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Carabello MarisaALAS
DE INGENUIDAD
Se despertó cuando el sol le hurgó el ojo izquierdo con tanta saña
que aún a pesar de la sabana blanca dibujada de jeroglíficos
negros cubriendo su cabeza, podía opacar ya, aquella insistente aguja
amarilla. Sin embargo, debió convencerse de que el trabajo del día se
prolongaría mas allá de la media noche, sino optaba por desmartirizar a
su pobre ojo.
Fue incorporándose mientras su mirada buscaba el espejo-puerta que
se le imponía hacia su espalda. Contemplaba su propia imagen en la ropa
magníficamente arrugada, impecablemente sucia y aliñadamente
desarreglada. Aunque sintió que pese a la especial belleza que la
engalanaba (belleza que muchas veces vio envidiada en los gestos deformes
y punitivos, en las miradas esquivas, y en las narices, narizotas,
naricitas estreñidas de contracciones repulsivamente codiciosas, de
mujeres estúpidamente estilizadas, asquerosamente pulcras, desliñadamente
bien compuestas que aborrecerían cualquier mínimo instinto masculino
hacia ellas), sintió que más allá de todo eso, todavía un poco más acá,
le faltaba aquel toque que alguna vez su tía, hacia ya mas de treinta años
la había cuchicheado como una suerte de secreto femenino, o como alguna
especie de talismán casero. “Una gota de perfume, Clara... Si, así,
detrás de las muñecas, bajo los lóbulos de ambas orejas..., Sí Clara,
de las dos, SIEMPRE... Entre las piernas Clara también”. Y se le fue
estampando en la cara aquella misma sonrisa, somnolientamente lujuriosa de
la tía. Y el destello en los mismos ojos azules, pronunciándole un
recuerdo impronunciable. Un recuerdo que tal vez fuese de ella misma, o de
aquella tía. O que tal vez fuese producto de una memoria más lejana de
un tiempo ya pasado. O más bien de un tiempo imaginario, o que ya de
tanto el uno y el otro se mimetizaron sin saberse a ciencia cierta de cual
se recordara en realidad. Se
volvió buscando la posibilidad de algún liquido efímero, de entre los
que la rodeaban. Atropelló contenta contra las escalinatas desteñidas de
exquisitas pigmentaciones nauseabundas. Se apostó en el cordón de la
vereda, a cuyo filo costillero se deslizaba una estancada corriente de
agua añeja ,concentrada en olores inverosímiles, que Clara, inhalo hipnóticamente.
Eran las seis y media de la madrugada cundo en plena Avenida
Chacabuco, cumplió aquel ritual bermelloso, de mito ordinario.
En su bolsita destejida rebusco con paciencia, con la paciencia que
le daba la inconciencia de un tiempo para ella inexistente, su amarilloso
plano remarcado de colores ampliamente diversos, e ingenuamente saturados.
Tomó también un enorme crayón azul, con el cual trazo delicadas líneas
oblicuas sobre el sector del viejo parque. Cuando se encontró en ese
mismo lugar, extendió una mirada impasible sobre treinta y cinco árboles,
para después dibujársele una sonrisa que se le fue escapando hacia los
ojos, adonde le habían nacido o emergido sendas esferas de blanquecina
luz transparente, de transparente luz incorpórea.
Aún era demasiada avenida la mañana como para causar algún
desconcierto en ocasionales paseantes. Si estos se hubieran hallado en
esos momentos, uno que otro hubiera permanecido estancado allí,
aprisionado a la imagen con miradas incomprensivas y al mismo tiempo,
captantes de esa maravillosidad, en la que Clara, cortaba hojas de
diferentes clases de árboles, para luego cocerlas con aguja e hilo, a
otros árboles infortunados de la diversidad. Cada hoja extrañada se iría
amoldando mágicamente a la presencia de un robusto árbol, o al de
arbustos que parecían emerger de la tierra recientemente, dejándose
mecer con sigilosa ternura bajo el amparo de aquellos brazos adoptivos.
Y más tarde debía cambiar las chapas de los autos estacionados
sobre la Belgrano, para que el orden de la fila se correspondiera con un
orden creciente de los números, allí reencontrados. No importaba que
luego vinieran a echarla, a que algún puntapié la empujara sobre las
rotas baldosas, o hacia el interior de barrosos canteros. No importaban
los gritos de los enfurecidos, ni los chillidos de las indignadas. Sabia
que el circulo se completaba con una vuelta a lo inicial, que lo momentáneo
se cumplía allí, sobre la calle, y que el viaje de cada auto imponía
nuevamente su nombre, su número, su vuelta al sí mismo, como sucedía en
todas las cosas.
Lo importante en todo caso, era conseguir el intercambio, la armonía
de tiempos fútiles de momentos concéntricos. Pero
de cualquier forma, el TIEMPO ya no lo era, así que cualquier preocupación
relacionada con aquel, no tendría cabida en los pensamientos
de Clara.
Salió corriendo hacia la esquina, frente a una de sus tantas
iglesias, adonde la esperarían Tito y Raúl. Y allí estaban. Un niño
como de doce años, sucio, desganado de simpatías, que le entregó a la
mujer su “pequeña bolsita de mierda”, que era su hermanito, una
criatura de cinco años. Clara
ingresó a la iglesia con el niño en brazos, como si este fuese un
instrumento delicado. Se apostaron junto a la tinilla de agua santificada
a donde Tito debía vaciar gotitas de pis incoloro. Pero Tito no lloraba,
tampoco sonreía maldades inocentes. Por lo menos no desde aquel día,
cuando saliendo de la séptima iglesia, sintiendo tal vez la premonición
del número, le preguntara él porque de aquello. Y Clara, volviéndose a
mirarlo, mirando los ojitos gorditos, como inflados de tanta expectación,
entendía en una respuesta que ni ella misma se había cuestionado, nunca.
Entendía allí, y así, como nunca hubiera podido entenderlo de otra
manera. Y Tito guardó entonces, en su memoria más primitiva, una frase
dicha al oído. Una frase que le transfiguró el espíritu como una
sabiduría nueva, y alertó también al imperceptible mismo fulgor del
tiempo inconsciente. Frase a la que solo muchos años después podría
comprender. Comprender
además, como también él era y SERIA parte de aquellas palabras.
Y sin embargo en su realidad, Clara no creía en la necesidad de un
sentido, aunque infinidad de veces, espiando correr a las gentes, con sus
pequeños maletines oscuros o bolsas de plástico colorido, carteras
aprisionadas de cuero bajo el cuero sudoroso de amas de casa avejentadas y
gordas, o encerrados en cartuchos vidriados donde intercambiarían con los
otros extraños y risibles objetos, se pregunto sobre la rareza de
aquellos seres sus inexplicables ceremonias. No pudiendo dejar de asomarle
alguna vez, la duda de un posible SENTIDO de todo aquello, de esos de los
que ella también podía percibir en sus miradas la misma puntiaguda,
incertera duda, acerca de ella misma. Esos pocos que terminaron convirtiéndose
en los únicos amigos que poseyera, esos pocos, los que se quedaban mirándola,
mirando el acto mismo, pero ya sin tratar de explicarse mas allá de lo
que los sentidos le ofrecían. Y algún día, finalizaban saludándola en
cualquier parte, acercándose bajo cualquier pretexto, o ayudándole otras
veces. Cuando el atardecer comenzó a descuajarse bajo el paso de la noche, hacia rato que Tito se había marchado junto a su hermano. Entonces Clara se sentaba en su banco, completamente iluminado bajo los neoninos de la plazoleta, adonde siempre le chirriaba el estomago un cantito revoltoso, del cual ya atisbaba que no podía acallar.
Hundió su mano dentro de la abertura de su destejida lanera para
extraer un cuadradito espejado.
Contemplabase durante infinidad de minutos, de tal forma de ya no
poder olvidarse de su rostro, para que el día siguiente no la
sorprendiera esa otra imagen, reflejada de los ventanales en los negocios,
o de espejos enormes y estratégicos ocultos tras recovecos tramposos.
Solo su espejo-puerta de la Avenida, y aquel cuadradito, parecían
mostrarle la realidad tal cual era ella. No esa mujer despojada,
avejentada, como caída siempre dentro de algún limo acuoso e impúdico.
Sino esta otra que vigilara detrás de sus ojos mundos excéntricos,
inteligencias bellísimas, como emergidas de óleos puros y espesos. Luego
vendrían los encuentros en disimulados escondrijos situados en recónditas
terrazas, donde algunos buscaban encontrar una respuesta al sobrevenir a
una nueva vida. Aquellos que ahondaban en la misma coexistencia de un
sufrir, la entristecida y pesada vida cotidiana, bajo la asfixiante presión
del sentido común. Clara los asia a un mismo eje, a una misma sintonía
existencial, que no les implicaría deglutidas respuestas, sino la
sensualidad de encontrarse en propias deducciones. Y
las almas agradecían una inmensa paz, una delicada esperanza que enrarecía
todo, en un místico manto.
Fue una tarde, cuando cayó a uno de los acobijantes encuentros, el
primer golpe a posteriores pequeñas disoluciones. Cuando dos hombres, de
inaudita similitud e inefable inexpresión, provenientes quizás de
oscuras bibliotecas, asestaron un quiebre, el miedo, la represión.
Alguien escondido detrás de cualquier puerta o ventana los había visto y
decidido opacarles la probabilidad de otra subsistencia, difuminarlos en
el aire de la absoluta negatividad. Se ausentó la ingenuidad ante las
palabras de supuestos colaboradores sociales, que desacreditaron cualquier
intención de lo otro. Hasta el impredecible día en que Clara comenzó a
desaparecer hacia alguna lejanía, que a nadie se permitió decir. Sin
embargo los pequeños aconteceres mágicos que Clara recreaba, no dejaron
de mostrarse en las calles, se sucedieron indefectiblemente.
El
día que Tito cumplió catorce años, luego de dejar a Clara frente a la
iglesia, el muchachito había percibido el impulso, más bien el propio
impulso lo había presentido a él, ( lo había esperado a él), punzándolo
a que se volviera a buscar a Clara. Y La encontró en su banco, en el
momento en aquellos dos hombres de hacia tantos años, se alejaban
tranquilamente de ella.
Tito se allegó junto a Clara que tenía recostada la cabeza sobre
el respaldo, el brazo perdido en la extensión del mismo, los ojos
cerrados durmiéndose sobre los tablones blancos y descascarados. Tito se
acercó sentándose a su lado, enderezándole a aquélla mujer su delgadísimo
cuerpo, cubriéndolo con el mismo sacón negro de lana añeja, ya
destejida, con el que hubo de cubrirlo a él alguna noche de invierno en
los friolentos mausoleos religiosos.
Tomó las pertenencias, la bolsita de lana desecha, como si fuera
una mochila, y la apoyó sobre sus espaldas a donde descansarían desde
ese preciso y único momento nuevos viajes. Caminó un trecho recordando,
ahora aquella frase entonces ininteligible. Aquellas palabras que recién
hoy pudo escuchar, bajo el sonido olvidado e incomprensible de los años:
¨ SIEMPRE Tito, TIEMPO SERÁS DEL SENTIDO.
Y por primera vez desde aquel día, él lloró. Lloró lágrimas de
sus ojos, ahora azules, adonde le habían nacido o emergido sendas esferas
de blanquecina luz transparente, de transparente luz incorpórea. Espejos
del tiempo
No
sé si decir que solo era una noche helada porque la ventisca fresca que
se descentraba del pasillo ubicado frente a ella, afilaba los huesos mas
descubiertos del cuerpo. O bien decir que era una noche helada porque
simplemente hacia frío como hace frío una noche cualquiera de invierno.
Adriana se encontró sola, hacia la
entrada de un pasillo de piedra roja, del que la negra humedad le soplaba
olores putrefactos. Ella miró hacia ambos lados de la calle y esperó incómodamente
hasta que el automóvil pasara. Cuando vio al destartalado autito, voltear
la esquina, y observó hacia delante suyo, hacia el camino que se le erigía
pulmoneándole la brisa nauseabunda, que parecía quererla convencer de
perseguir su origen, se pregunto si era atinado embarcarse por la
desconocida ruta con el pretexto de llegar mas prontamente a casa. Porque
si debemos ser sinceros ella, tanto como yo, sabíamos que no
buscaba un atajo para su supuesta finalidad de apurar encuentros en su
desolado departamento de Arturo M. Bass y que en todo caso buscaba algo
que proviniera de ese rojo-anegrado, algo que bajo ninguna posibilidad
habría podido desentrañar en sesiones de terapia. El
caminar se inicio pausado, tan apagado de movimientos y de ruidos como se
pudiera. Algo le latía bajo los signos del cuerpo, algo que no era el
corazón, o que no solo era el corazón. Sin embargo le pareció extraño
que las piernas no le latieran como el resto de sí misma. Parecían estar
metafísicamente distantes de sus otras partes, como si estas tuvieran un
alma propia, que la condujera, hipnótica. Doblo
a través de los estrechos pasillos dejándose
acariciar el cuerpo por las paredes que se le adherían al pullover. En
algún momento de su recorrido pensó en Aleph borgiano, presintiendo la
llegada de cualquier enemigo dispuesto a burlarse de su cansado derrotero.
Pero en esos momentos al doblar el esquinero derruido de pared, se volvió
a encontrar con la presencia de la ciudad en los aletargados bombeos de
viejos caños de escapes, que parecían ser agitados cansadamente,
vibrados como si fueran pequeñas cocteleras metálicas. Al
salir sintió, sobre las comisuras de los ojos, el caluriento gas de
aquella combustión que le raspaba sigilosamente la garganta, por lo que
desistió de fumarse el cigarrillo que había comenzado a extraer de la
manoseada etiqueta, unos pasos atrás, antes de llegar a la calle. Entonces
se dio cuenta de que el atajo que pese a todo ella creía en buscar, la
había alejado aun más de su destino. Porque ahora se encontraba mucho
mas lejos de casa que antes de ingresar por aquel impredecible corredor. Se
volvió nuevamente hacia este. Miro a los sendos edificios que se
alargaban como flacos porteros hacia los lados del pasillo. Miro la
esquina de las calles. Leyó los nombres en los señaladores vigilantes, y
creyó hacer un calculo cuando recordó que alguna vez, en un punto de su
recorrido debió elegir entre dos corredores, en una bifurcación de
aquella andanza. Seguramente, allí me debí equivocar... En fin, no
tengo que sorprenderme, cuando sé que siempre, como en todas las cosas,
me equivoco en el primer intento. Pensó, adentrándose nuevamente
para buscarlo. Había
reiniciado ya algunos pasos sobre las chamuscadas baldosas, cuando volvía
a su tarea de desempaquetar el cigarrillo, que había vuelto a guardar y
sacar un par de veces esa noche. Se detuvo por unos segundos y lo prendió. El
cabello castaño, cortísimo, apenas si le llegaba a la nuca. Y fue por
esto que seguramente pudo sentir sobre aquella, una brisa suave que al
tiempo era cálida, pero como fisurada de soplos fríos. Al tiempo parecían
envolverle el cuello en una bufanda y formarle alrededor también, un
entretejido de caña fina por
el que el soplo mas friolento, le buscaba entrar. No
quiso en ningún momento volverse a mirar de donde provenía aquel misógino
suspiro. Suspiro..., pensó, porque sintió como si estuviera en la boca
de algún monstruo mitológico. Y ahora que retomaba el camino que
anteriormente había descartado, pudo imaginarse estar sobre la punta de
la lengua de aquel animal,
que ella presentía, dispuesto a catapultarla en cualquier instante.
Adriana elevo su mirada, después de dejarla deambular sobre las paredes
de ladrillos rojizos y piedras, ahora extrañamente azules. Había algo en
el color, de un tono indescifrable, siendo además que durante todo su
recorrido estas se habían mutado entre un rojo y un anaranjado sucio, únicamente,
ahora metamorfoseadas a un azul-celeste más puro. Volteo
sigilosa, hacia su derecha, mientras su mano se apoyaba irresoluta sobre
un nuevo esquinero derruido, como golpeteado por innumerables manos
durante otros tantos innumerables años. El
lugar se asemejaba al patio inferior de una vieja pensión dotoievskiana. Apoyada
en la esquina de la pared, como si se precaviera de ser sorprendida por
alguien, elevo sus
almendrados ojos, más almendrados aun por la escasa luz que se le
interponía en la mirada coartada. Pero aun así, pudo encontrar
desdibujado en el perfil sombreado de la noche, una única ventana
tenuemente alumbrada. Una escalera de hierro oxidada se paraba sobre la
puerta de aquella pieza, como un viejo celador, que ignorándole la mirada
le permitiera así ingresar. Ella
se fue acercando por entre las baldosas de tonos puros pero repelidos
entre sí. La asombro darse cuenta, que al pasar por el centro mismo, una
luz como de luna, caída sobre aquel preciso lugar, le contorneaba sobre
el suelo una apariencia diminuta. Sin embargo, el cielo parecía solo una
gruesa sabana azul, de igual forma que si las constelaciones y astros
hubieran sido desdibujados en algún momento inverso del tiempo. La
realidad seria que ella no sabia, ni nadie sabría explicarse, de donde
provenía esa blanquecina que parecía infinitamente lejana, pero también
incomprensiblemente próxima. La
mujer subió por la escalera. Al llegar al tercer peldaño, los ojos le
hicieron crepitar las venas tal que si se desgarraran retazos de cintas de
algún trapo viejo. Dos sombras se proyectaban desde el interior hacia la
ventana. Estas parecían levitar perdidas. Aleatoriamente se cruzaban,
entrecortándose entre sí. Se volvió unos pasos, hacia atrás, pero sin
dejar de mantener su mirada fija en la ventana. Paulatinamente las sombras
se fueron relajando, decayendo en una levitación carente de caóticos
movimientos, las que desaparecieron en el justo momento en que ella,
apoyaba sus pies sobre las friísimas baldosas del patio. Se quedo unos
segundos así, calmándose lentamente, atando ferozmente la desenfrenada búsqueda
por la cual su mente giraba en busca de alguna respuesta. Sin capturar
ninguna que la ayudara a descifrar el acongojo, por la cual esta situación
le producía una inefable sofocación ahogante. Lo
único que parecía claro o seguro dentro de ella era que debía conocer a
los dueños de aquellas negras siluetas. Y esto no era algo que solo
pensara. Lo sentía desde algún rincón entre el estomago y el alma. Inspecciono
de una meticulosa, pero ágil mirada, el resto de las ventanas y puertas
que seguían invisibles de presencias humanas. Desde la oscuridad estas
parecían espectar el trayecto tembloroso de sus pasos. Retomo
el pasamanos ascendiendo por los peldaños nuevamente. Entonces, volvieron
las sombras a deslizarse pesadamente a través de las ventanas empañadas.
Se agrandaban, agitaban, giraban, volvían a caer raidamente, y reaparecían
con ímpetu de nuevo. Tornabanse más histéricas, ansiosas e irascibles
en su deambular, a medida que ella avanzaba. Se
acerco a la ventana. Sobre
el vidrio empañado, solo un pequeño círculo, en un esquinero de la
misma, se desnudaba del vapor. Adriana asomo el ojo negro sobre este. Y
fue en ese momento, cuando todavía no podía mirar lo que veía, en que
sintió como un presentimiento agitado, acompañado por un lejano
cimbroneo que emanaba de la misma escalera en que se apoyaba el
balconcito, donde se encontraba ahora parada. Algo
le decía que alguna situación era metamorfosis hacia algo que había
sido, pero todavía, y en realidad no era, y que en todo caso tal vez
seria. Una
niña de ojos negros, cabellos castaños trenzados, caído sobre el pecho,
manos asiéndose entre sí, se encontraba sobre una vieja cama. Su cuerpo
desvanecido en el cansancio de un miedo ya extinto, parecía expresar la
espera de alguna condena. La cabeza agotada sobre el pecho, se volvía de
vez en cuando a mirar al hombre que caminaba iracundamente frente a ella.
Y del cual solo podían verse sus escuálidas piernas. La
niña elevó su rostro nuevamente, con la seguridad de saber, sin saber en
realidad, donde terminaría su mirada. Vio entonces el ojo que se agitaba
engrandeciéndose por su propio descubrimiento. Y se incorporo con la
desesperación de una ultima esperanza. Corrió
hasta la ventana de la cual solo tuvo la intención de abrir, porque el
hombre llegó hasta ella, junto a ella, arrancándola de un tirón y alejándola
de la misma. Mientras
se debatía por alcanzar nuevamente la ventana, en un ultimo intento, la
manga de su pullover raspa un orificio mayor de humedad. Adriana posesiono
su ojo en aquel, y quedo allí, irrazonablemente petrificada. Hubiera
querido hacer algo, pero la impotencia de intuir que nada de lo que
hiciera, podría ayudarla la inmovilizaba aún más. La
mujer se aferró a la ventana. Buscaba clavar en esta sus uñas, cuando el
hombre del cual su rostro permanecía oculto bajo el vapor adherido al
vidrio de la ventana, tomó desde el bolsillo anterior de su pantalón una
navaja que en un único movimiento, deslizo como una línea afilada sobre
la garganta de la niña. La
sangra lloraba sobre la piel muy blanca y el hombre la dejó caer. La
niña se fue arrodillando en la caída desalentada. Y a medida que lo
hacia, sus ojos volvieron a ver los otros ojos que la miraban desde el
contorno negro-azulado del patio, a través del resquicio libre de
humedad. Sus
ojos se dormían. Parecían despedir las últimas palabras que jamás iban
a ser pronunciadas. Y sin embargo la voz se escucho en el interior mismo
de la mujer, que en ese momento, observaba su muerte. Adriana
creyó que la llamaba, era esto lo único que podía asegurar. Pero
le golpeo el hueso del alma la forma en que parecía llamarla”mamá”,
creyó escuchar; o era “ayuda” la palabra, o ambas. O tal vez
la niña hubiera querido gritar: “ayúdeme mamá”. Cuando
la niña quedo finalmente tendida sobre el suelo Adriana pudo despegar su
cuerpo de la ventana que se fue adhiriendo a medida que el cuepecito de la
niña iba despidiendo su vida. Se recostó sobre la pared, bajo la
ventana, con la desesperación emanada de violencias propias. Se llevo las
manos hacia los pechos, de los que ansió amputárselos, arrancárselos
para deshacer así el dolor que parecían destilarle. Se
incorporo. Se fue acercando a la puerta que se abrió con rapidez. La
figura negra, negruzca de anocheceres desesperados y diablunos se abalanzó
por la escalera, sin mirarla siquiera, con la altanería o la borrachera
de negarle cualquier presencia. Su mano quiso asirlo, pero se traspasaba
en aquella etérea imagen que ahora corría por el patio hacia la
oscuridad del pasadizo. Adriana
se apostó en el marco de la puerta, con el cansancio de lo que ya se
sabe, de lo que terriblemente ya se sabe. El
cuerpo de la mujercita se aniquilaba en el lineamiento nauseabundo, allí
se dibujaba. El
tiempo pareció detenerse en una progresión eterna, infinita, que por lo
mismo podía haber sido también ínfima. Entonces, fue entendiendo que en
realidad aquel lugar le había brindado otra clase de oportunidad de
apurar encuentros. De presenciar la extraña representación de algún
futuro. Quizás, tal vez saber lo que pasaría con una aún no concebida
niñecita, que fuera mía. Pensó Adriana como si se tratara de una
reflexión ajena. Y esto, porque la niña que había visto morir en el
interior de esa habitación, ahora, desaparecía bajo la inasibilidad de
sus ojos, como la otra sombra había sido imposible apresar. Cuando
quiso rememorar la escena ocurrida, en el momento en que la silueta de la
niña desaparecía del piso gris oscuro, dio cuenta que el lugar que hasta
ese momento la rodeaba, había transfigurado en otro. Estaba
otra vez en la calle. A la primera salida a la que aquel laberinto la hubo
expulsado. Miro hacia el interior del pasillo, que se ennegrecía alejándose
de ella. Bajo
la aun eterna vigilancia de sendos edificios que la observaban como
porteros con el poder para juzgarla, si así quisieran, sus ojos se
afilaron sobre aquella oscuridad de
la que el sonido de pasos formaban ecos que transportaban le presencia de
la negra silueta. En
al boca del pasillo, la luz de la calle iluminó un rostro flaco,
huesudamente marcado. Adriana quiso acercársele con la intención de
impedirle huir. Con la intención de obligarlo a desistir del crimen que
algún día iba a cometer. Pero aquel hombre la atropelló, sin verla. Se
encamino sin siquiera trastabillar por la demanda de algún esfuerzo. Y en
la vereda de enfrente, se apostó junto a dos hombres, de idéntica
apariencia, con los que comenzó una conversación tranquila. Adriana
volteo su mirada hacia el interior del pasillo, del cual fluían ahora
extraños sollozos. La
luz de la calle iluminó entonces la presencia difusa de la niña, que
emergía de la muerte, que se devolvía del pasado, que le regresaba
Adriana la imagen de su inconciencia, la mentira que el alma se había
inventado, desafiando ilusoriamente a la muerte. Entonces
Adriana comprendió. Comprendió en el recuerdo de ese acto, de esa
imposibilidad de asir o de siquiera tocar, que lo inasible e intocable tenían
continencia real, mientras su mano, su cuerpo entero... y que entonces, en
realidad, aquella supuesta visión que ahora mismo se acercaba a ella y
que había emergido también de la densa negritud de aquel laberinto, y
que ahora le destilaba una mirada insoportable y fantásticamente
lastimera no había sido de su aú no-hija y su asesino, sino que la visión
en realidad había sido ella misma. Ella era quien había sido evocada por
la niña que alguna vez había sido como el anhelo de salvación de un
propio futuro imposible, y era ella quien igualmente deambulaba por aquel
pasadizo en donde en una pensión de paredes azules, hacia ya veinte años,
aquel mismo hombre nos había abierto la garganta como una sola línea
afilada. .
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