin embargo nuestro matrimonio no prosperó y una tarde, hacía fin del invierno, tenuemente nos dijimos adiós. Mi primera sensación fue de angustia, después de desolación. Subí a mi auto y decidí conducir al azar. Cuando llegué al espacio de Martín, comprendí que mi paseo no había sido casual. Me detuve a contemplar la gramilla sin huellas, sin el menor indicio de una culminación, apenas alteraba la calma del lugar el gorgojeo de algún pájaro ignorante de nuestros desatinos. Yo lo escuchaba con el oído de Martín y lo miraba con al mirada de Martín y por un momento, olvidé esa convención que llamamos identidad. El último sol de la tarde se derramaba sobre los campos inocentes y sus reflejos delicados insinuaron algunas formas femeninas. Un recuerdo de Ana vislumbró el enigma de otra mujer.
Después de algunos años creí que esas imágenes cesarían, sin embargo de tanto en tanto reaparecen. Hace unas noches fui al cine."Cet obscur objet du decir" desilusionó, porque no resolvía el enigma que había insinuado. Los pocos espectadores protestaban porque no habían podido alienarse en imágenes comprensibles, imágenes que olvidan la implicancia de lo que llamamos real. Yo estaba encantado. La única ficción es nuestra costumbre y la desilusión general no hacía más que confirmar las consecuencias del espacio de Martín, del pobre Martín que encontré a la salida, entre los pocos que esperaban entrar. Solitario, ausente, como siempre ignorado. Cuando me vio, me miró con indulgencia, con la mirada de la última vez y entendí que había disculpado todo desdén, toda ignorancia. Ahora pertenecía a un mundo distinto, más preciso sin duda, no tan fantástico, tan incierto, tan enigmático como éste, al que fuimos arrojados.

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